(Femslash) Hermione se comporta de manera extraña desde que empezó el curso pero Ginny quiere recuperar a su mejor amiga cueste lo que cueste.

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Disclaimer: El universo de Harry Potter es propiedad de JK Rowling y todo el que haya metido mano con las películas y los libros. Confío en tienen mejores cosas que hacer que denunciarme a mí.

Avisos: Spoilers hasta el Príncipe Mestizo. Dolor. No, no de ése, del físico, como cuando te golpeas justo en el codo y… vale, creo que lo entendéis.

Comentarios: Booh está completa y absolutamente estresada con el trabajo esta semana, así que este es mi tributo a su esfuerzo. Y… ¡Hora de mis CB! Jycel, dahl, mi amor por vosotras es mayor que mi amor por los trajes de chaqueta de Armani, este fic es para vosotras porque sin el BTE yo estaría escribiendo sólo la lista de la compra. Gracias a todas las que os tomáis la molestia de leer estas chorradas mías, y me dejéis reseña o no, para mí también contáis. Sé que no actualizo a una velocidad demasiado rápida pero es que si no, no me echáis de menos lo suficiente.

CAPÍTULO 9: LA GRAN IDEA DE DEAN

Ginny lanzó de nuevo la quaffle, que golpeó contra el techo y regresó a sus manos. Tumbada en la cama de su cuarto recordaba la conversación que había tenido con Dean aquella mañana, después de que Hermione abandonara la Sala Común, para intentar determinar qué había pasado para que todo hubiera salido tan rematadamente mal.

En el momento en el que Hermione desapareció por segunda vez por la puerta de la Sala Común de Gryffindor, algo dentro de Ginny le dijo que la había pifiado, así que saltó del regazo de Dean para salir corriendo en pos de la castaña, aunque no supiera muy bien para qué.

Error de cálculo. A mitad del vuelo, se acordó de su malherida rodilla. Tarde. Aterrizó exquisitamente sobre ambos pies, pero un dolor intenso estalló en mitad de su pierna derecha y toda la elegancia se desvaneció cuando cayó hacia atrás, midiendo la dureza del suelo con las posaderas.

Se agarró la rodilla con los dientes apretados para no gritar y sintió los ojos húmedos por culpa del dolor.

—Ginny, ¿estás bien? —preguntó Dean con preocupación, arrodillándose al lado de su novia.

—Sí, quita —balbució la pelirroja tratando de levantarse—. Tengo que…

Intentó levantarse, usando el brazo que le tendía Thomas, pero al incorporarse, una nueva punzada se lo impidió. Con un resoplido se tumbó boca arriba y golpeó el suelo con los puños llenos de impotencia.

—Cariño, ¿qué pasa? —inquirió el chico, que no tenía ni idea de lo que estaba ocurriendo.

—Nada, Dean, nada. No pasa nada. Ya no importa —bufó Ginny.

—Pero, ¿estás bien?

—No —contestó secamente mientras se erguía para sentarse, y no se refería sólo a la rodilla —. Me hice daño ayer en la pierna, no es nada.

—Ginny, tenemos que llevarte a la enfermería, podría ser grave.

—No creo que lo sea, al menos no lo era antes.

—Mejor me lo pones, si ha empeorado tienes que… —empezó a decir Dean. A Ginny le enfermaba que el cazador pecara en exceso de paternalista, así que le cortó antes de que pudiera seguir.

—Ahórratelo, Dean, no voy a ir. Ahora, deja el sermón y ayúdame a levantarme —el chico la miró con el ceño fruncido —. Por favor —añadió Ginny estirando los brazos.

Poco a poco y entre los dos consiguieron que Ginny volviera a sujetarse por su propio pie.

—¿Y piensas entrenar así? —le espetó Thomas cruzándose de brazos con cara de reproche.

—Me he subido a una escoba en peores condiciones —respondió la pelirroja. Y no mentía en lo más mínimo.

—Puede, pero entonces no me tenías a mí para cuidar de ti. No pienso permitir que vueles hoy.

Nada más haber dicho esto, Dean se dio cuenta del error garrafal que acababa de cometer tratándose de Ginny Weasley. La cazadora se giró lentamente, con una ceja levantada y mirada de recelo.

—¿Qué tú qué?

La tensión se podía cortar con tijeras y Dean carraspeó colocándose la corbata. Lo último que quería era discutir con su novia, pero es que desde hacía un tiempo tenía que ir con pies de plomo porque Ginny se molestaba cada vez más a menudo y él no podía evitar preocuparse por ella, así que decidió cambiar de tema.

—Ginny, no sé qué te pasa, pero cada día estás menos cariñosa conmigo, pensé que estarías preocupada por tus problemas con Granger, pero ahora ya lo habéis arreglado y sigues igual.

—Esto no tiene nada que ver con Hermione —no sabía muy bien si se lo estaba asegurando a su chico o a ella misma —. Es que eres muy pesado, Dean, no necesito que estés todo el día encima de mí, ya soy mayorcita y por si no te habías dado cuenta sé valerme perfectamente por mí misma. Si quieres una novia a la que "cuidar", deberías ir buscándote a otra, puedes empezar por alguna de las petardas de tu año, seguro que Lavender o Parvarti estarán encantadas de que las tengas entre algodones. —era consciente de que esa conversación no iba a desembocar en nada bueno, pero se había callado durante mucho tiempo y ahora no podía parar.

Y siguiendo con trapos sucios escondidos, Dean sacó algo que llevaba comiéndole por dentro desde que empezó a salir con la pequeña de los Weasley.

—¿Es por Harry, verdad? —dijo con pesadumbre.

—¿Qué? ¡No! —respondió Ginny haciendo aspavientos— Dean, esto no tiene nada que ver con Harry, tiene que ver contigo y conmigo, deja de meter a terceras personas en medio. No soporto que seas tan protector conmigo y lo sabes, y cada vez lo haces más.

Ginny no quería admitirlo, pero Dean Thomas había sido así con ella desde el principio, desde aquel día de mayo, cuando se dieron su primer beso bajo los árboles floridos de Hogsmeade, y él le apartaba las ramas mientras andaban para que no se arañara con ellas. La diferencia es que entonces le había parecido encantador, y ahora, cuando bajo esos mismos árboles, el chico le ajustaba la bufanda para que no cogiera frío, le ponía de los nervios.

—Si soy así contigo es porque te quiero.

Las dos últimas palabras cruzaron el aire como una flecha y golpearon en la nuca a Ginny, que se quedó mirando a su novio fijamente.

—¿Qué? —fue lo único que pudo articular.

—Ya está, ya lo he dicho. Te quiero, Ginny, te quiero como nunca he querido a nadie. Estos seis meses han sido los más felices de mi vida —explicó, acercándose a ella.

Mientras la rodeaba con los brazos, esperaba que un "yo también te quiero" saliera de su boca, que ahora mismo estaba contraída en una fina línea; pero en vez de eso, Ginny se zafó cortésmente de su abrazo y miró al suelo. Thomas no entendía el por qué de esa reacción pero en su cabeza la señal de peligro que llevaba parpadeando un rato se había encendido por completo.

—Llevamos cuatro meses, Dean.

Definitivamente, esas no eran las cuatro palabras que Dean esperaba escuchar y sintió que la alegría se le diluía en el espacio que Ginny había dejado entre los dos. Ahora mismo la sentía muy lejos, mucho más que el metro que le separaba de ella.

—Empezamos en mayo —le corrigió, como si la pelirroja no se acordara.

—Claro, mayo, septiembre, octubre, noviembre —enumeró Ginny intentando ganar tiempo, intentando librarse de explicar por qué se sentía incapaz de decirle que le quería, ya que no lo sabía ni ella.

—¿Y el verano? —preguntó el chico extrañado.

—Yo estuve en la Madriguera con mi familia y tú con tu madre, apenas nos cruzamos un par de lechuzas…

—Pero ése no es el tema, ¿verdad?

Ahora mismo, sentía que los ojos marrones de Dean podían ver dentro de ella. Se sintió tan desnuda que en un acto reflejo cruzó los brazos, como si quisiera esconder algo en el pecho, y aún así seguía incómoda.

—El tema es que no se soluciona una pelea diciendo que me quieres.

Dean se sintió herido, pero no dijo nada, porque no le gustaba el cariz que estaba tomando la conversación. Lo que había sido su primera declaración firme de amor se había convertido en un fracaso estrepitoso, que lejos de suavizar las cosas, las había complicado aún más, así que cogió sus cosas y apartó la mirada de Ginny.

—Tengo clase —se limitó a decir mientras salía de la Sala Común.

Y Ginny se quedó de pie, mirándole, sin decir nada, sin impedirle que se marchara, pero cuando se encontró sola, la frustración pudo con ella.

—¡Mierda! —exclamó dando una patada al sillón que le garantizó toda una mañana de rodilla dolorida.

Pero lo peor no había ocurrido en la Sala Común, lo peor estaba aún por llegar y tendría como escenario el campo de quidditch.

Lo lógico, desde el punto de vista de Ginny, habría sido que con el transcurso de las horas se le hubiera pasado el enfado, como solía suceder, y se echara la culpa por haber sido tan dura con él. Entonces habría sorprendido a Dean con un beso, saliendo de cualquier rincón y echándose en sus brazos mientras se disculpaba por ser tan cabezona. Pero en vez de eso el disgusto había ido creciendo durante las clases porque le molestaba que Dean pudiera llegar a ser tan calzonazos y hubiera huido en medio de la discusión en vez de enfrentarse a los hechos, y mientras jugaba con la comida del plato durante el almuerzo porque había tenido la desfachatez de intentar que se olvidara de todo diciéndole que la quería. Eso le parecía ruin, estúpido y cobarde, aparte de resultar totalmente infructuoso con ella. Ginny creía que si había algo que discutir, se discutía, porque era la única manera de arreglar las cosas; enterrarlas sólo contribuía a que los problemas se fueran haciendo una bola más y más grande que terminaba explotando en algún momento, inevitablemente.

Ella quería, necesitaba que la persona con la que compartiera su vida fuera fuerte. Un relación no se acababa por una discusión, pero sí era muy probable que acabara haciéndolo si su pareja se dedicaba a huir con el rabo entre las piernas cada vez que surgía un problema. Justo lo que Dean llevaba haciendo durante semanas.

Estaba tan concentrada pensando en eso, que antes de salir al campo a entrenar tenía los nudillos blancos de apretar la escoba. Harry se dio cuenta de que estaba tensa y le golpeó el hombro amistosamente para animarla. La pelirroja le fulminó con la mirada en un acto reflejo, pero cuando se dio cuenta de que era él, se disculpó con una sonrisa inocente.

—¿Mal día? —preguntó Harry mientras el resto del equipo se terminaba de colocar las protecciones.

—Mierda de día, capitán —contestó, mirando de soslayo a Dean, que hacía todo lo posible por evitarla — pero gracias por preguntar.

—Si te sirve de algo, parece ser algo generalizado, Hermione tampoco parecía muy contenta hoy por la mañana —añadió el moreno, y salió al campo a explicar al resto de los jugadores las tácticas de aquella sesión.

—¿Hermione? —murmuró Ginny, pero Harry ya estaba a otra cosa, sacando todas las bolas y repartiéndolas.

Dean pasó por su lado y la miró con cara de cordero degollado.

—¿De verdad vas a entrenar? —se lamentó, mirando a la rodilla de su novia, que ahora podía verse morada en todo su esplendor por encima de la media del uniforme de vuelo.

—Estoy perfectamente —contestó sin ni siquiera volverse.

Alzaron el vuelo y empezaron a luchar encarnizadamente los unos contra los otros para calentar. Las bludgers volaban en todas direcciones mientras Ginny conseguía la quaffle. Al flexionarla para aumentar la velocidad de la escoba, la rodilla le dolía como si fuera objeto de un perpetuo cruciatus, pero confiaba en que mejoraría cuando hubiera entrado en calor.

Sólo un jugador se interponía entre ella y los aros guardados por Ron, pero en vez de intentar pararla, se acercó a ella. Era Dean con el ceño fruncido.

—Te veo la mueca de dolor desde el otro lado del campo, ¿por qué no dejas de ser tan testaruda y descansas por hoy?

—¡Déjame en paz, Dean, de verdad, que estoy bien! —y sin dar más explicaciones, le pasó a toda velocidad para tirar a meta.

—¡Dean! Tienes que parar a Ginny, no darle ánimos para que enceste —gritó Harry desde arriba, que les había visto frenar el juego —. ¡Estamos entrenando, la charla para luego!

—Ya has oído al capitán —contestó Ginny, un poco molesta, cuando volvió a pasar a su lado para perseguir la bola, que ahora estaba en posesión de Alicia Spinnet.

Dean apretó los dientes y se dio media vuelta. Tan sólo cinco segundos más tarde, la cazadora pelirroja corría como una centella, había recuperado la quaffle, y se dirigía de nuevo a portería. Cuando la vio acercarse, sin pensarlo siquiera, Thomas giró la escoba en vez de intentar bloquear a Ginny y le golpeó con el extremo de cerdas en plena rodilla bastante más fuerte de lo que había calculado. Sólo quería demostrarle que no estaba en condiciones de jugar, pero el aullido de dolor que llenó el estadio le demostró lo estrepitoso del error que había cometido.

Por culpa del movimiento reflejo para protegerse la rodilla, Ginny había perdido el control de la escoba y no pudo evitar estrellarse contra la grada. Afortunadamente, todos los años que había pasado sobre la escoba le habían permitido virar hacia uno de los enormes banderines de Hogwarts en vez de chocar contra la madera. Se enredó en la tela, que logró amortiguar la caída, y el banderín, la escoba y la propia Ginny terminaron en el suelo. Mientras luchaba para controlar las lágrimas se preguntó si tenía los ojos húmedos por el dolor incontrolable que le surcaba la pierna o por la rabia que la consumía por dentro.

Oyó gritos acercándose al lugar del accidente. Un par de brazos familiares la cogieron en volandas y la sacaron de allí. Cuando miró hacia arriba vio que su hermano Ron tenía la vena del cuello a punto de estallar y los labios apretados, pero sorprendentemente estaba más preocupado de llevarla en brazos hacia la enfermería que de partirle la cara a Dean Thomas. En ese momento se sintió más orgullosa de Ron que nunca y murmuró un "gracias" que casi le parte el corazón al pelirrojo. Alguien iba a pagar muy caro haberle hecho daño a su hermanita.

Harry parecía muy agitado de camino a la enfermería, preguntándole cómo estaba y si se había hecho algo grave, pero Ginny le tranquilizó diciendo que sólo se había hecho daño en la rodilla. Se acurrucó en los brazos del guardián y enterró la cara en su cuello para evitar mirar a Dean, que corría a su lado balbuciendo un montón de disculpas, porque si lo cogía ahora mismo le iba a saltar todos los dientes a cabezazos, con dolor de rodilla o sin él.

Madame Pomfrey echó a todos los integrantes del equipo de la Enfermería menos a Harry y a Ron, a los que ordenó depositar a la pelirroja en una de las camillas. Un par de hechizos más tarde, en los que Ron no soltó la mano de su hermana en ningún momento, y una venda en la rodilla para que no se le moviera mientras los poderes curativos hacían efecto, la enfermera dijo que no hacía falta que pasara la noche allí y que podían irse, pero pidió a los chicos que acompañaran a Ginny a su cuarto para que la chica no tuviera que forzar mucho la pierna, a lo que ninguno puso reparo.

Por el camino la pequeña de los Weasley les contó que había ido al entrenamiento con la rodilla ya fastidiada y su conversación con Dean en la Sala Común, obviando detalles sobre la pelea y dejándolo todo en un simple "problemas de pareja". Harry le regañó un poco por no haberle dicho nada sobre la lesión, pero dado que entendía perfectamente los motivos de Ginny para no perderse el entrenamiento, no fue muy duro. Él habría hecho exactamente lo mismo. Ron seguía con gesto tenso, todavía intentando digerir el susto de ver a su hermana golpeando la torre y estrellándose en el suelo, y se limitaba a agarrarla de la cintura con tanta firmeza que la pelirroja iba casi en volandas.

—No sé qué boggarts se le ha pasado por la cabeza a tu novio, Gin, podría haber terminado mucho peor si no hubieras tenido tanta suerte —dijo Harry negando con la cabeza mientras posaba la mano con cariño en el brazo de Ginny.

—¿Suerte? ¿No querrás decir que la cazadora de tu equipo es un as sobre la escoba? —respondió Ginny enarcando una ceja.

—Sí, precisamente quería decir eso —rió el moreno mientras se ajustaba las gafas — pero si te vuelve a hacer daño, aunque sea sin querer, lo mato. O mejor, se lo diré a Ron y dejaré a Dean a su suerte frente al perro rabioso de tu hermano.

El prefecto se limitó a proyectar un gruñido gutural y a apretar el puño que tenía libre.

Ginny se sumó a las risas y apoyó la cabeza sobre el hombro de su hermano. Cómo pasaba el tiempo. Hace dos años, prácticamente se habría miccionado encima si el Niño Que Vivió le hubiera dirigido la palabra, pero ahora era como uno más de la familia, tan sólo un hermano Weasley más dispuesto a salir en defensa de Ginny ante cualquier chico que se atreviera a mirarla. Con la diferencia de que Harry vigilaba en la distancia que todo fuera bien, en vez de empezar a dar gritos y llamarla "ligera de cascos" como Ron.

—Oye, Harry, ¿qué decías antes de Hermione? —preguntó Ginny haciéndose la distraída, aunque la verdad era que llevaba esperando a sacar el tema sin que se notara mucho desde que habían salido de la Enfermería.

—Ya sabes que esté año está un poco —reparó en el gesto de incredulidad fingida de la pelirroja y rectificó — bueno, muy rara. El caso es que ha bajado de muy buen humor a desayunar, pero luego cuando nos hemos encontrado en Pociones estaba… no sé, triste, enfadada, no sé muy bien cómo calificarlo. Ya sabes cómo es de hermética nuestra amiga a veces.

Ginny asintió. Probablemente ella lo supiera mejor que nadie ahora que había sufrido lecciones intensivas sobre la capacidad evasiva de Hermione desde el verano.

—¿Tú sabes lo que le pasa? —la pregunta de Harry la sacó de su ensimismamiento.

—Estoy en ello.

Sí, Hermione le había confesado el motivo de su comportamiento el día anterior, en la Sala de los Menesteres, cuando se le escapó que le gustaban las mujeres a base de masajes de la pelirroja, pero entonces, ¿por qué había estado distante con los chicos aquella mañana? ¿Habría tenido que ver la escena que había presenciado en la Sala Común?

Y esas preguntas y alguna más seguían rondándole la cabeza una hora más tarde, sola en el dormitorio, tumbada en la cama, arrojando la quaffle hacia el techo y recogiéndola mecánicamente, una vez tras otra. ¡Con lo mucho que odiaba darle vueltas a las cosas!

La solución podía hallarse en la empatía. Sí, era una buena manera de intentar comprender lo que le pasaba a Hermione. Ginny cerró los ojos durante un minuto e intentó imaginar que entraba en la Sala Común y se encontraba a Hermione morreándose con su hermano Ron, por ejemplo. Demasiado asco. Intentó probar con otra cosa mientras volvía a tirar hacia arriba la pelota, pero las imágenes de los prefectos enrollándose en el sillón tomaron vida propia. Podía ver a Ron lamiendo el cuello de Hermione, a ésta acariciándole la entrepierna con mirada obscena, al pelirrojo quitándole el jersey y sobando sus turgentes pechos, y la violencia con la que arrojaba la bola creció exponencialmente sin que ella se diera cuenta. Ahora además de revolvérsele el estómago, le estaba hirviendo la sangre.

La pelota empezó a golpear al techo con fuerza. Ni siquiera oyó los tímidos toques en la puerta, ni se dio cuenta de la presencia de alguien más en la habitación, hasta que notó unos ojos marrones fijos en ella.

—Hermione —dijo reparando en la figura de la prefecta, que se encontraba de pie a su lado.