(Femslash) Hermione se comporta de manera extraña desde que empezó el curso pero Ginny quiere recuperar a su mejor amiga cueste lo que cueste.

Rating: NR-16

Disclaimer: El universo de Harry Potter es propiedad de JK Rowling y todo el que haya metido mano con las películas y los libros. Confío en tienen mejores cosas que hacer que denunciarme a mí.

Avisos: Spoilers hasta el Príncipe Mestizo. Amor entre mujeres, a veces físico.

Comentarios: No he tardado nada en actualizar, así que no quiero quejas si el siguiente tarda un poco más. Dedicado a mis CB, y a mis chicas Circe, que tienen paciencia infinita conmigo. Booh y Neyade, gracias por ayudarme cuando no consigo hilar escenas y por estar siempre ahí (son unas escritoras maravillosas, ¿qué hacéis que no os pasáis por su perfil para leerlas?)

Este, además, va especialmente para Miharu, que dibujó una escena basada en un capítulo de este fic. Y que alguien haya hecho un fan art tan precioso como este por culpa de un escrito mío… eso sí que es Extraordinario.

Lo podéis ver en esta web:

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Ya sabéis, quitando los paréntesis y poniendo un puntito.

En el capítulo anterior:

La pelota empezó a golpear al techo con fuerza. Ni siquiera oyó los tímidos toques en la puerta, ni se dio cuenta de la presencia de alguien más en la habitación, hasta que notó unos ojos marrones fijos en ella.

Hermione —dijo reparando en la figura de la prefecta, que se encontraba de pie a su lado.

CAPÍTULO 10: EL LAPSUS DE GINNY

La miró embelesada durante una décima de segundo, lo que tardó la quaffle en caer con violencia sobre su nariz. Mientras la pelota rodaba inocentemente por el suelo de la habitación, Ginny se había incorporado y se llevaba las manos a la cara, maldiciendo por lo bajo. Hermione se sentó a su lado con rapidez y, a regañadientes, consiguió que la pelirroja apartara los brazos para poder mirar si se había hecho algo grave.

Como se temía al ver el porrazo que se había llevado Ginny, observó que se había roto la nariz, que empezaba a sangrarle profusamente.

Episkeyo —conjuró con la varita apuntando a la cara de su mejor amiga.

Le limpió la sangre con el pañuelo de tela que llevaba en el bolsillo y sobre la nariz de Ginny ya sólo quedaban las mismas adorables pecas de siempre. El tabique había vuelto a su sitio y se permitió la crueldad de sonreír un poco al ver cómo su amiga se tocaba esa parte de la cara con incredulidad.

Había aprendido ese hechizo de Tonks, que le había arreglado la nariz a Harry a golpe de varita, y se había dedicado a investigarlo por su cuenta. Pocos hechizos eran tan útiles como este cuando tu mejor amiga es Ginny Weasley.

—¡Milagro! —exclamó Ginny, mirando con eterna gratitud a Hermione —Mi nariz te debe una.

—Déjame echarle un vistazo, anda. Menudo lanzamiento de bola te gastas, ahora entiendo que Ron diga que tus tantos son imparables.

Se acercó más al rostro de Ginny. Mientras le movía la cabeza para ver si todo estaba en el sitio correcto, reparó en que estaba quizá demasiado cerca. Desvió la mirada hacia esos ojos de chocolate y se quedó anclada, sin poder romper el contacto visual. Se quedaron mirándose durante un rato, hasta que ambas se dieron cuenta de que una extraña tensión se estaba formando entre ellas.

Hermione dio por terminada la revisión alejándose un poco y Ginny se aclaró la garganta con disimulo, porque se había dejado llevar por el momento, seguramente debido al incidente del día anterior. (El curioso incidente de enrollarte con tu mejor amiga.)

—No es que no me alegre de verte, Mione, y no pasaré por alto el hecho de que has hablado de quidditch como si realmente entendieras de ello, pero ¿a qué debo la visita? —preguntó mientras acomodaba la espalda en el respaldo de la cama.

—Los chicos me han contado lo que ha pasado en el entrenamiento y quería ver cómo estabas. El pobre Ron seguía pálido, menudo susto le has debido de dar —contestó Hermione señalando con la mirada la rodilla vendada.

—Ya, lesiones de quidditch hemos tenido muchas, pero hasta ahora eran más de señalarnos y reírnos el uno del otro. Esta ha sido demasiado aparatosa para el corazón sensible de mi hermano. Incluso se ha despedido dándome un beso en la frente cuando se ha ido —dijo con una sonrisa—. Estoy mejor que nunca —Ginny se golpeó la rodilla para mostrarle a la prefecta que estaba completamente recuperada. —Madame Pomfrey ha entonado unos cánticos paganos, bailado desnuda mientras agitaba una calabaza llena de Whiskey de Fuego, y la rodilla se ha curado por arte de magia.

—Dime que has hecho fotos —rogó Hermione con una sonrisa pícara.

—Lo siento, son para mayores de edad, pero quizá dentro de unos años seas lo suficientemente madura como para que pueda enseñártelas —cuando vio que Hermione acercaba las manos en señal de amenaza a su costado, cogió la almohada y se protegió detrás de ella—. No, cosquillas no. Ten piedad de esta pobre inválida.

La prefecta levantó las manos con mirada inocente para indicar que portaba bandera blanca y tocó la venda con un dedo.

—Si nuestra enfermera favorita te ha enderezado la pierna, ¿por qué el look de momia? ¿Homenaje a tu viaje egipcio?

—Más bien despiste. He olvidado quitármela —confesó Ginny mientras se inclinaba para deshacerse del trozo de tela.

Hermione la paró con un gesto cariñoso, ofreciéndose a ayudarla. Le dobló ligeramente la pierna para poder maniobrar y empezó a desdoblar la venda con cuidado. Ginny se quedó hipnotizada mirando los hábiles dedos de la castaña, seguramente producto de tantas hojas de libros pasadas a lo largo de los años. Ya no quedaba gasa y las manos de Hermione le rozaron la piel, sacándola de su ensimismamiento y produciéndole un placentero escalofrío. (Totalmente inofensivo, es que los Weasley eran de piel delicada.) De regalo, Hermione le dio un agradable masaje en la rodilla, para que la circulación fluyera libremente de nuevo, y Ginny entendió a la perfección que a la prefecta se le hubiera soltado la lengua en la Sala de los Menesteres porque, en aquel momento, ella misma le hubiera contado cualquier cosa con tal de que siguiera acariciándola como lo estaba haciendo.

—¿Problemas en el Paraíso? —preguntó sacándola del limbo.

Pese a que Ginny estuvo tentada de contestarle que el mayor problema celestial que tenía ahora mismo era que las manos de Hermione habían dejado de masajearle la pierna, supo perfectamente que se refería a Dean. Torció el gesto involuntariamente y se levantó para coger a Arnold, bajo la atenta mirada de Hermione, quien estaba extrañada de que la pelirroja se mostrara evasiva ante cuestiones que nunca había tenido problema en contestar.

El soplido enano se puso a saltar de júbilo en la palma de su dueña mientras ésta se acomodaba de nuevo en el respaldo de la cama. No sabía qué le alegraba más, ver a Hermione de nuevo o que la castaña no hubiera traído a Crookshanks con ella. Arnold había intentado llevarse bien con el gato, pero éste disfrutaba más tratando de darle zarpazos que haciendo buenas migas con la bolilla morada.

—Parece que no he sido la única que te ha echado de menos —señaló Ginny, acercándole el soplido enano a Hermione, que lo acarició con dulzura.

No había pasado desapercibido para la prefecta el cambio de tema, pero conocía a Ginny: cuando se encontrara preparada para hablar sobre su novio, ya se lo haría saber.

—Arnold —dijo acercando la cara al micropuff—. Sabes que lo nuestro no puede ser, si Crookshanks lo descubriera, se pondría hecho una furia.

Las amigas se miraron y estallaron en carcajadas, que falta le hacía a ambas, pero al soplido no pareció hacerle tanta gracia, pues se arremolinó entre las manos de Ginny al oír el nombre del gato desalmado. Gin hizo sitio a Hermione para que se acomodara a su lado, a lo que la castaña ni quería ni podía decir que no, y así se quedaron durante un buen rato, acariciando a Arnold, que estaba la gloria, rodeado de mujeres bellas que le mimaban. Su felicidad se vio interrumpida cuando Ginny le metió de nuevo en la jaula.

Por instinto cogió la mano de Hermione y disfrutó de la paz de mirar al vacío, apoyada en el hombro de su mejor amiga. La castaña olía muy bien. Aún tenía su melena indomable algo húmeda de la ducha y Ginny se preguntaba si el olor sería del champú.

Se contestó ella misma cuando su cerebro se disparó hacia recuerdos protagonizados por ese olor, como el día en el que rodaron ladera abajo en casa de Luna y terminaron una encima de la otra, sin poder parar de reír, mientras la rubia las miraba con gesto distraído; o cuando la vio entrar en el salón del baile del brazo de Viktor Krum y pasó a su lado, dejando ese mismo perfume flotando alrededor. O, más recientemente, cuando la castaña se había separado de ella, dejando su sabor en los labios de Ginny y su olor intoxicando la habitación. Un nuevo escalofrío le recorrió una parte que preferiría tener dormida ahora que Hermione se encontraba pegada a ella y la castaña lo notó.

—¿Tienes frío, Gin? No son horas de tener la ventana abierta —fue a levantarse para cerrarla, pero Ginny se lo impidió tirando de su mano para que se sentara de nuevo.

—No, estoy bien, quédate aquí —rogó la pelirroja, no sin un tinte autoritario en la voz, usando la mano libre para agarrar el brazo de Hermione.

Y otra vez ese momento. Hermione tenía a la pelirroja pegada a ella y hacía esfuerzos titánicos para no dejarse llevar, para mantener la cabeza fría, porque las situaciones como éstas eran las que llevaba temiendo desde que se enamoró de Ginny.

"Disimula, Granger, disimula" Parecía que podía oír la palabras que diría mini-Sirius y a punto estuvo de soltar una carcajada, pero en vez de eso se serenó y besó la pecosa frente que reposaba sobre su hombro, arrancando un suspiro de la pelirroja.

—Discutimos esta mañana por lo mismo de siempre, porque se pasa de paternalista y ya sabes lo mal que llevo eso —empezó a explicar con parsimonia —. Y podría disculpar que se largara en medio de la discusión, porque yo no estaba siendo la novia más comprensiva del mundo, pero lo de esta tarde ha sido mezquino y humillante, Hermione, y no es algo de lo que me vaya a olvidar de un día para otro. El señor decidió que la mejor forma de enseñarme una lección era empotrarme contra la valla del estadio.

—Justo tu ideal de hombre —bromeó Hermione para restarle tensión al asunto. Sonrió al ver que había logrado arrancarle una carcajada a la pelirroja.

—Sabes que son esas pequeñas cosas las que siempre me hacen sentir como una princesa —cambió el gesto divertido por uno de tristeza y se hundió un poco más en el cuello de Hermione —. Necesito tiempo para pensar, porque ahora mismo sólo quiero mandarle a algún sitio poco halagüeño.

—Al guano —sugirió la prefecta.

—¡Por ejemplo! —levantó la cabeza y miró a Hermione con curiosidad — Si supiera lo que es.

Esta vez Hermione se limitó a esbozar una gran sonrisa y a escuchar con atención la risa sincera de Ginny, clara y fresca como el agua de un lago virgen, que invitaba a sumergirse en él y participar a nado en esa deliciosa melodía. Cosa que habría hecho de no estar hechizada mirando a la pelirroja, disfrutando de la vida que irradiaba. No había un solo día en el que Hermione no encontrara algo que la enamorara de nuevo de Ginny. Y cuando se dio cuenta de la estúpida cara de adoración que tenía, se levantó de la cama de un salto.

—Se hace tarde y tengo que hacer ronda por si alguien está merodeando por donde no debe. —dijo, dirigiéndose a la puerta del dormitorio.

—El deber es el deber, prefecta, pero, entonces, ¿no vas a contarme un cuento antes de dormir? —preguntó Ginny con una caída de párpados.

Hemione negó con la cabeza de un modo que a la pelirroja le pareció peligrosamente sensual y agarró el pomo.

—Si necesitas tiempo, tómatelo. Estoy segura de que Dean lo entenderá —esperó en el umbral a que llegara Ginny para despedirse. — Hasta mañana.

—Hasta mañana, Hermione —contestó inclinándose hacia la castaña para besarla en la mejilla.

Sólo que no la besó en la mejilla.

Hermione abrió los ojos como platos al sentir los labios de Ginny sobre los suyos y se quedó rígida como una estatua griega.

Ginny aún tardó un segundo más en darse cuenta; tuvo que ser su propio cuerpo el encargado de avisarla, con una descarga eléctrica que empezaba ya a ser familiar, pero cuando fue consciente se irguió con la puerta agarrada y posiblemente la cara más estúpida que había puesto jamás.

Entre ellas sólo quedaba el ruido sordo del beso y miradas cruzadas de confusión.

Entonces, Ginny decidió arreglarlo con su rapidez mental característica.

—¡Buenasnoches! —dijo, así, en un sola palabra, con voz demasiado infantil y dando prácticamente con la puerta en las narices a Hermione.

Hermione se quedó mirando la superficie de madera, tocándose los labios con incredulidad.

Al otro lado, Gin estaba mirando a la puerta como si en el marco hubiera un dementor haciéndole un striptease.

Una sonrisa traviesa se formó en los labios de Hermione, que carraspeó y recuperó la pose de prefecta cuando se dio cuenta.

Ginny habría jurado que el soplido enano la miraba riéndose de ella, así que se volvió y le señaló con el dedo.

—Tú te callas, le puede pasar a todo el mundo —le espetó a Arnold, y si la pelotilla morada hubiera tenido las extremidades más largas, se habría cruzado de brazos.

Hermione se encaminó al dormitorio y, aunque estaba bastante desconcertada, una enorme sonrisa le acompañó todo el camino.

En la habitación, Ginny se dejó llevar por un impulso y abrió la puerta, pero ya no había ni rastro de Hermione por ahí. Cerró de un portazo, aunque, en realidad, lo que quería era golpearse la frente, cosa que le pasaba mucho últimamente, y sobre todo cuando estaba cerca de Hermione.

En ese momento, mientras se tiraba de espaldas en la cama sin siquiera quitarse el uniforme, maldijo en voz alta el que una de sus mejores amigas estuviera en Ravenclaw y la otra fuera la instigadora de su lío mental, pero se alegró de que, como siempre, sus compañeras no estuvieran en la habitación. ¿Dónde se meterían esas tres chicas siempre? Debían de vivir en la Sala Común.

Necesitaba hablar con Luna, urgentemente.

En ese momento, algo entró por la ventana, y, al incorporarse, la lechuza le dejó un sobre encima del regazo, con la inconfundible caligrafía de Horace Slughorn.

—Espera, no te vayas aún —susurró al animal mientras lo acariciaba—. Tengo algo para ti.

Cogió un trozo pergamino del escritorio y garabateó un par de frases en él. Lo enrolló y la lechuza lo cogió con el pico, esperando el destinatario.

—Llévaselo a Luna Lovegood, por favor. Luego ya serás libre de perseguir animalillos por el bosque para cenar.

La lechuza no se demoró ni un segundo, y salió a toda velocidad hacia la Torre de Ravenclaw. Ginny abrió el sobre con su nombre y sacó una invitación del profesor Slughorn. Sólo que esta vez no era para una de la reuniones, sino para una fiesta.

"Querida Ginevra:

Como miembro del Club de las Eminencias, me complacería enormemente que asistieras al baile de etiqueta con motivo de la noche de Guy Fawkes, que tendrá lugar este viernes, 5 de noviembre, en la carpa junto al lago. Puedes traer a un acompañante y recuerda quedarte hasta el final, ¡habrá sorpresas!

Atentamente,

Prof. H. E. F. Slughorn"

—Más sorpresas, justo lo que necesito —suspiró Ginny mientras se dejaba caer otra vez encima de la cama.

A unos metros, en uno de los dormitorios de prefectos, Hermione metió la invitación de nuevo en el sobre y frunció el ceño. ¿Con quién boggarts iba a ir al baile si la única persona a la que quería a su lado esa noche tenía novio?

Por un momento fantaseó con la idea de pedírselo a Ginny, de ir a buscarla a su cuarto y aparecer en la carpa con la pelirroja de la mano. Pudo imaginar a todos los que estaban ahí volviéndose al verlas llegar, porque estaba segura de que Ginny brillaría más que todos los invitados juntos, y casi pudo oírles cuchichear con envidia, ya que ella, Hermione Granger, llevaba colgada del brazo a la chica más espectacular de todo Hogwarts. Y entonces empezaría a sonar la balada de Weird Sisters, Magic Works, que tanto le gustaba a Ginny, y ellas empezarían a bailar, en el centro de la pista, ajenas a las miradas, y cuando los violines subieran, se abrazarían, y mientras Myron Wagtail cantara "So, believe that magic works. Don't be afraid of being hurt. Don't let this magic die. The answer's there, oh, just look in her eyes" sus labios se acercarían y…

Reparó en los ojos felinos que la miraban desde los pies de la cama. Crookshanks movió las orejas y ladeó la cabeza, sin dejar de mirarla, y Hermione tuvo claro que el gato se estaba mofando de ella, por imaginar estupideces.

—Ya lo sé, Crookshanks, gracias —murmuró entre dientes, reprimiendo las ganas de lanzarle una almohada.

El gato se giró, le enseñó el culo, muy dignamente, y se marchó a arremolinarse en el sillón.

Hermione cerró el libro de Elaboración de pociones avanzadas, con la invitación de Slughorn marcando la página por la que se había quedado, porque ahora sí que no sería capaz de concentrarse. Le fastidiaba, porque últimamente Harry siempre se le adelantaba en clase de Pociones, con la inestimable ayuda del libro del Príncipe Mestizo, y quería preparase un poco más para la clase de mañana, pero sólo podía pensar en Ginny.

En esa Ginny que la había besado al despedirse de ella en el umbral del dormitorio. No sabía qué le habría pasado por la cabeza, pero no le importaría que le ocurriera más veces.

"No." Pensó golpeándose con el libro de Pociones en la cabeza. Estaba mal pensar eso. Estaba mal pensar en los labios de Ginny besándola, en las manos de Ginny tocándola, en los pechos de Ginny apretándose contra los suyos.

—¡Para! —exclamó mientras se tapaba la cara con una almohada, a ver si así conseguía ahogar los pensamientos.

Lo dio por imposible, y cerró los ojos para intentar dormirse. Así, por lo menos, dejaría de soñar despierta.