Comentarios: Este capítulo va dedicado a vosotras, que seguís al pie del cañón conmigo después de todo este tiempo, que no habéis dejado de recordarme que tenía que seguir esta historia, que pensáis que todo es posible si se cuenta de la forma adecuada. A todas vosotras, que os pasáis por aquí y leéis un capítulo tras otro y, a veces, incluso me dejáis reseñas que leo vorazmente. Y a B, mi media langosta platónica, por supuesto, porque la mitad de cada una de mis palabras es suya.
En el capítulo anterior de Extraordinario:
"Tal y como Hermione se lo había imaginado, cuando Ginny Weasley entró en la carpa de baile, casi todos los ojos se volvieron hacia ella. La diferencia principal entre la llegada de Ginny al baile y lo que se había imaginado Hermione radicaba en el brazo al que se aferraba la pelirroja. Ese brazo era todo lo que Hermione veía, aparte de Ginny, y no le hizo falta más para saber quién era su acompañante.
Suspiró, y para obligarse a sí misma a dejar de mirarla, reposó la cabeza en el hombro de McLaggen, mirando hacia el otro lado. Cormac no dejó pasar la ocasión de acercarse más a Hermione con la excusa de estar bailando una canción lenta."
"Hermione se preguntó qué boggarts hacía allí. No quería verles, le hervía la sangre sólo de pensar en Ginny y Dean haciendo de parejita perfecta. Se separó de McLaggen.
—Cormac, no me siento bien, creo que debería irme —dijo, fingiéndose acalorada.
—¿Tan pronto? —se sorprendió McLaggen —. Demos un paseo, te sentará bien.
Al parecer no podía librarse de McLaggen, así que accedió a salir de la pista con él. Por lo menos así no tendría que ver a Ginny, a la que el vestido le quedaba demasiado bien."
CAPÍTULO 13: FUEGOS ARTIFICIALES
Buscó entre la gente la melena castaña, porque algo en la boca del estómago le decía que Hermione estaba allí. Le había despistado al recogerse el cabello, pero era ella, sin duda, en la pista. Abrazada a Cormac McLaggen.
Abrazada. A Cormac. McLaggen.
Dean se aclaró la garganta y bajó la cabeza, con disimulo, para susurrarle a Ginny.
—Gin, me estás haciendo daño.
Se dio cuenta de que le estaba apretando el brazo demasiado fuerte y le soltó.
—Perdona, hay mucho indeseable por aquí esta noche —respondió girándose. Quizá si no los miraba, no tendría tantas ganas de matar.
—Mucho slytherin, por lo que veo, parece que Slughorn se ha buscado a las Eminencias en el terrario del zoo. Muchos deberían estar detrás de cristaleras y no en…
Dean siguió hablando durante un rato largo. Y Ginny sabía que estaba hablando porque oía un murmullo saliendo de sus labios, pero usaba la estatura de su ex-novio con el único fin de poder mirar la pista, escudada detrás de él. En aquel momento no podía prestar atención a nada más, porque Hermione se había separado de McLaggen y se llevaba una mano a la frente con gesto cansado. Tenía la tez más pálida de lo normal y miraba a todos los rincones de la carpa menos hacia donde se encontraba Ginny. ¿La habría visto e intentaba escabullirse de la fiesta para evitarla?
Cormac cogió a Hermione del brazo con una actitud que no le gustó nada a la pelirroja y, juntos, se encaminaron hacia el final de la carpa, donde Ginny los perdía de vista.
Reparó en que Dean había dejado de hablar y la miraba, esperando a que reaccionara, con dos vasos en la mano. Cogió uno de ellos y se lo bebió de un trago.
—Tengo que dejarte, pásalo bien —dijo, recogiéndose la falda del vestido y atravesando con rapidez la marea de gente que poblaba la pista.
Los había perdido de vista. Estaba intentando pensar hacia dónde podían haber ido cuando alguien carraspeó a su lado.
—Ya decía yo que olía a podrido, hay una comadreja suelta —rió Draco.
Ginny miró a través de él.
—No tengo tiempo, Malfoy. La próxima vez, pide cita —dijo Ginny, ignorándole, y salió apresuradamente hacia el lago.
Malfoy se quedó mirando hacia la cascada de pelo rojo que se hacía paso entre la gente y se volvió, asombrado, hacia Pansy. Apretó el vaso que llevaba en la mano y se salpicó la impecable capa negra.
—Pans, ¿qué boggarts acaba de pasar? —preguntó, en tono retórico.
—Que te has manchado la capa nueva —respondió Parkinson, sacando un pañuelo.
Cuando consiguió apartar a la última pareja de la pista, se apoyó en la barandilla y echó un largo vistazo en derredor. No estaban de camino al colegio, ni hacia la cabaña de Hagrid, ni hacia el Sauce Llorón. Entornó los ojos y distinguió dos figuras andando hacia el lago. No tenía claro si eran ellos, pero tenía pocas opciones. Se arremangó el vestido y saltó por encima de la barandilla. Eso de caminar con tacones era aún más difícil sobre hierba, aún así se cogió la falda y aceleró el paso.
Hermione se apoyó en el árbol y suspiró. Sentía la mirada de McLaggen fija en una parte de ella, al menos, bueno, en dos. Y no eran sus ojos. Supuso que era la manera disfuncional que tenía Cormac de decirle lo guapa que estaba esa noche.
Lo fácil que sería. Lo fácil que sería salir con alguien como Cormac McLaggen, cuya única meta sería meterle la lengua hasta la glotis y, pasadas unas semanas, que Hermione le dejara tocarle el culo por encima de la falda. Se quedó mirándole y le vio las intenciones como si estuvieran escritas en un cartel de neón. Cormac McLaggen era simple y transparente, era agua del grifo, si tenías sed, bebías, era inodoro, insípido e incoloro, pero cumplía exactamente lo que esperabas de él. Ginevra Weasley era un cóctel alcohólico, te embriagaba desde el primer sorbo, y nunca estabas segura de la mezcla que llevaba, porque cada vez era diferente, pero no podías dejar de pedirte una copa tras otra, hasta marearte y caerte al suelo.
Qué fácil sería, besarle ahora mismo y no sentir nada, no sentir que se rompía en dos como cuando la besaba a ella. Y se quedó mirándole, con cara de póker, mientras pensaba todas esas cosas, acto que Cormac se tomó como una clara señal de que podía dar el siguiente paso.
Y Hermione estaba cansada. Estaba tan cansada que estaba dispuesta a quedarse ahí, pasmada, y dejar que McLaggen la besara. Al menos alguien la besaría conscientemente, la desearía durante un segundo, sin medias tintas, sin marcha atrás, sin complicación ninguna.
Así que apretó la mandíbula y le vio acercándose. Y entonces la nariz de McLaggen le subió hasta casi las cejas.
Ginny le había clavado la varita en la punta del apéndice olfativo, y Cormac había mutado de donjuán implacable a cerdito asustado. Se volvió lentamente, para encontrarse a una pelirroja cabreada que no pensaba quitar la varita del lugar en el que la tenía puesta.
—McLaggen… —Ginny masticó el nombre y luego lo escupió, con la ira de mil hunos quemándole en el pecho— ¿Es que echas de menos a los murciélagos como mascotas?
En cualquier otra situación, Cormac se habría hecho el valiente y no habría consentido que una mujer le chuleara de esa forma, pero habiendo sufrido en sus fosas nasales el nacimiento de una docena de quirópteros el día anterior y viendo el fuego del averno que ardía en las pupilas de la Weasley, se limitó a subir los brazos en son de paz, intentar retener sus fluidos vitales, y salir corriendo en dirección al castillo.
Hermione tuvo que parpadear varias veces, atónita, hasta conseguir asimilar la situación. Ginny estaba parada, delante de ella, con un vestido rojo, a juego con sus mejillas, mirando con odio a McLaggen según este subía colina arriba como si la vida le fuera en ello, con la varita aún apuntándole.
Estaba preciosa. Y eso terminó de sacar a Hermione de sus casillas.
—Oh, genial. No era suficiente con juzgarme, también tenías que venir a estropearme la cita —dijo Hermione, haciendo aspavientos con los brazos.
Para variar, Ginny no se había parado a pensar. Los había visto juntos, había visto a McLaggen intentando besar a Hermione y había sido inmediato: subidón de adrenalina y varita fuera. Era el modo de vida de los Weasley, primero actuaban, luego pensaban. A veces omitían el segundo paso. Y no estaba preparada para lo que venía después de la acción, no sabía cómo reaccionar ante la Hermione enfadada que tenía delante. Abrió y cerró la boca un par de veces, cual pececillo al que sacan del agua, y luego se guardó la varita.
—¡Deberías agradecérmelo, que ese cerdo te iba a besar! —alegó, viéndolo como la razón más lógica del mundo. Y para ella lo era.
—Gin, no te has parado a pensar que si no le he apartado, ¿quizá era porque quería que lo hiciera? —dijo la prefecta, arrastrando las frases muy despacio, sabiendo que los Weasley no eran las personas emocionalmente más inteligentes del planeta.
—¡Pero si te gustan las mujeres! —respondió Ginny, alzando la voz.
—¿Sabes qué? —dijo Hermione, acercándose a ella con el dedo acusador —. Se acabó, fue una fase, me he aclarado, vuelvo con los hombres, las mujeres me volvéis loca ¡y no para bien!
— Mira, eres como eres. No lo puedes cambiar. Te gustan las mujeres. No es que no lo viéramos venir…
—¿Verlo venir? —preguntó, recalcando ambas palabras.
—¡Mírate! Nunca te has preocupado nada de los chicos, has podido tener a mi hermano mil veces y has pasado ampliamente de él. Te preocupas más de formarte que de arreglarte. En serio, esta es la primera vez que te veo adecentarte desde el baile de cuarto año. Tus amigos son todos chicos, salvándome a mí. Mientras tus compañeras de habitación hablaban de amores, tú preferías leers. He leído sobre esto en libros muggle, ¡se llama estereotipo! —terminó Ginny, casi sin aliento.
Hermione se quedó parada un momento, como si Nick Casi Decapitado le hubieran dado una bofetada helada. Por un momento debatió consigo misma si preguntar a Ginny cómo, cuándo y por qué se había puesto a leer libros muggle sobre la homosexualidad femenina, pero decidió que Ginny también se merecía una taza de realidad. Cuando reaccionó, fue la erupción del volcán.
—¿Y tú qué? —les espetó a la pelirroja, casi en voz en grito.
—¿Y yo qué? —respondió esta, encogiéndose de hombros.
—Tú, que te has criado rodeada de chicos duros y en vez de hacer de hermana pequeña, te convertiste en el azote de tus hermanos. El único chico del que te has "enamorado" —y trazó las comillas en el aire —, fue del chico más inalcanzable del mundo mágico, Harry Potter, que, además, no te prestaba ningún tipo de atención. Dedicas tu vida al quidditch y no dudas en revolcarte en el barro o pegar puñetazos a tus rivales tanto si es necesario como si no. Y sí, tú has salido con chicos, pero con ninguno has establecido un vínculo emocional que, por lo menos, te llevara mínimamente a echarles de menos.
Hermione se quedó a un palmo de la cara de Ginny. Ambas se quedaron mirándose, con la respiración entrecortada, pasando de los ojos a los labios. Hermione se volvió, de brazos cruzados, y fijó la mirada en el lago. Tras un largo suspiro, miró de soslayo a su mejor amiga y musitó, con la voz rota:
—¿A qué has venido?
La pregunta desarmó a Ginny por completo. Se repitió la pregunta a sí misma, dentro de su cabeza, por si la solución se le aparecía de repente. Recapitulando, había llegado a la fiesta, había visto a Hermione y no había podido pensar en nada más, hasta el punto de salir tras ella por el mero hecho de que la prefecta se fuera a pasear con Cormac McLaggen, que, al fin y al cabo, era su cita para la fiesta. No sonaba muy racional, no. ¿Había salido en pos de Hermione para disculparse por perder los papeles el día anterior? ¿Para evitar que se liara con su compañero de casa? ¿Para confesarle sus sentimientos? ¿Para mirar de arriba abajo lo bien que llevaba el vestido verde?
Mientras estas dudas existenciales consumían a Ginny, Hermione empezaba a perder la paciencia. Se giró y observó a la pelirroja, que tenía el ceño fruncido y parecía estar en otro lugar. Quizá debería armarse de valor y confesarle todo. Que la amaba desde hacía meses, que puede que incluso la hubiera amado desde mucho antes de saberlo, que no podía dejar de pensar en sus labios desde que los probó.
—Ginevra... —empezó a decir Hermione, y Ginny levantó la vista, pero ninguna dijo nada más.
Hermione se rindió y empezó a andar, pero a los pocos pasos, una voz a su espalda la interrumpió.
—¿Ginevra? ¿Ahora para ti soy Ginevra? —preguntó Ginny, con gesto sombrío.
—¿Y qué si no? —respondió Hermione.
—Ginny, tu Ginny. Me gusta así —confesó, mordiéndose el labio inferior y bajando la mirada.
—Si tú eres mi Ginny, ¿qué soy yo para ti? —se acercó un poco a la chica, y le levantó la barbilla. Sus pupilas se fundieron y todo lo que había alrededor empezó a desdibujarse.
—¿Qué soy para ti, Gin? ¿Qué es todo esto? ¿Qué fue ese beso en la Sala de los Menesteres? — inquirió, en voz baja, envolviendo a Ginny con su timbre modulado, clavándole en el pecho el punto de melancolía que acompañaba a cada pregunta.
Y Ginny, por primera vez en su vida, se quedó muda. El nudo del estómago le atenazó la garganta y fue incapaz de pronunciar una sola palabra. Apretaba los labios, y quería que se movieran, y quería decirle a Hermione que si no la besaba en ese momento iba a explotar y que lo más lejos que quería tenerla era a esa distancia, a un palmo de su cara, que había abierto los ojos y había visto en ella todo lo que buscaba, todo lo que necesitaba, todo lo que quería. Y, sin embargo, se quedó callada y Hermione se dio la vuelta y se marchó.
La veía irse y, sin embargo, no podía siquiera moverse. Era una gryffindor, por amor de Circe, y estaba viendo como lo que más deseaba se marchaba por su propio pie porque ella no era capaz de reaccionar.
Hay momentos en la vida que lo cambian todo. Decisiones, actos que no tienen marcha atrás y que marcan un principio y un fin. Como cuando los padres de Hermione decidieron abrirse al mundo mágico y enviar a la niña de sus ojos a un colegio en el que se enseñaba magia y hechicería. Como cuando Voldemort decidió atacar a traición a los Potter en su hogar del valle de Godric. Como cuando Ginny logró luchar contra el Señor Oscuro y sobrevivió a la posesión de éste. Y algo dentro de ti te avisa cuando estás ante una de esas encrucijadas.
Ese era el momento. Era el punto de inflexión. Y Ginny lo sabía.
—¡"Extraordinario"!
El grito de Ginny cortó el viento y golpeó directamente a Hermione, que no tuvo más remedio que pararse.
—"Extraordinario" —volvió a repetir Ginny, y a zancadas cubrió el espacio que quedaba entre Hermione y ella —. "Extraordinario" —dijo, retirándole un mechón castaño de la cara y acariciándole los labios con el pulgar —. "Extraordinario" —y juntó su frente con la de ella, como si fuera la pieza más delicada del museo británico.
Hermione se quedó sin saber qué decir, simplemente disfrutando del suave contacto de la piel de Ginny. Cuando lo creía todo perdido, el león que Ginny llevaba dentro había rugido para evitar que se marchara. Y ahora estaba ahí, pegada a ella, y parecía que todo volvía a tener sentido.
—Querías una evaluación sincera de ese beso en la Sala de los Menesteres. Esta es. "Extraordinario". Es la nota que se merece.
En aquel momento no importaba nada, su familia, sus ex-novios, las habladurías del colegio, Ron, Harry, no, sólo importaba Hermione. La abrazó. Y no hizo falta más.
Hermione la cogió con fuerza y hundió el rostro en su melena pelirroja.
–Aunque… —empezó a decir Ginny.
La prefecta se separó de ella y la miró extrañada. Por un segundo se temió que Ginny se echara atrás, que todo se quedara en un bonito oasis en medio de la arboleda que daba al lago, que volvieran al agotador tira y afloja de los últimos días.
—Si quieres una nota global objetiva, necesito más ejemplos para mi investigación —continuó la pelirroja, con semblante serio.
—¿Qué?— Hermione estaba ligeramente confusa en aquel momento. Le echaba la culpa a lo bien que olía el pelo de Ginny.
—Que me beses —dijo Ginny, enganchándose a su cuello, atrapándole los labios.
Y sonó el reloj del castillo, indicando las doce en punto, mientras se perdían la una en la boca de la otra.
Durante demasiado tiempo había habido demasiado espacio entre ellas, así que ahora había decidido prescindir de él. Esta vez tenían todo el tiempo del mundo, y podían explorarse con calma, pero cuanto más se besaban, más ganas tenían de seguir haciéndolo.
Cuando terminó la última campanada, el sonido siseante de los cohetes llenó el silencio, pero no se dieron ni cuenta. Los fuegos artificiales pusieron color a la noche y escondieron las estrellas. Ni siquiera los petardazos hicieron que se separaran.
Ginny abrió un poco el ojo al notar algo raro moviéndose en el lago y al ver los reflejos de colores, se separó un poco de Hermione.
—Guau —dijo, levantando la vista hacia el cielo, pero sin soltarse del abrazo —. ¿Has hecho tú eso?
Hermione miró hacia arriba y sonrió al ver los fuegos artificiales.
—¿Qué pasa si te digo que sí? —respondió Hermione, con una media sonrisa traviesa.
—Tú y tu manía de ser siempre la mejor en todo —rió Ginny, y volvió a besarla como si no hubiera un mañana.
El profesor Slughorn se guardó el reloj de bolsillo de nuevo en el chaleco, y se agarró la barriga, satisfecho.
—Gran colofón a la fiesta, sí señor, gran colofón —le dijo a Luna y a Harry, que miraban maravillados los fuegos artificiales —. Tengo que reconocer que Sortilegios Weasley no me ha defraudado.
—Los hermanos de Ronald y Ginny son muy buenos con los fuegos artificiales. El año pasado un dragón le mordió el trasero a la directora Umbridge —dijo Luna, sin dejar de mirar los colorines del cielo.
Horace Slughorn estaba familiarizado con la curiosa visión de la realidad de los Lovegood, así que decidió no preguntar. Se acordó del padre de Luna, al que había conocido cuando era un simple alumno en Hogwarts. Aún podía verle, alto y excesivamente delgado, todo melena rubia, repartiendo folletos sobre las criaturas que la asignatura "Cuidado de Criaturas Mágicas" intentaba esconder a sus estudiantes. Criaturas inventadas, en realidad.
—Luna, ¿y qué tal está Xenophilus, sigue al pie del cañón con El Quisquilloso? Me pregunto si se acordará de su viejo profesor Slughorn —dijo, girándose hacia la chica.
—Ah, sí. Le conté que iba a venir con Harry a esta fiesta y me dijo que usted tenía un gran don de la oportunidad —explicó Luna, con una sonrisa vaga.
—¿Don de la oportunidad? —rió Horace, agarrándose los bolsillos del chaleco —, me habían dicho muchas cosas hasta ahora, pero esa es la primera vez que la oigo. Ay, este Xenophilus… —y se llevó un vaso a los labios.
—Sí, dijo, textualmente, que usted era el mayor oportunista que había conocido —dijo Luna, asintiendo.
El profesor respingó y se atragantó con la bebida. Harry agarró a Luna por el brazo y se disculpó ante el profesor por tener que marcharse, pero tenían algo urgente que hacer.
Cuando estuvieron a salvo de la vista del profesor, apoyados en la barandilla de la salida de la carpa, Harry no pudo contener la risa por más tiempo y rompió en carcajadas. Luna sonreía, cada vez le caía mejor Harry, además de invitarla a la fiesta cuando le contó que le habían escondido el pijama, se reía porque sí. Eso le gustaba mucho en las personas, cuando ella lo hacía, la gente solía mirarla raro.
Harry consiguió recuperarse y se quitó las gafas para secarse las lágrimas de la risa.
—Luna, ¿te apetece ir a dar un paseo? Seguro que los fuegos artificiales se ven mejor desde el lago.
La ravenclaw asintió y se colgó del brazo de Harry. Anduvieron un rato hacia la pequeña arboleda y, de pronto, el chico se paró, extrañado. Juraría haber visto algo al lado de lago. Sacó la varita y conjuró un Lumus.
Varios fuegos artificiales estallaron a la vez y su resplandor iluminó toda la orilla del lago. A punto estuvo de caérsele la varita de la impresión. Pudo sujetarla a tiempo, al contrario que su mandíbula, que se abrió en una especie de bostezo de estupefacción. Luna miró hacia lo que le había llamado la atención a Harry, luego a él de nuevo, y luego a las chicas que se besaban con pasión al lado de uno de los árboles de la orilla.
—¿Estás bien, Harry? Tu boca está muy abierta.
Potter se erguió y se ajustó las gafas un par de veces. Sí, la imagen seguía ahí, Hermione y Ginny estaban abrazadas, ¡besándose!
—P-Pero, Luna… —acertó a balbucir señalando con la varita al lugar donde estaban sus amigas —, ¿Ves eso?
—Son Hermione Granger y Ginny besándose —dijo Luna, sin entender lo que tenía a Harry tan impresionado.
Apagó la varita y se giró hacia su acompañante. La miró y vio que tenía exactamente la misma expresión que tenía siempre, como si todo lo que pasara a su alrededor fuera lo más natural del mundo.
—Luna, ¿acaso sabes algo que yo no sé? —preguntó, enarcando una ceja.
—Puede, ¿sabías que los torposoplos son invisibles y van flotando por ahí, y les gusta meterse en los cerebros de las personas?
Harry la miró sin responderle durante un par de segundos. Cuando asimiló la respuesta le dijo que no, no conocía esa peculiaridad de los torposoplos, y replanteó la pregunta.
—¿Sabes algo sobre la relación que tienen Ginny y Hermione que yo no sepa? —inquirió de nuevo, esperando tener más suerte. A veces había que ser demasiado específico con Luna.
—Puede, ¿sabías que Hermione Granger rehuía a Ginny y entonces un día se besaron y Ginny se dio cuenta de que estaba enamorada de tu amiga? —dijo Luna, en el mismo tono de voz que había usado para informar a Harry de los peligros de los torposoplos.
—No —contestó Harry, que se había quedado aún más patidifuso.
—Entonces sí, sé algo que tú no sabes —repuso Luna, quitándose una hoja que le había caído del hombro y mirándola con atención.
—Creo que será mejor que volvamos a la carpa, necesito una cerveza de mantequilla —dijo Harry, y se sorprendió de ser capaz de poner un pie delante de otro.
Cada día entendía menos a las mujeres y más a Luna Lovegood.
