El lobo y el cordero
Por: Kida Luna
Capítulo XXXll
¿Dónde está Hayate?
Los gruñidos y gritos poblaron sus oídos hasta asustarla por completo; en un ataque de angustia, vio la flor en el suelo, totalmente despedazada.
Un aullido abandonó su garganta y ella estiró el cuello para cogerla.
-"¡Muéstrenle cuál es su lugar!" –tronó el potente aullido por todo el bosque.
Pronto, la piel en su nuca fue jalada fuertemente hacia atrás y sus mandíbulas acabaron por morder al aire; los ojos azules no pudiendo hacer más que contemplar la planta siendo barrida muy lejos por patas de distintos colores.
-"¡Basta!"
Un punzón invadió su oreja derecha mientras la izquierda era perforada por blancos incisivos; el cerrar doloroso en sus patas se le antojó al de grandes grilletes de trampas para osos.
Apretó los dientes en tanto sentía su piel hacerse jirones y las fauces mordisqueando ésta una y otra vez. Las pupilas cerúleas consiguieron enfocarse al frente.
Allí, donde encima de una gran roca gris, Ian le observaba con la cabeza en alto.
-"¡Combáteme uno a uno! –gritó con fuerza, tratando de descargar el dolor por medio de su voz-. ¡COBARDE!"
-"No –respondió seco-. Ya te he tolerado bastante, Hayate Yagami."
Los ópalos negros se entrecerraron con desprecio. Luego, el dingo oscuro alzó su cuello y aulló alto al cielo, cuyas nubes empezaban a cubrirlo todo para ocultar el sol.
-"¡IAN!"
Su cuerpo fue azotado de golpe contra la tierra. Las patas blancas del licaón se agitaron en desesperación, atinando a dar contra las caras de algunos de los perros, mientras otros mordían sus tobillos y la hacían gemir en dolencia.
El firmamento pálido pronto se volvió un diminuto círculo irregular, que a duras penas alcanzaba a vislumbrar cuando todo a su alrededor era una mancha revoltosa, repleta de garras y dientes.
En un esfuerzo, se puso de pie súbitamente y corrió tan rápido como pudo, sintiendo algunos cánidos aferrados a su lomo en tanto los otros iban a la par suya, queriendo acorralarla; angustiada por la situación, se arrojó a sí misma contra las cortezas duras de los árboles.
Percibió sus huesos crujirle al tiempo que los chillidos de sus enemigos sonaban, cayendo al suelo.
Sin embargo, el espacio reducido y la desventaja en cuanto al número, la hizo estar rodeada de nuevo en cortos segundos.
Los cuellos se estiraron rectos conforme las orejas se pegaban a la nuca, con los filamentos puntiagudos temblando dentro de sus hocicos y los gruñidos y chasquidos de mandíbulas haciendo eco en la mente apabullada de Hayate.
-"¡Así es como pretendes vencerme! –exclamó, volteando a ver al perro sobre la alta roca-. ¡Con jugarretas sucias y tramposas!"
Ian no respondió. La mirada oscura permaneciendo orgullosa e impasible.
-"¡No vas a lograrlo! –gritó al cerrar los ojos con fuerza, el viento frío empezando a hacer sus heridas arder-. No voy a ceder ante ti, ni ante nadie..."
Las pupilas azules temblaron, colmadas de frustración e impotencia; aún así, una chispa de espíritu se levantó a través del velo del miedo y el pavor, incitándola a lanzarse directo a embestir a los otros.
¡AUUUU!
Se las apañó para chocar cabeza con cabeza, enviando a volar así a cuatro o cinco de sus oponentes. Giró alrededor de sí misma tan rápido como pudo y brincó de derecha a izquierda, patinó de izquierda a derecha; aún así, el peso de los canes saltando sobre su lomo y magullándolo, la hizo perder el equilibrio más de una vez.
Se levantó furiosa varias ocasiones, aventando lejos con todas sus fuerzas al lote de cazadores que le caía encima apenas tocaba el suelo.
La cola punteada en blanco fue asida entonces, haciéndola chillar; provocando que al alzar la garganta, ésta fuera sujetada por otro, que aplicó todo su peso para precipitarla bruscamente de panza sobre la tierra.
Antes de que se pusiese en pie, dos de los seguidores de Ian sujetaron una pata trasera cada uno y corrieron velozmente; Hayate sintió las rocas rasparle el cuello mientras el cuerpo se le quemaba ante el contacto rasposo con la superficie.
Fue arrastrada sin miramientos durante medio minuto, lo que para ella pareció una eternidad. Después, uno de sus cuartos fue liberado, sólo para que el otro adversario se parase en dos y la hiciese volar por los aires al jalarla consigo.
Ambos cayeron de espaldas con un gran estrépito, siendo el licaón quien rebotó y percibió los músculos palpitarle.
El lobo pintado tosió entonces, atragantándose con el polvo que se había levantado. Después, sus extremidades delanteras tiritaron insistentemente al intentar ella ponerse de pie.
No obstante, los cuartos posteriores no parecieron responder muy bien, dejándola solamente semi-sentada.
-"Eres la deshonra de Colmillo Brillante, una vergüenza –Ian habló mientras bajaba de un salto al suelo y contemplaba a su víctima jadear con esfuerzo, en tanto él caminaba despacio hacia ella-. Te advertí que te marcharas lejos, que no eres ni serás jamás igual a nosotros. ¡Jamás!"
El escupitajo le cayó en el rostro a la ojiazul, que peló los dientes a pesar de su condición; no importándole que ahora el Jefe de la Jauría estuviese parado delante suyo.
-"Tú no perteneces al clan, mestiza."
-"Nunca querría pertenecer a algo tan bajo..."
El atrevido gruñido le valió un arañazo en la cara, a lo cual contuvo el quejido de dolor por orgullo y coraje. Forzó a sus patas traseras responder, pudiendo soportar así su peso para encararle, aún si sus tobillos se sentían como gelatina.
-"Si realmente… -gimió y luego tosió sangre al suelo-. Si realmente fueses un verdadero can, sabrías cuál es el verdadero valor de Cari…"
-"¡No te atrevas a decir su nombre, salvaje!"
La cabeza y el cuello de Ian se agazaparon para colocarse entre las patas blancas de Yagami, despegándola de la tierra al empujar hacia arriba, justo en su vientre; el violento empujón la mandó directo al tronco de uno de los árboles de allí, dejando una hendidura en la corteza en cuanto su cuerpo se desplomó en la tierra.
-"¿Debemos matarla, Jefe?"
-"¡Permítanos arrastrarla por todo el bosque! ¡Así todos comprenderán lo poderoso que es!"
-"Yo digo que arranquemos primero sus orejas…"
El relamer de las lenguas húmedas y expectantes resonó, expresando la ansiedad de los perros que veían con las fauces abiertas a la cánida moteada en el suelo.
La faz de Hayate se bamboleó al izar su cuello, con las imágenes convirtiéndose en un remolino difuso, del cual la mitad, era completamente rojizo. Apenas pudo sostener su parte superior, vio las gotas de sangre resbalar desde su nariz hasta la superficie terrosa entre sus patas.
El rugir de los truenos le pareció lejano, a pesar de que pregonaba justo por arriba de su cabeza.
"Esto va mal… ¡Párate, Hayate! ¡Párate, pedazo de perro cobarde!"
Mordiéndose la boca para tragarse los gimoteos al sentir sus músculos tensarse en exceso, se puso en pie de nuevo; habiendo perdido ya la cuenta de cuántas veces había tenido que repetir aquella acción.
Caminó cual muñeco de trapo hasta quedar frente a frente con Ian, a unos tres metros de distancia y con toda la manada respaldándole. Los hocicos bañados del elixir escarlata que le pertenecía a ella, así como las amapolas blancas allí cerca, que habían perdido su blancura casi por completo.
-"¿Eso… -cerró y abrió los párpados, tratando de recuperar la gama de colores que se transformaba en uno borgoña-… Eso es todo lo que tienen?"
-"¡Qué insolente!"
-"¡Jefe, por favor, déjeme destajarle la cabeza!"
-"¡Hay que darle otra paliza, muchachos!"
Ya todos habían ladrado en acuerdo, cuando el dingo negro se interpuso delante de ellos. Los rumores y bisbiseos comenzaron, suplicando que se quitase para poder terminar su faena.
-"¿Qué pasa? –Ian rió, ignorando los comentarios de sus compañeros-. ¿No puedes ver bien?"
Hayate gruñó lo más fuerte que pudo, aunque al final resultó más en un gemido bajo y siquiera audible.
La garganta ardiéndole ante tanto bramido así como la presión pasada de diversas mandíbulas, impidiéndole vocalizar correctamente.
-"¿Algunas últimas palabras?" –se regocijó, enderezando el cuello y relamiéndose el hocico.
-"Sí… -jadeó con dificultad, la mirada ardiéndole en ira mientras le veía caminar tranquilamente hacia ella-. Vete al infierno."
-"Vas a lamentar haber dicho eso."
La boca de Hayate se abrió, liberando un aullido mudo en tanto sus párpados se cerraban con fuerza; los colmillos que rodeaban su garganta clavándose en su piel oscura, haciendo ya los hilillos de sangre deslizarse bajo su pecho.
No tuvo tiempo siquiera para respirar cuando las mandíbulas que la apresaban, la aventaron de tajo al piso, sin soltarla. Los gruñidos salieron feroces de la garganta de Ian conforme la alzaba y azotaba contra la tierra, como un simple muñeco de juegos.
Las patas blancas delanteras –que eran las que más sentía todavía latentes- se aferraron lo mejor que pudieron a la superficie, tratando de frenar desesperadamente las sacudidas en un vano intento. Trazos crearon las garras negras del licaón por todo el lugar, al tiempo en que de ella escapaban bajos sonidos que asemejaban una tos asfixiante.
Finalmente, el dingo negro la levantó por completo del cuello, demostrando así la diferencia de altura y fuerzas. Al siguiente instante, las fauces se separaron para arrojar al perro moteado varios metros lejos.
El cuerpo del lobo pintado rodó sobre sí fuertemente hasta llegar a la punta del risco allí cerca, resbalando y quedando suspendida del borde solamente por sus cuartos delanteros.
-"¿Qué se siente, Hayate?"
Sus extremidades postreras rascaron las rocas de la pendiente, fragmentándolas en pedazos chicos que cayeron al poderoso río que fluía abajo.
Sus zarpas arañaron con dificultad la orilla. Los músculos estirándose de forma sumamente dolorosa al tener que soportar su propio peso; los sentidos parpadeando cada vez más, como si en cualquier momento un apagón total le fuese a llegar.
-"¿Saber que seré yo quien te borre del mapa de Colmillo Brillante? –el ruido de más piedras desprendiéndose le llegó a los oídos, a lo que él sonrió todavía más-. ¿Puedes imaginarte la enorme satisfacción que sentiré al ver el rostro de tus estúpidas amigas, llorando por ti?"
La mente de la aludida se volvió un caos todavía peor, con el frenesí y la preocupación por sus compañeras pretendiendo sacar lo mejor de ella; una de sus patas avanzó más lejos del borde, pero a los dos segundos, ésta volvió a ceder el espacio ganado.
-"¿Te sientes mal? –rió-. No te preocupes, pronto todo esto se acabará; debo regresar a la escuela, así que no demoraremos más."
Se forzó a sí misma para poder levantarse, logrando al fin elevar la cabeza en tanto sus brazos temblequeaban; los dientes apretados con máxima fuerza, tragándose los ramalazos de electricidad que quemaban sus hombros vacilantes.
Entonces, la luz del sol le fue obstruida, quedando solamente la sombra en su lugar.
-"¿A dónde vas?"
¡AUUUU!
El aullido de Hayate fue alto y espantoso en cuanto las patas negras aplastaron las suyas de golpe, provocando que su cuerpo bajase súbitamente los pocos centímetros que ya había subido y quedase nuevamente por debajo del risco.
"¡Muévete! ¡Con un demonio, muévete, Hayate! ¡Por favor, muévete!"
-"Todavía no te he dicho lo mejor del plan" –susurró al inclinarse hacia su oído derecho y pelarle todos los colmillos.
Las pupilas azules le vieron, oscilantes en pánico, las orejas mullidas plegadas hacia atrás debido a la incómoda posición colgante. Cada uno de los aguijonazos que atacaban su ser sin piedad y hacían correr más su sangre, a través de su vapuleado cuerpo, dejaron de tener importancia.
Un sentimiento angustiante se apoderó del licaón en cuanto contempló al dingo alzar el cuello de nuevo, con aquella sonrisa diabólica y llena de gozo en su boca.
Hayate quiso gritar que se detuviera, no porque le fuese a hacer daño a ella; sino por todas las cosas terribles que podía leer en sus ojos, él estaba confabulando ya.
Esos matices de egoísmo y ganas de destruir, que aún a través del manto rojo y borroso en que se transformaba su propia vista, eran tan reales…
Casi podía sentirlos desmembrar su alma.
-"Cuando te hayas ido –sonrió predatoriamente, presionando más el peso de sus patas-, Carim…"
"¡NO, NO, NO, NO!"
Los orbes de Hayate se abrieron en terror puro, así como su boca ahora se congelaba; el aire desapareciendo de sus pulmones, el ulular del viento entre las hojas muriendo.
El corazón constriñéndose irremediablemente…
-"…será mía."
-"¡NOOOOO!"
¡GROOOOOARRR!
Colmillos blancos se dirigieron hacia ella a la velocidad de un relámpago.
Las lágrimas saltaron de sus ojos al momento en que sus párpados se cerraron forzadamente, justo cuando percibió la piel en su hombro derecho abrirse. Un corto chillido abandonó su garganta de manera asfixiante.
Entonces, sus patas, ahora libres, cedieron del borde y la gravedad le jaló de golpe hacia abajo.
El tronar de las rocas zumbó en sus oídos.
El viento congelante rodeó todo su ser en una fracción de segundo.
Después, fue como si su espalda chocase espantosamente contra algo duro y sólido; el oxígeno desapareció y la frialdad se apoderó de ella en milisegundos. El paisaje de árboles verdes y amapolas blancas se tornó en uno repleto de olas furiosas y abundante espuma.
La vista, antes rojiza, se oscureció a gran velocidad.
Y ella no pudo evitarlo.
-"Vámonos."
Ian apartó la mirada negra de las iracundas aguas que vociferaban abajo del risco para darse la media vuelta y apartarse del borde. A su orden, la jauría sin chistar le siguió de vuelta a Colmillo Brillante.
Pisando las amapolas en su camino.
" – " – "
-"¡Hayate! ¡Hayate!"
Las pisadas presurosas resonaron por el lugar al igual que los jadeos. Saltó por encima de los setos y dio vueltas alrededor del sitio, mirando a todas partes con desasosiego.
Avanzó hacia delante, hasta que un pequeño crujido la hizo dirigir la mirada hacia abajo.
Las mandíbulas se separaron en espanto y las orejas se pegaron a la nuca.
Carim observó temerosa los pétalos rojos marchitos y esparcidos en la tierra, así como las manchas de sangre que había no sólo por doquier, sino que también cubrían a las amapolas.
Rastros de pelea, en especial arañazos, se dejaban ver en toda la extensión del terreno.
-"Hayate…"
Su nariz se pegó al suelo, cerca de las hojas escarlatas, solamente para alejarse de golpe al detectar la esencia de su amiga impregnada en ellas.
El dingo dorado dio vueltas sobre sí mismo.
Viró la cabeza a los alrededores, le llamó una y otra vez, alternando su voz entre gimoteos largos y adolecidos aullidos. Las hojas de las ramas se desprendieron ante el viento, que empezaba a tonarse más vehemente poco a poco.
Sus pasos se dirigieron entonces hasta el borde del risco, desde donde se asomó hacia abajo para ver un enfurecido río rugiendo. Las orejas doradas fueron mecidas por la brisa en tanto quedaba bocabierta, hipnotizada por el terrible poder del manto acuático varios metros debajo de ella.
-"No…" –susurró y negó.
"Hayate no pudo…"
Retrocedió, provocando que algunas rocas en la orilla se desprendiesen y cayesen con un sonido hueco dentro de las olas. Aquello hizo su vista descender, solamente así pudiendo apreciar la serie de rasguños que rodeaban la superficie del peñasco.
Un gemido escapó de su garganta.
La visión a su derredor, donde salpicaduras de sangre abundaban, la hizo temblar de pies a cabeza y meter la cola entre las patas; las orejas se doblaron aún más, también en miedo. El corazón pareció parársele durante varios segundos.
Su propia respiración fue lo único que llegó a sus oídos.
"-Um, buenos días. Mi nombre es Hayate Yagami, soy nueva en esta escuela…"
-"No… no…"
"-Porque eres libre. No hay cadenas, no hay límites… el mundo entero es tu casa. Y en ese momento, te das cuenta que tienes el hogar más hermoso de todos."
Las patas blancas avanzaron hacia atrás, sin apartar los ojos afectados del pico de aquel alto risco, marcado y manchado con el olor de la sangre.
"-Puedo quedarme. Si eres tú la que lo quiere, me quedaré. Es decir, ¿estarás a mi lado, no? ¿Aunque sea un poquito?"
Cerró los párpados con fuerza y salió corriendo de allí, las lágrimas finas cual cristales, siendo transportadas por el viento a través de todo el bosque. Los árboles y flores convirtiéndose en meras sombras negras o verdes, deformes, totalmente desprovistas de cualquier atención que la mirada borrosa pudiese brindarles.
"-Entonces, ¿no te importa? Es que sí te mereces algo mejor."
"-¡¿En serio? ¿De verdad me acabas de decir que sí?..."
-"¡Tonta! –sollozó, juntando después las fauces para morderse los labios, en un intento por ahogar el llanto que quería explotar-. ¡Hayate, eres una tonta!"
"-¿Vas a cuidarme? Porque si yo me enfermase sería tu culpa…"
Los graciosos orbes azules así como el rostro oscuro de su dueña rápidamente atormentaron su mente; en un santiamén, todos los recuerdos felices se trastocaron en siluetas tiradas en algún rincón de aquel vasto planeta, sin fuerzas.
Sin vida.
Con el pelaje entintado de rojo y las mandíbulas inertes abiertas, jalando un oxígeno que sería recibido por un par de pulmones muertos.
El dingo sacudió la cabeza fuertemente, las patas golpeando todavía más la tierra que tocaban, como queriendo desahogar el dolor contenido.
"-La del corazón benévolo eres tú. La afortunada por tenerte, soy yo."
¡THUD!
Carim tropezó durante su carrera, quedándose echada en el suelo y colocando ambas patas delanteras sobre su hocico; las lágrimas continuaban fluyendo y el viento continuaba silbando.
El cielo, totalmente cubierto de nubes grises, soltó un poderoso bramido.
En cuanto pequeñas gotas comenzaron a caer, ella se atrevió a alzar la vista.
"-¡Hayate! ¿Verdad que se oye genial?"
Quiso decir su nombre, mas cerró la boca en el último momento, no aguantando la idea de que su llamado no sería respondido.
Apretó los colmillos con fuerza, sintiendo una rabia empezar a desbordarse dentro de sí. Se levantó firmemente y volvió a emprender el camino a toda velocidad, la mirada reflejando una mezcla de dolor y cólera.
Solamente conocía una persona capaz de hacer algo como aquello, al igual que de tener, junto a muchos otros, sus mismas huellas.
Y tardase cuanto tardase, ella se encargaría de que todo mundo supiera que Hayate Yagami era mucho mejor que cualquiera en Colmillo Brillante; y que así como había llegado un día, tenía que regresar.
Tenía que estar viva.
¡Tenía que volver a su lado! Se repetía, aún si la mente le susurraba lo contrario…
-"Tal como él lo había predicho, ha venido a buscarla."
-"Andando, infórmale al Jefe; yo y los demás regresaremos al Paso para limpiar todo el desorden."
-"Entendido."
El relámpago iluminó las dos sombras de los perros que habían estado vigilando, ocultas, tras los árboles; al instante en que el bosque fue alumbrado de nuevo, ambas siluetas ya habían desaparecido.
" – " – "
-"¡Hayate!"
Fate Testarossa gritó por vigésima vez durante las tres horas que habían transcurrido. Dobló las orejas mientras veía hacia todos lados, preocupada, temiendo que algo muy malo hubiese podido sucederle a su compañera.
-"Esto no está funcionando –habló Signum, seguida de Tía y Subaru-. Tenemos que separarnos, de otra manera sólo conseguiremos perder tiempo valioso."
-"Um… -tarareó, desanimada-. Trataré de contactar a Nanoha y sus amigas, seguro que pueden prestarnos ayuda."
-"De acuerdo, pero recuerda que hay tener cuidado –le pidió la leona-. Este lugar se está volviendo cada vez más peligroso."
Asintiendo, la lobezna se separó para dirigirse hacia Casco Resistente. Cruzó a través de lagos y charcos de lodo que la lluvia ya estaba formando, importándole muy poco la tormenta que se había cernido desde esa tarde sobre todo el lugar.
Los malos presentimientos iban en aumento conforme los segundos avanzaban, cada uno tan crucial como el anterior.
Las cosas habían dado un giro terrible. No sólo las noticias de una posible emboscada hacia Hayate por parte de Ian y los suyos, habían sido desmentidas. En cuanto Chrono y algunos otros directivos habían aparecido en el sitio, ningún rastro, de los que tanto proclamaba Carim, permanecía allí.
Lo que fue calificado de una mentira y pérdida de tiempo, a excepción del hijo de la Directora, tan sólo provocó que el dingo dorado desapareciera de inmediato entre el bosque.
Ni Fate ni Signum habían podido encontrarla tampoco, mas suponían que Gracia también debía de estar buscando a su compañera.
-"Esto se está complicando bastante –sonrió con melancolía, sintiendo las gotas de lluvia empapar su cuerpo-. Cualquiera podría ser el siguiente…"
Con ello en mente, se quedó quieta durante varios minutos, justo al frente del río que separaba a Casco de Colmillo; el mismo en donde había mostrado por primera vez su forma humana a Nanoha.
Lentamente, sin querer hacerlo del todo, cruzó la alambrada.
-"¿De nuevo?"
-"Um. Lo he visto antes, no pensé que fuese muy importante para decirle, Jefe, pero…"
-"Al contrario –una sonrisa perversa se dibujó en sus labios-. Es muy importante…"
La sombra grande abandonó su asiento desde la elevación donde veía a la lobezna correr sobre la pradera, siendo seguida por la sombra más pequeña ante su retirada.
" – " – "
-"¡Hayate! ¡Hayate, por favor! –exclamó desesperada, no haciéndole caso al ardor en su garganta-. ¡No te atrevas a dejarme!"
Bajó la cabeza y cerró los ojos, pretendiendo deshacerse de las gotas saladas que no paraban de aguar su mirada. Hacía mucho que se había alejado de Colmillo y había ingresado a la zona prohibida.
La lluvia se había detenido también, quedando solamente las frías ráfagas presentes.
Sin embargo, el sufrimiento y el anhelo la incitaron a caminar todavía más, ignorando tanto el hambre como el dolor que en las patas tenía.
-"¡Hayate!" –aulló de nuevo.
La sed hacía ya estragos en su voz cada vez más afónica y el llanto hacía todo más confuso entre la oscuridad de la noche.
Luego de más minutos de infructuosa búsqueda, Carim se detuvo. Empezó a murmurar cosas entre dientes, reprochándose lo débil que era; lo lenta que era; lo inútil que debía de ser…
Lloró todavía más, aullando a la luna conforme se daba cuenta de lo despreciable que era al haber abandonado a alguien que siempre le había cuidado, tratado con cariño y atención.
Sintió vergüenza de sí misma.
Se preguntó cómo no había sido capaz de defenderla, cómo había podido fallar de una manera tan deplorable y humillante.
"Por favor… por favor, respóndeme…"
Miró las estrellas –ésas que alguna vez el licaón le mostró numerosas veces- con la boca entreabierta y la cara empapada; poco le importó que le costase respirar. De hecho, no le molestaba si llegaba a ahogarse, se lo tenía merecido.
Todo había sido su culpa.
Ella le había hecho eso a la única persona que había querido verla sonreír con todo el corazón.
-"¿Por qué? –susurró en amargura-. ¿Por qué no nací del lado salvaje…?"
"¿Por qué no pude ser como Hayate?"
Bajó la vista y continuó caminando, con la cabeza y la cola gachas, igual que el corazón. Estaba decidida a no poner una pata en Colmillo Brillante hasta que pudiese dar con ella, así pasasen las semanas o los meses; así pasasen las clases una tras otra con sus inasistencias.
Nada de eso valía la pena.
No si al final, cosas como aquélla, siempre iban a acabar sucediendo.
Pasados unos momentos, el ruido del agua correr le alcanzó. Carim alzó la mirada, motivada por la sequedad en su garganta que le pedía a gritos ser atendida; sin poder esperar más, trotó con las escasas fuerzas que aún conservaba, para poder saciar su sed.
El camino lleno de vegetación pronto se vio separado por el cuerpo acuífero, cuyo principio y final no lograban avistarse de lo largo y grande que era.
El dingo bajó el cuello y sintió algo de alivio cuando la frescura mojó su boca. Una vez hubo estado satisfecha, se dispuso a seguir con su tarea; no obstante, una figura al otro lado captó su atención.
Un jadeo escapó de ella en tanto se agazapaba al suelo para no ser vista. Estaba consciente del peligro al que se estaba exponiendo, especialmente porque no conocía la zona que estaba pisando; a pesar de ello, no se retiró.
Avanzó panza al piso junto al río, aproximándose para poder conocer a qué era lo que se estaba enfrentando. Mas lo que vio del otro lado, era lo último que había estado esperando en ese preciso momento.
-"¡Hayate!" –exclamó contenta, al punto de querer volver a echarse llorar de nuevo.
Se enderezó y se introdujo al río, moviendo enseguida las patas bajo el agua para poder llegar a la otra orilla. Todavía seguía nadando, y aún así, las lágrimas ya habían empezado a humedecer sus mejillas.
Apenas sus cuartos tocaron tierra, echó mano de sus últimas fuerzas para correr a toda prisa a su lado. No supo si seguir llorando de tristeza o de alegría en cuanto le tuvo al frente; entonces, todo se le vino abajo y el miedo le arropó más que nunca.
Allí estaba Hayate Yagami, el licaón que había armado tremendo alboroto en Colmillo Brillante, y el único salvaje que había conseguido participar y vencer a todos en un gran evento.
Allí estaba.
Tirada en la tierra, con la sangre coagulada adherida a su pelaje y terribles cicatrices y heridas anillándole tanto las patas como el cuerpo. La boca entreabierta, la lengua flácida e inerte descansando en el polvo; manchas secas alrededor suyo, coloreando de rojo todo lo que habían alcanzado a tocar.
-"¿H-Hayate?" –preguntó con temor.
Movió con su hocico el suyo, oyendo el sonido de este último caer en cuanto le hubo retirado el apoyo. Carim liberó un gemido mudo, los ópalos lavandas contemplando la figura inmóvil de su amiga, antes tan vivaz y enérgica.
Miró hacia todos lados con desconsuelo, deseando que alguien apareciese y le dijese qué hacer y cómo hacerlo.
-"Hayate, despierta –suplicó acongojada, dando golpecitos a su espalda-. No me hagas esto, ¡sabes que no me gustan las bromas así!" –sollozó.
Por más que intentó hacerla reaccionar, ninguna respuesta sobrevino.
La baja temperatura del licaón así como su grave estado dispararon sus más grandes miedos; los lunares blancos marcados por la suciedad y la sangre, desgarrados algunos inclusive.
Numerables moretones y golpes por aquí y por allá.
La cola desmarañada, con espacios abiertos cual si trozos de pelaje le hubiesen sido arrancados. El hombro derecho rasgado por una herida profunda. Sus orejas mullidas tampoco se quedaban atrás, pero lo más visible, era la cortada -y marcas de dientes- que pasaba por su garganta en diagonal.
Siendo definida por una semidelgaga línea escarlata.
Carim se acostó a la vera suya, juntándose lo más que se pudiese para tratar de brindarle algo de calor al cuerpo frío del perro moteado. Al tener los hocicos tocándose lado a lado, pudo percibir con un poco de alivio el cálido aliento que la boca de Hayate dejaba salir.
Los movimientos del pecho, subiendo y bajando, apenas perceptibles.
El dingo se quedó allí, murmurándole todo lo mal que lo había pasado y lo preocupados que todos estaban por ella; le pidió de favor que soportase, que pronto la llevaría a un lugar seguro.
Aunque la verdad, era que ni siquiera Gracia sabía en dónde quedaba el lugar seguro en ese sitio desconocido...
Crack.
La cabeza y las orejas doradas se izaron al instante, con la pobre visión nocturna dando un escaneo de 360°. Los ruidos inquietos continuaron zumbando hasta ella, por lo que tuvo que ponerse en pie para hacer frente a lo que sea que estuviese rodeándolas.
De repente, dos cabezas se asomaron, cubiertas su identidad por la oscuridad de la noche. Por la posición de sus caras y cuerpos, supo que les vigilaban atentamente.
-"¡Aléjense de aquí!" –gritó, colocándose delante de una inconsciente Yagami.
Las figuras se vieron entonces entre sí, como analizando acerca de lo dicho. Enseguida, se apartaron de la arboleda donde se encontraban para salir al pequeño espacio abierto a la orilla del río; una de ellas se mantuvo quieta, mientras la otra agachaba el cuello como queriendo observar aquello que Carim resguardaba.
-"¡Fuera! –ladró alto, inclinándose para evitar que se diesen cuenta de que Hayate estaba muy vulnerable-. ¡No voy a repetirlo otra vez!"
Una de las sombras, la que había estado curioseando más notablemente, pareció sonreírle a la otra al abrir sus mandíbulas. Ante eso, ambas criaturas dieron un salto al frente para empezar a trotar hacia ellas.
La cánida dorada apretó los dientes y dio un rápido a vistazo a la africana detrás suyo. Regresó la mirada al frente, estudiando las siluetas que si bien no eran más grandes que ella, se veían en plena forma y energía.
Aquello, así como el hecho de que era superada en número, tensó sus músculos. Todavía seguía exhausta por las largas horas de búsqueda, con hambre y sueño; además de que, al ser sus oponente felinos –o eso le parecía-, podían ver perfectamente en la noche, muy al contrario de sus posibilidades.
Aún a sabiendas de esto, el dingo se lanzó en picada hacia lo desconocido.
Corrió lo más rápido que pudo y saltó sobre las dos sombras, queriendo apiñarlas al suelo de un solo tajo; sin embargo, a unos centímetros de poder aprisionarlas con sus garras, los félidos desaparecieron en un parpadear de ojos.
-"¡¿Qué?" –el gruñido se vio entremezclado con el sonar de las cuatro patas al caer, arrejuntándose y arañando el suelo rápidamente, en busca de frenarse a sí misma.
Se dio la media de vuelta de inmediato, a tiempo de ver cómo las siluetas paraban su trote para rodear a Hayate en el suelo. Espantada, se apresuró a llegar hasta su lado, alarmándose al notar que aquellas cosas empezaban a olfatearla.
Hubo algunos extraños maullidos, con las colas danzando en el aire, y entonces…
-"¡Hayate!" –alguien chilló.
Carim se quedó congelada.
A unos cuatro metros de ella, con ayuda de la luz de la luna, pudo contemplar por fin el rostro de las dos fossas que parecían haberse desesperado de repente.
La más grande empezó a recorrer con el hocico el cuerpo lastimado, como queriendo examinar los daños más de cerca. Mientras tanto, la figura más pequeña se adelantó unos pasos y emitió un agudo rugido, similar al de una pantera.
El llamado hizo un eco potente en todos lados.
A los pocos segundos, las patas blancas del dingo sintieron la tierra bajo ellas temblar, provocando que su mirada observase las rocas sueltas en el suelo, que no paraban de rebotar frenéticamente.
"¿Qué esta pasando aquí? ¡¿Cómo pueden saber el nombre de Hayate?"
¡STOMP!
Carim giró la cabeza hacia atrás en un respingo, al escuchar el repentino pisotón.
El viento silbó fuerte en ese instante, agitando las ramas de los árboles, las aguas del río y el pelaje de todos los que se hallaban presentes allí esa noche.
Las pupilas lavandas contemplaron con confusión y perplejidad al perro que salía del mismo sitio de donde las fossas habían emergido; pero lo que mantenía sus irises negras pegadas a él, era la enorme cantidad de canes que esperaban justo detrás de quien parecía ser la cabecilla del grupo.
-"Aria, Lotte –se dejó oír la voz pesada y ronca-, ¿cuál es la emergencia?"
-"¡Padre!" –chilló la segunda, la que había lanzado el llamado.
"¿Padre…?"
Los pensamientos de Gracia se volvieron todavía más enredados conforme veía al líder alejarse de su clan, para aproximarse a las otras dos. El perro viejo -pues su pelaje que debió ser brillante y jovial en antaño, ahora se mostraba de un gris con motas opacas- la pasó de largo, sin molestarse siquiera en hacer nota de su presencia.
-"Padre, es Hayate –habló la más grande-. Alguien debe haberle hecho todo esto –hizo crujir los colmillos-, tenemos que atenderla rápido."
-"¡Hay que encontrar a los malditos que le hicieron esto!"
-"¡Lotte! –le gritó la otra fossa-. ¡Ni siquiera tenemos idea de quiénes fueron, nuestra prioridad ahora es cuidar de sus heridas!"
Las órbitas azules de Gil Graham se dirigieron hacia Carim, frías y serias. Hubo un largo silencio, donde todos se dedicaron simplemente a admirar expectantes y a esperar lo que sea que el mayor fuese a decir.
-"¿Quién eres? No perteneces aquí –preguntó con gravedad, dándose la vuelta para encararla-. ¿Acaso has sido tú la responsable de…?"
-"¡Padre, te equivocas! –Lotte se interpuso entre los dos-. Ella intentó defender a Hayate cuando aparecimos; no tengo idea de quién pueda ser –le miró de reojo-, pero sé que no es la culpable de lo que ha pasado" –terminó en un susurro mientras agachaba las orejas.
-"Graham-san, ¿qué debemos hacer?"
Uno de su grupo habló, dando un paso delante y preservando la postura firme y obediente. Al igual que su líder, ignorando por completo al dingo que continuaba en medio de ambos.
-"Kyo, carga a Hayate –ordenó, a lo que de inmediato uno de los perros salió para colocar a la susodicha sobre su lomo-. Hay que regresar antes que anochezca más."
-"¡Um!" –acordaron todos.
Graham pasó nuevamente a Carim, partiendo ya con los suyos. Aria y Lotte, detrás del mayor, fueron las únicas que viraron la cabeza para observar al cánido que les veía desde atrás, todavía de pie en el mismo lugar.
-"¡Espera! ¡Espera un momento!"
La damisela pura corrió hasta bloquearle el paso al gran perro salvaje, provocando que el resto de la jauría gruñera, dispuestos a quitarla del camino al atreverse a hablarle así.
No obstante, el jefe les detuvo, importándole muy poco las reacciones sorprendidas de sus seguidores.
-"¿Qué es lo que quieres? –cuestionó alto-. Será mejor que regreses de donde viniste, este sitio no es apto para criaturas como tú. Acá la supervivencia no es un juego de niños."
-"¡No me importa! ¡Hayate es mi amiga! –ladró tercamente, rehusándose a perder lo que tanto había estado buscando-. ¡He pasado horas deseando poder verla de nuevo, no voy a permitir que la alejen de mí!"
-"¿Quién eres tú?" –repitió, con la misma frialdad.
-"Soy su amiga –respondió, aguantándose la frustración que la hacía apretujar los dientes-, la que debió de protegerla cuando más la necesitaba…"
La cabeza y las orejas de Carim cayeron, con los orbes púrpuras y temblorosos fijados al suelo ensombrecido; los rayos blancos de la luna iluminándole la faz apenas.
El sonido de las patas pobló nuevamente sus oídos conforme todos hacían la vista a un lado para continuar con su marcha. Las lágrimas volvieron a nacer en los ojos del dingo, que se tragó los sollozos en tanto la cola se enroscaba por el miedo y el frío.
-"¿Qué estás esperando?"
El rostro de la cánida volteó a ver a Graham, que le miraba por sobre el hombro, dándole la espalda. Finalmente, él regresó la mirada al frente y continuó avanzando con el clan.
-"Si realmente te importa Hayate, olvídate de las palabras, aquí no sirven –habló seriamente, atrayendo las pupilas curiosas de Aria y Lotte, que caminaban a sus costados-. Demuéstralo con tus acciones, o vete a casa."
Carim sacudió la cabeza de inmediato, apartando así el llanto para poder andar junto a los otros canes, que se mostraban reservados y comprometidos con su lazo de hermandad, en un profundo silencio.
Se colocó al lado de aquél que llevaba a su compañera en la espalda, y se quedó ahí, vigilando durante todo el trayecto el sueño del herido licaón; lamiendo las lastimaduras de vez en cuando y frotando su hocico con el más oscuro.
Se arrepintió de bastantes cosas esa noche en la zona prohibida.
Y por todas esas cosas, ella hizo una promesa:
Hayate Yagami jamás volvería a estar sola.
Continuará…
Aquí está un capítulo, trataré de comenzar el siguiente por si puedo terminarlo a tiempo para subirlo igual. A ver si puedo obrar el milagro XD
Y sí, ya viene un poco acerca de los orígenes de Hayate. Si mis cálculos no me fallan, escatimo que en unos cinco o seis capítulos LyC se termina.
Muchas gracias a quienes leen, que tengan un agradable día =)
Kida Luna.
