CAPÍTULO II

Un nuevo curso

Torres y torreones, innumerables ventanales, gárgolas de las más grotescas y disparatadas apariencias, fuertes muros de piedra rodeados de grandes extensiones de un césped humedecido por la frescura de la noche...

Mientras se bamboleaba de un lado a otro con el incesante traqueteo de los coches llevados por thestrals,Hermione admiraba la belleza del castillo dónde residiría por última vez.

Siempre que lo contemplaba, especialmente después de las vacaciones de verano, la recorría una agradable sensación de calidez y seguridad:

Por fin estaba en casa.

Los tres jóvenes estaban sumidos cada uno en sus propios pensamientos cuando el coche empezó a aminorar la marcha. El golpe brusco que precedió el fin de trayecto los trajo de nuevo a la realidad.

A Hermione se le iluminó el rostro en cuanto se encontró frente a la gran puerta de madera que guardaba el que durante unos meses sería su hogar: Nuevos retos, nuevas experiencias y emociones inesperadas eran algunas de las muchas cosas que le ofrecería el castillo este nuevo curso...

La pobre chica era incapaz de imaginar todo lo que le tenía deparado el futuro.

Harry y Ron, que ya habían emprendido la marcha hacia la entrada, se sorprendieron al descubrir que su amiga no los seguía. Confundidos, se detuvieron y dieron media vuelta para encontrarse con una Hermione completamente distraída e inmersa en sus cavilaciones: Su rostro estaba iluminado por la luz que salía de los ventanales del castillo, sus ojos relampagueaban vivazmente, y su boca estaba entreabierta por la admiración; la chica parecía estar absorbida por la magia que destilaba el castillo.

Al verla, los rostros de los chicos se en dulcieron en un gesto de profunda ternura: Realmente la chica se había echo un lugar muy importante dentro de sus corazones en los últimos seis años.

- ¡Hermione! –decidió romper el silencio el moreno – Si no te das prisa no encontraremos buenos sitios para ver de cerca las asustadizas caras de los alumnos nuevos.

- Eh... ¿Qué? – balbuceó la chica saliendo de su ensimismamiento- ¡Ay Harry! Perdón, quedé sumida en mis propios pensamientos... – se justificó mientras corría para alcanzarles.

Los tres emprendieron una carrera para alcanzar al resto de sus compañeros de séptimo curso, uniéndose finalmente a un corro que escuchaba expectante las indicaciones de la profesora McGonagall, que llevaba como siempre su melena canosa recogida en un moño:

- ... y en cuanto el profesor Dumbledore haya terminado su discurso que tendrá lugar después del banquete, los prefectos de cada casa deberán dirigirse a su respectivo jefe para que éste les comunique la contraseña de la cámara común, y después deberán guiar a los alumnos de primer año hasta ella. ¿Entendido?

Entendiendo como una respuesta afirmativa el silencio del alumnado la profesora se hizo a un lado dejando que los jóvenes entraran al Gran Comedor para tomar asiento en sus respectivas mesas.

¡Qué esplendoroso era! Un millar de velas estaban suspendidas en el aire, y el cielo reflejado en el techo era especialmente hermoso aquella noche. El Gran Comedor rebosaba vida y felicidad, se había convertido en un lugar cálido y familiar dónde los alumnos que no habían tenido tiempo de saludarse durante el viaje en el Hogwarts Exprés se abrazaban y se saludaban amistosamente.

Harry, Ron y Hermione se dirigieron a la mesa de Gryffindor y tomaron asiento junto a sus compañeros de clase. La mayoría de ellos habían aprovechado el verano para coger un tono de piel más oscuro, y algún que otro chico había ganado algunos centímetros de estatura.

Estaban comentando el verano con Neville, Dean y Seamus cuando se abrió la enorme puerta que daba al pasillo y entró por ella un no menos enorme abrigo de piel de topo coronado por una espesa maraña de rizado pelo negro: Hagrid, el guardián de los terrenos de Hogwarts, además de profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas desde que nuestros protagonistas estaban en tercero.

Detrás de él avanzaba temerosamente un grupo de unos treinta chicos y chicas de once años de edad, que si ya eran pequeños de por sí, detrás del guardabosques parecían champiñones.

Cuando todos los alumnos ya estuvieron situados delante de la mesa del profesorado, la profesora McGonagall hizo su aparición al Gran Comedor a través de una pequeña puerta lateral: llevaba en una mano un taburete de madera, y en la otra un pergamino y un sombrero picudo muy viejo y gastado por el tiempo y por el uso, seguramente había posado en tantas cabezas como hormigas había en un hormiguero.

Como era de esperar, los alumnos tuvieron una reacción de sorpresa al oír lo que les comunicó la profesora una vez hubo depositado el sombrero encima del taburete, que dejó reposando en el suelo:

- Cuando diga vuestro nombre, vendréis hasta aquí. Yo os colocaré el sombrero... Y seréis elegidos para una casa. – dijo solemnemente.

- Los chicos se miraron nerviosos entre ellos... Ninguno estaba realmente preparado para lo que vendría a continuación... - Pensaba Hermione. De echo, ella tampoco lo estuvo el día en que llegó a ésta escuela.

***

- ¡Atención por favor! – gritó la profesora McGonagall mientras golpeaba su copa de plata con una cucharilla de café – antes de cenar, el profesor Dumbledore quiere dirigiros unas palabras...

En cuanto la figura del director, con su larga barba plateada y sus características gafas de media luna, se levantó de su silla; cesó todo comentario, toda carcajada, toda queja... Para dar paso a un silencio respetuoso y expectante.

- ¡Mis queridos alumnos! – dijo alegremente – Sólo me gustaría decir... Narizotas, habichuelas, zumo de calabaza, periquito, rábano y sofrito.

Los alumnos nuevos quedaron mudos de asombro, mientras que a los mayores se les dibujó en el rostro una leve sonrisa de complicidad.

Y entonces, de repente, las cinco mesas del comedor se llenaron de deliciosos manjares que iban desde bandejas llenas de muslos de pollo asado, hasta enormes pasteles de un sinfín de sabores; cada plato más bueno y apetitoso que el que tenía al lado...

Los que hasta hacía un momento escuchaban respetuosamente al director de la escuela, se convirtieron en una manada de bestias indomables que se abalanzaron encima de la comida...

Cuando todo el mundo quedó lleno y satisfecho, el profesor Dumbledore volvió a incorporarse para anunciar a los jóvenes las normas tanto antiguas como nuevas que se habían instaurado este año en el castillo:

- En primer lugar, los alumnos nuevos debéis saber que el Bosque Prohibido, como su nombre indica, queda terminantemente prohibido para todos los estudiantes; a excepción de aquellos que deban ir a tomar clase allí, en cuyo caso lo harán siempre acompañados por un profesor. Así mismo nuestro celador, el señor Filch, me ha pedido que les comunique que cualquier acto que desfavorezca el orden público del colegio será compensado con labores comunitarias destinadas a corregir dicho acto.

Llegados a este punto el comedor se convirtió en un sinfín de protestas y maldiciones, y al mago le costó un par de minutos reestablecer el orden:

- ¡Por favor chicos! – dijo en un tono entre divertido y exasperado - Por último, debo comunicarles que este año el acceso al ala oeste del cuarto piso queda rigurosamente prohibido para todo aquél que no desee una expulsión inmediata.

En este caso no hubo ni un quejido ni una protesta. Todos los alumnos contemplaban mudos de asombro el profesor: La última vez que se cerró un ala del castillo se custodiaba en ella un objeto de inconmensurable valor... ¿Qué sería lo que se escondía allí esta vez?

***

- ¿Entendido? Varita de regaliz. Ésta será la contraseña de la sala común de Gryffindor hasta nuevo cambio. – Les informó la profesora McGonagall.

- Sí profesora. – respondieron al unísono Ron y Hermione, prefectos de su casa.

- Bien. – dijo satisfecha – Entonces hagan el favor de guiar a los alumnos de primer año hasta su cámara común.

Dicho esto dio media vuelta y desapareció por la misma puerta lateral por la que había aparecido para dar comienzo a la ceremonia de selección.

- ¡Bueno! Vamos allá, espero que no se nos pierda ningún chico este año... – dijo Ron mientras él y Hermione se dirigían a la puerta del gran comedor.

- Eso espero yo también... – decía Hermione alzando la vista hacia el techo en señal de exasperación - ¡Ay! – gritó, puesto que había chocado con alguien.

Aturdida, levantó la vista hacia el chico o chica que la había golpeado, y se topó con unos gélidos ojos grises que la miraban con sumo desprecio.

- Cuidado, Sangre Sucia. No querrás empeorar la situación, ¿verdad? Recuerda lo que te dije en el tren. – le dijo arrastrando las palabras.

- No, Malfoy. Quien debe tener cuidado aquí eres tú. – contraatacó furiosa la leona – Como vuelvas a llamarme de ese modo yo...

- ¿Cómo, Sangre Sucia? – se mofó el Slytherin.

- Malfoy, vete al carajo. – le espetó Ron, que había estado presenciando toda la escena.

El aludido lo ignoró por completo, y dirigiéndole una última mirada llena de odio a la castaña dio media vuelta y se dirigió a los alumnos de primer año de su casa para guiarles hasta la sala común de las serpientes.

Las cosas no iban a quedar así. De ningún modo.

Odiaba esa chica con toda su alma, si es que en su corazón residía algo parecido a ella, y le iba a dar su merecido...

La iría destruyendo lentamente, para recrearse en su dolor y sufrimiento...

Y en su venganza, de paso, haría sufrir también a Potter y Weasley.

Definitivamente, este año pondría las cosas en su lugar.

O eso creía Draco Malfoy mientras bajaba las escaleras que conducían a las mazmorras con una sonrisa diabólica pintada en sus labios...