CAPÍTULO IV

Capas de invisibilidad y besos nocturnos

Draco Malfoy se consideraba un joven afortunado: Era el único hijo de un matrimonio de magos de alto linaje muy adinerados, pertenecía a la casa del gran Salazar Slyitherin (echo que no sólo lo enorgullecía a él, sino también a todos sus parientes), era un mago notable, físicamente no tenía nada que envidiarles a los modelos de Calvin Klein, sus compañeros de casa lo idolatraban y los de las demás lo temían y respetaban...

Sólo existían tres personas que se negaban a completar su felicidad:

1. El gran San Potter, quien consideraba su enemigo desde primer año.

2. Su estúpido amigo, la comadreja Weasley; un lameculos insoportable.

3. La Sangre Sucia. Una sabelotodo engreída que siempre quería ser el centro de atención, y que pese a su evidente inferioridad se atrevía a desafiarle... Muy bien, esta estúpida rebeldía se iba a terminar para siempre.

Eran las doce y media y los alumnos de séptimo que no habían escogido la aborrecible asignatura de Adivinación que daba la excéntrica profesora Trelanwey tenían un descanso de media hora hasta empezar la clase de Herbología semanal.

Draco avanzaba sigilosamente por uno de los múltiples pasillos del castillo enfundado en la plateada capa de invisibilidad que ésta misma mañana había rescatado del fondo de su baúl: Era una reliquia familiar que su padre le había regalado en su decimosexto cumpleaños, y que había pasado de generación en generación desde tiempos inmemorables.

Procurando no acercarse demasiado a ningún alumno y conteniendo la respiración el chico se deslizó hasta la doble puerta de roble que flanqueaba la entrada a la biblioteca del colegio.

Siguiendo la razón, había optado por probar suerte en el sitio dónde más probablemente se hallaría la castaña, con un poco de suerte no acompañada por sus inseparables guardaespaldas cara rajada y comadreja.

Avanzó por las estanterías que más frecuentaba el alumnado y se detuvo ante cada mesa de estudiantes para comprobar si estaba sentada en alguna, pero ni rastro de la castaña.

Empezaba a perder la esperanza cuando escuchó su voz:

- Sí, señora Pince. - decía con voz de mosquita muerta - Necesito consultar este libro de pociones para realizar un trabajo que nos ha mandado el profesor Snape...

- Lo siento, señorita. – repuso la bibliotecaria en tono cortante – sin la autorización escrita de un profesor no puede acceder a la Sección Prohibida.

¿La Sección Prohibida? ¿Qué demonios estaría buscando allí? Había dicho que un libro de pociones, pero Snape no les había mandado ningún trabajo que requiriera consultar un libro de esta sección... ¿Qué se traería Granger entre manos?

Estaba tan concentrado en sus propios pensamientos que hasta que no la tuvo casi encima, no se percató de que la castaña se dirigía rápidamente hacia él.

De un salto, se apartó de la trayectoria de la chica, pero no pudo evitar que su enmarañada melena castaña rozara la suave tela de su capa...

Con el corazón en la boca, el muchacho vio como la chica se detenía bruscamente y dirigía su mirada escudriñadora hacia supuestamente nada, y reemprendía su marcha visiblemente decepcionada.

Concentrado en suavizar su agitada respiración, comprobó que la capa no se hubiera deslizado un poco con el contacto y siguió a la gryffindor.

A medida que iban avanzando y Draco se daba cuenta del destino de la chica, su desconcierto era mayor puesto que él estaba convencido de que la insufrible sabelotodo iría directa al despacho de la profesora McGonagall para que le diera el permiso escrito para poder entrar en la Sección Prohibida.

En contra de estas predicciones, Herminone se abrió paso entre la gente que deambulaba por el pasillo principal y salió al exterior. Draco la seguía de cerca.

***

El hermoso paisaje de los terrenos de Hogwarts apaciguó momentáneamente la indignación de Hermione:

¡Menuda tontería! ¿Desde cuando no conseguía lo que quería cuando mostraba su faceta de estudiante modelo?

Técnicamente, el libro no era indispensable puesto que había realizado la poción más de una vez, pero quería cerciorarse de un par de aspectos de los que no estaba completamente segura, y para esto sí que necesitaba el libro.

Tendría que recurrir a métodos menos legales para conseguirlo, el problema era que estaba completamente segura de que si le pedía la capa de invisibilidad a Harry, éste le iba a pedir explicaciones...

Debería buscar una buena excusa que le permitiera no tenerle que revelar la verdad a su amigo, pero el chico no era tonto: No se iba a creer cualquier cosa, así que optó por tumbarse en el verde y fresco césped que cubría los jardines del castillo para poder pensar con tranquilidad...

***

Draco observó como la gryffindor se tumbaba en el césped, hecho que aprovechó para acercársele más y así poder observarla mejor:

Tenía las manos detrás de la cabeza y las piernas, ligeramente dobladas, cruzadas. No parecía una posición demasiado cómoda.

Observó su rostro: Tenía los ojos cerrados, así que parecía que estaba descansando, pero su entrecejo estaba fruncido y sus dientes mordían fuertemente su labio inferior. Estaba preocupada o muy concentrada. Quizá realmente estaba tramando algo...

***

Tras varios minutos de deliberación, obtuvo una mentira medianamente creíble:

Le diría a Harry que quería ir a la cocina con la capa invisible para ayudar un poco con sus tareas a los pobres elfos domésticos que tenían esclavizados allí, pero sin que ellos se dieran cuenta y se enfadaran por ello.

Sinceramente, era una pésima excusa; pero la gryffindor no estaba acostumbrada a mentirle a su amigo y no se le ocurría nada mejor.

Resignándose, decidió abrir los ojos, pero tuvo que tapárselos inmediatamente con las manos porque la luz de un resplandeciente Sol de mediodía la cegaba completamente.

Lentamente, dejando que sus pupilas se contrajeran lentamente adaptándose a la intensidad de los rayos que bañaban toda su figura, Hermione apartó las manos de su rostro. Inmediatamente la invadió una desagradable sensación de inquietud. La conocía perfectamente. En los últimos días la había experimentado más de una vez. Incorporándose, escudriñó el paisaje que se cernía a su alrededor, pero no vislumbró ningún chico de tez pálida, pelo rubio y ojos grises. Draco Malfoy no se encontraba allí. Entonces ¿por qué esta inquietante sensación? ¿Por qué tenía la impresión de que la serpiente la estaba observando fijamente?

Instintivamente, cruzó los brazos por encima de su pecho, en posición de defensa. Era como si dos estacas lo estuvieran atravesando para fisgonear lo que guardaba en su corazón.

Asustada, se levantó repentinamente, cogió apresuradamente sus pertenencias, y echó a correr hacia la gran puerta de roble que custodiaba el castillo.

***

La reacción de la chica le había resultado divertida, pero también inquietante:

Por una parte le parecía gratificante mantener a la castaña en tal estado de inquietud sin siquiera presentarse ante ella, pero por otra parte el hecho de que la castaña hubiera presentido su presencia resultaba algo peligroso. No podría acercársele demasiado sin ser descubierto, y el hecho de que la castaña se sintiera incómoda no le permitiría descubrir mucho sobre su verdadera forma de ser y comportarse.

Tendría que pasar directamente a la segunda fase, pero era demasiado temprano: Apenas llevaban tres días en el castillo. Tendría que actuar muy sutilmente...

***

Eran las doce de la noche.

El cielo de un color negro azabache resplandecía por la titilante luz de miles de pequeñas estrellas que acompasaban el ritmo de la vida nocturna: los árboles del Bosque Prohibido mecían suavemente sus hojas cediendo ante una suave pero fresca brisa que se colaba entre sus ramas, de vez en cuando la esfera de la luna era oscurecida por la silueta de una lechuza que acechaba algún ratón escurridizo.

En los dormitorios las mullidas camas resguardaban del frío otoñal a los estudiantes que dormían respirando acompasadamente, excepto a Harry Potter.

Sentado en alféizar de la ventana de su dormitorio, abrazando con sus desnudos brazos sus rodillas y moviendo nerviosamente los dedos de los pies, que empezaban a entumecerse por el frío, dirigía su mirada perdida a los terrenos de Hogwarts, que con la oscuridad se volvían inquietantes y misteriosos.

No podía dejar de pensar en ella. Todavía podía sentir el calor de su dedo en los labios. Éste ínfimo contacto había ocasionado en él un cúmulo de sensaciones que jamás había asociado a su amiga.

Estaba preocupado: Se sentía muy culpable por Ginny. La quería, pero no estaba convencido de la autenticidad de sus sentimientos puesto que si la amara de verdad no se sentiría confundido y nervioso cada vez que la castaña hacía acto de presencia.

Desesperado, se agarró el pelo con rabia y escondió la cara entre sus rodillas. ¿Por qué tenía que pasarle esto ahora que había encontrado cierta estabilidad emocional?

En este instante, golpearon delicadamente a la puerta.

Harry se incorporó bruscamente, saliendo de sus atormentadas cavilaciones, y tras comprobar que ninguno de sus compañeros se había despertado se dirigió vacilante hacia la puerta de la estancia.

Entreabrió la puerta para ver quién era, y su corazón se desbocó en su pecho al distinguir a su amiga de castaña melena enmarañada y preciosos ojos almendra.

- ¡He-Hermione! ¿Q-qué haces aquí? –tartamudeó mientras abría la puerta completamente y la invitaba a pasar.

- Harry, ¿des de cuando eres tartamudo? –se burló amigablemente la castaña, mientras cerraba la puerta.

- Lo siento, es que estoy helado. –se disculpó el chico, rojo de vergüenza.

- ¿En serio? Espera, -dijo acercándose a él- déjame a mí.

La chica se acercó más y más hasta quedar a pocos centímetros del muchacho, quien respiraba cada vez más entrecortadamente, y lo rodeó con sus brazos en un abrazo con intenciones puramente amistosas.

Harry se puso rígido como si le hubieran lanzado un Petrificus Totalus y dejó de respirar: Esto era lo último que necesitaba su confundido corazón.

Tras unos segundos, al ver que el chico no reaccionaba, Hermione le susurró al oído, provocando en el chico un leve estremecimiento:

- ¿Ya estas mejor? –le dijo dulcemente mientras dirigía su rostro a los verdes ojos del pelinegro- ¿o pretendes que nos quedemos así toda la noche? –añadió pestañeando exageradamente.

Harry la miró confundido, y se puso más rojo si esto era posible. Ante su desconcierto, la castaña soltó una risotada:

- ¡Vamos, Harry! Era broma... No te lo tomes tan a pecho hombre, Ginny no se va a enfadar por un abrazo entre amigos.

- L-lo siento –se disculpó arrepentido el chico- n-no pretendía ofenderte... –concluyó desviando la mirada de su ahora confundida amiga.

- Harry, ¿te encuentras bien? –le preguntó su amiga, visiblemente preocupada.

El aludido dirigió su mirada hacia el rostro de la castaña, perdiéndose en sus hermosos ojos marrones...

Sin ser consciente de sus acciones, avanzó lentamente hacia su amiga, sin despegar los ojos de los de ella. Cuando estuvo a pocos centímetros de su rostro, tomó su mentón con delicadeza y dirigió los ojos de su amiga a los suyos:

- Perdóname, Hermione- le dijo mirándola con una enorme tristeza.

- ¿P-por qué? –preguntó ella, siendo ahora quién tartamudeaba.

- Por esto. –sentenció.

Con la mano que le quedaba libre, el niño que vivió rodeó la cintura de su amiga, atrayéndola hacia él. Con la otra mano, que cogía temblorosa el mentón de la chica acortó la distancia que separaba sus rostros, hasta que sólo los separaban un par de centímetros. El aliento cálido e húmedo de la castaña se mezclaba con el del chico, sus ojos buscaban confundidos en los ojos verdes de Harry la misma respuesta que él buscaba en los de ella, sus corazones latían desbocados en sus pechos, hasta que ninguno de los dos lo pudo soportar y unieron sus labios fundiéndolos en un tierno beso.

- ¿Harry? –los interrumpió una voz que les resultaba muy conocida.