CAPÍTULO XI
Escapada nocturna
El Gran Comedor siempre era una estancia ruidosa, pero durante la cena el alboroto era casi insoportable. Al menos, eso pensaba Hermione Granger, que más que cortar parecía que estaba asesinando la pechuga de pollo que había en su plato. Disgustada, dirigió una mirada cargada de odio a la persona que más detestaba de las allí presentes, intentando desahogarse:
Draco Malfoy se reía a carcajadas por un comentario que acababa de susurrarle Pansy Parkinson al oído. ¿Por qué demonios lo hacía? Si era un hecho que la chica con cara de buldog no tenía ni una pizca de gracia contando chistes...
Inconscientemente, empezaron a rechinarle los dientes, y en este momento el rubio decidió corresponer al desafío ocular de la gryffindor:
Gris contra marrón, hielo contra fuego, frío contra calor, oscuridad contra luminosidad.
Las dos miradas chocaron como dos icebergs en un mar helado, lanzando resquicios de hielo hacia las oscuras profundidades, producto del impacto.
Hermione intentaba concentrar en sus ojos todo el odio, el desprecio y la repulsión que le profesaba al slytherin; cuando notó que el bloque de hielo al que se oponía empezaba a derretirse. Malfoy le estaba dirigiendo algo parecido a una sonrisa.
¡¿Como?!
Confusa, frunció el ceño y su mirada se convirtió en un sorprendido gesto de interrogación al cual el ojigris respondió con una segunda sonrisa, esta vez más cínica que la anterior.
Enfurruñada, decidió terminar con esta estupidez y decidió regresar al mundo de los vivos, en el que Harry y Ron mantenían una acalorada discusión sobre quidditch.
***
No podá creerlo. Su plan estaba funcionando a la perfección. Quizá había sobreestimado la astúcia de Granger... Sabía que el heróico gesto que había tenido en Herbología había sido bien recibido por la castaña, pero de allí a pensar que la desarmaría con una simple sonrisa, sin levantar sospechas... ¿Qué le estaba pasando a la sangre sucia? ¿Estaba empezando a caer en sus redes?
Todos estos pensamientos llenaban la mente del príncipe de las serpientes mientras avanzaba por un pasillo del segundo piso, cuando escuchó la voz de la chica que ocupaba sus pensamientos en este momento:
- ¿Como? ¿Que hoy empieza el castigo que te impuso Snape el lunes?
Su voz provenía de la entreabierta puerta que custodiaba el reino de Mildred la Llorona, así que decidió pegarse a la pared justo al lado de la entrada para escuchar mejor la conversación que estaba manteniendo con...
- Lo siento Hermione. Esta tarde Snape me lo ha "recordado amablemente" en cuanto he salido de estar contigo en la enfermería.
Ésta era la voz de San Potter. ¿Porqué tenía que estar siempre pegado a los talones de la sabelotodo? ¿Acaso no tenía miedo de contagiarse?
- Pero Harry -prosiguió la chica en tono suplicante- Necesito ir hoy al invernadero porque puede ser que mañana mi libro ya no esté...
- Lo se. Está bien... Vámos a la Sala Común para que te la dé...
¿Para que le dé el qué? Tenía que reconocer que la curiosidad lo carcomía por dentro... Bien, quizá era una buena oportunidad para descubrir más cosas sobre la gryffindor...
La sonrisa que se estaba dibujando en el rostro de Draco se volatilizó al oír que los pasos de los muchachos se acercaban a la puerta. Mierda. ¿Dónde podía esconderse? En ninguna parte. Perfecto. Bueno, siempre podía fingir que acababa de llegar al lugar, así que se separó unos pasos de la puerta y empezo a andar aproximándose a ella otra vez.
No dió ni tres pasos cuado la puerta se abrió bruscamente dando paso a un Harry y una Hermione que quedaron inmóvlies de asombro al descubrir que quizá su conversación no había sido tan privada como suponían...
- M-Malfoy... ¿Qué haces aquí? -le preguntó visiblemente molesta la castaña, intentando contener su ira.
- Y tú? -contraatacó burleta el aludido.
- Déjalo Hermione, no merece la pena discutir con él... -los interrumpió Harry, procurando mantener la paz.
Tras lanzarle al ojigris una mirada asesina que éste respondió con una mueca de asco la chica hizo un gesto afirmativo con la cabeza para mostrar su conformidad con el pelinegro y juntos se fueron en dirección opuesta, rumbo a su Sala Común.
El slytherin sonrió malevolamente y,tras haber epserado unos segundos, emprendió el mismo camino que habían tomado los dos leones, no sin antes comprobar que cierto objeto plateado de tacto muy sedoso estaba dentro de su cartera. Satisfecho, apresuró el paso para no perderlos de vista.
***
La Sala Común de la casa Gryffindor se hallaba en penumbras, sólo manchadas por un ténue rayo de luz mortecina que se colaba a la estancia a través del único ventanal de la torre.
Los sillones, que horas atrás habían acogido traseros de distintos géneros y tamaños, se enfriaban poco a poco.
La mesas estaban repletas de los restos de las actividades que se habían llevado a cabo allí durante el día: rollos de pergamino en blanco, esperando ser escritos por algun alumno aplicado, plumas manchadas de tinta negra mal limpiada, tinteros destapados dentro de los cuales el oscuro líquido empezaba a adquirir propiedades sólidas...
Solo un objeto se mantenía impune al abandono de la noche: el reloj de pared que se erguía orgulloso encima de la chimenea.
Sus buscas avanzaban ininterrumpidamente, dejando pasar el tiempo sin ningún reparo.
Cuando las dos ajugas se unieron en posición vertical, doce campaneos rompieron el religioso silencio que empañaba el ambiente. Éstos fueron seguidos por el sordo sonido de unos pasos que bajaban cautelosamente las escaleras que conducían a los dormitorios femeninos.
Una chica de melena castaña enmarañada asomó la cabeza por el arco que comunicaba con la Sala Común, manteniendo la respiración. Tras unos segundos de riguroso escrutinio y de haberse cerciorado de que la estancia estaba bacía, avanzó con paso inseguro hasta quedar frente al agujero que conducía a los pasillos del inmenso castillo de Hogwarts.
Respirando entrecortadamente, se retiró un mechón de la frente y abrió la cartera que llebaba colgada en el hombro derecho. Rebuscó impacientemente hasta que sus dedos temblorosos notaron el sedoso tacto que andaban buscando: el de la capa de invisibilidad que su amigo Harry Potter le había prestado antes de ir resignadamente a cumplir el castigo que le había impuesto el primer día de clase el odioso profesor de pociones, Severus Snape.
Después de observarla cariñosamente durante unos instantes, se envolvió los hombros con ella, desapareciendo así del campo de visión de la mayoría de los habitantes de aquél mágico castillo.
Respiró profundamente, comprobó que la capa la cubriera completamente, y avanzó hasta desaparecer dentro del agujero que estaba escondido detrás del retrato de la Dama Gorda.
***
Draco Malfoy empezaba a notar en sus piernas el leve cosquilleo del adormecimiento muscular cuando el retrato que quedaba a su lado derecho se abrió, dejando paso al vacio.
Aliviado, comprobó que la capa de invisibilidad le tapara el cuerpo completamente y agudizó el oído: pasillo abajo se alejaba el ruido amortiguado de unos pasos cautelosos, invisibles.
Sonriendo para sus adentros, despegó la espalda de la pared y siguió silenciosamente los pasos que lo acercarían un poco más a su objetivo:
La destrucción de Hermione Granger.
