CAPÍTULO XIII
Alianza
Se separaron bruscamente y sus ojos se encontraron descubriendo en los del otro el mismo miedo e incredulidad que había en los suyos.
Hermione se llevó una mano en los labios, casi inconscientemente, y los recorrió tiernamente con dedos temblorosos. Pasión, desenfreno, hasta un poco de dulzura estaban grabados en cada uno de sus pliegues rojos como la sangre.
Sus marrones ojos se perdieron en el recuerdo de aquél momento: En un principio había sentido sorpresa y sobretodo repulsión. Pero aquél contacto no había sido brusco en absoluto. Draco Malfoy no la había besado como castigo. Había disfrutado el momento tanto como ella, aunque esa no fuera su intención.
Una débil sonrisa empezó a dibujarse en su rostro, cosa que provocó el sonrojo de sus mejillas pues no quería aceptar que aquel beso, el beso del chico que más odiaba en el mundo, le había gustado. Es más: le había gustado mucho.
Dirigió su mirada al suelo, evitando el contacto con aquellos témpanos de hielo gris que seguramente se estarían burlando de ella. Entonces la vio:
La señora Norris, la gata de Filch, la traspasaba con sus pupilas verticales.
- ¡Oh, no! –exclamó con voz ahogada, mientras sus ojos aumentaban considerablemente de tamaño debido al horror y la sorpresa.
- ¿Tanto te horroriza que te haya gustado, Granger? –sonó lejana la voz altanera de Malfoy, pues no estaba prestando atención a nada de lo que pasaba a su alrededor, solo a la gata que se hallaba a sus pies.
***
Su comentario había sido mera provocación. Sabía que la gryffindor había disfrutado del momento. Sabía que, inexplicablemente, él también lo había hecho. Pero no iba a reconocerlo. Nunca. No iba a admitir que un noble sangre limpia como él, procedente de una familia con tradición que había estado en la casa de las serpientes desde sus inicios, había disfrutado besando los sucios labios de una patética hija de muggles que además pertenecía a la casa antagónica a la suya: gryffindor.
La chica había bajado la mirada ante el comentario. Sonrió para sus adentros. Este simple gesto le había dado la victoria: la chica había admitido que había dejado a un lado su dignidad y se había entregado a un chico al que detestaba.
Era un momento tan dulce, el del triunfo. Había logrado mucho más de lo que esperaba, mucho más de lo que pretendía. Esperaba que la castaña le hubiera abofeteado y le hubiera soltado una retahíla de palabras indecentes, pero en vez de eso se había entregado al beso con una pasión y una desesperación impropias en ella.
El pobre muchacho no sabía, o no quería ver, que él también había perdido. Había perdido en el mismo instante en que los labios de la chica le parecieron apetecibles, había dejado de lado todos sus principios en el momento en que liberó las frágiles muñecas de la gryffindor para unir sus cuerpos en una sintonización perfecta, impropia de almas tan antagónicas.
Pero no lo vería hasta más adelante. No estaba preparado para ello, sencillamente.
Estaba tan absorto saboreando el dulce sabor de la venganza, que no se paró a analizar el cambio de actitud de Hermione hasta que éste fue demasiado evidente:
La chica miraba al suelo, horrorizada. Algo tenía que haber visto…
Pues claro. El maullido.
Lentamente, sus ojos bajaron buscando lo mismo que miraba ella. Y la vio.
Esa mal nacida gata de Filch.
Sin pensarlo, tomó la mano de la leona y echó a correr hacia la salida de la biblioteca.
No le importó hacer ruido, no le importó estar agarrando fuertemente la mano de alguien que se suponía que odiaba, no le importó que sus capas de invisibilidad quedaran abandonadas en la sección prohibida como pruebas evidentes de la intrusión nocturna.
Sólo pensaba en una cosa, escapar. Escapar de la situación y de él mismo. Pensaba que si corría y corría sin parar, lograría dejar atrás el error que había cometido, sin pensar que lo llevaba cogido de la mano…
***
Hermione había perdido la cuenta de cuantas escaleras habían subido, cuantos pasillos habían recorrido, y cuantas puertas habían cruzado cuando Malfoy se detuvo y, por fin, la soltó.
Miró a su alrededor, buscando algo familiar en el lugar y así poderse situar para volver a su sala común, pero no encontró nada que le sirviera de orientación.
Genial, el maldito hurón había conseguido que se perdieran en su patético intento de fuga milagrosa.
- Bien, Malfoy. –empezó a reprocharle con mal humor- ¿Dónde diablos nos has metido?
El chico no contestó inmediatamente. Se limitó a incorporarse, pues hasta entonces había mantenido las manos apoyadas en las rodillas para recuperar el aliento, y observar el lugar.
- Estemos donde estemos –sentenció tras el escrutinio- Hace tiempo que nadie pisa este lugar.
La gryffindor observó con más atención: tenía razón, todo estaba cubierto por una fina capa de polvo.
- En primer lugar- prosiguió la serpiente con tono de suficiencia- las antorchas no están encendidas. Nadie se ha molestado en encantarlas.
Correcto, el pasillo estaba completamente a oscuras, a excepción de la tenue luz titilante que ofrecían las estrellas escampadas por el firmamento.
De pronto, un rayo cruzó su mente.
- Draco –susurró, olvidando que había llamado al chico por su nombre – ¿y si se tratara…?
El chico la comprendió al instante, pues completó su pregunta:
- ¿Del ala oeste del cuarto piso?
Tragó saliva. Volvió a mirar a su alrededor, esta vez con el miedo pintado en su rostro.
***
Instintivamente, los dos chicos redujeron la distancia que los separaba hasta quedar a escasos centímetros el uno del otro.
Se miraron de reojo.
-¿Tienes miedo, Granger? –le preguntó Draco pretendiendo sonar burlón.
- ¿Crees que debería tenerlo, Malfoy? –intentó contraatacar la castaña, y hubiera funcionado de no ser por el temblor de su voz.
El chico la observó detalladamente. Allí, temblando, completamente indefensa, parecía un conejito asustado.
Sonrió, pero no porque le gustara verla así. Su sonrisa fue un gesto de ternura ante una visión tan dulce…
Un momento.
¿Dulce? Hermione Granger, la insoportable sabelotodo sangre sucia, ¿dulce?
La carrera lo había dejado exhausto, sin duda. Su cerebro sufría falta de oxígeno y no funcionaba correctamente…
- ¿Quién anda ahí? –la voz del celador lo sacó bruscamente de sus cavilaciones.
Asustado, cogió a Hermione del brazo, la empotró contra la pared, se pegó a ella y le tapó la boca con la mano para evitar que profiriera un grito.
Ante la mirada atónita de la castaña, se llevó un dedo a los labios con mirada suplicante, y redujo la presión de su mano lentamente, hasta retirarla por completo.
Se hallaban a salvo detrás de una armadura medieval, pero sólo si Filch no decidía seguir avanzando por el pasillo.
Miró a derecha e izquierda y encontró una puerta entreabierta a unos metros de donde se encontraban.
Con un gesto de la cabeza, le indicó a la chica su objetivo. Ésta asintió para mostrar su conformidad y empezaron a avanzar en aquella incómoda posición procurando no hacer ningún ruido.
Mientras escuchaban cómo los pasos de Filch se acercaban a ellos lentamente, alcanzaron la puerta. Draco empujó a Hermione dentro de la estancia, y solo después de comprobar que no los habían descubierto la siguió.
Una vez dentro buscaron algún sitio donde esconderse:
Había muebles viejos por todas partes: pupitres, sillas, mesas, estantes, armarios…
Intercambiaron una mirada de complicidad: ¡armarios!
Sin hacer ruido, se encaminaron al que les quedaba más cerca, lo abrieron y se metieron dentro, dejando un pequeño resquicio para observar lo que sucedía en el exterior.
No entró nadie en la estancia, pero por si acaso cerraron la puerta del armario.
- Creo que deberíamos esperar un rato hasta estar completamente seguros de que Filch se ha ido –propuso el rubio.
La gryffindor contestó con un leve asentimiento de cabeza.
***
Le miró.
Estaba allí, sentado a su lado, en un pequeñísimo armario que apenas les permitía evitar rozarse…
Cualquiera que les hubiera descubierto en aquella situación, hubiera pensado mal. Aunque se tratara de Hermione Granger y Draco Malfoy. Aunque se tratara de dos alumnos de las casas más enemistadas de la escuela. Aunque se tratara de dos seres tan incompatibles…
Se estremeció. Hacía mucho frío en aquel sitio.
- ¿Tienes frío, Granger? –le preguntó casi amablemente el ojigris.
- Un poco… -admitió la chica, cosa que no le hizo ni pizca de gracia.
- Anda, ven aquí. –le dijo, y extendió el brazo en su dirección, como si le estuviera haciendo el favor de su vida… Como si tuviera que sentirse honrada. Menudo engreído estaba hecho…
- No, gracias. –le cortó la chica. Lo último que le faltaba para empeorar la situación era ponerse en brazos del chico… Era lo más parecido a un suicidio que le habían ofrecido nunca.
En vez de eso, se puso a pensar. Intentó analizar lo sucedido aquella noche. Era evidente que no se le presentaría otra oportunidad para colarse en la sección prohibida y "tomar prestado" el libro, así que tendría que desechar la idea de la poción multijugos. ¡Demonios! Tanto empeño para nada… Aunque, de hecho, había logrado acercarse más al engreído rubio sin necesidad de hacerse pasar por otra persona… Pero, ¿a qué precio? Sabía tan bien como él que aquél beso no había sido nada más que un mero engaño. Por parte de los dos. No sabía qué se traía el chico entre manos, pero para ella había supuesto una buena baza para el chantaje… ¿Y si él pensaba lo mismo? ¿Habían quedado atrapados en un círculo vicioso del que no lograrían escapar?
Más o menos Hermione, más o menos…
***
Había intentado llevar al límite su plan, pero al fin y al cabo Granger no era tan estúpida. La amabilidad era un gesto que todavía no podía pasar por real. Tendría que esperar más, aunque viendo su reacción al beso, tampoco mucho más…
El único problema que tenía ahora era la capa de invisibilidad que posiblemente estaría ya en el despacho de Filch, esperando ser ofrecida al director como prueba delatora de su escapada nocturna…
Miró a la castaña: ella tenía exactamente el mismo problema. ¿De dónde habría sacado una capa de invisibilidad alguien como ella? No era extraño que objetos así circularan en el mercado negro de las familias de sangre limpia, pero que una hija de muggles tan joven ya tuviera una en su poder…
Se le escapó una sonrisa cínica. Si descubrían que ella era la propietaria de una de las dos capas, tendría que explicar muchas cosas. Además, su intachable reputación saldría visiblemente afectada… Él era otro tema: su padre haría los arreglos necesarios para que el asunto quedara enterrado en el olvido, aunque entonces no habría posibilidad de recuperar su capa…
Bien. Le propondría un trato a la castaña a cambio de su silencio. Al fin y al cabo él era todo un galán, así que no sería tan extraño que una sangre sucia formara parte de su interminable lista de conquistas… Pero no sería tan bien visto que la perfecta prefecta Hermione Granger anotara a su intachable currículum una intrusión nocturna a la sección prohibida de la biblioteca y un beso con el infame Draco Malfoy… En una misma noche.
Movió un poco los hombros para quedar frente a frente con la muchacha de ojos marrones.
- ¿Sabes que estás en una situación muy comprometida, sangre sucia? –le dijo mientras la traspasaba con sus ojos grises.
- Tú también lo estás, Malfoy.- le respondió secamente- Por si no te has enterado tu también estás dentro del armario conmigo… -esto último lo dijo evidentemente incómoda.
Sonrió. Así que esto era lo que más la preocupaba…
Se acercó más a ella, hasta que sus labios quedaron a escasos milímetros de los suyos, y le susurró sensualmente:
- A mí esta situación no me incomoda en absoluto… -notó cómo el palpitar del corazón de la chica se volvía más y más frenético- Por eso, te propongo un trato…
- ¿Qué clase de trato, Malfoy? –desconfió la gryffindor, mientras aumentaba la distancia entre los dos.
- Una pequeña alianza.
- ¿Entre tú y yo? –chilló, más que dijo, la chica.
- No, Granger. –Repuso con fastidio – Entre este armario y el pupitre de al lado. ¡Pues claro que entre tú y yo! Mira: yo mantendré mi boquita de oro cerradita si tú me ayudas a recuperar las capas de invisibilidad.
***
Se limitó a permanecer en silencio para reflexionar. La situación era evidentemente comprometedora, para los dos.
Si Filch le enseñaba las capas de invisibilidad a Dumbledore, el director deduciría inmediatamente que una pertenecía a Harry. Había muy pocas capas de invisibilidad, y eran muy poco usuales entre gente adolescente.
No podía permitir que su amigo se viera involucrado, pues bastante tenía ya con el castigo que le había impuesto Snape.
Por otro lado, tampoco quería que la serpiente se fuera pavoneando diciendo que hasta una gryffindor había caído en sus redes de seducción…
Definitivamente, la alianza le convenía. Pero era con Malfoy. Había gato encerrado. Tenía que haberlo…
- Granger. O me das una respuesta ya, o interpreto tu silencio como un no, y entonces tendrás que asumir las consecuencias… -le espetó el chico con impaciencia.
De acuerdo. Iba a dar el todo por el todo. No iba a pensar en las posibles consecuencias de aquella extraña alianza…
- Acepto. –dijo, y le tendió la mano.
- Bien. –se limitó a decir él, estrechándosela.
