CAPÍTULO 2: AMANECER SIN DÍA

(BELLA P.O.V)

La última hora de clase, Biología, la verdad es que no puedo mostrar mucha atención en lo que dice el Sr. Robinson. No quiero volver a casa, sé que me espera otra noche de largas pesadillas.

– Bella. – me llamó Cristian. – ¿Te apetece tomar unas copas con nosotros? Va casi toda la clase. – me invitó. Cristian es uno de los pocos compañeros de la universidad que sabe mi nombre, habría hablado cuatro veces con él, siempre de temas inútiles, pero me caía bien. Y bueno, aunque no me apetecía mucho, no quería estar sola, así que asentí con una casi sonrisa.

Fuimos a un local al lado del campus, sólo tomé un refresco. La mayoría de chicos ya estaban borrachos, y las chicas hablaban a gritos para llamar la atención. La gente iba haciendo grupitos con los más afines a ellos, pero no me incluí en ninguno, me sentía fuera de lugar, por lo que no tardé en irme. Cristian quiso acompañarme pero no tenía ganas de estar con nadie, prefería ir sola a casa.

De camino a casa escuché mi nombre a lo lejos. Bella… Me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo, esa voz de niña que me era familiar no me infundía buenos recuerdos. Poco a poco fui girándome para ver la cara de quien me llamaba. Me quedé paralizada.

– ¡Jane! – Susurré con pánico. Mi momento ha llegado. Pensé.

– ¡Hola, querida! ¡Cuánto tiempo sin vernos! Sigues siendo humana, Bella. ¡Qué decepción! – exclamó Jane.

– ¡Hola, Jane! – saludé no muy efusiva. – ¿Cómo? ¿Tú por aquí? – Aunque quería que llegara mi hora, estaba aterrada.

– Bella, no seas ilusa. Sabes de sobra que no podías ocultarte mucho tiempo de nosotros.

– No lo hacía. Os estaba esperando. – intenté decir lo más contundentemente posible, aunque titubeé por el miedo que sentía.

– Mejor. Todo resultará más fácil. Dimitri, comienza con el espectáculo. – ordenó.

Sólo me dio tiempo a cerrar los ojos. Me golpearon, arañaron y patalearon por todo el cuerpo. Estaba tan dolorida que empecé a no sentir nada… Y mi mente… mi mente sólo emitía imágenes de Edward; como si de anuncios publicitarios se trataran.

– ¿Por qué no me matas ya? – grité de rabia y dolor.

– ¿Y dejar la diversión a un lado? – me contestó. – Me gusta ver como sufres, Bella. ¿Dónde está tu Edward?

– Edward no me quiere. ¿No veis que me ha dejado sola? Acaba ya con mi vida y líbrame de su recuerdo. – supliqué.

– Si mueres rápido, acabas con mi diversión. Mejor dejarte morir lentamente.

Me dejaron moribunda, tumbada en el suelo rocoso. Notaba como mi vida se iba desvaneciendo, ya no sentía nada, una luz negra se apoderaba de mi cuerpo y en un último susurro conseguí decir su nombre. Noté unos colmillos en mi cuello.

– Edward, Edward. – Sentí como me levantaron unos brazos fríos como el hielo, para llevarme lejos de aquel lugar. Pensé, entonces, que estaba muriendo y que entraba en las puertas del cielo acompañada de mi amor.

Poco después sentí un dolor, aún más agudo y penetrante que los provocados por la paliza de los Volturi. ¡Me quemaba! Notaba fuego en cada vena de mi cuerpo. Sentía cómo recorría la sangre por ellas y cómo bombeaba mi propio corazón… hasta que se paró y perdí la consciencia.

– Bella, Bella. Despierta… Han pasado tres días. ¿Estás bien? – escuché. No conocía esa voz. – ¿Dónde está Edward? ¿Dónde estoy? ¿Quién eres tú?

– Soy Sergio. Me enviaron los Volturi a matarte, pero no pude. Te vi desangrándote, no tenías cura y no pude dejarte morir. ¡Lo siento! – No supe qué decir, me quedé paralizada.

– ¿Soy vampira? – solté finalmente.

– Sí, Bella. Yo te mordí para salvarte, aunque seguimos estando en peligro. Los Volturi nos perseguirán hasta que hayan acabado con nosotros.