CAPÍTULO 7: ORÍGENES, EL INICIO DE LA INMORTALIDAD

(BELLA P.O.V.)

– ¡Por fin solas! Hay que darle muchas explicaciones a Edward para que se quede tranquilo – dijo muy simpáticamente Sandra.

Sólo asentí con la cabeza, aunque le hubiera contestado con algunos reproches respecto a Edward.

– Intuyo que hay mucho más de lo que has contado, ¿verdad?

– Mucho más. – asintió. – Bella, sé que todo lo que voy a explicarte, es muy difícil de creer, y que tardarás tiempo en asimilarlo pero lo comprenderás. ¿Sabes por qué somos vampiros? ¿De dónde venimos? ¿Y cuál es nuestra misión en la eternidad? – al ver mi gesto de incredulidad continuó: – Todos creen que los vampiros somos seres terroríficos y algunos los son. Desde que existimos los humanos han "inventado" historias sobre nosotros, algunas incluso inspiradas en hechos reales. – sonrió. – Pero ninguna se aproxima a la realidad, tal vez porque ni los propios vampiros conocen la verdad. Además han pasado tantos años que la información se ha ido distorsionando. Por ejemplo, Edward cree que al convertirnos perdemos el alma. ¿Te has preguntado alguna vez por qué?

– Yo no pienso como él. – repliqué.

– Lo sé. A Edward lo convirtió Carlisle. El padre de éste era sacerdote que luchaba en contra de vampiros "devora hombres". Carlisle fue convertido en contra de su voluntad, y aún así su fuerza humana, sus creencias religiosas y el amor a la vida hizo que su clan fuera un grupo de "vegetarianos". Edward cuando se convirtió no tenía ni idea de la existencia de vampiros. El se despertó con sed de dulce y Carlisle lo enseñó a saciarse con el salado. Sin embargo, al seguir luchando contra el deseo prohibido piensa que su existencia no es obra de Dios, y que con la inmortalidad perdió su alma. Otros vampiros nunca se han planteado desistir de alimentarse de humanos, ellos tienen hambre y comen. Pero tú Bella, tú eres especial. Deseabas ser vampira, deseabas ser "vegetariana" porque deseabas a Edward. Por eso no ves nada malo en ser lo que ahora eres. ¿Por qué? Porque ser inmortal suponía poder vivir toda la eternidad con tu amado. Tú no querías ser vampira para no morir, querías ser vampira para poder amar para siempre.

– ¡Y nada ha salido como esperaba! – sus palabras me dejaban atontada, lo que explicaba era muy interesante y tenía mucha lógica. Sus gestos pausados y seguros demostraban la veracidad de su historia.

– Tranquila, Bella. Todo ocurrirá cuando tenga que ocurrir, pero puedo asegurarte dos cosas. Una: tú amas a Edward. Y dos: él te ama a ti.

– Pero… – Quería que me explicara más cosas sobre Edward y yo. ¿Alguna vez podríamos estar juntos sin rencores? Me ignoró y continuó relatando su historia. Comprendí que debía conocer mis orígenes y después preguntar por mi futuro.

– Nacimos en Egipto, en el reinado de Amenhotep III. Éramos las esclavas de Ay, el primo del faraón. Aún así nos sentíamos afortunadas ya que vestíamos ropas limpias y teníamos para comer. Nuestra madre nos enseñó a compartir, nuestras "riquezas", por así llamar a un poco de trigo y agua, con aquellos que tenían aún menos que nosotras. Aunque los egipcios eran politeístas ella sabía que sólo existía un Dios. No sabíamos su nombre. Estoy hablándote de mucho antes del nacimiento de Jesús. Pero promulgábamos entre los esclavos valores de igualdad, respeto y amor para todos, y ayudábamos en todo lo que estuviera en nuestras manos, en el nombre de Dios. Un día enviaron a Elena a casa del faraón. Allí conoció a Amenofis IV, hijo de Amenhotep. Fue amor a primera vista. Aunque tuvieron problemas con la nobleza y los sacerdotes, Amenofis impuso su voluntad de casarse con Elena. Dijeron, entonces, que Ella era hija de Ay y su primera esposa y le dieron el nombre de Nefertiti, que significaba la "Belleza ya está aquí." Nuestra hermana pasó de ser esclava a reina. Se podía decir que en ese entonces sí éramos ricas. Teníamos todos los lujos de la realeza pero nunca nos olvidamos de los demás. A escondidas, seguíamos proporcionando víveres y difundiendo nuestras creencias de un único Dios. El marido de Elena (Nefertiti) se enfadaba mucho con ella. "Vas a hacer que nos maten" le repetía cada vez que promulgábamos, pero la quería mucho y hacía la vista gorda. Elena ya tenía 5 hijas y estaba embarazada de la sexta cuando una noche se nos apareció un ángel. Quería recompensar nuestra labor. Nos aseguró que al amanecer seríamos inmortales. Y así fue, las tres coincidimos en que nos sentíamos más fuertes pero no nos imaginamos que aquello fuera cierto. En el crepúsculo, Elena dio a luz. Era otra niña tan bonita como su madre. Fue en ese momento que nos dimos cuenta de nuestros poderes. Mar podía ver el futuro, había predicho que iba a nacer esa tarde, y yo sabía lo que estaba pensando. No nos lo podíamos creer. Elena aún no había desarrollado ninguna facultad. De una cosa estábamos seguras; utilizaríamos nuestros poderes para ayudar a la gente. Al poco tiempo Elena consiguió que su marido rindiera culto a nuestro Dios. Incluso cambió su nombre por Akenaton. Comprendió que sus antepasados crearon a las Deidades para explicar todos los acontecimientos importantes de la naturaleza y que sin el Sol no habría vida por lo que dedujeron que entre todos Atón, era el único al que debíamos adorar. No llevaron muy bien que Akenaton y Nefertiti le quitaran el culto a los demás Dioses… pero ¿puedes imaginarte la cara de todos cuando la vieron a plena luz del día para defender su propuesta? Pensaron que era una Deidad. Estaba resplandeciente, brillaba más que el propio Sol, tanto que muchos la adoraban más a ella que al Dios impuesto. – sonrió. Yo estaba asombrada, si lo que decía era verdad, ellas eran las primeras vampiras que existieron, y aunque aún no sabía el vínculo que nos unía ni el poder de Elena, sin duda parecía la más poderosa. – Ahora puedo leer tu mente, Bella. Aunque con el tiempo nadie podrá hacerlo. – interrumpió mis pensamientos. – Es cierto, Elena es la mejor. Es capaz de influir en la gente y nadie puede acceder a ella. Tú eres la última de nuestro linaje. Lo más duro de la inmortalidad es ver morir a tus seres queridos. Nosotras hemos tenido que superar la muerte de la descendencia de Elena. Sus hijas, nietos, tataranietos… hasta llegar a ti.

– ¿Soy descendiente de Elena? ¿Y por qué no convertisteis a vuestra familia?

– Nos propusimos no alterar el ciclo de la vida por muy duro que nos resultara. Sólo convertíamos a aquellos que creíamos que merecían otra oportunidad. Algunos de ellos no lo merecían, no estaban de acuerdo con nosotras en que nos saciábamos con la sangre de animales moribundos. Bueno, creo que estoy dándote mucha información por hoy. Mejor será que volvamos con los demás. Elena está deseando abrazarte. – sonrió.

– La verdad es que seguiría escuchándote. – le dije. – Pero sí, mejor volvamos con los demás.