Capitulo 1

A los 18 años de edad, no podía decirse que la vida de Terrence Grandchester fuera perfecta. Había sido criado en una pequeña casa en el barrio de Brooklyn, bajo el cuidado de una familia disfuncional. Su padre era, lo que podía llamarse un completo hijo de puta. Nunca había mostrado interés por su hijo, más que para propinarle algunos golpes cuando no se comportaba como él lo deseaba.

Desde muy pequeño, había aprendido a valerse por sí mismo si quería comer al día siguiente, y no es que faltara dinero en la familia. Richard Grandchester tenía un cómodo puesto de trabajo en un banco de Nueva York, tal vez el sueldo no era suficiente para permitirse ciertos lujos, pero si para vivir cómodamente. El problema radicaba en la segunda familia de Richard. Terry lo había descubierto hacía tres años. Cuando era pequeño solía preguntarse porque había días en los que no comía, porque siempre debía usar ropa vieja y gastada, porque nunca le habían celebrado un cumpleaños y porque nunca recibía obsequios en navidad. Al principio creyó que esa era la vida de cualquier niño, pero al comenzar a ir a la escuela notó que no era así. Sus compañeros iban bien vestidos, con zapatillas de cuero, mientras que la de él eran de lona, y con algunos agujeros. Los demás niños siempre llevaban sus juguetes nuevos para jugar entre ellos, pero Terry siempre era excluido, ninguno de ellos quería jugar con él y se reían de su apariencia.

Recordaba un día, en el que se encontraba sentado en una banca en el patio de colegio, con un camión que él había hecho con un cortón de leche en las manos, unos metros más allá, había un grupo de niños jugando a los cochecitos. Terry siempre los miraba de lejos, nunca había tenido ningún amigo y vivía deseando el momento en que alguno de sus compañeros se le acercara y lo invitaran a jugar con ellos, pero se había cansado de esperar, y decidió dar él el primer paso. Se acercó a los niños y les pregunto si podía unírseles, uno de ellos se puso de pie y lo miro con desprecio.

- Tú no puedes jugar con nosotros – Le dijo despectivamente.

- ¿Por qué no?

- Porque eres un niño sucio y pobre. Ni siquiera tienes dinero para comprarte un camión de verdad – Le contestó mirando el camioncito que Terry llevaba en sus manos.

- ¡Esos no son motivos! – Gritó él, sintiendo como ese niño lo estaba humillando.

- ¡Lo son para nosotros! No queremos estar cerca de alguien como tú, así que vete a jugar a otra parte.

Terry salió corriendo y se escondió detrás de un árbol. Siempre había sido así. No entendía porque no lo querían, si él nunca había hecho daño a nadie. Era el único en su clase, al cual lo salteaban cada vez que un niño cumplía años y repartía sus invitaciones para las fiestas que sus padres les organizaban.

Los primeros años solía llegar a su casa llorando, pidiendo a su madre que le permitiera dejar la escuela, pero Eleanor se había negado. Ella no había sido una madre modelo, amaba a su hijo, pero generalmente estaba más preocupada por su apariencia que por Terry. Trabajaba nueve horas seguidas en una cafetería, y raramente estaba en su casa para ver si su hijo comía o no, y, como su marido no le daba dinero, utilizaba su sueldo integro para comprarse ropa, zapatos, carteras y maquillajes nuevos.

A los 15 años, Terry había pasado de ser un muchacho flacucho para desarrollar fuertes músculos en su pecho, brazos y piernas. Su cabello castaño a la altura de los hombros, y sus profundos ojos azules lo convertían en un joven irresistible para las mujeres. Había conseguido un trabajo de medio tiempo en una ferretería, que le permitía seguir estudiando, y al mismo tiempo ganar dinero. A esa edad ya había tenido varias experiencias sexuales. En su afán por vengarse de quienes lo habían hecho a un lado en la infancia, aceptó gustoso las insinuaciones de las novias de ellos, para después dejarlas tiradas.

Una tarde de sábado, mientras volvía a su casa, después de haber estado con su última conquista, vio algo que llamó su atención. El auto de su padre estaba estacionado en una de las casas del vecindario. Estuvo parado en la vereda unos segundos cuando vio salir a Richard de la casa, una sonriente mujer rubia salió tras él, junto con dos pequeños niños de entre 10 y 13 años igual de rubios que ella. Su padre se detuvo en el umbral de la puerta para besar tiernamente a la mujer. Terry sintió nauseas, pero su mayor impresión fue al escuchar a los pequeños llamar a Richard "papá". Entonces comprendió hacia donde iba destinado el sueldo de su padre.

Parecían una familia feliz. Mientras Terry vivía en una humilde casa de Brooklyn, ellos tenían una bonita casa bien cuidada en un barrio seguro. Ninguno de ellos noto la presencia de él, hasta que Richard se dio la vuelta para subirse a su auto y lo vio. Su expresión era inescrutable, y la mirada de Terry reflejaba un profundo rencor. Lo miró unos segundos, diciéndole cuanto lo despreciaba solo con la mirada, entonces siguió su camino, sin dirigirle la palabra. A partir de ese día, la relación con su padre era prácticamente nula. No entendía por qué demonios no se largaba de sus vidas y se iba con su perfecta segunda familia.

Corrían los años 60 cuando el presidente de los Estados Unidos, Lyndon B. Johnson, envió más de 500.000 hombres como tropas de combate a Vietnam del Sur. Comenzaba la lucha contra la discriminación racial encabezada por Martin Luther King, quien afirmaba: "América nunca invertiría los fondos o las energías necesarias para la rehabilitación de sus pobres mientras Vietnam continúe".

Los encabezados de la época proclamaban:

"DEVASTADORES ATAQUES ÁEREOS CONTRA VIETNAM DEL NORTE"

"LA URSS, AMENAZADORA FRENTE A EEUU

Anuncia que está dispuesta a intervenir a favor de Vietnam del Norte"

"AVIONES USA ATACARON LAS BASES DE LAS LANCHAS DE VIETNAM DEL NORTE

Hundieron 25 y destruyeron varios depósitos de carburante"

Durante el verano del '67, las movilizaciones masivas iniciadas por jóvenes en contra de la guerra, se produjeron en aumento, haciendo presión para cambiar la postura del gobierno estadounidense. Las protestas estallaron con la decisión de introducir el reclutamiento obligatorio.

Terry aún no había recibido su número de recluta, y francamente no le interesaba. Todo ese tema de la guerra y los hippies lo tenían sin cuidado. Había terminado la secundaria, pero no tenía planes inmediatos para ingresar en la universidad. Había conseguido un trabajo en una metalúrgica y con su sueldo podía permitirse rentar un pequeño apartamento el cual compartía con su novia. Después de idas y vueltas, de estar con cientos de mujeres, se había decidido por Susana Marlowe. Ella era una joven muy hermosa de largos cabellos rubios y ojos celestes, se conocían de pequeños, ambos habían crecido en el mismo vecindario, y ella siempre lo había perseguido, hasta que al fin, él le había hecho caso. Llevaban cuatro meses conviviendo juntos y ya tenían planes para casarse.

Terry había cortado todo tipo de lazos con su familia, y ellos no habían hecho ningún esfuerzo por hablar con él. Tal vez su madre había ido a visitarlo un par de veces, pero al final había desistido de mantener el contacto.

Era una tarde como cualquiera, mientras él caminaba de regreso a su casa después de una agotadora jornada de trabajo, pasó por un parque donde un grupo de manifestantes hippies y pacifistas reclamaban el retiro de las tropas en Vietnam. Terry continuó su camino hasta llegar a su hogar. El lugar no era la gran cosa, el edificio era bastante antiguo, y su apartamento tenía un solo ambiente que hacía a la vez de cocina, comedor y habitación, y un pequeño baño. Por el momento no necesitaba nada más.

Al llegar, saludo cortésmente a su casera y subió rápidamente hasta el segundo piso. Estaba famélico, y esperaba que Susana hubiera hecho ya la cena. Lo cierto es que ella no era muy buena cocinera, pero en esos momentos, Terry comería cualquier cosa que le pusieran en frente. Colocó la llave en la maltrecha puerta color verde, y tuvo que empujar para que esta se abriera, se dijo que la arreglaría el fin de semana. Entró y cerró la puerta tras de sí. Lo sorprendió encontrar a Susana sentada sobre la cama, había una maleta a su lado.

- ¿Qué es todo esto? – Preguntó Terry malhumorado.

- Tenemos que hablar – Susana se puso de pie, pero no avanzó.

- ¿Qué es lo que quieres decirme? ¿Qué significa esa maleta? – Su enfado iba subiendo de tono, en parte se debía al hambre que sentía, situación que le hacía recordar los malos momentos que había vivido en su niñez.

- Me voy – La respuesta de ella fue cortante y definitiva.

- ¿Por qué? – Dejó sus llaves sobre la mesa y se acercó peligrosamente a ella. Susana se puso nerviosa y retrocedió unos pasos.

- Porque las cosas no son como yo creía que serian

- ¿En serio? – Terry rió irónicamente - ¿Y qué era lo que pensabas? ¿Qué compraría una casa con hermosas vistas al Central Park? ¿Qué te compraría vestidos nuevos todas las semanas? ¿Qué cada noche te llevaría a cenar fuera y luego iríamos al teatro?

Susana se sonrojó y bajo la cabeza. Definitivamente eso era lo que buscaba de un hombre, y sabía desde un principio que Terry no podría dárselo. Pero ella lo amaba, siempre lo había amado, desde que era una niña, y creyó que su amor sería suficiente, pero se había equivocado. Su vida tampoco había sido fácil, su madre se había ido de la casa cuando ella tenía 5 años, y su padre era un borracho que la maltrataba. El dinero nunca había abundado en su casa, aunque tampoco había intentado buscar un empleo, por lo que seguía dependiendo de su padre, hasta que aceptó ser la novia de Terry. El día en que él le había propuesto irse a vivir juntos ella se había entusiasmado tanto que no le importaba el pequeño y sucio lugar que había conseguido. Intentó hacer todo lo posible para transformarlo en un verdadero hogar, pero cada día que pasaba era peor. Terry trabajaba todo el día, y le exigía que cocinara y se encargara de mantener limpio el lugar, ella no había nacido para eso, y el único momento que disfrutaba, era por la noche, en la cama con él. Pasaba toda la tarde encerrada en el apartamento, al menos en su casa podía salir a encontrarse con sus amigas, pero ellas habían entrado a la universidad o estaban trabajando.

Un día, cansada de estar siempre adentro, decidió al menos salir a dar una vuelta. Le había sacado un poco de dinero a Terry sin que se diera cuenta, y fue a tomar algo en una cafetería donde solían reunirse personas acaudaladas. Se sentó en una mesa y pidió un café y un trozo de pastel de fresa, que era para lo único que le alcanzaba. En una mesa cercana a ella había un hombre, que no tendría menos de 60 años, era rechoncho y calvo, llevaba puesto un traje de etiqueta, y Susana había advertido que no le había sacado la mirada de encima desde que entró al lugar. Le dio asco imaginar en lo que aquel hombre podría estar pensando, entonces lo vio levantarse y dirigirse a su mesa. Le preguntó si podía sentarse, y lo hizo antes de esperar una respuesta. El hombre no perdió el tiempo y le hizo saber de inmediato sus intenciones. Era viudo y quería volver a sentir la calidez de una hermosa mujer a su lado. Susana lo rechazo de inmediato, le dijo que ella tenía novio, pero él no se dio por vencido.

- Tal vez cambies de opinión con un pequeño viaje

- ¿Un viaje? – Preguntó Susana con curiosidad.

- Un viaje, a donde quieras. Podemos abordar mi avión privado en el momento que desees – La miraba intensamente, sabiendo que ella no podría rechazar su oferta - ¿Te gustaría conocer Europa?

- Europa... – Repitió ella soñadora.

- Te llevaría a Paris, Milán, Londres. Te compraría los mejores vestidos y las carteras más caras.

Susana se quedó pensativa. Recorrer el mundo era lo que ella siempre había deseado. Y ese hombre le estaba ofreciendo todo, una vida llena de comodidades. Pero... ¿Y Terry? Ella no podía dejarlo, lo amaba demasiado para hacerlo.

- Yo...

- Por favor, piénsalo – Rogó él, tirando su última carta – Tengo 64 años y nunca he tenido hijos, una vez que muera toda mi fortuna pasara a tus manos.

Al mencionar eso último, los ojos de Susana brillaron de ambición. Ya no podía seguir evitándolo, quería todo lo que aquel hombre le ofrecía. Y Terry... bueno, tal vez algún día, cuando ella sea libre y millonaria, volvieran a encontrase y podrían vivir juntos una vida llena de lujos. Ninguno de los dos tendría nunca la necesidad de trabajar.

Fue entonces como ella termino por aceptar la propuesta que ese hombre le había hecho. La parte más difícil era contárselo a Terry, sabía que él no se lo tomaría con calma. Y ahí estaba ella, enfrentándose al hombre que amaba profundamente.

- Necesito tiempo para pensar – Decidió mentirle. Él se pondría aún más furioso si supiera que lo estaba dejando por otro hombre solo por interés.

- ¿Pensar en qué? Si mal no recuerdo, hasta ayer me decías que me amabas

Susana recordó la noche anterior, el sexo con Terry siempre había sido increíble, y sabía que esa iba a ser la última vez que estarían juntos, al menos por un largo tiempo, entonces decidió aprovecharlo. Hicieron el amor incontables veces esa noche, y ella le repetía una y otra vez cuanto lo amaba. Ahora creía que lo mejor hubiera sido irse sin decirle una sola palabra. Enfrentar a Terry le estaba doliendo más de lo que ella había pensado.

- Ya no estoy segura de nada, Terry

- Perfecto – Dijo él intentando contener la furia que sentía en aquellos momentos. Tomó la maleta de Susana y se dirigió a la entrada – Si cruzas esta puerta no volverás más - Los ojos de Susana se llenaron de lágrimas, pero su decisión ya estaba tomada. Con paso firme fue hacia donde él estaba – Espero que estés segura de lo que estás haciendo – Terry abrió la puerta y arrojó con fuerza la maleta al pasillo - ¡Lárgate! – Le gritó - ¡Lárgate y no regreses nunca!

Ella salió del apartamento con la poca dignidad que le quedaba y recogió su maleta. Terry cerró la puerta con fuerza, deseando no volver a verla nunca más en la vida.

Fue inútil creer que Susana podía ser diferente a las demás mujeres, seguía siendo una chiquilla quejumbrosa. Era en vano lamentarse por haberla perdido, después de todo, afortunadamente no había llegado a amarla. Aunque hubiera jurado que ella sí estaba enamorada de él. En la escuela siempre lo había perseguido y se le había insinuado en más de una ocasión, de modo que no entendía porque lo estaba dejando ahora. Pero no le importaba, de niño había aprendido a vivir solo, debido a las constantes ausencias de sus padres, y ahora no sería distinto.

A la mañana siguiente, Terry se despertó con el ruido de los martilleos en la construcción de al lado, miró el reloj despertador que estaba en la mesita, eran las 09.15 AM ¡Maldición! Se había quedado dormido. Tenía que estar en el trabajo a las 09.30 AM y sabía que no llegaría a tiempo. Se levantó de la cama y tomó una ducha rápida. No le dio tiempo de desayunar, ya compraría algo en el camino. Mientras se dirigía a su trabajo, pasó por el mismo parque donde el día anterior estaban los manifestantes. Ellos seguían allí, con sus pancartas en contra de la guerra ¿Es que acaso no dormían?

Llegó a la metalúrgica a las 09.55 AM. El supervisor estaba en la entrada, mirándolo con cara de pocos amigos.

- Llegas tarde

- Lo siento, me quedare una hora después de mi turno para compensar

- No será necesario

Terry pensó que ese era su día de suerte, después de todo no le había ido tan mal.

- De acuerdo, comenzaré a trabajar ahora mismo – Quiso entrar pero el supervisor lo detuvo con la mano.

- He dicho que no será necesario

- No entiendo...

- Esta despedido

- ¿Pero, por qué? – Exclamó Terry – Es la primera vez que llego tarde

- Si no eres capaz de llegar a tiempo, hay cientos de hombres esperando trabajar. Desde el primer día se le advirtió que no toleraríamos retrasos, así que puede pasar por la oficina a buscar su liquidación.

Terry maldijo en voz alta, ahora tendría que buscar otro empleo, y su economía no iba muy bien, no sabía cómo iba a hacer para pagar el alquiler del apartamento. Se dirigió hacia la oficina para recoger su liquidación y salió de aquel lugar.

Mientras caminaba por las calles de Nueva York, con las manos en los bolsillos, vio en una esquina, dos hombres con uniformes de marines prados tras una tabla sostenida por dos caballetes, al parecer estaban buscando reclutas para ir a Vietnam.

Terry lo pensó unos segundos, si se enlistaba ya no tendría que preocuparse por conseguir un nuevo empleo, ni por el pago de la renta. Pero por otro lado, también era probable que no regresara nunca más. Pensó en sus antiguos compañeros de la escuela, se había enterado que Buddy Smith había perdido un brazo y una pierna, y estaba postrado en una silla de ruedas. Ralph Carter, por el contrario, no había perdido ninguno de sus miembros, pero había vuelto a casa dentro de un cajón.

Terry no sabía qué hacer, tal vez sería una buena idea, después de todo, no tenía nada que perder. No tenía amigos, ni trabajo, ni familia que lo echarán de menos. Se dirigió hacia aquellos hombres con paso firme.

- Me gustaría ingresar al Cuerpo de Marines

- Muy bien – Dijo uno de ellos, entregándole una hoja – Llene esta forma

La decisión ya estaba tomada y no podía echarse atrás, dentro de poco tiempo estaría en el campo de batalla.

Continuará...