Capitulo 3
En el mes de septiembre, Terry desembarcó en las costas de Vung Tau, y fue destinado a la 4ª división de infantería, para prestar servicio en la provincia de Pleikú.
Al llegar al país asiático, tuvo conciencia de la decisión que había tomado. Terry nunca había puesto un pie afuera de los Estado Unidos, y definitivamente, esa no era una buena forma de comenzar. El calor de la jungla era insoportable, y había insectos del tamaño de un perro labrador. Lo primero que vio al aterrizar, fue una hilera de grandes bolsas negras, esos soldados volverían a casa.
Llevaba solo unos cuantos minutos en aquel lugar, cuando comenzó a echar de menos Nueva York, pero debía acostumbrarse, pues iba a pasar los siguientes 12 meses en ese infierno. No había avisado a sus padres acerca de su decisión, y tampoco planeaba enviarles cartas, sabía que ellos no notarían su ausencia. Sintió envidia por sus colegas, la mayoría hablando de sus familias, algunos incluso tenían esposa e hijos. Terry nunca se hubiera atrevido a arriesgar su vida en una guerra teniendo una familia que lo llorara el día de su muerte.
Neil Leegan había sido asignado a su misma brigada, y Terry se alegraba por ello. Se habían hecho grandes amigos durante el campamento de reclutamiento, al igual que con Archie y Tom, pero ellos tenían destinos diferentes. Archie estaba cubriendo la guerra en Quang Nam, aunque su objetivo era ir en busca de su hermano, ya encontraría la forma de hacerlo. Tom fue asignado a la 25 ª División de Infantería. Terry esperaba encontrarlos algún día, vivos.
El pelotón de Terry estaba compuesto por 36 hombres, divididos en cuatro escuadrones, cada uno de ellos estaba comandado por un teniente coronel.
Los días en la jungla se volvían interminables. Durante las patrullas de reconocimiento, los soldados tenían que lidiar con las trampas utilizadas por el Vietcong. No eran mortales, pero podían dejarles un mal recuerdo a sus enemigos, o retrasar su avance. Algunas de ellas eran realmente ingeniosas. La mayoría estaban instaladas en el suelo, hoyos excavados en la tierra en los cuales había fierros puntiagudos que atrapaban la pierna, o el cuerpo entero del soldado. También habían colocado pasarelas de madera en las acequias, no lo suficientemente fuertes como para soportar el peso de los soldados, y al romperse la tabla, caían sobre estacas. También estaban las trampas explosivas, las granadas estaban por doquier. La trampa más común, consistía en colocar una granada a un lateral del camino, bien sujeta a algún árbol, y atarle un cable fino de acero a la anilla, que se tensaba cruzando el camino y se ataba al otro extremo, de modo que, cuando los soldados pasaban por esa zona, arrastraban con los pies el cable, arrancando la anilla y haciendo estallar la granada. Estas trampas, aveces eran colocadas en los cursos de agua, dificultándole al enemigo evitarlas. Pero sin duda, el mayor obstáculo para los soldados americanos, era el sistema de túneles construidos por el Vietcong, en medio de la frondosa jungla para esconderse del adversario y atacarlos desde debajo de la tierra. Era común, que los soldados americanos se encontraran de repente sorprendidos en medio de una balacera provocada por un enemigo invisible. El Vietcong, se encargo de hacer de esa zona, una pesadilla para el enemigo.
Día tras día, Terry se volvía cada vez más duro. El solo hecho de ver morir a sus compañeros, y la constante lucha por sobrevivir, lo convertían en un hombre más fuerte.
Por las noches, les tocaba salir a planear las emboscadas, colocando sus minas Claymore, y esperando que alguien cayera en ellas, muchas veces bajo la lluvia, y con el peligro latente de caer ellos mismos en una emboscada.
Terry recordaba cómo había sido su primer combate, siete semanas después de haber llegado al país. Su escuadrón estaba patrullando la jungla, la presión del aire era muy baja y el calor agobiante. Él no había tomado una ducha desde hacía cinco semanas, estaba sucio y olía a rata muerta. Su M-16 era su más fiel compañera, no debía separarse de ella ni un solo instante si quería seguir con vida. Terry iba al frente, junto con otros dos soldados, entonces escuchó cuando Neil lo llamó.
- ¡Terry! – Se dio vuelta y vio que le hacía señas para que se acercara. Fue hacia él – Mira esto – Le dijo señalando al suelo con la punta de su bota.
- ¿Qué es?
- Parece la entrada de un túnel
- ¿Crees que haya amarillos allí abajo? – Preguntó Terry poniéndose a la guardia.
- No lo sé, pero pienso averiguarlo – Dijo sacando la tabla que cubría la entrada y se dispuso a entrar cuando Terry lo tomó del brazo.
- ¡Espera! No puedes entrar, no sabes con lo que puedes encontrarte allí adentro
- Pues no me vendría mal darles por el culo a unos cuantos amarillos – Bromeó Neil.
- De acuerdo – Estaba decidido a entrar, y Terry no podía dejarlo solo. Neil era un buen soldado, pero inmaduro, y esa inmadurez podría llevarlo a la muerte – Iré yo primero, cúbreme las espaldas, y no sueltes tu rifle ¡Maldita sea!
Terry ingresó al túnel, seguido de Neil, le causaba temor estar dentro de ese agujero, el olor a putrefacción allí adentro era insoportable. Caminó unos cuantos pasos, el olor era cada vez más fuerte, entonces Terry se tropezó con algo blando. Alumbró con su linterna para ver de qué se trataba.
- ¡Carajo! – Se tapó la nariz con el brazo para evitar el desagradable olor.
Neil se acercó, alumbrando él también con su linterna hacia el frente.
- ¡Maldita sea! Estos comunistas de mierda ya están muertos ¿Qué crees que sea esto? ¿Una especie de catacumba?
- No - contestó Terry – He oído que el Vietcong arrastra a sus soldados muertos hacia los túneles para evitar que el enemigo haga conteo de los caídos
- Salgamos de aquí, o vomitaré
Terry dio media vuelta y siguió a Neil, no le agradaba estar en aquel lugar.
Al poner un pie fuera del túnel, el infierno se desató, habían caído en una emboscada. Terry se echó instintivamente al suelo al oír los disparos, aferrándose con fuerza a su M-16. Las balas pasaban a milímetros de su rostro y no podía localizar al francotirador, ni al resto de su escuadrón, pues había arrojado su linterna cuando comenzó el fuego. A unos metros de él pudo oír a Neil.
- ¡Malditos amarillos! – Se sintió aliviado al saber que su compañero estaba aún con vida.
Permanecieron tumbados sobre la hierba hasta que las cosas se calmaron. Afortunadamente, ninguno de ellos había muerto en esa ocasión.
Ocho meses después, Terry ya se había acostumbrado a la vida en la selva, al calor, la suciedad, los insectos y la falta de sueño. No podía permitirse dormir más de dos horas seguidas, y nunca en la comodidad de una cama. Se había convertido en un hombre duro, en un asesino, el lema era "Dispara antes que te maten ellos a ti". Había visto morir a sus compañeros, algunos quedaban inválidos o mal heridos y eran enviados de vuelta a sus casas.
Aún venían a su mente imagines de la ultima baja que habían tenido. Jimmy Donowitz era un joven idealista de tan solo 19 años, él no había decidido estar allí, no había querido estar allí, era estudiante de primer año de medicina, tenía una familia que lo esperaba, y una novia con la que pensaba casarse. Jimmy no tenía instinto asesino, no quería matar. Siempre tenía una sonrisa en su aniñado rostro. Terry había sentido lastima por él y lo había protegido siempre que había podido. Jimmy no tenía que estar allí, él tenía toda una vida por delante, gente que lo amaba y sufriría si algo llegase a ocurrirle. Y todo era culpa de los malditos gobernantes, que enviaban a sus chicos para ser masacrados en un país lejano, a pelear por una guerra que no era la suya. Durante una barrida en medio de la selva, se encontraron con un niño de aproximadamente 7 años que tenía una herida de bala en su brazo. Jimmy tenía ciertos conocimientos médicos e intento brindarle su ayuda, pero la orden siempre era acabar con todo aquel que formara parte del bando enemigo, sea hombre, mujer, niño, anciano o perro. Jimmy no hiso caso de esa orden y fue a ayudarlo, haciendo caso omiso de los gritos de advertencia de Terry, pero en su descuido pisó una mina. Jimmy sobrevivió, pero perdió ambas piernas y tubo graves lesiones por todo su cuerpo. Al otro día fue enviado a su casa, pero su vida ya no volvería a ser la misma. Terry lo sintió mucho, se recriminaba el no poder haber hecho nada más por él.
- ¿En qué piensas? – Escuchó la voz de Neil a sus espaldas. Era de noche y la luz de las estrellas iluminaba la jungla. Terry estaba recostado contra un árbol, pensando en su vida, preguntándose qué sería de él una vez que regresara a Estados Unidos. Todos los soldados a los que había conocido en la guerra tenían algo por lo que vivir, pero Terry no. Le hubiera gustado que las cosas fueran distintas, a Terry no le importaba si moría al día siguiente en batalla.
- Solo me preguntaba... ¿Cómo crees que sea cuando regresemos a casa?
- Pues veras... – Neil se sentó a su lado – Cuando pisemos suelo americano, estará lleno de gente dándonos la bienvenida, y desfilaremos triunfales por las calles, seremos el orgullo de la nación – Terry sonrió ante esa perspectiva.
- ¿Qué es lo primero que harás?
- Lo primero que haré, amigo, será darle un fuerte abrazo a mi madre y mi hermana y decirles cuanto las amo – Terry suspiró, a él le hubiera gustado hacer lo mismo – Y después... iré a un burdel y me follare a todas las putas que pueda encontrar - Ambos rieron con ganas, Terry se había acostumbrado a los vulgares comentarios de Neil – Dime la verdad... ¿No mueres de ganas por tirarte a una puta?
- Ya me he acostumbrado al celibato
- ¿Cómo puede ser eso? – Exclamó Neil sorprendido.
- Si extrañas tanto el sexo... ¿Por qué no pagas a una de esas prostitutas asiáticas?
- ¿Estas bromeando? La mitad de esas mujeres son espías del Vietcong, y la otra mitad tiene tuberculosis.
Durante la guerra, había aumentado la promiscuidad en los soldados americanos, y la prostitución estaba al alcance de todos. Los proxenetas rondaban con sus ciclomotores los vehículos militares para ofrecer estos servicios a los soldados, y ellos buscaban diversos tipos de relaciones, que iban desde un par de horas, hasta semanas. Algunos se enamoraban de las prostitutas, ocasionando que sus esposas americanas volaran a Vietnam para recuperar a sus maridos.
Las subscripciones a Playboy también habían aumentado. Hugh Hefner, editor de la revista, había lanzado una promoción en la cual, aquellos que se subscribieran de por vida, recibirían su primer ejemplar de manos de una de sus Playmates. Un soldado que había llegado a su pelotón hacía poco tiempo, les había contado como su antiguo escuadrón había hecho una colecta, reuniendo los 150 dólares de la subscripción, y a las pocas semanas, la bella Playmate de 19 años, Jo Collins, había llegado a Vietnam vestida de "Sargento", y les había entregado un ejemplar de la revista.
A Terry le hubiera gustado que lo visitara una de esas bellezas ¡Maldita sea! Llevaba más de 10 meses sin metérsela a nadie ¿Qué hombre podía soportar algo así? Terry no había pasado más de tres días seguidos sin sexo desde los 14 años.
- ¿Y qué me dices de las enfermeras americanas? – Preguntó a Neil.
- Esas mujeres tienen más cojones que tú y yo juntos, no han venido a Vietnam para mantener un sórdido romance con un soldado de infantería.
- Tal vez si lo intentaras... recuerdas a aquella doctora que atendió a Billy... ¿Cómo era su nombre?
- Rose – Contestó Neil con una sonrisa al recordar a aquella hermosa mujer de cabellos negros y ojos azules que había atendido a su compañero herido de bala.
- Si, Rose... Creí que te había gustado
- Una mujer como ella jamás se fijaría en mí
- ¿Por qué crees eso?
- Mírame – Se señaló con la cabeza – Rose es una jovencita de buena familia, está haciendo un trabajo voluntario en esta maldita guerra, y yo... yo solo soy un soldado sucio y apestoso.
- Si eso es lo que te preocupa... podemos darte un baño
- Hablo en serio – Le reprochó Neil.
- También yo, Neil eres un gran sujeto, cualquier mujer se fijaría en ti si te lo propusieras.
- ¿Y qué me dices de ti?
- ¿Yo qué?
- ¿No piensas hacer nada con tu abstinencia?
- No tengo planeado tirarme a nadie en esta maldita guerra... si a eso te refieres
- La enfermera que te curó esa herida en la pierna parecía muy interesada por ti
- A mi no me interesa ella
- Pero si era muy bonita
- Es cierto, pero no me interesa
- ¿Por qué no?
- ¡Por qué no!
- ¿Es por esa novia que tenias en América?
- Ella me dejó – Dijo Terry con rencor.
- No por eso debes olvidarte de las mujeres
- Y no lo hago. Pero jamás volveré a tener una relación estable con ninguna
- ¿Es que acaso no piensas casarte y tener hijos algún día?
- No
- Tal vez cambien de opinión cuando conozcas a la mujer indicada
- Lo dudo
Terry ya no pensaba en las mujeres más que para pasar un buen rato. No quería formar una familia, estaba seguro que nunca llegaría a ser un buen esposo y padre, pues nunca había tenido el ejemplo de cómo serlo.
- Iré a descansar un rato – Dijo Neil bostezando.
- Te despertaré si hay problemas
Neil se había convertido en el mejor y único amigo que Terry hubiera tenido jamás. Le había contado cosas que nadie sabía y siempre lo había comprendido.
Esa noche, todo estaba en calma. No habían tenido un enfrentamiento en dos semanas, y los soldados ya comenzaban a aburrirse. Terry se permitió cerrar los ojos unos segundos, a su mente vinieron imágenes de sus padres, niñez y de su adolescencia. En todo el tiempo que llevaba en Vietnam, no había recibido ni una sola carta de América, a sus padres no les importaba, si ellos hubieran querido ponerse en contacto con él no les hubiera resultado muy difícil, pero seguramente, ni siquiera sabrían donde se encontraba, ni lo que estaba haciendo.
Sin darse cuenta, se quedó dormido contra el árbol, pero apenas unos pocos minutos después, lo despertó la sensación de una bala que pasó muy cerca de su mejilla. Enseguida abrió los ojos y se puso alerta, tomó su M-16 y se arrastró hacia donde estaban sus compañeros descansando.
- ¡Despertarse! ¡Despertarse vagos inmundos!
- ¡Qué diablos! – Neil se incorporó de un salto - ¿Qué sucede? – Preguntó a Terry.
- ¡Nos atacan!
Neil maldijo en voz alta, rápidamente se puso sus botas y tomó su rifle. Los demás soldados hicieron lo mismo. Era la primera vez que los atacaban desprevenidos. Las balas volaban por todas partes. Terry se ubicó en su puesto de combate que había excavado la noche anterior. La oscuridad de la noche le dificultaba la visión, pero aún así, pudo contar al menos 20 soldados del Vietcong. Los malditos amarillos los doblaban en cantidad, pero no en valor.
Terry disparó su rifle, intentando acabar con el enemigo. Apenas 40 minutos después, noto como los amarillos de retiraban, llevándose consigo los cuerpos de los caídos. Respiró profundamente y esperó unos segundos para salir de su puesto.
- ¡Le han dado a Leegan! – Exclamó uno de los soldados.
Terry se puso de pie y corrió a ver como se encontraba su amigo.
Neil estaba tumbado en el suelo, la sangre le brotaba por todos lados. Terry se agachó a su lado.
- ¡Neil! ¡Neil!
- Te...rry me du...e...le – Se le dificultaba pronunciar las palabras.
- ¿Qué te duele? – Sintió como las lágrimas comenzaban a formarse en sus ojos - ¡Traigan morfina! – Les gritó a los demás soldados.
Uno de los soldados fue a buscar el botiquín, mientras otro llamaba por el radio para que les enviaran asistencia.
- Aquí tienes, Terry – El soldado le entregó el botiquín, del cual Terry sacó una jeringa con morfina y se la inyectó a Neil.
- Todo estará bien, amigo – Le decía para tranquilizarlo – Te darán de baja, y en menos de una semana estarás en tu casa abrazando a tu madre.
- Mal...di...ción, ya no po...dre matar más a...ma...ri...llos – Una débil sonrisa brotó de sus labios. Al menos, su sentido del humor seguía intacto.
La ayuda llegó unos minutos después, y Neil fue enviado a un hospital. Terry tuvo que quedarse a vigilar su puesto, pero fue a visitarlo tres días después. Neil había logrado salir con vida de esa situación, pero de todas formas lo enviarían a casa, y Terry estaba feliz por él, aunque también le afectaba saber que, a partir de ese momento, se quedaría solo nuevamente.
Continuará...
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