Capitulo 4
Estados Unidos, Texas.
1972
- ¿¡Qué has hecho que!
- He vendido Mountain Mirage
Candice White se encontraba azorada ante la noticia que su madrastra acababa de darle. Mountain Mirage, el rancho donde ella había crecido, ya no le pertenecía, ya no iba a ser su hogar nunca más. Toda su vida había transcurrido allí, con la excepción de los tres últimos años en los que había estado estudiando en Yale.
Cuando ella tenía 16 años, su padre había hecho un viaje de negocios de dos semanas a Nueva York, y había vuelto con una joven esposa apenas dos años mayor que ella. Hasta ese momento, Candy no había tenido conocimiento del deseo de su padre de volver a casarse, si bien era cierto que él nunca había negado lo mucho que quería tener un hijo varón para que pudiera hacerse cargo del rancho en algún momento, y su nueva esposa se lo había dado. Timothy era un precioso bebe de dos años, rubio y ojos celestes, iguales a los de su madre.
Susana Marlowe había llegado a Mountain Mirage ataviada en un costoso vestido Versace color negro, y una sortija con un enorme y casi vulgar diamante en el dedo. Fue una sorpresa para ella encontrase con Candy, pues su recién estrenado marido, le había dicho que no tenía hijos, al parecer habría sufrido un lapso de amnesia. Esa fue la primera discusión que tuvieron. Susana odiaba la vida en el rancho, solía pasar la mayor parte de su tiempo haciendo compras en Houston, incluso había adquirido un apartamento en aquella ciudad. Su relación con Candy era desastrosa, no le agradaba la idea de tener que compartir el dinero del viejo con aquella chiquilla, y no pensaba hacerlo. John White había muerto, y había dejado toda su herencia a su hijo Timothy White.
Candy aún no caía en la cuanta de haberse quedado en la calle. Había dedicado su vida entera al cuidado del rancho, buscando la aceptación de su padre, pero él siempre parecía echarle la culpa por haber nacido mujer. John nunca se había repuesto a la pérdida de su esposa, Mina. Candy tenía tan solo 6 años cuando su madre murió a causa de un cáncer terminal, pero tenía el recuerdo de una hermosa mujer de rizos rubios y ojos verdes, muy parecida a ella, recordaba que siempre tenía una dulce sonrisa en su rostro, recordaba sus cálidos abrazos y la forma en que siempre la arropaba por las noches, y recordaba cuando le contaba cuentos de hadas. Susana no se parecía en nada a su madre, era bella, pero su mirada era fría y distante, ni siquiera mostraba interés en su hijo. Candy sentía lastima por el pequeño Tim, después de todo era su hermano, y nunca había conocido el amor de una madre. Para ella había sido una sorpresa enterarse de su existencia, estaba en la universidad cuando recibió la llamada de George, contándole las nuevas noticias. Su padre ni siquiera había tenido la delicadeza de informárselo personalmente.
Tim era un niño adorable, y Candy parecía ser la única persona en la casa que mostraba interés en él. Al volver de la universidad, forjó un fuerte lazo con su hermano menor, se ocupaba de él y le brindaba todo su cariño. Pero ahora las cosas iban a cambiar. Susana había vendido el rancho y se mudarían a otra ciudad, probablemente nunca más volvería a ver a su hermano, y eso le dolía tanto como perder Mountain Mirage, y todo lo que ello implicaba: su casa, los empleados y los animales. Mountain Mirage era un rancho donde se criaban caballos purasangres, esa había sido la pasión de su padre, una pasión que había traspasado a su hija, pero él pareció no notarlo.
- No puedes haberlo vendido todo – Le reprochó Candy a su madrastra, con los papeles de la venta en la mano - ¿Qué hay de los caballos? Sugar me pertenece, mi padre me la regalo.
- El comprador me ofreció una buena suma por todo, y no pude rechazarla – Comentó Susana, restándole importancia al asunto – Y en cuanto a Sugar... estaba incluida entre las propiedades que John me heredó. Tengo entendido que es una yegua muy valiosa, el comprador se mostró muy interesado en ella.
- ¡Tú no heredaste nada! ¡Fue Tim, a quien mi padre le dejó todo! Para que continúe a cargo del rancho que perteneció a nuestra familia desde hace décadas.
- Entiéndelo, Candy... cuidar de Mountain Mirage requiere un gran esfuerzo, y yo no sé cómo hacerlo, tengo un niño que cuidar y debo ver por su interés – Todo era mentira, lo único que le importaba a Susana era ella misma.
- ¿Y qué pasará con los empleados?
- Recibirán su liquidación, tal vez el nuevo dueño quiera conservarlos.
- Eres perversa, Susana
- Será mejor que recojas tus cosas – Le dijo burlonamente – En dos días el rancho tiene que estar desocupado – Se dio media vuelta y salió por la puerta de la sala.
Candy dejó caer los papeles al suelo, se sentía derrotada, no podía creer como su padre había sido tan estúpido para dejar el rancho en manos de esa mujer, ahora, todo por lo que su familia había luchado por años, se perdería. Salió de la casa y se dirigió a las cuadras, los empleados de su padre estaban trabajando como siempre, Candy los saludó uno por uno y luego fue a ver a su yegua. Sugar era una hermosa purasangre de tres años, su pelaje era tan negro como la noche, y era uno de los mejores caballos del rancho. Su padre se la había regalado al graduarse de la preparatoria. Había cuidado de ella desde que era una potranca, y cada vez que volvía de la universidad, pasaba la mayoría de su tiempo en el establo, haciéndole compañía.
Tomó un terrón de azúcar y se lo ofreció a la yegua, le encantaba el azúcar, por eso la había bautizado con el nombre de Sugar. Acarició su aterciopelado hocico y escondió su cara en el cuello del animal, no podía creer que la había perdido.
- Acabo de enterarme de lo de la venta – Candy no se había dado cuenta cuando George había entrado al establo.
- También yo
- No puedo creer que John haya hecho esto – George parecía tan derrotado como Candy – Debió haber sabido que esa mujer haría algo así.
- Estaba ciego
- No... John era un hombre inteligente y precavido, algo ha de haber sucedido.
- Pues nada de eso importa ahora, el rancho ya no nos pertenece – Candy volteó a verlo, su cabello blanco delataba los 64 años que había cumplido el pasado otoño - ¿Qué harás a partir de ahora, George?
- No lo sé – En sus ojos apareció la preocupación – A mi edad dudo que vuelva a conseguir un empleo, y lo único que sé hacer es cuidar caballos.
Candy se dirigió hacia él y le tomo las manos. George Johnson había crecido en Mountain Mirage, siempre había cuidado de los establos, y ella lo quería como a un padre. Él le había enseñado todo sobre los caballos, y cuando murió su madre, había tratado de consolarla, le había construido una casa en un árbol, y le había dicho que ese sería su castillo, porque ella era una princesa. Candy no podía abandonarlo, George tenía problemas cardiacos, y ya no podría volver a trabajar ¿Qué sería de él entonces?
- No te preocupes – Intentó sonreír – Yo me encargaré de que salgamos adelante.
- Pero si tú tampoco tienes a donde ir
- Pero tengo un titulo en literatura, se que podré conseguir trabajo en alguna escuela.
- No quiero estorbarte
- Y no lo harás, eres como mi padre, jamás podría dejarte solo.
- No lo sé...
- No hay nada más por decir – Candy fue firme en su decisión – Tú vienes conmigo.
George pareció considerarlo. Era cierto que no tenía a donde ir, y la única familia que tenía se encontraba frente a él. Candy siempre había sido como la hija que nunca había tenido, no entendía porque John siempre la había relegado en su vida.
- De acuerdo, pero... ¿A dónde iremos?
- Pediré ayuda a Anthony, estoy segura que no se negará
- No creo que a tu novio le haga mucha gracia tener que cargar también conmigo
- Él me ama, y sabrá ayudarnos a ambos
- De acuerdo – George no estaba muy seguro. Anthony era un buen muchacho, pero dudaba que quisiera compartir su casa con un viejo inútil. Candy notó como George miraba con tristeza el establo - ¿Qué pasará con todo esto?
- No lo sé, George, no lo sé.
Y eso era lo que más le dolía a Candy, no tener la certeza de lo que pasaría con el rancho de ahora en adelante. Pero no había nada que ella pudiera hacer, por el momento. Volvió a dirigirse hacia Sugar y acarició su pelaje.
- Voy a recuperarte – Le susurró al oído – Te lo prometo.
Ese día, Candy llamó a su novio por teléfono y le comentó la situación. Anthony se había mostrado comprensivo y le había ofrecido un lugar donde quedase junto con George. Ella no quería dejar el rancho, pero sabía que volvería a recuperarlo todo algún día, costase lo que costase.
Dos días después, Candy y George habían recogido sus cosas para mudarse con Anthony. Susana parecía más feliz que nunca, ella odiaba Mountain Mirage desde el día en que puso un pie allí, y parecía no importarle el hecho de haberlo vendido a un precio mucho menor de lo que realmente valía, simplemente había aceptado la primer oferta que le había llegado. Candy se había enterado por los empleados, que Susana había contratado un agente inmobiliario para comprar una nueva casa. Los últimos días, no la había visto, pues los había pasado en su apartamento en Houston, renovando su guardarropas. Tim se había quedado con su niñera, una horrorosa mujer de 50 años que apenas prestaba atención al niño. Candy quiso pasar los últimos días con su hermano, sabía que Susana ya no le permitiría tener contacto con él, solamente por maldad. Iba a extrañarlo mucho, a pesar de no haber compartido mucho tiempo los dos juntos, le hubiera gustado que las cosas fueran diferentes. Tal vez si su padre no hubiera muerto en aquel accidente automovilístico, se habría dado cuenta a tiempo de la clase de mujer con la que se había casado.
El apartamento de Anthony no era muy grande, pero tenía dos habitaciones, él compartiría la suya con Candy, y la otra era para George. Le había gustado la idea de vivir con su novia, pues durante el tiempo en que ella había estado en la universidad, apenas la había visto.
Anthony y Candy habían sido novios desde los 13 años, el padre de él era el dueño del rancho vecino a Mountain Mirage, y ellos dos se habían criado juntos. En la infancia, habían sido los mejores amigos, y durante la adolescencia, Anthony le había expresado sus sentimientos, y Candy no dudó en aceptarlo.
- Gracias por dejarnos quedarnos contigo
- No tienes nada que agradecer – Dijo Anthony, mientras entraba las cajas de la mudanza a su apartamento – Sabes que haría cualquier cosa por ti.
- Se que no debe ser fácil para ti...
- Candy, no te preocupes – Dejo unas cajas sobre el sofá –Pueden quedarse todo el tiempo que sea necesario – Tomó el rostro de novia con ambas manos y depositó un tierno beso en sus labios.
- Mañana comenzaré a buscar un empleo – Le dijo ella, mirándolo con ternura a sus ojos celestes. Él la abrazó y colocó su mentón en la cabeza de Candy – Te amo, Tony.
- Y yo te amo a ti
Los días transcurrían, y Candy seguía sin conseguir empleo. Había consultado en casi todas las escuelas de la ciudad, pero ninguna tenía un puesto para ella. Anthony se encargaba de todos los gastos, y ella colaboraba con los pocos ahorros que le quedaban.
Una tarde, mientras caminaba por la calle, pasó frente a una librería, donde un cartel anunciaba la búsqueda de un vendedor, no era lo que Candy estaba buscando, pero le serviría por el momento.
- Buenos días – Saludó a la dependienta, una mujer joven, de aspecto agradable.
- Buenos días ¿En qué puedo ayudarla?
- Vengo por el anuncio
- ¡Oh gracias a Dios! – Exclamó la mujer – La última empleada acaba de mudarse a Austin, sin darme tiempo de buscar una nueva. Y dime... ¿Tienes experiencia?
- En realidad no, pero tengo un diploma en literatura
- ¿En verdad? – Parecía sorprendida - ¿Y qué haces buscando un trabajo como vendedora teniendo un diploma?
- Pues... no he podido conseguir otro empleo
- Lo entiendo, el problema de la desocupación se esa volviendo cada vez más evidente ¿Cuándo puedes comenzar a trabajar?
- ¿Quiere decir que tengo el empleo? – Preguntó Candy, contenta.
- Claro que sí, Puedes empezar a trabajar mañana
Candy estaba feliz por haber conseguido un empleo. El sueldo no era demasiado, pero serviría para ayudar a Anthony.
Al volver al apartamento, le contó la buena noticia a George, él se sentía mal por no poder ayudar de alguna manera, se sentía un estorbo, pero Candy insistía en que se quede con ellos.
- En cuanto pueda, alquilaré un apartamento para no molestar a Anthony – Le había dicho ella.
- No creo que tú le molestes – Él rió. Era testigo de las constantes muestras de cariño que se profesaban los jóvenes.
- Pero de todos modos, Tony está terminando su tesis y necesita su propio espacio donde estar tranquilo.
- Tienes razón
A Candy le gustaba vivir bajo el mismo techo que Anthony, sabía que una vez que se casaran, las cosas serian mejores, pero primero ambos tendrían que estabilizarse.
Habían pasado dos meses, y las cosas habían mejorado un poco. Candy aún no había conseguido ahorrar lo suficiente para mudarse, pero a Anthony no le importaba mucho. Una noche, había llegado cansada después de un día de trabajo. Anthony ya estaba allí, esperándola. Había notado algo distinto en sus ojos, pero no había querido decirle que le pasaba, solo la había tomado por la cintura, y la besó casi con fiereza. Candy correspondió a su beso, deseando algo más. Él la arrastró hacia el dormitorio e inmediatamente comenzó a desnudarla, parecía tan apurado que, en el intento rompió algunos botones de su camisa. Una vez desnudos, Anthony la tumbo sobre la cama y le hiso el amor desesperadamente. Candy no entendía que era lo que estaba sucediendo, era evidente que a su novio le pasaba algo.
- Tony... – Estaban desnudos debajo de las sabanas. Candy tenía su cabeza apoyada en el pecho de su novio.
- Dime
- ¿Te sucede algo?
- ¿No te ha gustado? – Le preguntó a la defensiva.
- Sabes que sí, has estado genial, pero...
- ¿Qué?
- No ha sido como las otras veces, parecía como si...
- ¿Cómo si fuera una despedida? – Candy se incorporó al escucharlo decir aquello. Lo miró desconcertada.
- ¿Qué quieres decir con eso?
- Candy... – Él parecía incomodo – Tengo algo que decirte, y no te va a gustar.
- No me asustes
- No es mi intención
- ¿Qué es lo que pasa? – Anthony dio un largo suspiro antes de contestar.
- He recibido mi número de recluta, me enviarán a Vietnam – Candy no podía creer lo que había escuchado.
- ¡No! – Exclamó - ¡No puede ser cierto! ¡Tú no!
- Candy... no puedo hacer nada, en tres días partiré
- Debe haber algo para evitar esto, hablaré con el abogado de mi padre...
- ¡Es inútil!
- Pero si...
- ¡Pero nada, Candy! No puedo negarme, me enviarían a prisión si lo hago – Ella sabía que era cierto. Mohamed Alí se había negado a incorporarse al ejército, declarando que no tenía "ningún conflicto con el Vietcong", le sacaron su licencia de boxeador y fue declarado culpable de deserción, le arrebataron su titulo y se le cerraron todas las oportunidades para ejercer el deporte. Como él, había habido cientos de jóvenes que habían terminado en prisión por negarse a ir a la guerra.
- Anthony – Decía ella estallando en llanto – No quiero perderte.
- Volveré – Le dijo besándola en los labios – Volveré a tu lado, y nos casaremos.
- ¿Me lo prometes?
- Te lo prometo
Volvieron a hacer el amor tres veces más esa noche.
Tres días después, Anthony partió a Nueva Orleans para su formación militar. Candy estaba inconsolable, no sabía que iba a hacer con el alquiler del apartamento, pues su sueldo no le alcanzaba para mucho, y el solo hecho de saber a su novio en la guerra le parecía aterrador.
Continuará...
