Capitulo 5
Candy estaba empacando sus cosas, habían pasado tres meses desde que Anthony se fuera a Vietnam, y ya no podía seguir permitiéndose el alquiler del apartamento, con su sueldo de vendedora de libros.
La televisión estaba encendida, las noticias anunciaban la reelección de Richard Nixon como presidente de los Estados Unidos, Candy la apagó y encendió la radio. No soportaba seguir escuchando y viendo imágenes sobre la guerra. Su primo Tom había prestado servicio en Vietnam por dos años. Candy no entendía como alguien pudiera pasar tanto tiempo en ese infierno. Ahora, él estaba viviendo en Nueva York, había conseguido un empleo en una empresa y estaba bajo tratamiento psicológico.
Candy había hablado con Tom por teléfono y le había contado sobre sus problemas económicos. Él le había prometido ayudarla, y lo hiso. Le consiguió un puesto de trabajo como profesora de literatura en una escuela, pero para ello tendría que mudase a Nueva York. Ella aceptó, el sueldo era bueno y Tom le había ofrecido quedarse en su casa. Había enviado una carta a Anthony para informarle de su mudanza, le escribía una carta todas las semanas, pero él no se las contestaba todas, probablemente, muchas de ellas no llegarían. Candy sabía que en aquellas cartas, Anthony no le contaba ni la mitad de las cosas que estaba viviendo. Tom le había contado con detalle todos los horrores que había sufrido en la guerra, y seguramente, su novio también los estaría sufriendo. Ella se iba a dormir todas las noches llorando y rezando porque él vuelva con vida.
- Ya empaqué los libros ¿Quieres que me ocupe de estas cajas?
- Si, gracias George - Él se había convertido en el único consuelo de Candy, siempre trataba de reconfortarla y animarla para que no pensara todo el tiempo en Anthony – Ya verás cómo, una vez que estemos en Nueva York, las cosas mejorarán.
- Nunca he salido de Texas
- Pues es una excelente posibilidad para que lo hagas ¿No quieres conocer otras ciudades? – Candy trataba de animarlo, sabía cuánto le dolía dejar la ciudad en la que había vivido toda su vida.
- Si... tal vez no sea tan mala idea ir a Nueva York
Candy se acercó a él y puso una mano en su brazo.
- Te prometí que haría todo lo posible para recuperar Mountain Mirage, y pienso hacerlo.
- Se que lo intentarás – Le sonrió – Pero para recuperarlo necesitaras mucho dinero, y no será fácil conseguirlo.
- Pues aunque me tome el resto de la vida, lo conseguiré.
Candy tenía determinación, pero sabía que solo con un milagro, podría conseguir el dinero necesario para poder recuperar Mountain Mirage, y a Sugar.
La casa de Tom en Nueva York era más grande y cómoda que el apartamento donde se habían estado quedando. Sus padres habían muerto cuando él tenía 20 años, y le habían dejado en herencia una pequeña fortuna. Al volver de Vietnam, vendió su casa de Austin y se mudo a Nueva York.
Candy y Tom siempre habían tenido una buena relación, de pequeños habían sido grandes amigos. Él había sido quien le había enseñado a montar a caballo, y todo lo que debía saber para cuidar de un rancho. Había sufrido mucho cuando se había enlistado en el cuerpo de Marines.
Tom los recibió en su hogar con entusiasmo, últimamente se había sentido muy solo y le venía bien la compañía de su querida prima y George.
- Me alegro de volver a verte – Tom la abrazó fuertemente y la levantó en el aire, como cuando eran niños y Candy rió.
- También yo, Tom
Cuando la soltó, se dirigió a saludar a George, lo conocía de toda la vida y, prácticamente formaba parte de su familia.
- Siento mucho lo de Anthony – Se arrepintió de haberlo mencionado al ver la expresión de tristeza en el rostro de Candy, aunque intentó disimularla.
- No importa – Dijo, con una sonrisa forzada – Estoy segura que llegará sano y salvo.
- Si, también lo creo – Intentó darle ánimos – Mírame a mí – Dijo abriendo los brazos – He vuelto, y estoy mejor que nunca.
Todos rieron, pero sabían que no era cierto. Tal vez, Tom no tuviera secuelas físicas, pero las cicatrices que tenía por dentro eran mucho peores.
- ¿Cuándo dices que tengo esa entrevista de empleo? – Preguntó Candy, intentando cambiar de tema.
- El director de la escuela es un amigo mío, le dije que irías a verlo mañana. Su nombre es Albert Andrey.
- ¿Y crees que me dará el puesto?
- ¡Claro que sí!
La mañana siguiente, Candy se despertó muy temprano para ir a su entrevista de trabajo. Se había vestido con una falda plisada negra a por encima de las rodillas, una camisa blanca y zapatos de tacón, había dejado sus risos sueltos y se puso un poco de maquillaje, quería dar una buena impresión. A las 09.00 AM, había llegado a la preparatoria Roosevelt. Parecía un lugar agradable, se dijo que le gustaría trabajar allí. Entró y se dirigió a la oficina del director.
- Buenos días – La saludó la secretaria, un joven de cabello negro a la altura de los hombros, y ojos marrones ocultos tras unas grandes gafas - ¿En qué puedo ayudarla?
- Buenos días, mi nombre es Candice White, tengo una entrevista con el señor Andrey.
- Tú debes ser la que viene por el puesto de profesora de literatura – La secretaria dejó los papeles que estaba revisando a un lado – Mi nombre es Patricia O'Brien, Albert me aviso que vendrías, te está esperando, pasa por favor.
- Muchas gracias – Candy le sonrió, y entró por la puerta que la secretaria le había señalado – Con permiso – Dijo al hombre que se encontraba detrás del escritorio. El hombre levantó la vista y le dedicó una sonrisa. Sin suda, era muy apuesto, tenía el cabello rubio y los ojos celeste, le hiso recordar a su Anthony, solo que el hombre que tenía en frente tenia al menos diez años más que su novio.
- Adelante – Le dijo. Se puso de pie y le extendió la mano – Debes ser Candice.
- Si, mucho gusto – Dijo ella, aceptando su saludo.
- Por favor, toma asiento – Le pidió - Tom me ha hablado de ti, me dijo que has estudiado en Yale ¿Es cierto?
- Sí, señor
- Llámame Albert – Le dijo, sonriendo – Sino me harás sentir viejo.
- De acuerdo – Ella también le sonrió.
- Entonces... ¿Cuántos años tienes?
- 21
- Eres demasiado joven, imagino que no tienes experiencia trabajando con adolecentes.
- No
- Seré sincero – Albert se inclinó sobre el escritorio y la miro a los ojos – Necesitamos una profesora titular que se encargue de impartir clases para el decimo año. No es fácil trabajar con alumnos de 16 años ¿Cree que puede hacerlo?
- Creo que estoy preparada para ocupar el puesto – Le dijo Candy, firmemente.
- Por lo general, no contratamos a los profesores sin referencias... Pero Tom me ha hablado muy bien de ti, y sé que necesitas el empleo.
- ¿Estoy contratada? – Preguntó Candy, esperanzada. Albert volvió a sonreír amablemente.
- Puedes empezar la semana que viene, le pediré a Patty que se encargue del papeleo necesario.
- Muchas gracias, le prometo que no se arrepentirá.
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Susana estaba sentada en el despacho del detective Smith, lo había contratado una semana atrás para que averiguara el paradero de Terry. Había ido a buscarlo al apartamento que habían compartido años atrás, pero le habían dicho que él había abandonado el lugar poco tiempo después que ella. También había ido a buscarlo a casa de sus padres, pero ellos tampoco habían tenido noticias de su hijo, era como si se lo hubiera tragado la tierra.
Por más que habían pasado cinco años, Susana nunca había logrado aplacar el amor que sentía por Terry. Él era el único hombre al cual siempre amaría, y ahora que era viuda y millonaria, volvería a buscarlo, esta vez nada los separaría.
- ¿Ha averiguado algo, detective?
- Sí – Contestó él, sacando un folder amarillo del cajón de su escritorio – Ha sido un trabajo sencillo.
- Entonces... lo ha encontrado – Susana parecía esperanzada, por fin volvería a ver a su Terry – Dígame donde está, quiero ir a verlo.
- No será tan fácil, señora
- ¿Por qué dice eso? – El detective Smith abrió el folder y revisó los documentos.
- Hace cinco años, Terrence Grandchester ingresó al cuerpo de Marines y fue enviado a Vietnam – Susana palideció al oír aquello.
- ¿Está muerto? – Preguntó, temiendo escuchar una respuesta afirmativa.
- No, no está muerto, pero aún está en servicio.
- ¡Esto es inaudito! – Estalló ella - ¡No pueden obligarlo a estar allí!
- El servicio en la guerra tiene una duración de doce meses, el señor Grandchester está allí por voluntad propia.
- Entonces se debe poder hacer algo para que regrese – Dijo ella, pensativa.
- Probablemente
- Muchas gracias, detective
Susana se puso de pie y le extendió la mano a modo de despedida, él se la estrechó. Al retirarse del lugar, se puso en contacto con su abogado para averiguar qué podía hacer para traer a Terry nuevamente de Vietnam, el dinero ya no representaba un obstáculo para ella. El abogado no le dio muchas esperanzas, no importaba cuánto dinero ella tenía, si él no deseaba volver, nadie podía obligarlo.
Estaba furiosa, había soportado por cinco años a John White, con la esperanza de volver algún día con el hombre que amaba. Al casarse con él, había creído que las cosas serían distintas, ni siquiera imaginaba que tendría que mudarse a un sucio rancho en Texas, pero lo peor de todo, fue enterase de que John tenía una estúpida hija. Había sido una ilusa al creerle, pero al final, todo había salido bien, solo había tenido que darle un hijo varón a su marido, y él le dejaría toda su herencia. Un año después de haberse casado, por fin lograron concebir a Timothy. Susana no podía seguir soportando acostarse con ese viejo arrugado, creyó que, al nacer Tim, iba a dejarla en paz, pero no había sido así, al parecer a John le gustaba demasiado el sexo. A decir verdad, ella había sentido alivio al enterarse de su muerte. Pero se había vengado de él, su marido creyó que ella conservaría Mountain Mirage, pero debió haber supuesto lo mucho que ella odiaba aquel rancho, y que lo primero que haría al heredarlo, sería venderlo. Sabía que el precio al que lo había vendido había sido demasiado bajo, pero no le importaba, el dinero que había sacado de allí era suficiente para llevar una vida cómoda.
Susana se había mudado a Nueva York y comprado un piso en Times Square. Después de haber vivido tanto tiempo en un rancho, para ella significaba un alivio volver a la cuidad. No podía decirse lo mismo de Tim, a él le costaba acostumbrarse a su nueva vida, extrañaba el campo, los animales y a Candy. Susana estaba cansada de escuchar al pequeño estorbo preguntar por su hermana, por lo que trataba de pasar el mayor tiempo posible fuera de su casa, y había contratado una niñera, a tiempo completo para que se ocupe de él. En esos momentos, lo único que le interesaba, era encontrar a Terry, y que él vuelva con ella. Aún recordaba la manera en que la había tratado el día en que lo abandonó, pero estaba segura, que una vez que la viera, se volvería a enamorar de ella.
ooo
- Buenos días, Patty – Albert había llegado a la escuela como todas las mañanas.
- Buenos días, Albert – Lo saludó ella, cortésmente.
Era habitual, tanto para el personal, como para los alumnos, que trataran a Albert con total confianza, a pesar de ser el director de la escuela.
Albert tenía 35 años, había sido el lanzador estrella de los New York Yankees, pero había tenido que dejarlo al sufrir una fractura en su hombro derecho. En ese momento, creyó que su vida estaba perdida, lo único que había deseado en la vida, era ser jugador profesional de baseball, y lo había conseguido, pero su sueño le había durado solamente tres años. Había estado unos cuantos meses en rehabilitación, pero ya no podría volver a lanzar. Pasó demasiado tiempo deprimido, encerrado dentro de su casa, hasta que un conocido, le ofreció el puesto de entrenador para el equipo de baseball de la secundaria Roosevelt. Albert lo había aceptado, y eso había significado una salvación para él. Entrenar a otros jóvenes, le daba la oportunidad de continuar con lo que él amaba. Con el tiempo, había logrado convertirse en el director de la escuela, y a pesar de la confiabilidad que todos le tenían, era muy respetado y querido allí dentro.
Albert nunca se había casado, a decir verdad, nunca había encontrado a la mujer indicada. Había salido con varias, pues tenía gran éxito con el género femenino, pero él creía que para casarse debía estar completamente seguro de su decisión. Nunca una mujer lo había atraído hasta el punto de dejarlo sin aliento, nunca hasta la semana pasada. Al ver a Candy por primera vez, supo que ella era una mujer diferente a las demás, podía verlo en sus ojos, algo le decía que ella era especial, y pensaba aprovechar la oportunidad de conocerla a fondo.
Ese era el primer día de Candy como profesora de literatura del decimo año. Estaba muy nerviosa, pero trataba de que no se le notase, pues no era bueno que los alumnos lo supieran y se aprovecharan de ello. Afortunadamente, le había tocado un buen grupo, eran chicos agradables. Ella había creído que trabajar con adolecentes sería más difícil, pero, al parecer, ella tenía un don especial para caerle bien a los demás.
- Entonces... – Dijo para concluir su clase – Para la próxima clase quiero que estudien todo lo que vimos hoy.
Candy se quedo en el aula, ordenando sus papeles mientras los alumnos salían uno por uno.
- ¿Cómo fue el primer día?
Levantó la vista y vio a Albert, apoyado contra el marco de la puerta, observándola con si típica sonrisa.
- Muy bien – Le contestó Candy – Los alumnos son muy agradables, no me ocasionaron ningún tipo de problema.
- Si... son un buen grupo – Albert seguía observándola, era la mujer más hermosa que hubiera visto nunca - ¿Qué te parece si almorzamos juntos? Así podremos conocernos mejor – Candy lo miró con una expresión de sorpresa, por eso el añadió – Como amigos, claro – Ella sonrió.
- De acuerdo
- Bien... en la cafetería de la escuela preparan los sándwiches de pavo más ricos que hayas probado en la vida – Ambos rieron.
Algunos minutos después, Albert y Candy estaban sentados en una mesa de la cafetería, donde también almorzaban los alumnos de la escuela.
- ¿Hace mucho que eres director? – Le preguntó Candy.
- Solo hace tres años
- ¿Y siempre ha sido tu sueño?
- La verdad, no – Albert le contó su historia, y como se había frustrado su deseo de seguir compitiendo en las grandes ligas. Candy admiraba la determinación que había tenido para salir adelante.
En más de una ocasión, durante el almuerzo, varios alumnos se habían acercado a él para comentarle alguna cosa o pedirle consejos, era evidente que todos lo apreciaban.
- Cuéntame algo de ti – Le pidió Albert, intentando averiguar algo de la mujer que le había robado el corazón a primera vista.
- No hay mucho que contar, crecí en un rancho en Texas, criábamos caballos purasangres, estudié en Yale, y luego de la muerte de mi padre, vine a vivir a Nueva York con George, que es como de la familia. Bueno... esa es la historia resumida.
- Y... ¿Tienes novio?
- Sí – Las esperanzas de Albert se derrumbaron al oír aquello, pero algo en la mirada de ella, le dijo que las cosas no estaban bien – Anthony está prestando servicio en Vietnam desde hace algunos meses.
- Lamento oír eso – Era verdad, por más que le hubiera gustado que Candy estuviera libre, no le agradaba la situación que estaban viviendo centenas de hombres en aquel país asiático.
- Tengo la esperanza de que vuelva con vida.
- Claro que sí – Él sonrió, pero sabía que no se daría por vencido ahora que había conocido a la mujer con la que deseaba pasar el resto de su vida.
Continuará...
