Capitulo 6
Vietnam, Guang Nam.
1972
Anthony estaba escribiendo una carta para Candy, la extrañaba cada día más, y lo único que lo mantenía con fuerzas para seguir adelante, eran las cartas que recibía de ella. La correspondencia que los soldados recibían de sus novias y esposas, eran uno de los mayores consuelos que tenían en la guerra, había visto a hombres suicidarse, al recibir cartas de ellas anunciándoles que los dejaban, muchas veces por otros hombres. Él no sabía que sería capaz de hacer si dejaba de recibir noticias de Candy, si ella lo abandonaba.
- ¿Qué haces, Tony?
- Escribo una carta a mi novia, señor.
- No seas tonto, deja de llamarme así, te he dicho que no me gusta
- Lo siento, Terry
En los cinco años que había pasado en la guerra, Terry había obtenido el rango de Sargento, asumiendo el mando y liderazgo de su pelotón. No le agradaba que sus subordinados lo trataran como un superior, pero tampoco iba a ser blando con ellos, permitiéndoles cometer errores que pondrían en riesgo sus vidas.
Anthony había llegado a su pelotón una semana atrás, y era otro claro ejemplo de un joven que no debería estar allí.
- Así que tienes una novia... – Se sentó a su lado, Rafe, el perro guía que había sido asignado a su pelotón, estaba con él, parecía haber forjado un lazo especial con Terry - ¿Y es guapa?
- Es la más guapa de todas las mujeres – Contestó Anthony, recordando a su amada, inmediatamente, una expresión de tristeza apareció en su rostro.
- No te preocupes, la verás en seis meses.
- Tal vez no esté con vida dentro de 6 meses
- Lo estarás – Aseguró Terry – Desde que ejerzo como Sargento, no he perdido a ninguno de mis hombres, y me encargaré que siga así.
Anthony había estado en otro pelotón anteriormente, y no había conocido a ningún sargento o soldado que fuera como Terry, que tuviera la fuerza de voluntad que él tenía. Había pasado demasiado tiempo en el infierno y conocía la selva mejor que nadie, tenía suerte de haber caído en su pelotón.
- ¡Hey tú, Brower! – Lo llamó un soldado corpulento que estaba sentado a unos metros de Anthony limpiando su fusil, él lo miró - ¿Así que eres de Texas?
- Si
- Tuvimos un soldado de Texas en nuestro pelotón antes que tú llegaras. Una granada le explotó en el pecho, murió.
- Al menos ha muerto por una buena causa
- ¿A si? – El soldado le preguntó, irónicamente - ¿Y qué causa es esa?
- La libertad
- Aclárate las neuronas, pardillo ¿Crees que luchamos por la libertad? ¡Esto es una matanza! Y si me van a reventar las pelotas por una palabra... Mi palabra es ¡PUTADA! Hasta ahora llevo 157 amarillos asesinados, y también 50 búfalos de agua.
- ¿Incluyendo mujeres y niños?
- A veces
- ¿Cómo puedes disparar a mujeres y niños?
- Fácil, solo tienes que hay que apuntar un poco mejor – El soldado estalló en risas - ¿¡No es la guerra un infierno!
- No le hagas caso a Bob, está loco – Le dijo Terry – Su antiguo pelotón sufrió una emboscada y él fue el único sobreviviente. Despertó en medio de la jungla cubierto por los restos destrozados de sus compañeros.
- ¡Odio a estos malditos amarillos! – Exclamó Bob, apretando su rifle con las manos – Sin ofender, Minh – Le dijo al joven sur vietnamita de 15 años que se encargaba de guiarlos por la selva.
- No hay problema – Le contestó el chico, con su acento oriental. Estaba acostumbrado a escuchar comentarios de ese estilo por parte de los soldados americanos a los cuales ayudaba, francamente no le importaba.
Anthony continuó escribiendo su carta, mientras que los demás miembros del pelotón se dedicaban a lo suyo. Bob continuó limpiado su rifle, mientras descargaba improperios contra los vietnamitas, Minh lo miraba divertido, los americanos formaban parte de su bando, y él sentía admiración por ellos. Otros dos soldado más jóvenes, estaban sentados contra un árbol, mirando una revista Playboy. Terry jugaba con Rafe, ese ovejero alemán de dos años le había salvado la vida en más de una ocasión. Rafe se encargaba de llevar mensajes, o a localizar heridos y minas, y también otras cosas, como atacar al conductor de un jeep saltando sobre el coche en movimiento y tomándolo por la garganta. Era el mejor compañero que jamás hubiera tenido.
Sintieron unos pasos que se acercaban al campamento, Terry se puso en alerta y tomó su rifle, pero la persona que apareció no era un amarillo.
- ¿Archie? – Preguntó, bajando el arma - ¿Archie, eres tú?
El hombre que tenía en frente se parecía remotamente al Archie que había conocido durante su adiestramiento, solo que éste, parecía tener unos cuantos años más, y el cabello y la barba más largos. Su cara denotaba cansancio, y tenía la mirada perdida, como si se encontrara en otro sitio.
- Terry... – Sonrió ampliamente al reconocerlo - ¡CABRÓN HIJO DE PUTA! ¡No sabes cuánto me alegro de que sigas con vida!
Terry rió y fue a darle un a fraternal abrazo, ese sí era el Archie que conocía.
- ¿Qué haces aquí? ¿Aún buscas a tu hermano?
- No, he estado cinco malditos años buscándolo, y la semana pasada recibo una carta de mi madre, contándome que Stear había regresado a casa después de unas largas vacaciones en Europa. El muy cabrón solo estuvo tres meses en la guerra, luego fue herido y se casó con la doctora francesa que lo había atendido. Estuvo viviendo en Francia todo este tiempo.
- ¡Mierda! ¿Y no se podía haber comunicado?
- No lo sé, pero en cuanto lo vea, pienso propinarle una buena paliza.
- ¿Piensas darte de baja?
- Si, no soporto estar ni un minuto más en este infierno. Mañana mismo iré a pedir mi baja.
- Pues, que suerte – Comentó Anthony, quien había estado oyendo todo – A mí, en cambio, me quedan otros seis meses de servicio.
- Si crees que tengo suerte, es porque no has vivido lo que yo – Le dijo Archie, seriamente.
- Cuéntame
Archie se sentó en el suelo y acepto una cerveza que Anthony le estaba ofreciendo, tomo un largo trago antes de relatar el infierno que había vivido.
- A un año de haber llegado, me toco cubrir la guerra desde uno de sus aspectos más detestables – Sus ojos se humedecieron al recordar aquel hecho en particular – Nuestro pelotón entró a una aldea llamada My Lai. Nos ordenaron matar y destruir todo lo que encontráramos en la aldea. Nos dijeron claramente que no debíamos tomar presos. No hubo resistencia. Solo vi tres armas y no sufrimos ni una sola baja. Era igual a las demás aldeas vietnamitas: ancianos, mujeres y niños. Creo que en toda la aldea no vimos un solo hombre de edad militar. Empezaron a masacrar a los aldeanos. Había una anciana en una cama y un monje vestido de blanco le rezaba, el teniente lo arrastró afuera y le dijo algo. El monje estaba rogando que no lo mataran. El teniente lo empujó hacia el arrozal y le disparó a quemarropa. Nos ordenaron empujar a todos los vietnamitas a una zanja, Empezaron a dispararles, hombres, mujeres y niños, hasta bebés. A un bebé que salió a gatas de la zanja lo agarraron, lo tiraron de nuevo a la zanja y le dispararon. Hicieron lo mismo por toda la aldea. Quemaron las chozas y los cultivos, y mataron el ganado. A las mujeres las violaron. Una mujer había recibido tantas ráfagas que sus huesos habían saltado en astillas. Otra mujer fue muerta a tiros y su bebé destrozado con un M-16, mientras tanto otro bebé era atravesado con una bayoneta. Un soldado que acababa de violar a una joven, le metió el cañón de su M-16 en la vagina y apretó el gatillo. No era difícil encontrar gente para matar, estaban por todos lados. Les cortaban la garganta, las manos, la lengua y el cuero cabelludo. Mientras tanto, mi compañero y yo teníamos que documentar con fotografías la masacre.
- ¿Y por qué tanta crueldad? – Preguntó Anthony – Quiero decir... no eran militares, eran civiles desarmados ¿Por qué matarlos?
- ¡Despierta, Brower! – Exclamó Bob – Esto es la guerra, le dan a los niños granadas para arrojar, y las mujeres son espías.
- Ese tipo de masacres son el resultado de una campaña concebida, ordenada, planificada y dirigida por el alto mando militar para darles una lección a los aldeanos de las provincias – Comentó Terry – Lamento decirte esto Tony, pero masacres como estas ocurren todo el tiempo.
Las semanas fueron pasando para Anthony, nunca terminaba de acostumbrarse del todo a estar allí. Las emboscadas siempre eran la peor parte, los soldados siempre vivían con el temor de caer en una. Extrañaba a Caney, extrañaba sus besos, sus abrazos, dormir con ella todas las noches, moría de ganas por verla.
Terry se había convertido en un gran amigo y apoyo, siempre estaba allí cuando Anthony no tenía más fuerzas para seguir adelante.
Ese día habían salido a una misión de exploración, la lluvia caía sobre sus cabezas, dificultándoles la visión. Anthony se sentía sucio y cansado, no había dormido bien en meses. Estaba cansado de caminar, no había comido nada en todo el día, y el clima era verdaderamente insoportable.
Terry iba al frente, con Rafe y Minh, asegurándose de que no hubiera peligro. Anthony iba a la par con Bob y un soldado afroamericano. Los demás miembros del escuadrón les seguían los pasos.
Continuaron caminando, hasta que se encontraron de frente con un edificio en ruinas, al parecer, ya había sido atacado. Creyeron que no existía peligro y siguieron adelante, pero entonces comenzó la acción...
ooo
- Jo, querida ¿Puedes ir a revisar la herida del soldado James?
- Claro, Doctor Marvin
Josephine Kendal, era una hermosa doctora de 24 años que había llegado a Vietnam tres meses atrás para prestar servicio voluntario en la guerra. Su aspecto dulce y delicado contrastaba con el entorno donde se encontraba. Tenía el cabello rubio, corto a la altura del cuello y los ojos color miel, su piel parecía de porcelana, y su delgado cuerpo parecía de bailarina.
Jo pertenecía a una familia acomodada de Boston, pero nunca había querido depender del dinero y las influencias de su padre, por ello, decidió estudiar medicina, yendo en contra de los deseos de su familia. Había querido darle sentido a su vida de alguna manera, y sentía que la mejor forma de hacerlo, sería ayudar a quienes más lo necesitaban. Había tomado su decisión de ir a Vietnam, y en pocos días se había convertido en una de las "Donuts Dollies". Su trabajo era encargarse de la recuperación tanto física como anímica de los heridos.
Jo caminó a lo largo del pasillo del hospital, hasta llegar a una habitación donde se encontraban los soldados con heridas de menor gravedad. Se acercó a un joven de apenas 18 años, una enfermera le estaba cambiando los vendajes.
- ¿Cómo se encuentra hoy, soldado? – Le preguntó, sonriéndole mientras comenzaba a revisar la herida de su brazo.
- Ahora que la veo a usted, mucho mejor
- ¿Todos los soldados son tan galantes como usted?
- No, solo yo – Le guiñó un ojo.
- Pues... ¿Cómo puedo agradecerle sus cumplidos? – Bromeó ella, mientras le volvía a vendar el brazo.
- Creo, doctora... que tendrá que casarse conmigo
Ambos rieron, el sentido del humor era el mejor remedio que los heridos podrían tener.
- ¡Doctora Kendal! ¡Doctora Kendal! – En enfermera entró corriendo a la habitación.
- ¿Qué sucede?
- Han traído heridos, necesitamos su ayuda
Jo fue corriendo tras la enfermera. Situaciones así pasaban constantemente. Al llegar hasta donde estaban los heridos, el doctor Marvin la tomo del brazo y la condujo hasta un soldado que tenía la cara cubierta de sangre.
- Ha habido seis heridos de gravedad, encárguese de él
- Si, doctor - El soldado tenía los ojos abiertos, eran de un bonito color azul – No te preocupes – Le dijo tomándolo de la mano – Haré todo lo posible por salvarte.
Él intento decirle algo, pero el dolor era tan intenso que las palabras no salían de su boca.
Jo tomó unas tijeras y cortó con cuidado la remera del soldado, bajo toda esa sangre, pudo ver al menos cinco orificios de bala. Estaba muy débil, y probablemente necesitara una transfusión. Le dio indicaciones a la enfermera para que prepare todo lo que necesitaba, y rezó porque las balas no hayan perforado ningún órgano vital.
No sabía que era exactamente lo que había sentido al ver a aquel soldado a los ojos, pero sin duda, era algo muy fuerte. La vida de él estaba en sus manos, y haría todo por salvarlo.
Fueron tres largas horas que Jo dedicó a salvar la vida del soldado del cual ni siquiera sabía cuál era su nombre.
- Sobrevivirá – Le dijo a la enfermera.
- Ha hecho un gran trabajo, doctora – La felicitó el doctor Marvin.
- ¿Cómo se encuentran los demás heridos?
- Todos están fuera de peligro
Jo respiró aliviada, le alegraba saber que, ese día, no había habido bajas.
Se sacó los guantes ensangrentados y se lavó las manos. Dio una última mirada al soldado que acababa de salvar. La enfermera ya le había limpiado el rostro, era un hombre muy apuesto, pensó Jo.
Al salir de la habitación, un hombre la detuvo, parecía muy nervioso.
- ¿Cómo esta Tony?
- ¿Perdón?
- Lo siento... Soy el Sargento Primero Grandchester. El hombre que usted ha estado atendiendo es el Soldado de Infantería Anthony Brower.
- No se preocupe, Sargento – Le dijo Jo para tranquilizarlo – El soldado se encuentra fuera de peligro.
- Gracias a Dios – Terry suspiró aliviado – Ha estado tanto tiempo allí adentro que creí no había sobrevivido.
- ¿Qué fue lo que paso? – Quiso saber Jo.
- Había un francotirador – Se pasó las manos por el cabello – Yo debería haberlos protegido, y no pude.
- No fue su culpa... Hiso lo que pudo
Al día siguiente, Jo se levantó a primera hora para ir a ver a su paciente favorito. Anthony estaba despierto, aunque un poco confundido.
- ¿Eres quien me salvó anoche? – Le pregunto con voz ronca.
- Si – Jo se acercó a él y se sentó al borde de la cama, casi inconscientemente, le tocó la mano, sintió una conexión especial al sentir su calor.
- Gracias
- Era mi deber
Anthony se sentía extraño, la mujer que estaba sentada a su lado lo había salvado, sabía perfectamente que ese era el deber de los doctores, pero con ella se sentía diferente, era algo que nunca había sentido por ninguna mujer, ni siquiera por Candy.
Los días iban pasando, y Anthony estaba a un paso de ser dado de alta y enviado de vuelta a casa. Jo iba a visitarlo en sus ratos libres, y siempre lograba sacarle una sonrisa, pasaban todo el día hablando, de libros, películas, música, de cualquier cosa.
- ¿Cómo te sientes, Tony? – Era Terry quien había entrado a su habitación, y aunque le alegraba que fuera a visitarlo, se decepcionó al no ver a su doctora.
- Mañana me enviaran a casa – Le contestó. Terry notó que no estaba demasiado feliz frente a esa perspectiva.
- ¿Qué sucede? No es eso lo que querías
- Si... pero eso fue antes de conocer a Jo
- ¿Jo? No me digas que...
- Si, Terry – Anthony sonreía soñador – Me he enamorado de ella.
- ¿Y tu novia?
- Tú sabes mejor que yo que las cosas cambian una vez que vives lo que nosotros vivimos.
- Pero no puedes abandonarla, después de todo... ella ha sido tu sostén en todo esto.
- Lo sé, pero no puedo evitar sentir todo esto. Jo salvó mi vida, tenemos una conexión especial.
- ¿No estarás confundiendo amor con gratitud?
- No, Terry – Dijo firmemente – Amo a Jo, y voy a casarme con ella.
Continuará...
Acá dejo un nuevo capítulo de este fic, espero que les guste =)
Nota: El testimonio de Archie está basado en hechos reales contados por veteranos de la guerra.
Bueno... Probablemente, mañana suba un nuevo capítulo de mi otro fic "El ayer que se fue"
Saludossss
