Capitulo 8
- Candy ¿Podemos hablar? – Albert había entrado al aula donde la rubia acababa de terminar su clase del día, y estaba juntando sus papeles.
- Claro... ¿Qué sucede?
- Porque no me dices que te sucede... – Le pidió, sentándose en el borde del escritorio. Había notado que ella no era la misma de siempre, su mirada expresaba tristeza, y ya no sonreía como solía hacerlo antes.
- No sé a qué te refieres, Albert.
- Solo intento ayudarte
- ¡No necesito ayuda! – Gritó Candy, poniéndose abruptamente de pie y sorprendiendo a Albert, quien no esperaba una reacción así por parte de la rubia. Nunca la había visto tan enojada e irritada de ese modo, era evidente que algo le había pasado en el último mes, y Albert estaba muy preocupado por ella, pero no podía hacer nada por ayudarla si ella no se dejaba.
- Lo siento mucho – Parecía apenado – No quise importunarte.
Candy cambió su expresión y volvió a sentarse en la silla.
- No, Albert... Discúlpame tú a mí, no debí hablarte de ese modo.
- Candy – Le habló dulcemente, mientras tomaba sus manos entre las suyas – Sabes que puedes contar conmigo.
- Lo sé, lo sé. Es solo que he pasado por un momento desagradable.
- ¿Quieres contarme? – Al ver que ella dudaba le aseguró – No diré nada a nadie, somos amigos, puedes decirme lo que sea.
- Se trata de Anthony – Le dijo, después de pensarlo unos segundos. Le haría bien hablar con Albert, él siempre se había mostrado comprensivo con ella, y sabría entenderla.
- ¿Tu novio?
- Si... Bueno ya no lo es
- ¿Terminaron? – Albert intentó ocultar la felicidad que sentía al saber que Candy era libre.
- Eso parece
- No entiendo
- Se casó
- ¿Qué se casó? – Albert entendía cada vez menos – Creí que estaba en Vietnam.
- Si
- ¿Y cómo te has enterado?
- Por accidente, leí una nota en el periódico donde le hicieron una entrevista por su boda – Candy bajó la vista – Él se olvido de mi.
- ¿Hace cuanto fue esto? – Albert no podía entender como alguien podía dejar a una mujer como Candy para casarse con otra.
- Un mes
- ¿Y no has hablado con él en todo este tiempo?
- No – Candy apretó los puños – Ni siquiera tuvo la consideración de darme una explicación en la cara, simplemente desapareció.
- Una persona así no merece que sufras por él.
- Es algo que no puedo evitar, siento una humillación muy grande al pensar en lo que me ha hecho. Me siento tan insignificante...
- No eres una mujer insignificante – Albert la miró a los ojos y no deseo contarle lo que le pasaba con ella – Candy, yo...
- Albert – Patty entró al aula donde ellos se encontraban, interrumpiendo la conversación.
- ¿Qué sucede? – Preguntó algo molesto.
- Lo siento, pero el hombre que llamó está mañana por el puesto de entrenador del equipo de futbol ha llegado, te está esperando en la oficina.
- De acuerdo – Contestó cansinamente. Luego se dirigió a Candy – Tengo que atender este asunto, luego seguimos hablando.
- Si
Albert salió del salón y caminó por los pasillos de la escuela para llegar a su oficina. En el camino, iba pensando en cómo podía hacer ahora que Candy estaba libre, para hacerle entender que él era el hombre indicado para ella. Sabía que estaba muy dolida por la traición de su ex novio, y tendía que darle algo de tiempo para que pueda superarlo, y cuando eso sucediera, él iba a estar allí. No perdería la oportunidad de estar con la mujer que siempre había soñado para su vida.
Llegó a su oficina, un hombre lo estaba esperando allí.
- Mucho gusto – Lo saludó Albert, ofreciéndole la mano – Soy Albert Andrey, el director de la escuela – El hombre estrechó su mano.
- Soy Terrence Grandchester
- Bien... ¿Por qué no toma asiento señor Grandchester? – Terry tomó asiento donde Albert le había indicado – Muy bien – Continuó mientras se sentaba detrás del escritorio – Tengo entendido que ha venido por el puesto de entrenado...
- Así es
- Y dígame... ¿Tiene experiencia trabajando con adolecentes?
- No señor, pero he sido capitán del equipo de futbol de la escuela.
- Pero nunca ha entrenado...
- No, pero puedo hacerlo.
A Albert le gusto la actitud de Terry, pero no podía tomar una decisión a la ligera.
- ¿Cuáles han sido sus últimos empleos?
- Pues a decir verdad... He estado los últimos cinco años combatiendo en Vietnam – Terry no había estado muy seguro de admitir su pasado como ex combatiente, pero prefería decir la verdad ante todo – He sido nombrado Sargento, y si pude manejar un pelotón entero, estoy seguro que no me será difícil hacerlo con un grupo de adolescentes.
- Pero no es lo mismo
- Depende de donde se lo mire – No iba a darse por vencido – Un equipo de futbol necesita disciplina para poder ganar, y yo tengo experiencia de sobra en eso.
- Pero sabrá que el entrenamiento del ejército no puede ser aplicado a un equipo de futbol, sería inhumano.
- Créame que se diferenciar las cosas – Le dijo Terry, sonriendo de medio lado.
- Si lo contrato... ¿Cómo puedo estar seguro que usted no tendrá ciertas actitudes indeseadas?
- ¿A qué se refiere?
- Ya sabe...
- Me gustaría que se explique mejor
- Es conocido por todos, que los soldados en Vietnam suelen consumir drogas para darles más valor en el combate ¿Cómo se que no va a proporcionarle a los jugadores drogas como anabólicos para que rindan mejor?
- ¡Nunca he consumido drogas! – Exclamó Terry – Y tampoco he permitido que ningún miembro de mi pelotón las consuma. La supervivencia del soldado en combate en el campo de batalla depende de la claridad de sus sentidos, y no podía permitir que ninguno cometiera un error que pudiera costarnos la vida.
- De acuerdo, señor Grandchester, ya he oído suficiente.
- ¿Quiere decir que no he conseguido el trabajo? – Albert lo pensó unos segundos.
- Le diré una cosa – Se inclinó un poco sobre el escritorio y le dijo – Voy a darle una oportunidad, estará a prueba por tres meses, y si demuestra ser un entrenador competente, el puesto es suyo.
- Le aseguro que lo seré – Dijo con firmeza.
Cuando Terry salió de la escuela, sentía que por fin había conseguido algo. No le gustó la forma en que lo había tratado el director, pero comparado con las otras entrevistas que había tenido, esta había sido la mejor.
Los primeros días en Estados Unos, después de haber vuelto de Vietnam, habían sido desastrosos. No tenía a sonde ir, y paso dos noches durmiendo en una fábrica abandonada, como si fuera un mendigo. Después pudo cobrar su pensión, pero ese dinero no le alcanzaba para mucho, había logrado alquilar un apartamento, un poco más grande que el que había ocupado antes de marcharse, pero también un poco más caro, por lo que necesitaba urgentemente conseguir un empleo.
La situación era difícil, la ciudad estaba repleta de ex soldados desempleados que tampoco podían conseguir un empleo, en parte por la falta de ofertas laborales, pero los pocos puestos disponibles, eran ofrecidos preferentemente a personas que no habían formado parte del ejercito. La sociedad estaba muy sensible por el tema de la guerra, y erróneamente, echaban la culpa a aquellas personas que habían luchado por su país, muchas veces obligados.
Terry no había podido conseguir trabajo, hasta que vio un anuncio en el cual se solicitaba un entrenador para un equipo de futbol de una escuela. No era lo que había estado buscando, pero estaba seguro que podría realizar ese trabajo, entonces llamó por teléfono y pidió una cita. Recordó la forma en que lo había tratado Albert, ese tipo no tenía idea nada, era obvio que siempre había tenido una vida fácil, pero no permitiría que nadie lo pasara por encima, por más que se tratara de su jefe.
Llegó a su casa alrededor de las cinco de la tarde, Rafe ya lo estaba esperando tras la puerta.
- Ya he regresado, amigo – Le dijo, dándole una palmadita en la cabeza. Al pobre animal no le gustaba estar encerrado – Tengo buenas noticias – Le continuó hablando como si le entendiera – He conseguido un empleo, así que a partir de ahora podre comprarte filetes para la cena en vez de esa comida para perros que comes – Se agachó para quedar a su altura y lo miró a los ojos – Has pasado momento difíciles y mereces lo mejor, te prometo que saldremos adelante.
Rafe era el único amigo que Terry tenía en aquellos momentos, sabía que él nunca lo abandonaría ni decepcionaría.
ooo
Candy estaba preparando la cena cuando sonó el teléfono. Tom y George no se encontraban en aquel momento, por lo que ella tuvo que dejar lo que estaba haciendo para contestar.
- Diga...
- ¿Candy? Soy Albert
- Albert – Dijo Candy confundida - ¿Qué necesitas?
- ¿Estas ocupada en este momento?
- De hecho... Estoy preparando la cena ¿Porqué lo preguntas?
- Porque quería invitarte a comer esta noche, conozco un lugar agradable.
- No lo creo... debo terminar de corregir unos exámenes para mañana, además, debo tener la cena lista para cuando lleguen Tom y George.
- De acuerdo... – Parecía decepcionado - ¿Y qué te parece el sábado?
- No lo sé...
- Vamos, Candy, necesitas distraerte un poco
- De acuerdo
- Perfecto – Dijo él con un tono de triunfo. Entonces sonó la alarma del horno.
- Albert, debo colgar, o se me quemará la comida.
- Esta bien... estamos en contacto, adiós.
- Adiós.
Candy fue corriendo a sacar el asado que estaba cocinando, justo a tiempo antes que se le quemara. Nunca había sido muy buena cocinera, pero era lo mínimo que podía hacer para ayudar a Tom.
La semana transcurrió con normalidad, entonces llegó el sábado. A decir verdad, Candy no tenía muchas ganas de salir a cenar, pero ya no podía echarse atrás, le había dado su palabra a Albert, y tenía que cumplirla, después de todo, él había sido de gran ayuda para ella, y nada pasaba si aceptaba salir una noche con él.
- ¿Estás segura que esto no te traerá problemas? – Le preguntó George, mientras ella se ponía unos aros de diamantes que habían pertenecido a su madre, era una de las pocas joyas que había logrado conservar.
- ¿Por qué debería traerme problemas?
- Porque vas a salir con tu jefe, muchas personas podrían creer cosas que no son.
- Albert es un buen amigo, no creo que nadie se atreva a decir nada.
- Pues yo creo que ese hombre siente algo por ti
- Claro que no, George – Candy rió. Le parecía absurdo.
- Trata de ir con cuidado, no quiero que termines sufriendo de nuevo.
- Tranquilo, se cómo manejarme – Se escuchó el sonido de una bocina – Bueno... creo que ya me voy, volveré temprano.
- No te estoy vigilando
- Ambos sabemos que sí
Los dos estallaron en risas, entonces Candy se despidió de él con un beso en la mejilla y salió a encontrarse con Albert, quien la esperaba afuera de su vehículo, con un ramo de flores en la mano. Se acerco a él y lo saludo con naturalidad.
- Toma – Le dijo, dándole el ramo – Son para ti.
- Gracias – Candy lo tomó, aunque no estaba muy segura de aceptarlo, tal vez lo que le había dicho George era cierto – Son muy bonitas.
Albert le abrió la puerta del auto para que ella pudiera entrar, se veía hermosa esa noche, con un sencillo vestido negro y zapatos de tacón, claro que para él, cualquier cosa que se pusiera le quedaría bien.
- He hecho una reservación en un restaurant muy agradable, estoy seguro que te gustará – Dijo antes de poner el auto en marcha.
Candy se sentía algo incomoda, siempre le había agradado la compañía de Albert, pero como un amigo, y en ese momento comenzaba a darse cuenta que él quería tener algo más con ella que una simple amistad, y no sabía cómo manejar esa situación.
Llegaron al restaurant que él le había dicho, era un lugar muy lindo, pero solo tenía un problema: las mesas estaban ocupada por parejas de enamorados.
Albert dijo su nombre a la empleada de la entrada, quien los condujo a la mesa que él había reservado, sobre la cual había una botella de champagne. Él le corrió la silla a Candy para que pudiera sentarse y luego tomo asiento frente a ella.
Comenzaron charlando amenamente, y Candy sintió que sus nervios disminuían de apoco, al parecer se había hecho problemas por nada. La cena estaba deliciosa, pero más aún el postre de chocolate que ella había pedido. Todo iba bien hasta que Albert habló.
- Candy... hay algo que he querido decirte desde hace un tiempo.
- Albert, no creo que...
- Por favor, déjame continuar – Ella quiso que se la tragará la tierra, no deseaba herir los sentimientos de Albert, pero tampoco quería darle falsas esperanzas – He sentido cosas por ti desde la primera vez que te vi. Candy, te amo – Le dijo de repente, ella sintió un nudo en el estomago, no podía hablar – Por favor, dime algo.
- Oh Albert... – No sabía que contestarle – Eres un gran amigo para mí, pero no puedo ofrecerte nada más que eso, acabo de salir de una relación de la peor manera...
- Te entiendo – Le dijo él – Pero voy a esperarte.
- No, por favor, no quiero que...
- Lo único que quiero es que me des una oportunidad, no importa cuánto tiempo me tome, no voy a rendirme.
- No puedo prometerte nada
- Se que lograré ganar tu corazón
Candy se quedó en silencio el resto de la velada, no le agradaba que Albert la hubiera puesto en una situación como esa, pero tampoco se animaba a decirle que nunca lo vería como alguien a quien pudiera llegar a amar, Albert era un buen hombre, pero no lo ella estaba buscando. Y además estaba la situación de su desengaño amoroso, no creía que le resultaría fácil superar esa situación, pero algún día lo lograría.
Continuará...
