Título: Albus Potter y el legado de la serpiente

Disclaimer: Todos los personajes que aparecen en esta historia son propiedad de J.K. Rowling, lo único mío es la trama.

Resumen: Albus encontrará un objeto que hará cambiar su vida por completo, lo que no sospecha es que ese cambio afectará negativamente a más de uno, y propiciará el regreso de un señor oscuro.

Nota: Saludos! He decidido comenzar una nueva historia, esta vez con Albus Potter de protagonista. Procuraré hacer los primeros capítulos lo mas llevaderos posible, ya que sino la historia acabaría bastante cargada y aburrida en los primeros capítulos, así que seguramente me salte bastantes clases y me olvide un poco de la estructura que siguen los libros de Harry Potter, pero espero que el resultado os guste. Ya tengo pensada toda la historia y la voy a dividir en varios cursos, ya veremos como queda todo jejeje Por cierto, tengo pensado también incluir relaciones entre hombres mas adelante, ya avisare cuando estén cerca para aquel que no quiera seguir leyendo XD


Primer curso: El brazalete de plata

Capítulo 3: El brazalete

A medida que iba avanzando el curso, Albus intentaba esforzarse todo lo que podía, pero no dejaba de ser mediocre. Lo cierto era que le fastidiaba bastante que Scorpius le superara en todas las clases.

Por todo ello, Abus empezó a coger la costumbre de pasar las horas libres que tenía en la biblioteca junto con su prima Rose, la cual le ayudaba a entender mejor las lecciones. La materia que más problemas le daba era Defensa, ya que el profesor Nott le llamaba la atención continuamente por sus tareas. De vez en cuando Rose y él solicitaban una aula vacía para poder practicar los hechizos defensivos y encantamientos que necesitaba reforzar. Además, gracias a Rose que le espoleaba a estudiar hechizos que ni siquiera les enseñaban en clase y algunos de segundo curso, fue aprendiendo algunos muy útiles, como el petrificus totalus, el alohomora, el lumos maxima, incluso un hechizo que le hizo pensar en el profesor Longbottom, radicis accescat, que hacía crecer las raíces de las plantas. Llegaron incluso a intentar el encantamiento de escudo protego, aunque no llegaron a desviar más que hechizos básicos.

Cualquiera diría que era un alumno muy aplicado y que se dedicaba completamente a los estudios, pero sólo Scorpius sabía bien que a parte también era bastante aventurero. Ambos siguieron explorando el castillo de vez en cuando, siempre por la noche, gracias a la flamante capa de invisibilidad. No volvieron a incluir a Stuart en esas escapadas nocturnas, ya que la capa no los tapaba del todo si iban tres bajo ella.

Hasta que llegaron los exámenes finales.

Albus no podía conciliar el sueño. Estaba muy cansado por haber estado estudiando todo el día para el examen de transformaciones del día siguiente, pero estaba tan nervioso que no podía cerrar ojo.

Miró a Scorpius en su cama, que parecía dormir a pierna suelta. Parecía mentira que al principio no quisiera ir a Slytherin. Se preguntó si en cualquier otra casa hubiese hecho un amigo tan bueno como él. Se levantó de la cama decidido a dar una vuelta para despejarse un poco. Se vistió, cogió la capa de invisibilidad y salió hacia la sala común desierta. Era una suerte que no se hubiese quedado nadie a estudiar hasta tarde, ya que así nadie se sorprendería al ver abrirse sola la entrada a la sala.

Decidió que daría un paseo nocturno por las mazmorras. Ahora ya se las conocía muy bien, después de tantos meses de recorridos con Scorpius.

- ¡Lumos! – dijo Albus una vez se internó en un pasadizo con antorchas apagadas.

Allí ya no había peligro de encontrarse con Filch o algún prefecto, pero no se arriesgó a quitarse la capa.

Siguió andando y andando hasta que llegó a una mazmorra con la puerta entreabierta.

- Que raro... la última vez que pasé por aquí no había ninguna abierta, y nosotros siempre las cerramos una vez visitadas... – pensó Albus extrañado.

Se decidió a echar un vistazo, aunque por precaución de que dentro estuviera Filch buscando algo, apagó la varita.

Abrió un poco la puerta y vio que no había ninguna luz en el interior. Esperó unos segundos por si se oía algún ruido pero reinaba el silencio, únicamente quebrado por su respiración. Así que se decidió a encender de nuevo la varita y entrar a mirar.

Lo que vio no le resultó extraño. Era la misma mazmorra que visitó haría un par de semanas con Scorpius, con un par de mesas viejas y plagadas de carcoma con frascos de pociones sucios y vacíos, con un espejo roto al fondo y un armario en una esquina, solo que en esta ocasión el armario estaba abierto de par en par. Se acercó más a mirar y sin querer le dio con el pié a una pata de la mesa. Ésta se rompió como si fuese de galleta y como acto reflejo aguantó el pico de la mesa con ambas manos para evitar que cayeran los frascos vacíos que tenía encima. Al hacer eso, se le resbaló la varita de la mano y cayó al suelo, donde rodó hasta meterse debajo del armario, todavía iluminando.

Maldiciendo por lo bajo su mala suerte y alegrándose en parte por que no se hubiese acabado el lumos por perder el contacto con la varita, aguantó la mesa con una pierna y la arrastró como pudo hasta apoyar el pico sin pata contra la pared. Deseó con todas sus fuerzas que el sonido infernal que se formó al arrastrar la mesa no llegase a oídos de otra persona.

Hecho ésto, se agachó e intentó coger la varita de debajo del armario, pero no podía. El hueco debajo del armario era demasiado bajo y no le permitía meter más que la mano. Así que decidió arrastrar el armario hasta que pudiese coger la varita por la parte de atrás.

- Mierda, otra vez a hacer ruido... como atraiga a Peeves la habré hecho buena.

En efecto, a parte de pesado, chirrió a más no poder. Sudando la gota gorda y profiriendo maldiciones, consiguió apartarlo lo suficiente. Miró la parte de atrás del armario buscando su varita y lo que vio le dejó sin aire.

- ¡Mi varita! – dijo en alto, olvidando por completo que no debía llamar la atención. Se agachó para verla mejor.

No, no estaba rota como se pensaba. Pero, ¿qué estaba pasando? Solo estaba la mitad de la varita. La cogió y la estiró hacia sí, esperando que presentase resistencia, y por poco no se cae de espaldas. Tenía la varita íntegra en sus manos. ¿Por qué solo había media varita cuando estaba en el suelo? Tocó la pared y no encontró nada. ¡Era una simple ilusión! ¿Una pared que no es pared detrás de ese armario?

Sin pensarlo, metió la cabeza y la varita para iluminar, y vio que era un pasadizo muy bajo. Únicamente podría entrar encorvado o de rodillas. Así que entró para explorarlo, y al girarse para ver si se veía la habitación, solo vio una pared de piedras. Todavía sin creer su hallazgo, siguió avanzando por ese pasillo que parecía no tener fin lo que le parecieron horas, pero estaba seguro que no llevaba allí más que 15 minutos.

Al rato se dio cuenta de algo: el pasillo se iba haciendo cada vez más angosto. Parecía que solo un elfo doméstico pudiese pasar sin problemas por allí, y él mismo, que destacaba por tener un cuerpo bastante pequeño para su edad, ya empezaba a tener problemas incluso para avanzar a cuatro patas.

Cuando ya se estaba planteando si volver, topó con una pared. No se lo podía creer. ¡Ese pasillo tan largo, no tenía fondo!

- No puede ser... ¿He perdido toda la noche en ésto? Será mejor que me marche e intente dormir lo que queda de noche, sino mañana tendré problemas con el examen – dijo para sí Albus, mientras empezaba a ir hacia atrás, pero... – no... no, no, no, ¡no!

Se había quedado atascado. Empezaron a pasar por su cabeza imágenes de su cadáver atrapado en un túnel, muerto por inanición y perdido para siempre, ya que dudaba que alguien llegase a encontrar ese pasillo y menos aún llegar tan lejos como él llegó. Qué estúpido era. Si hubiese podido levantar la vista en los últimos metros (el bajo techo le impedía hacerlo) habría visto el final del túnel y nada de ésto habría pasado. Pero ya era demasiado tarde.

Decidió tranquilizarse un poco. Analizar la situación. Quizá si conseguía echar esa pared abajo tendría alguna opción... Aunque con eso le vinieron imágenes de derrumbamiento a la mente, así que desechó la idea de momento. Tocó la pared por todas partes por si también era una ilusión, pero ésta era completamente sólida. Lo intentó todo, incluso el hechizo Alohomora, pero como esperaba, no funcionó.

Al final, casi rendido volvió a repasar todos los resquicios de la pared con la esperanza de encontrar algo, pero lo único que encontró fue una pequeña muesca en la esquina inferior derecha de la pared, y un poco de polvo de roca en el suelo, justo debajo de esa muesca. Quizá no significaba nada, pero no pensaba dejar de probar nada si eso le sacaba de allí. Metió la varita en esa muesca y sucedió. La pared se movió hacia la izquierda, como si de una puerta corredera se tratase, y vio ante él una gran sala vacía, al parecer. Dejó la varita en el suelo, dentro de la sala, y se agarró a ambos lados de la desembocadura del pasillo. Con todas sus fuerzas consiguió desencajarse de él y entró en la sala.

No era más que una cámara cuadrada de unos cuatro o cinco metros cuadrados, con columnas sosteniendo bóvedas a mucha altura y muy resquebrajadas, con largas raíces colgando. Ésto le dio a pensar que se encontraba bajo el jardín o bajo el bosque prohibido. En la pared del fondo a unos seis metros de altura pudo ver una especie de hornacina. Era lo único irregular es ésa sala y le llamó mucho la atención. Pero la altura era prohibitiva, y no tenía manera de subir. Se estrujó el cerebro intentando pensar en qué hacer, incluso se planteó si volver atrás y traer una escoba, pero al volver a ver las raíces se le ocurrió algo mejor.

- ¡Radicis accescat! – dijo apuntando a las raíces más cercanas a la hornacina. Éstas empezaron a crecer a lo ancho y a lo largo, hasta el punto en que quedaron a un metro del suelo.

Albus comprobó la resistencia de esas raíces propinándoles un par de tirones, y cuando se aseguró que no había peligro de rotura trepó por ellas. Al principio con bastante dificultad, ya que no era demasiado deportista por naturaleza, pero poco a poco se fue acercando a la hornacina, hasta que consiguió poner la cabeza a la altura de ésta. Dentro había algo plateado. Alargó la mano derecha mientras se sujetaba a la raíz con la otra y las piernas, y sintió un cosquilleo al meterla en la hornacina, como si hubiese atravesado una película de agua. En cuanto tocó el objeto, lo agarró y empezó a descender por la raíz. El último metro resbaló un poco y se le quemó la mano por la fricción.

Una vez en el suelo, pudo observar bien lo que había cogido. Era un brazalete plateado, en forma de una serpiente que se mordía la cola. Era muy bonito, pero se preguntó porqué tanta parafernalia para guardar un simple brazalete. Se lo puso y se decidió a volver por donde había venido.

Ésta vez, entró en el pasadizo arrastrándose, para evitar así quedarse atascado de nuevo, y cuando hubo recorrido unos tres metros, se volvió al escuchar un ruido. La pared se estaba colocando en su sitio.

Cuando llegó a la mazmorra con el armario se dio cuenta que ya eran las tres de la madrugada, así que volvió a poner en su lugar al armario (volviendo a provocar el ruido infernal), y salió corriendo de la mazmorra con la capa puesta, deshaciendo el camino hacia la sala común.

Al final logró entrar en el dormitorio sin haberse encontrado con ningún contratiempo, lo que lo alivió de sobremanera, se puso el pijama y por fin cayó rendido al sueño.

- Albus, despierta de una vez – dijo Scorpius al tiempo que le daba golpecitos en el hombro – ¡vamos a llegar tarde al examen!

-¿Mmmh? – Albus se notaba la boca muy pastosa y le costaba abrir los ojos, aún así hizo el esfuerzo y se sentó en la cama, intentando despejarse.

- Vamos hombre, que no nos va a dar tiempo ni a desayunar – insistió Scorpius, impaciente.

- Está bien, me visto en un segundo y en seguida me pongo en camino, no me esperes si quieres.

- No, tranquilo. Nada mas faltaría que te dejaras caer sobre la almohada y volvieses a dormirte – adujo Scorpius –. Me esperaré a que te vistas.

- Está bien, está bien – dijo mientras se quitaba el pijama.

- ¿Y ese brazalete? ¿Desde cuando lo tienes? – preguntó Scorpius al verlo bailando en su muñeca.

- Ah, nada, fue un regalo de navidad, lo tenía en el baúl guardado – mintió Albus.

- Pues es muy elegante, aunque te quede un poco grande aún... – dijo Scorpius mientras Albus se ponía el uniforme – ¿De verdad que vas a ir así? ¿Te ha prestado esa ropa un elfo doméstico o qué?

- ¿Eh? – Albus observó sus ropas, tan polvorientas que ya no parecían negras, sino marrones grisáceas – Vaya, se me habrán escurrido debajo de la cama o algo así... Me pondré el uniforme de repuesto.

- No hay tiempo – dijo Scorpius sacando la varita – ¡Tergeo! – El polvo se volatilizó instantáneamente – Ya está, es un hechizo de limpieza que me enseñó mi madre. Te puede sacar de muchos apuros de última hora – dijo con un ademán de sonrisa – Vamos.

A las pocas semanas finalizó el curso, obteniendo Gryffindor la copa de las casas y quedando Slytherin en segundo lugar, seguido por Ravenclaw y Hufflepuff. Era de esperar, estando Rose en Gryffindor.

El viaje de vuelta a Londres se les hizo muy corto, hasta que al fin se reencontró con sus padres. Al despedirse de Scorpius vio como su padre le hacía una mirada extraña al padre de Scorpius, pero no le dio importancia.

- Nos veremos el curso que viene Scorpius, escríbeme, y si algún día te animas, estás invitado a mi casa.

- Lo tendré en cuenta, y lo mismo digo. Que pases unas buenas vacaciones Al – se despidió Scorpius con esa sonrisa tan suya.

Era curioso lo mucho que había cambiado su vida en Hogwarts, más de lo que se esperaba al principio. Había vivido aventuras y se había encontrado con un pequeño tesoro. Esperaba que el próximo curso también le brindara nuevas emociones.