Epílogo
Era un día soleado en Mountain Mirage, y Candy se encontraba en la cocina, preparando un enorme pastel de chocolate para celebrar el cumpleaños número 10 de Bobby. En tanto que Terry estaba en los establos con George, ayudando a una de las yeguas premiadas a dar a luz.
Era increíble la forma en que Terry se había adaptado a la vida en el rancho. Candy nunca había sido muy buena con los números, pero su marido había descubierto que podía llevar la economía del rancho con mucha facilidad, mientras que Candy se encargaba de cuidar de la casa y los niños, además de dedicar tiempo a la escritura. Había ganado cierta reputación dentro del mundo de la literatura, y sus libros eran de los más vendidos a nivel mundial.
Poco tiempo después de haber obtenido la custodia definitiva de Tim, Terry sorprendió a su esposa entregándole la opción de compra de Mountain Mirage. No le había resultado fácil convencer a su actual dueño de vender el rancho, pero lo había conseguido. Se mudaron al mes siguiente. Volver a recuperar los caballos había resultado un poco más difícil, pero en el transcurso de dos años, Candy había vuelto a recuperarlos a todos.
Aún no habían cumplido con la promesa de tener una docena de hijos, pero si querían lograrlo, estaban yendo por un buen camino. Al menos ya iban por la mitad. Bobby había sido el primero, y a él le siguió Alexander, de 8 años, siempre persiguiendo a su hermano mayor, si no fuera por la diferencia de dos años, cualquiera diría que se trataba de mellizos. Un año después, había llegado Amber, la única niña de la casa, y la luz de los ojos de su padre. Amber era una copia exacta de Candy, se convertiría en una belleza cuando llegara a la adolescencia, y Terry ya comenzaba a sufrir por eso. Y por último estaban los gemelos de tres años, Craig y Danny, dos pequeños de rizos dorados y ojos azules, siempre maquinando travesuras. El último de sus hijos llegaría dentro de siete meses. El embarazo de Candy aún era muy reciente, por lo que no sabían si el bebé sería niño o niña.
- Candy – Tim corrió hacia ella – Necesito un consejo.
- Dime...
Tim se sentó a la mesa, mientras Candy se dirigía al refrigerador de dónde sacó una jarra de té helado. Sirvió dos vasos, y le entregó uno a su hermano.
- Tengo un problema – Dijo tomando el vaso – Ya sabes... de faldas.
- Creo que eres muy pequeño para tener ese tipo de problemas – Rió Candy.
Tim tenía casi 14 años, pero aparentaba ser mucho mayor. Era un niño muy apuesto, rubio y con grandes ojos celestes, ya había comenzado a desarrollar sus músculos gracias al ejercicio diario que realizaba junto a Terry.
- Lo que sucede es que he invitado Betsy a la fiesta de cumpleaños de Bobby, pero Tiffany se enteró por Shelby, y ahora las tres van a venir.
- ¿Y cuál es el problema?
- El problema es que he estado saliendo con las tres al mismo tiempo, y ya sabes lo que dicen acerca de "no mezclar el ganado"
- ¡No puedes estar hablando enserio! – Exclamó Candy - ¿Has estado engañando a las tres chicas? ¿Es qué acaso no has aprendido nada acerca de la fidelidad?
- Es que aún soy muy joven – Tim bajó la mirada completamente avergonzado – Y creí que podría divertirme un poco antes de sentar cabeza con una, como lo hiso Terry.
- ¿De qué hablas?
- Terry me ha contado que antes de casarse contigo había estado con cientos de mujeres. Pero luego te conoció y ya solo tuvo ojos para ti.
- No debería haberte contado esas cosas – Candy pensó que debería tener una larga charla con su marido.
- ¿Qué haré ahora? – Tim continuó con el tema que lo había llevado hasta allí.
- Tienes que ser sincero con las tres. Y prometerme que nunca volverás a hacer una cosa así.
- De acuerdo... pero no puedo decirles la verdad ¡Me asesinarían!
- Debes enfrentar tus problemas como un hombre.
- ¡Pero soy un niño!
- Pues no lo eras cuando invitaste a salir a las tres chicas ¿Verdad?
- Supongo...
- Entonces deberás hacer lo correcto.
- Eso me temía – Tim se puso de pie y salió por la puerta de la cocina arrastrando los pies, justo en el momento en que Terry entraba.
- ¿Qué le sucede a Tim? – Le preguntó mientras le daba un fuerte abrazo a su esposa.
- Un problema de mujeres.
- Está creciendo muy rápido.
- Ya lo creo – Besó tiernamente sus labios - ¿Cómo les ha ido con la yegua?
- Ha sido difícil, pero todo está bien ahora. El potrillo esta con su madre.
- Me alegro mucho... ¿Y los niños?
- Afuera, jugando con Rafe... y sus descendientes.
- Gracias a Rafe ya no tendremos porque preocuparnos por los coyotes – Ambos rieron al recordar la cantidad de perros que tenían en el rancho, la mayoría con el mismo ADN de Rafe.
Sin duda, Rafe había sido quien mejor se había adaptado a la vida en Texas. A los pocos días de haber llegado, hiso amistad con una preciosa perrita. Rafe dejo de dormir en la habitación de Candy y Terry, para pasar sus noches junto a Missy. No paso mucho tiempo hasta que la primera camada de cachorritos llegara. Ya habían perdido la cuenta de todos los hijos, nietos, bisnietos y tataranietos que Rafe había procreado.
- Ve a darte un baño – Le dijo Candy a su marido – Los amigos de Bobby no tardaran el llegar.
- De acuerdo... ¿Por qué no vienes conmigo?
- Porque aún quedan muchas cosas por hacer...
- A la noche te escapas – Le dijo Terry seductoramente antes de retirarse.
Minutos después comenzaron a llegar los primeros invitados. El exterior del rancho había sido decorado con globos de colores y serpentinas. Las mesas estaban llenas de comida y dulces para los niños. Todo estaba perfecto.
Bobby estaba feliz con su fiesta de cumpleaños. Todos los años era igual. Sus padres siempre se esmeraban porque ese día fuera el mejor de todos, al igual que en los cumpleaños de sus hermanos y su tío. Se sentía afortunado por los padres que tenía. Su vida era perfecta, no podía pedir nada más.
- Bobby – Escuchó que lo llamaba una voz familiar - ¡Feliz cumpleaños!
- ¡Tía Jo! ¡Tío Anthony!
No eran sus tíos en verdad, y eso era una fortuna. Pues en caso contrario, Maggie y él serían primos, y no podrían casarse cuando fueran mayores.
Jo y Anthony solo habían tenido una hija, Maggie, una preciosa niña de cabellos negros y ojos azules. Se habían mudado a Austin hace unos cuantos años. Anthony había conseguido un buen empleo en esa ciudad, y eso les permitía estar más cerca de sus amigos.
- Te trajimos un obsequio – Le dijo Maggie.
- Gracias – Le dijo Bobby tomando el paquete - ¿Quieres ver el poni que me regalaron mamá y papá?
- Claro.
Bobby tomó a Maggie de la mano y la llevó hacia los establos, donde se encontraba Pipp.
Pipp había sido el obsequio que Candy y Terry habían decidido hacer a su hijo, y él se había puesto muy feliz al recibirlo.
Tom también había asistido a la fiesta de cumpleaños de Bobby. Aún seguía viviendo en Nueva York, y había llegado acompañado por su esposa, Beth. Beth lucía un embarazo de ocho meses, dentro de poco nacería su primogénito, y Tom estaba feliz.
Eleanor había vuelto a ponerse en contacto con ellos después de la muerte de Richard. Había estado tan enamorada de su marido, que no se había dado cuenta de la manera que en él y su ora familia la habían estado utilizando a ella y a su hijo. El perdón de Terry no fue fácil de conseguir, pero al final había comprendido que su madre era una mujer débil, que siempre había necesitado de la protección de su marido. Ahora se había quedado sola, y Candy le había ofrecido irse a vivir con ellos. Terry no había objetado a esa decisión, además, sus hijos la querían, y Eleanor también a ellos.
Terry estaba a puno de salir de la ducha cuando la cortina se abrió repentinamente.
- ¡Candy! – Exclamó sorprendido al ver a su esposa ingresar completamente desnuda dentro de la ducha – Creí que estarías haciendo de anfitriona.
- George y tu madre están haciendo ese trabajo por unos minutos – Colocó sus brazos alrededor del cuello de Terry y lo besó apasionadamente – Estuve considerando tu propuesta de reunirme contigo en la ducha, y me pareció aceptable.
- Me alegro de que así sea.
Terry correspondió a sus besos. Con una mano acariciaba sus senos, mientras que la otra la fue llevando más abajo, hasta su trasero.
- Solo disponemos de unos minutos antes de que los niños comiencen a preguntar dónde estamos – Dijo Candy.
- Bien... supongo que será suficiente.
Terry la tomo por su trasero y la alzó, rodeando su cintura con las piernas de Candy. Hábilmente llevó una de sus manos a su miembro y lo dirigió a la intimidad de su esposa. Candy comenzó a gemir y eso a Terry lo volvía loco.
- Si continuas así, no dudare ni un minuto – Le dijo cuando ella comenzó a moverse más rápido.
- No te preocupes por eso – Contestó ella entre gemidos.
- De acuerdo...
Solo transcurrieron unos pocos minutos hasta que ambos llegaran al clímax al mismo tiempo. Siempre era de esa forma. A pesar de que los años habían pasado, la pasión seguía intacta.
Las piernas de Candy se debilitaron cuando tocaron el suelo, y habría caído si Terry no la hubiera sostenido con sus fuertes brazos.
- Tenemos que vestirnos. Tu madre y George no soportaran mucho tiempo más con todos esos niños.
- Si.
Una vez que estuvieron listos, bajaron para ver cómo iban las cosas. Todo era perfecto, los niños se divertían jugando con los animales del rancho. Las fiestas en Mountain Mirage siempre eran reconocidas por ser las mejores de todo el condado, nadie quería estar ausente.
- Creo que tenemos un problema por allí – Le dijo Candy a su marido, mirando hacia donde Tim se encontraba manteniendo una acalorada discusión con tres jovencitas.
- Estará bien – Aseguró Terry – Supongo que se estarán peleando por él.
- Tal vez... y mira por allá. Bobby también parece haber encontrado a su alma gemela. Al menos solo es una.
- ¡Ese es mi hijo! Todo un galán.
- Supongo que la próxima será Amber – Dijo Candy apropósito, sabía cómo se ponía Terry cuando hacía comentarios de ese tipo sobre su pequeña hija.
- ¡Eso sí que no! Mi pequeña no tendrá novio hasta que cumpla los 30 años, y tendrá que contar con mi aprobación.
- Estas siendo un poco exagerado.
- El mundo está lleno de pervertidos – Candy rió, aunque nunca sabía cuando Terry hablaba en serio y cuando era en broma.
Allí, parados en el porche de la casa, mirando la preciosa familia que habían formado, Candy y Terry sabían que todo había valido la pena. Su vida no podía ser más perfecta.
FIN
Ahora si llegamos al final de esta historia con el epílogo.
Espero que les haya gustado =)
Besosssssss
