Capítulo 5
El despertador sonó a una hora imprudente, sobre todo teniendo en cuenta que Candy no había pegado ojo en toda la noche. Ese día empezaba a trabajar en The Whiteboard y no tenía ni idea de lo que iba a hacer; además, estaba convencida de que no sabría que hacer, y que lo del diseño gráfico era algo que había aprendido hacía años y de lo que no se acordaba mucho. «Candy, serénate. Tienes veintiséis años y estás preparada para hacerlo bien. Eso, siempre y cuando no te vuelvas loca: deja ya de hablar sola de una vez.» Finalizado el auto sermón, se desperezó y fue a ducharse.
Bajo el agua, Candy invirtió todo su tiempo en resolver una cuestión completamente absurda pero de vital importancia, dado su estado de ánimo: cómo vestirse el primer día de trabajo. ¿Vaqueros estilo estudiante de Bellas Artes? ¿Traje estilo diseñadora italiana? ¿De negro y con un par de collares estilo intelectual? ¿Falda? En fin, la única opción que tenía era llamar a Karen. Ella era genial con lo de las primeras impresiones; siempre sabía qué ponerse. Seguro que era un gen que a ella no le pusieron. Logrado su primer objetivo, ducharse, Candy se puso la bata, se peinó y salió del baño para llamar a su hermana.
—¿Karen?
—¡Candy! ¿Sabes qué hora es? ¿Qué te pasa? ¿Estás bien?
—Claro que estoy bien, perdón se que para ti son las 2.30. ¿te pasa algo a ti?
—No, nada, que es de lo más normal que me llames a estas horas de la madrugada al celular—respondió sarcástica Karen a la vez que bostezaba.
—Perdona, pensaba que la vida siendo universitaria te haría estar despierta a esta hora, ya sabes de fiesta en fiesta.
—Bueno, en fin, ¿qué quieres? No, no me lo digas, ¡te has acostado con ese bombón!
—No. Te juro que no me he acostado con nadie. —Candy se estaba sonrojando con la conversación. Cómo se le había ocurrido llamar a la tonta de su hermana pequeña.
—Está bien, si no me llamas para contarme eso, ¿qué te pasa?
—¿Qué me pongo para ir hoy al trabajo? No, no te rías, ya sabes que eres infinitamente mejor que yo para combinar la ropa. Por favor, ayúdame, es mi primer día.
—Vamos a ver, tengamos en cuenta todos los factores: es tu primer día, vas a trabajar con fotógrafos y periodistas y, lo más importante, ese hombre guapo va a estar contigo... Eh. Ya sé, ponte el pantalón negro de cintura baja con la camisa blanca de hilos plateados, el pañuelo que le robaste a mamá y las botas negras. Así estarás interesante y atractiva, y píntate un poco los ojos. ¿De acuerdo?
—Esta bien. Eres la mejor. Muchas gracias, te llamaré cuando vuelva. Besos.
—De nada, pero a no ser que te acuestes con como se llame, la próxima vez llámame a una hora normal. Me vuelvo a la cama. Adiós y, como dice papá, a por ellos, que son pocos y cobardes. Besos.
Resuelto el problema de la ropa, Candy colgó el teléfono y se dispuso a seguir al pie de la letra las instrucciones de Karen. Cuando estuvo vestida, se secó el pelo y se maquilló un poquito los ojos. Al mirarse al espejo, decidió que no estaba nada mal, se veía atractiva y, si sus nervios no la traicionaban, podía incluso causar buena impresión. Ya eran las 7.30. Terry le había dicho que tenían que salir a las 8.00, así que aún le quedaba un ratito para desayunar algo. Se dirigió a la cocina.
—Buenos días. —Terry le sonrió a la vez que le servía una taza de té.
—Buenos días. Gracias. —Candy aceptó la taza y se sentó. Estaba nerviosa y no quería echarse el té por encima; eso sí que sería un problema.
—¿Estás nerviosa? —Terry se sentó delante de ella—. No lo estés. Todo irá bien, ya lo verás. —Quería tranquilizarla y le acariciaba los nudillos con el pulgar.
—¿Yo? No, bueno, sí, sí estoy nerviosa. No sé qué voy a hacer, seguro que, sea lo sea, no sabré hacerlo. Me equivocaré y tendré que volver a Chicago, tú te enojarás y Albert me matará. Así que sí estoy nerviosa y... ¿se puede saber por qué sonríes?
—Por nada. Cuando te pones nerviosa, empiezas a hablar sin sentido y me recuerda a cuando eras pequeña.
—¡Vaya! Esto sí que es tranquilizador, ahora resulta que parezco una niña pequeña. —Candy notaba que estaba cada vez más nerviosa y el hecho de que él la mirara con aquellos ojos tan dulces y que le acariciara la mano, no la estaba ayudando en absoluto.
—Eh, yo no he dicho eso. Vamos, no te preocupes, todo saldrá bien. Tenemos que irnos ya. Por el camino te cuento lo que vas a hacer y ya verás cómo dentro de una semana lo tienes todo controlado. —Terry se levantó, dejó las tazas en el fregadero y recogió unos papeles que estaban en la mesa del comedor.
—Candy, ¿vamos? —le preguntó a la vez que abría la puerta de la calle.
—Sí, sólo espero que no te arrepientas.
Candy tomó su bolso y, cuando iba a salir, Terry le puso ambas manos encima de los hombros y la miró:
—¿Sí? —preguntó ella ante su silencio.
—Nada, sólo quería decirte que estás guapísima.
Dicho esto, salieron del piso y Terry cerró la puerta.
En la calle se notaba que era lunes y que la gente tenía que ir a trabajar; todo el mundo parecía llegar tarde. Candy y Terry se dirigieron al metro. The Whiteboard estaba sólo a dos paradas y, mientras esperaban, Terry le contó los distintos caminos que podía utilizar para ir al trabajo y las ventajas e inconvenientes de cada alternativa. Cuando salieron del vagón, a Candy empezaron a temblarle las piernas y se sentó en un banco de la estación.
—¿Qué te pasa? ¿Te encuentras mal? —le preguntó Terry preocupado.
—No, bueno —respondió ella sin mirarlo a la cara—. Estoy nerviosa y, cuando estoy nerviosa, además de hablar sin sentido, me tiemblan las piernas. Es sólo un momento.
Terry se sentó a su lado y le puso una mano sobre la rodilla.
—No te preocupes. —Tras un silencio añadió—: Creo que nunca me había sentado en un banco del metro. ¿Sabes?, Candy, desde que has llegado, y sólo hace tres días, me siento distinto. El problema es que aún no he decidido si me gusta o me molesta.
Este último comentario consiguió llamar la atención de Candy, que levantó la cabeza y se encontró mirando directamente a Terry a los ojos, con lo que él se atrevió a añadir:
—Aunque hay una cosa que sí tengo clara.
—¿Ah, sí?
—Sí, y es que me da miedo averiguarlo.
Candy vio que hablaba en serio. Aquel hombre de casi dos metros, que había cruzado medio mundo persiguiendo noticias, le tenía miedo. Pero en sus ojos azules había algo más que miedo; había curiosidad. La misma curiosidad que había en los de ella. No era la fascinación infantil que había sentido de pequeña, sino algo más profundo, más real. Terry desvió la vista hacia sus labios. Seguía sin decir nada y ella tampoco sabía qué responder a su último comentario. Él la miraba concentrado, como si estuviera sopesando qué decir y cómo decírselo. A Candy se le empezó a acelerar el pulso, y la estampida de búfalos que había sentido cuando lo vio días atrás, volvió a atravesar su estómago. Terry parecía fascinado y, despacio, levantó la mano y la acercó al rostro de Candy. En ese instante, el resto del mundo desapareció. La estación de metro, la gente, el ruido, todo. Sólo estaban ellos dos mirándose a los ojos como si fuera la primera vez. Terry le acarició la mejilla, sus dedos temblaban casi tanto como las piernas de Candy. Le recorrió la ceja con el dedo índice, siguió lentamente con la nariz y se detuvo encima de sus labios. Una breve pausa y su boca siguió el mismo destino. Terry se apartó como si de repente se hubiera dado cuenta de dónde estaban. Respiró hondo y carraspeó. Cuando volvió a hablar, Candy no supo si habían pasado dos minutos, dos segundos o dos horas.
—Deberíamos irnos. —Se levantó y esperó a que ella hiciera lo mismo—. Es por aquí —señaló Terry. La tomó por el brazo y se detuvo de nuevo delante de ella—. Candy, lo siento.
—¿Por qué? —Ella fingió no saber a qué se refería.
—Eh... —Terry se sonrojó de nuevo—. Haberte... besado. —Ni él mismo sabía cómo definir lo que acababa de pasar.
—Ah, eso. —Hizo un esfuerzo por no ruborizarse y aparentar normalidad—. No te preocupes. Ya sabes, los White somos muy cariñosos, y al fin y al cabo tú sólo eres como de la familia, ¿no? —Candy no sabía cómo se le había ocurrido semejante tontería—. Además, seguro que no te has olvidado de que en mi familia todo el día nos estamos besuqueando y abrazando. Aún me acuerdo de lo incómodo que te sentías cuando mi madre te abrazaba.
—Ya, claro —farfulló Terry agradecido por el cambio de enfoque—. No quisiera que te sintieras incómoda conmigo. No debería haberlo hecho.
—Para ya, pareces sacado de una novela de Jane Austen. No me siento incómoda contigo, y tampoco voy a llamar a mi padre o a mis hermanos para que te obliguen a casarte conmigo.
—Me alegro. —Terry empezaba a relajarse de nuevo, pero siendo sincero consigo mismo, tenía que reconocer que le molestaba un poco que ella no estuviera más afectada por su beso—. Deberíamos acelerar el paso o no llegaremos.
Caminaron a más velocidad y, tras unos doscientos metros, se detuvieron delante de un edificio negro con cristales tintados y un guardia de seguridad en la puerta. En una de las placas de la pared se leía «The Whiteboard».
«Bueno, supongo que aquí empieza mi futuro», pensó Candy.
—¿Preparada? —preguntó Terry.
—Sí. Preparada.
—Tu departamento está en el primer piso, yo estoy en el segundo, junto con los periodistas, y con Tom, el señor Stevens, el director. Ahora está de viaje, pero cuando vuelva te lo presentaré. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
Estaban en el ascensor, por suerte con más gente, oficinistas de otras empresas que ocupaban también el edificio. Se paró en la primera planta y ellos dos salieron.
—Tu trabajo va ser sencillo al principio. Luego ya se irá complicando. Vamos a buscar a Jack para que te presente al resto del equipo y te cuente los detalles. ¡Jack!
En ese momento, Jack, que estaba sentado delante de un ordenador, se levantó y se dirigió hacia ellos.
Debía de tener unos treinta y pocos años y era la viva imagen del típico aventurero. Nada más verlo, Candy pensó que sería genial para sustituir a Harrison Ford en el papel de Indiana Jones, o como imagen del National Geographic.
—Jack, te presento a Candice White, la nueva diseñadora del departamento. —Al ver que la miraba con curiosidad añadió—: Fui a buscarla al aeropuerto el viernes, ¿recuerdas que te lo comenté?
—Sí, claro. Es un placer, Candice. —Le besó la mano—. Y dime, ¿a pesar de que Terry llegó tarde al aeropuerto has decidido quedarte? —Le soltó afectuosamente la mano—. Te juro que los ingleses auténticos no somos así. Nosotros sí que sabemos cómo tratar a una dama. —Le cogió el abrigo—. ¿Cómo has pasado el fin de semana?
—Bien, gracias. Y sí, al final me quedo. Tampoco tengo adonde ir. Pero por favor llámame Candy.
—Está bien. Candy. Y eso es porque no quieres —respondió Jack flirteando, como era costumbre en él.
—Déjate de tonterías, Jack, a las diez tengo una reunión y quiero dejar a Candy instalada en su sitio. —«Además —pensó Terry—, si vuelves a mirarla de esa manera te saco los ojos de las órbitas.»
A Candy, ajena a esos pensamientos, le sorprendió bastante el tono de Terry, y para quitarle aspereza a sus palabras le dijo:
—Tranquilo, vete. Seguro que Jack me tratará muy bien. Intentaré no hacerte quedar mal.
Jack se dio cuenta de que entre aquellos dos pasaba algo, y decidió optar por hacerse el tonto y dejar de flirtear con Candy antes de que Terry decidiera arrancarle la cabeza.
—Nosotros también tenemos mucho trabajo, así que si quieres seguirme te presentaré a los diseñadores, fotógrafos y otros lunáticos del departamento. Terry, nos vemos luego y te cuento lo del reportaje sobre China. Adiós.
Dicho esto, Jack y Candy dejaron solo a Terry frente al ascensor. Se quedó refunfuñando entre dientes algo así como «¡Que no sé cómo tratar a una dama!». Al final, decidió subir al segundo piso por la escalera, a ver si así se relajaba un poco.
Jack presentó a Candy a todo el departamento gráfico, la condujo a un pequeño cubículo al lado del suyo y le explicó qué se esperaba de ella. Su trabajo iba a consistir básicamente en maquetar las páginas. Tenía que revisar los tipos de letra y los espacios, y asegurarse de que las fotografías estuvieran colocadas correctamente antes de enviar la versión definitiva a imprimir. No era muy creativo, pero le permitiría conocer el mundo de la edición y, si era lista, quizá algún día podría dar el salto hacia algo más. Además, en su currículum iba a quedar muy bien el hecho de haber trabajado en una revista inglesa y, cuando volviera a Chicago, seguro que encontraría la manera de sacarle partido. Eso era lo que Candy más deseaba, que al volver a su ciudad todo aquello hubiera servido para algo; si no, no sabía qué narices estaba haciendo en Londres, sin su familia, rodeada de gente con un peculiar sentido del humor, y enamorándose de un hombre que por el momento no quería tener ninguna relación y que se reservaba para alguien muy especial a quien ni siquiera conocía aún.
Por suerte, gracias a Jack y a sus otros compañeros, su primer día de trabajo fue todo un éxito. Candy se hizo rápidamente con los programas de la revista y en seguida captó en qué consistía su tarea. Las horas pasaron volando, y cuando llegó la hora de salir, Jack apareció por encima de su cubículo.
—Esto es todo por hoy. Vamos, no nos hagas quedar mal haciendo ya horas extra y vete a casa. ¿Esperas a que venga Terry o te vas sola?
Se quedó pensando un largo rato, tal vez demasiado, por lo que Jack le dijo nuevamente.
—Bueno, así qué, ¿esperas a Terry o no? Yo voy saliendo.
Candy estaba pensando qué debía hacer cuando se abrió el ascensor y de él salió su objeto de preocupación.
—¿Estás lista para irnos?
—No puedo creer lo que ven mis ojos —intervino Jack burlón—. Terry yéndose de la revista antes de la una de la madrugada. Imposible. Candy —prosiguió dirigiéndose a ella—, te has ganado mi admiración para toda la vida.
—No digas tonterías —respondió ella sonrojada.
—Eso mismo, no digas tonterías —la secundó Terry, y cogió el abrigo de Candy, que estaba colgado en el perchero que había junto al ascensor—. Vamos, antes de ir a casa me gustaría enseñarte un poco el barrio.
Jack, que no podía dejar de sonreír, observó cómo los dos se iban juntos, e iniciaban así una rutina que se repetiría a lo largo de toda la semana.
En efecto, a partir de ese día, siempre que le era posible Terry iba a buscar a Candy para irse juntos a su casa. Pero la verdad era que tardaban horas en llegar. Al final de la jornada de trabajo, los dos tenían tantas cosas que contarse que solían dar un paseo para poder charlar. Ella acostumbraba a detenerse a comprar lo que iba a cocinar esa noche y, para compensarla, él la llevaba a los rincones más insólitos y bonitos de la ciudad. Con Candy, Terry estaba descubriendo un Londres que nunca había visto. Era como si la ciudad se hubiera llenado de olores y colores que antes no estaban allí.
Una tarde que salieron de la revista un poco antes de lo habitual, Terry la llevó a pasear a Hyde Park y la convenció para comer algo allí, sentados en un banco. En esa ocasión, le contó que no hablaba con su madre desde hacía diez años, y que lo peor de todo era que ya no la echaba de menos. Candy no intentó consolarlo ni le dijo ninguna sensiblería, se limitó a comentar que ella se lo perdía; que si su madre no se daba cuenta de lo que estaba echando por la borda, entonces tampoco se merecía que él se sintiera culpable por no hablar con ella. Y tras estas dos frases, que reconfortaron a Terry más de lo que ella creía, Candy le explicó un cuento que su abuela solía contarle sobre cómo se formó la constelación de la Osa Menor. En ese mismo instante, Terry supo que jamás podría volver a visitar Hyde Park sin pensar en Candy.
Hacíaya cinco semanas que había llegado a Londres; cinco semanas desde que trabajaba en The Whiteboard, cinco semanas viviendo con Terry; cinco semanas increíbles. Al principio, había creído que se le pasaría, que ella y Terry sólo serían amigos. Nada más lejos de la realidad.
Durante esas cinco semanas, habían compartido muchas cosas. Cada noche, después de cenar, se quedaban hablando, recordando sus aventuras de cuando eran pequeños, o contándose cosas que ninguno de los dos había contado nunca antes a nadie. Luego, cada mañana, iban a trabajar juntos, y a la hora de salir, si Terry tenía que quedarse hasta más tarde, la llamaba para que se fuera con Jack o con otro de sus compañeros. Nunca dejaba que se marchase sola. Los fines de semana eran aún «peor». Terry la había llevado al teatro, a cenar con sus amigos, al cine. Le abría las puertas de los taxis, le decía lo guapa que estaba y, de vez en cuando, le daba la mano o le acariciaba la mejilla. Pero nada más. Si seguía así, Candy iba a volverse completamente loca.
Trabajar en el mismo sitio y compartir casa ya era de por sí difícil de sobrellevar, pero si a eso le sumaba lo encantador que estaba cuando salían por ahí juntos, la cosa rozaba ya la tortura. Candy recordaba como especialmente «dolorosa» la noche del pasado sábado, cuando Terry la sorprendió con dos entradas para la ópera. La Royal Opera House estaba muy cerca de su apartamento, y era un edificio precioso que justo acababan de restaurar. Conseguir entradas para cualquiera de los espectáculos que allí se ofrecían no sólo era muy difícil, sino también carísimo. Cuando le preguntó cómo las había obtenido, Terry se limitó a responder que eso no era asunto suyo y que lo único que ella tenía que hacer era disfrutar del concierto. Candy no se acordaba de cómo se había vestido ella esa noche, pero nunca olvidaría lo atractivo que estaba él, con su traje oscuro y sus lentes. Terry era miope y siempre llevaba lentes de contacto, pero esa noche estaba demasiado cansado como para ponérselas, por lo que optó por llevar las gafas; la alternativa habría sido no ver nada. Durante el concierto, él le susurraba al oído sus comentarios. De todos es sabido lo educados que son los ingleses, y hasta qué extremos son capaces de llegar para no molestar a los demás, pero saber eso no evitaba que a Ágata se le pusiera la piel de gallina cada vez que él se le acercaba.
Lo peor de todo fue cuando, al finalizar la ópera, fueron a tomar una copa con sus amigos. Jack, Amanda, su hermana Rachel, Anthony y Monica estaban en un local a unas cuantas manzanas, y de camino hacia allí, Terry la rodeó con el brazo; según él, para evitar que se cayera con los tacones que llevaba, pero Candy no acabó de tragarse esa excusa. Casi cada día llevaba zapatos de tacón, y él no se preocupaba tanto. Tan pronto como cruzaron la puerta del local, Terry la soltó, respiró hondo (cosa que hacía cada vez más a menudo) y fue a charlar con Jack. Candy se acercó a Amanda para hacer lo mismo, pero Anthony la interceptó, se sentó a su lado y, con sus bromas y piropos, logró que se sonrojara. Era incorregible; incluso la convenció para que bailara con él un par de canciones. Lástima que al final de la segunda Terry decidió que había llegado el momento de regresar a casa y, sin ningún tacto, tiró de ella hacia la salida.
Todas las noches, antes de dormirse, Ágata intentaba pasar revista al día para ver si lograba averiguar lo que de verdad pretendía Terry: había veces en que llegaba a la conclusión de que él sólo quería que fueran amigos, ¿por qué si no le habría estado hablando de la guapa periodista que había conocido unos meses atrás en París? Pero había otras noches en las que estaba convencida de que él también quería algo más, ¿a qué venían si no esas caricias y esas miradas? ¿O ese instinto de protección que al parecer tenía hacia ella?
—¿Te apetece ir a cenar hoy con mis amigos? —preguntó Terry, sacándola así de su ensimismamiento.
Era viernes y seguro que los amigos de Terry habían reservado en algún sitio genial.
—Claro. —«A lo mejor esta noche lograré saber qué sientes por mí», pensó Candy—. Si a ti te apetece, por mí ningún problema.
—Perfecto —respondió Terry, y se sacó el celular del bolsillo para llamar a Jack y confirmarle su asistencia. Era curioso, sus amigos ya daban por sentado que él y Candy iban juntos a todos lados.
La cena era en un restaurante de Covent Garden, muy cerca de su casa; un sitio precioso, de esos donde los camareros van todos vestidos de negro. Esa noche, Jack y los demás parecían empeñados en vaciar la bodega del restaurante, y en que Candy les contara los trapos sucios de la infancia de Terry.
—Vamos, Candy, cuéntanos algo muy vergonzoso —suplicó Anthony por enésima vez mientras volvía a llenarle la copa.
—Candy—la interrumpió Terry—, antes de hacerlo piensa en todas las cosas que yo sé de ti y que empezaré a contar. Sí, creo que comenzaré por aquel fin de año en que...
Candy le tapó la boca con las manos. El vino se le estaba subiendo a la cabeza.
—No te atreverás.
Terry se calló de golpe al notar las manos de Candy sobre sus labios. Ver cómo ella le sonreía era más de lo que podía aguantar; abrió un poco la boca, y cuando su lengua rozó los dedos de su carcelera, Candy lo soltó de inmediato. A él también le estaba afectando la bebida, porque de haber tenido sus facultades intactas, nunca le habría lamido los dedos.
—Está bien, no lo contaré. Pero a cambio de mi silencio, debes prometerme que no te dejarás convencer por estos canallas y que no te creerás nada de lo que te expliquen. —Guiñó un ojo a sus amigos y, afortunadamente, la conversación se dirigió hacia otros temas.
—Bueno, Candy, ya que no vas a contarnos ningún trapo sucio de Terry, ¿por qué no nos explicas algo más sobre ti? —propuso Anthony mirándola a los ojos—. Aún no me creo eso de que no tienes novio. ¿Es que todos los hombres de Chicago están ciegos?
Candy se sonrojó, bebió un poquito más de vino y respondió:
—No son sólo los de Chicago. Tampoco puede decirse que aquí hagan cola ante mi puerta.
—Eso es porque no miras en la dirección adecuada —replicó Anthony al instante.
—Ya, seguro que eso se lo dices a todas —dijo ella sonriéndole.
—¡Pues claro! —soltó Anthony, riéndose de sí mismo.
—Todos deberíamos seguir tu ejemplo, Anthony —intervino Jack cuando también dejó de reírse—. Menos en aquel caso en que tuve que pedirle a aquella mujer policía que no te arrestara.
—¿Qué? ¿Casi lo arrestan? —Candy miró entusiasmada a Jack—. Cuéntamelo.
—Eres un traidor —farfulló Anthony, pero sin enfadarse, pues seguía sonriendo—. Te advierto que si esa boca empieza a hablar, yo les contaré a todos lo de la sueca.
Jack meditó durante medio segundo y luego, con una sonrisa de oreja a oreja, dijo:
—De acuerdo, cuéntaselo. Ya sabes que no soy vergonzoso.
—Sabía que podía contar contigo, Jack. Vamos, empieza a hablar y no te olvides ningún detalle. —Candy volvió a servirse vino, e hizo lo mismo con la copa de Terry.
—Mierda. —Anthony cogió la servilleta para cubrirse la cara y no ver ni oír cómo todos sus amigos se reían de él.
Así pasaron un par de horas más, riendo y bebiendo, hasta que Anthony, viendo que el restaurante estaba ya vacío, les advirtió.
—Chicos, esta gente tiene que cerrar.
—Sí, ya es muy tarde. Candy, deberíamos irnos. Debes de estar cansada y a mí me iría bien dormir. Mañana tengo que revisar unos documentos... No todos podemos disfrutar de un sábado sin trabajo.
—Terry, eres un pesado —lo interrumpió Jack—, pero sigo queriéndote. Lárguense, nos vemos el lunes en el trabajo. Candy, como siempre, ha sido un placer.
—Eh, no te olvides de darme dos besos —gritó Anthony acercándose a ella—. Me encanta esa costumbre tuya, creo que voy a apropiarme de ella.
Candy le dio un beso en cada mejilla y empezó a ponerse el abrigo.
A las despedidas de Jack y Anthony siguieron las de los demás. Todos fueron muy cariñosos e intentaron sobornarla de varias maneras para que antes de irse desvelara algún chisme sobre Terry. Ella se despidió con una sonrisa y les prometió que en la próxima cena les contaría algo realmente «inspirador».
«Por fin solos», pensó Terry. La cena había sido muy agradable. Desde el primer día, Candy había conectado muy bien con todos sus amigos, y ellos parecían adorarla. Especialmente Anthony, que esa noche la había estado mirando con mucho interés, tanto que había llegado a ponerlo nervioso. No era que a él le importara, pero ¿era necesario que cada dos palabras la piropeara y que no parase de darle palmaditas en la mano? ¿Y a qué había venido eso de los dos besos? Al día siguiente mismo hablaría con Candy para advertirle que Anthony, aunque era uno de sus mejores amigos, no era de fiar.
Iban caminando en silencio, hasta que ella interrumpió sus pensamientos.
—Terry, ¿te preocupa algo? Estás muy callado.
—No, no estoy preocupado. ¿Tú estás contenta? —Tras un silencio añadió—: Lo pareces.
Candy sonrió, no paraba de hacerlo.
—Sí, lo estoy. Estoy contenta, feliz. Hace dos meses, estaba hecha un lío, no tenía trabajo, mi mejor amiga estaba más preocupada por su última conquista que por mí, y tenía miedo de qué pasaría al venir a Londres. Temía verte de nuevo y no saber hacer mi trabajo, y volver a enamorarme de... —Al darse cuenta de lo relajada que se sentía por culpa del vino, cerró la boca de golpe.
—¿Aenamorarte de quién? —Terry le tomó la mano que ella no había parado de mover mientras hablaba sin control. Estaban delante del portal, y Candy lo miraba perpleja. Notaba cómo el corazón le retumbaba en los oídos y cómo se le erizaban los pelos de la nuca.
—De nadie. Tonterías, ya sabes. Hemos bebido demasiado —susurró ella, pero Terry seguía mirándola fijamente. Le había soltado la mano, pero ahora todo su cuerpo la tenía atrapada contra el portal. No la tocaba, sus manos estaban apoyadas en la pared a ambos lados de la cabeza de Candy.
—No hemos bebido tanto, lo sabes perfectamente. —Soltó el aliento—. Mira, esto ya está durando demasiado. Si seguimos así, tarde o temprano voy a volverme loco, de modo que deberíamos hacer algo al respecto.
Los ojos de Terry estaban fijos en ella, eran más oscuros, más intensos que nunca. Ágata pensó que iba a besarla, quería que la besara, pero él permanecía quieto, a sólo unos milímetros de ella, sin hacer nada, mirándola como nunca nadie la había mirado; entonces se atrevió a preguntar:
—No sé a qué te refieres —mintió ella—. ¿De qué estás hablando?
—De esto.
En ese momento, Terry bajó la cabeza. Sus labios rozaron los de ella y, antes de besarla, dijo:
—Necesito tocarte. —Le rozó el pelo con las manos—. Te necesito.
Empezó de un modo tierno, lento, como una caricia, y Candy notó cómo se le derretían las rodillas. Era tan dulce. Terry le besó los párpados, las mejillas, e inició un camino de besos por sus pómulos, su mandíbula, hasta la comisura de sus labios.
—Me encanta tu olor. Me vuelve loco, hueles a... no sé, pero me dan ganas de besarte todo el cuerpo. —Entonces posó la boca justo detrás de su oreja y, lentamente, se dirigió hacia sus labios. Candy no sabía qué hacer, evidentemente la habían besado antes, pero no así; aquello era un ataque a todos sus sentidos. Tenía los ojos cerrados, esperando sentir sus labios de nuevo, cuando Terry susurró.
—Abre la boca, Candy, separa los labios y bésame.
Ella obedeció, y en ese momento supo que estaba perdida y absolutamente loca por aquel hombre. Cuando sus lenguas se tocaron, los dos perdieron el control. Terry apartó las manos de la pared y las colocó encima de sus hombros, sólo unos segundos; a continuación empezaron a deslizarse y recorrerle el cuerpo, hasta pararse en sus caderas. El único propósito de Terry era sentirla, tenía que estar más cerca de ella; le separó las piernas para así poder colocarse en medio. Candy tampoco permanecía quieta. Empezó a acariciarle la nuca, el pecho, necesitaba tocarlo, lamerlo, o si no explotaría. Pero cuando empezaron a jadear, Terry se paró. ¿Qué estaba haciendo? ¡A su edad, en medio de la calle y con Candy! Seguro que se estaba volviendo loco.
—Lo siento, no sé qué me pasó. —Fue lo primero que dijo, a la vez que sacaba las llaves para abrir la puerta.
—¿Que lo sientes? ¿Estás loco? ¿Por qué lo sientes? Yo no.
Terry, que subía los peldaños de dos en dos, negó a la puerta de su apartamento en un tiempo récord. Candy intentaba seguirle.
—¡Malditos tacones! ¡Terry, para un segundo!
Nada, seguía haciéndose el sordo. Abrió la puerta, lanzó las llaves encima de la mesita que había junto a la entrada y, cuando iba a entrar en su cuarto, Candy logró interceptarlo…
CONTINUARA...
Hola! lo prometido es deuda. les dejo otro capitulo, pero las dejo en lo mas emocionante... jejeje.
mil gracias por sus reviews, mañana seguro les subo otro.
saluditos
