Advertencia: el siguiente capítulo contiene leves escenas de contenido sexual.

Capítulo 8

Al día siguiente, fiel a su promesa, Anthony la acompañó a visitar un par de pisos. Él era arquitecto, así que, además de darle ánimos, también le dio buenos consejos sobre los defectos y virtudes de cada apartamento que visitaron. Candy no le había dicho a Terry que estaba buscando otro lugar donde vivir. No creía que le importara, pero además, no quería pelearse con él, y estaba segura de que cuando se lo contara se pelearían. No porque él quisiera que ella siguiera en su casa, sino porque Terry le había prometido a Albert que cuidaría de ella y, por muchos defectos que Terry tuviera, era incapaz de romper una promesa hecha a su mejor amigo.

Había sido un día de lo más raro. No podía decirse que Terry y ella hubieran hecho las paces, nada más lejos de la realidad, pero él había empezado a comportarse de un modo extraño. Como, por ejemplo, mandándole e-mails en el trabajo para decirle cualquier tontería. Después de la extraña conversación que la noche anterior habían tenido delante de la puerta de la cocina, a eso de las once de la mañana Candy recibió un e-mail que decía:

¿Te gustó la película? Si es buena, ¿te molestaría mucho acompañarme esta noche al cine?

Por cierto, hace meses que no llevo bufanda. Creo que no volveré a usar jamás.

TERRY

Candy tuvo que leerlo un par de veces para asegurarse de que no veía visiones. No contestó hasta las tres de la tarde.

La película es malísima.

Yo no descartaría volver a usar bufanda.

CANDY

La risotada de Terry al leer la respuesta de Candy hizo que Tom, que estaba en otro despacho, fuese corriendo para ver qué pasaba.

Esa noche, Candy llegó tarde a casa. Después de visitar pisos con Anthony y descartarlos porque eran demasiado caros y demasiado viejos, estaba tan cansada que ni siquiera cenó. Terry aún no había llegado; tal vez al final hubiera decidido ir al cine solo, o con Susana. Sólo de pensarlo se le ponían los pelos de punta. Pero justo en ese instante se abrió la puerta y llegó él.

—Hola —dijo mirándola de arriba abajo—. ¿Hace mucho que llegaste?

—No, ¿por qué?

—Por nada. Pareces cansada.

—Lo estoy. —Después de los e-mails de esa mañana, Candy no sabía qué decir—. Voy a acostarme.

— ¿No vas a preguntarme si he ido al cine?

—No. —Aunque le costara horrores no pensaba preguntárselo.

—Pues no he ido. —Ella se dio la vuelta y Terry continuó—: Sin ti no habría tenido gracia. Me he quedado trabajando hasta ahora. —Al ver que ella no iba a decir nada, se rindió—. Buenas noches, Candy.

—Buenas noches.

El miércoles, antes de las diez de la mañana, Candy recibió otro e-mail:

Según mi horóscopo, hoy es un día excelente para entrar en contacto con la naturaleza. ¿Quieres ir a Hyde Park?

TERRY

Candy le respondió a las doce:

No deberías creer en esas cosas. Nunca aciertan.

CANDY

Terry sonrió.

Esa tarde, Candy fue a visitar un par de pisos más y, cuando le contó a Anthony lo de los e-mails, casi le dio un ataque de risa. Cuando consiguió calmarse, lo único que dijo fue:

—¿Lo ves, Candy? Yo tenía razón.

—¿Sobre qué?

—Sobre lo de Terry. Sabía que estaba loco por ti.

Ella decidió ignorar ese comentario, pero tenía que reconocer que cada vez tenía menos ganas de encontrar el piso perfecto.

El jueves, a eso de las tres, Candy aún no había recibido ningún e-mail y supuso que Terry ya se había cansado, pero a las tres y media vio que se había equivocado:

Oh, bella doncella, estoy preso en una celda con el malvado tirano Tom y la bruja Amanda. ¿Seríais tan gentil de venir a rescatarme? Os prometo que luego os llevaré a la mejor posada del feudo.

Sir Terrence (caballero de la Mesa Redonda)

Candy tuvo que morderse los labios para no reír. Se había olvidado de que Terry y Tom tenían una reunión muy importante, y seguro que no había tenido ni un momento libre. Contestó en menos de dos minutos:

Oh, sir TERRENCE, me temo que deberéis liberaros solo. Me atrevería a sugerir que utilicéis vuestra espada, pero una doncella como yo no sabe de esas cosas.

Lady CANDY

Terry se sonrojó al leerlo, y cuando Tom le preguntó qué pasaba, lo único que se le ocurrió decir fue que tenía calor. Y vaya si lo tenía. Candy seguía sin querer hacer nada con él, pero al menos esa vez había tardado menos de dos horas en contestar, lo cual ya era una victoria. Esa noche, él volvió a llegar tarde y, muy a su pesar, vio que Candy ya se había acostado. Al día siguiente volvería a intentarlo.

El viernes a las nueve de la mañana Candy abrió ansiosa su correo electrónico y vio que aún no había recibido ningún e-mail de Terry. Tal vez se lo enviaría más tarde. A las once seguía sin haber recibido nada. Ni a las once y media. Se juró a sí misma que no volvería a consultar el correo hasta las doce y media y se obligó a esperar hasta entonces. A esa hora sí había un e-mail de Terry:

Echo de menos hablar contigo.

Terry

Candy casi se cayó de la silla. Los otros mensajes habían sido simpáticos, medio en broma. Aquello no se lo esperaba. Antes de que pudiera pensarlo mejor, contestó:

Yo también.

Candy

Terry abrió el mensaje de Candy respiró aliviado. Se había pasado toda la noche pensando qué escribir. Nada le parecía lo suficientemente ingenioso, así que al final optó por decirle sinceramente lo que pensaba. Por suerte, Candy había sido igual de sincera y por fin había bajado un poco la guardia. Como no quería que ella tuviera tiempo para cambiar de opinión, le mandó en seguida otro e-mail.

Llegaré tarde a casa.

¿Te importaría esperarme despierta?

TERRY

Cuando Terry vio que él le había mandado otro e-mail en apenas cinco minutos de diferencia, le dio un vuelco el corazón. No estaba segura de qué pretendía Terry con ese cambio de actitud, pero decidió arriesgarse.

Te esperaré.

CANDY

Candy pensó que si tenía que esperarlo, bien podía hacerlo con estilo, y decidió cocinar algo. A ella siempre le había gustado cocinar, la relajaba; muchas de las mejores decisiones que había tomado en su vida, las había tomado delante de un horno o unos fogones. Por su parte, Terry se pasó toda la reunión mirando el reloj. Cuando por fin terminó, se despidió de todos los directivos sin perder un minuto y salió a toda prisa del edificio. Estaba impaciente por llegar a casa y hablar con Candy. Lo tenía todo pensado; primero se disculparía otra vez por lo de esa noche, luego se disculparía por su comportamiento de las últimas dos semanas, y más tarde le advertiría sobre Anthony. Seguro que, después, todo volvería a la normalidad: ellos dos serían amigos de nuevo y, dentro de más o menos cuatro meses, ella regresaría a Chicago y él seguiría allí, con su corazón intacto y su vida tal como a él le gustaba.

—¿Hola? —saludó Terry al abrir la puerta.

—Hola, ¿qué haces ahí quieto en la entrada? ¿Te pasa algo? —Candy había salido de la cocina. Llevaba un pantalón de algodón gris con una sudadera rosa que le dejaba un hombro al descubierto, y blandía una cuchara en la mano.

—No. No me pasa nada. ¿Ese olor viene de mi cocina?

—Sí. Hacía tiempo que me apetecía comer lubina al horno y hoy me he decidido a prepararla. Espero que te guste.

—Sí, claro. Me sorprende que el horno funcione, creo que eres la primera persona que lo utiliza. Huele muy bien.

—Gracias. La verdad es que me ha costado un poquito encenderlo, pero ahora lo único que me falta es poner la mesa. ¿Quieres cenar conmigo o ya has cenado? —Candy volvió a la cocina para comprobar que el pescado estuviera en su punto.

—No. Quiero decir, sí. —Terry titubeaba, no tenía ni idea de cómo reaccionar. El discurso que había preparado se le olvidó por completo y en lo único que era capaz de pensar era en dos cosas: la primera, Candy iba vestida con una camiseta que daba ganas de empezar a besarle el hombro, el cuello... y la segunda, tenía que cambiar la dirección de su pensamiento o iba a tener problemas. Ellos dos sólo iban a ser amigos.

—No te entiendo. —«Cosa que ya es habitual», pensó Candy—. ¿Quieres o no quieres cenar?

—Sí, quiero cenar. No, no he cenado antes, y si me das cinco minutos, me cambio de ropa y pongo la mesa. ¿Te parece bien?

—Sí, me parece perfecto, pero que sean dos minutos, el pescado casi está.

En su habitación, Terry se cambió de ropa, se puso un pantalón de algodón que utilizaba a veces para ir a correr, y una camiseta, e intentó borrarse de la cabeza la insinuante imagen del hombro de Candy. No pudo. Salió de la habitación y puso la mesa.

—¿Puedo hacer algo más? —preguntó luego.

—No, ya está. Siéntate. Pero luego tú te encargas de recoger los platos y limpias la cocina.

—Claro, si tú cocinas, yo limpio. Como debe ser, ¿no? —dijo él, y le guiñó un ojo.

Candy sirvió la comida y los dos empezaron a cenar. Terry fue el primero en romper aquel cómodo silencio:

— ¿Aún sigues enfadada?

—Nunca he estado enfadada. —Al ver que él levantaba una ceja añadió—: Es sólo que, en estas últimas dos semanas, no hemos coincidido mucho. —Candy había decidido seguir los consejos de Anthony y fingir que ella no lo había echado de menos. Según Anthony, nada ponía más nervioso a un hombre que sentirse ignorado.

—Ya. —Como no sabía qué más decir, optó por seguir con el pescado.

—Esto era lo que querías, ¿no? —Candy bebió un poco de agua y continuó—: Volver a tener tu espacio, recuperar tu vida. Al menos eso me pareció entender, y creo que tenías toda la razón. —No estaba dispuesta a que él creyera que ella no pensaba lo mismo que él.

Terry la miró estupefacto. Se había estado comportando como un idiota; la había estado evitando para nada. Entonces se dio cuenta de que había música, y sonrió.

—¿Sinatra?

—Sí, es ideal para cocinar y para bailar. Tiene un ritmo especial, como si te guiara. No sé.

—¿Sabes que eres la única persona que conozco que considera la música de ese modo? En fin, creo que sólo hay una manera de comprobar tu teoría de Sinatra y, como no tengo ni idea de cocinar, ¿quieres bailar conmigo?

Terry se levantó de su silla y le tendió la mano mientras sonaba Fly me to the moon.

—¿Te has vuelto loco? ¿Bailar aquí?

—Sí, claro. Vamos, no seas cobarde. —La miró a los ojos, desafiándola.

—Está bien, pero luego no digas que soy yo la que hace cosas raras.

Se levantó de la silla y aceptó el reto.

Candy estaba de pie frente a Terry. Él le tomó las manos y las colocó alrededor de su cuello y, con las suyas, le recorrió lentamente la espalda para acabar apoyándose justo en sus caderas.

—Candy, te he echado de menos. Baila conmigo. Por favor. —Terry sabía que eso le iba a causar problemas, y que era justo lo que no tenía que hacer, pero no pudo evitarlo.

—Yo también te he echado de menos.

Empezaron a bailar suavemente. Candy apoyó su mejilla en el pecho de Terry y notó cómo latía su corazón, cómo le temblaba la respiración. Él bajó la cabeza para así poder notar su perfume, el olor de su pelo y, a la vez, besarle el cuello, el hombro que lo había vuelto loco durante la cena, la mejilla. Le acariciaba la espalda, primero por encima de la sudadera, hasta que el tacto del algodón no fue suficiente, y decidió arriesgarse y tocarla de verdad, por debajo, sentir su piel. Al notar la mano de Terry por debajo de la camiseta, Candy se apartó sorprendida, pero no tuvo tiempo de decir nada, pues Terry la besó con todas sus fuerzas, como si la vida le fuera en ello.

Ella le respondió. Le encantaba cómo la besaba, como si la necesitara para respirar. Un beso siguió a otro, Terry seguía acariciándola y besándola, primero en la boca, luego en el cuello. La canción ya se había acabado, pero a ninguno de los dos parecía importarle. Candy quería tocarlo a él, así que también se atrevió a meter las manos por debajo de la camiseta. Sonrió al notar cómo Terry se estremecía. Era increíble, tenía un torso único y no tenía bastante con tocarlo, quería verlo, así que se arriesgó y le quitó la camiseta.

—Candy, ¿no te han dicho nunca que es de mala educación mirar así a alguien? —bromeó él mientras le besaba los nudillos de la mano y empezaba a recorrerle el brazo con los labios.

—Ah, sí, no sé. Creo que lo que de verdad sería de mala educación es no mirar. Y, sin duda, no besarte sería aún peor.

Él apartó la cabeza al oír ese comentario y la atrajo hacia él para besarla como hacía horas que deseaba hacer. Seguro que luego se arrepentiría, pero por el momento, estaba en el cielo. Terry se apartó entonces un poco, lo suficiente para poder quitarle a ella la camiseta, y entonces fue él quien se quedó sorprendido. La noche en que se acostaron, la habitación estaba muy oscura y apenas había podido apreciarla. Candy, incómoda, se sonrojó e intentó recuperar su camiseta.

—No, por favor. Deja que te mire. Eres perfecta. —La recorrió lentamente con la mirada y con las manos, acariciando cada centímetro, como si quisiera aprenderse sus formas de memoria—. Princesa, no tienes ni idea de todo lo que tengo ganas de hacerte. Primero voy a tocarte, a acariciarte, después voy a besarte. Por todo el cuerpo. Y luego, cuando ya no podamos aguantarlo más, haremos el amor. Hasta el amanecer.

—Hablas demasiado, Terrence.

Candy lo besó como nunca antes había besado a nadie. A él le encantaba cómo lo hacía, cómo su cuerpo se adaptaba al suyo, cómo respondía a sus caricias, pero lo que más le gustaba era el calor que sentía cuando lo llamaba «Terrence». Necesitaba estar con ella, tocarla, saber que ella lo deseaba tanto como él. Dejó de besarla, tenía que recuperar un poco el control o todo acabaría demasiado pronto. Sorprendida, Candy preguntó:

—¿Te pasa algo? —Le acariciaba la nuca y le besaba el cuello.

—No, nada malo. —Él también le besaba el cuello dirigiéndose hacia los pechos.

—¿Y bueno? —Candy se estremeció al notar cómo le desabrochaba el sujetador.

—¿Bueno?

Terry no tenía ni idea de lo que le preguntaba; apenas podía recordar su propio nombre.

—Sí, tonto, ¿te pasa algo bueno? —Candy tenía el pulso acelerado y las piernas ya no le respondían.

—Ah, sí, compruébalo tu misma. —Tomó la mano de Candy y la guió hasta su entrepierna—. Tócame.

—Claro, siempre que tú hagas lo mismo.

Se atrevió a meter la mano por dentro del pantalón de Terry.

—Dios, Candy, para. No, no pares. Vamos a mi habitación. Quiero que estés en mi cama ya.

La tomó en brazos, besándola con toda la pasión que sentía.

Y entonces sonó el teléfono. Los tres primeros timbrazos no los oyó ninguno de los dos, pero el cuarto logró captar su atención.

—Terry, el teléfono. —Candy intentaba zafarse del abrazo para que él pudiera contestar.

—No voy a atenderlo, ahora mismo estoy ocupado. —Siguió besándola en el ombligo.

—Atiéndelo, a lo mejor es importante. —Aunque la verdad era que no quería que él dejara lo que estaba haciendo.

—Esto sí que es importante. —Empezó a bajarle el pantalón—. Ya saltará el contestador automático, princesa.

Y eso fue exactamente lo que pasó, que saltó el contestador automático y Albert empezó a hablar por el altavoz. Terry se quedó paralizado.

—Hola, Terry, supongo que para variar no estás en casa. He llamado al celular y tampoco te he localizado, supongo que estarás por ahí, con alguno de tus ligues. —Al oír la palabra «ligues» Candy se separó de Terry como si tuviera una enfermedad contagiosa—. En fin, sólo te llamaba para preguntar cómo estaba Candy, ya sabes que es mi debilidad. No quiero llamarla a ella para no parecer el típico hermano mayor histérico, pero como lo soy, he decidido llamarte a ti. Volveré a intentarlo más tarde. Cuida de mi pequeña. Adiós.

El pitido del contestador sacó a Candy del estado de trance en el que había entrado. Terry, por su parte, estaba ya completamente vestido; había recuperado su camiseta y su actitud de témpano de hielo al segundo de oír la voz de Albert.

—Candy, vístete, por favor. —Le acercó el sujetador y la camiseta. Le temblaba un poco el pulso, pero su cara no mostraba ninguna emoción más allá del enfado y la vergüenza.

—¿Se puede saber qué te pasa? ¿Por qué pones esa cara? Terry, respóndeme, por favor. No entiendo nada. Hace un momento, estábamos tan bien, y ahora parece que no puedas soportar estar en la misma habitación que yo. —Notaba cómo la voz empezaba a temblarle de rabia y de algo más complicado que por el momento no quería analizar—. ¿Es por Albert?

Terry levantó la cabeza, que hasta ese momento había tenido entre las manos, y la miró. Durante un segundo fue como si quisiera abrazarla, pero en seguida desvió la mirada hacia el despertador y respondió:

—No.

—¿NO?

—Está bien, sí, pero sólo en parte. —Se levantó de la silla y empezó a pasear por la habitación—. No sé qué me pasa contigo, pero me está volviendo loco y no me gusta nada. Nada. Cuando eras pequeña ya me pasaba. Siempre estaba preocupado por saber dónde estabas, si te veía sonreír me ponía nervioso, Dios, incluso le hablé de ti a Nana. Cuando había tan mal ambiente en casa, pasar un rato contigo bastaba para que volviera a tener un poco de confianza en el amor. Hubo un momento en que pensé que era tan evidente lo que me pasaba que si la policía lo descubría me arrestarían. —Candy estaba paralizada, no se atrevía a interrumpirle—. ¿Sabes que cuando vine a vivir a Inglaterra te echaba de menos? Tú eras una adolescente y yo te echaba de menos; patético.

—No es patético. A mí también me pasaba todo eso. —Candy se levantó y empezó a andar hacia él. Decidió ser igual de sincera—. Yo también me estoy volviendo loca, también te echaba de menos y aún me pongo nerviosa si me sonríes. —Se atrevió a poner la mano en su espalda y notó que estaba rígido.

—No lo entiendes, Candy, yo no quiero sentirme así. He visto lo que hace el amor, he visto cómo aniquila todo lo que toca y no lo quiero en mi vida. Ni ahora ni nunca. No soy capaz. —Sonrió, una sonrisa que a Candy le rompió el corazón—. Hasta ahora me ha ido bien, siempre he estado con mujeres que sólo querían pasar el rato, divertirse. Contigo no sé si podría controlarlo. Y si saliera mal, no sólo nos haríamos daño, sino que perdería al mejor amigo del mundo, y tu familia nunca podría perdonármelo.

Se apartó de ella.

—¿No has pensado que podría acabar bien? ¿Que podrías ser feliz? —Candy se notaba los ojos llenos de lágrimas que no tenía ninguna intención de derramar.

—El riesgo no merece la pena. —Suspiró y cerró los párpados un instante—. Creo que lo mejor será que no volvamos a estar solos. Está visto que eso nos trae problemas. Mira, en estas últimas semanas casi no hemos coincidido, de modo que lo único que tenemos que hacer es seguir así hasta que te vayas. —Al ver que ella no decía nada, preguntó—: ¿En qué piensas?

—Pienso que eres un cobarde y un exagerado. Podríamos intentarlo. La vida no es así de dramática; si sale mal, mi hermano no vendrá a matarte o a pedir que te cases conmigo. Y si sale bien, ¿quién sabe?, a lo mejor incluso eres feliz. Terry —añadió—, nunca he sentido por nadie lo que siento por ti. Ni cuando era pequeña ni ahora. —Intentó abrazarlo, pero él volvió a apartarse, y entonces ella comprendió que nada de lo que pudiera decir o hacer lo haría cambiar de opinión.

—No. Prefiero dejar las cosas como están. Lo mejor es que nos vayamos a dormir. —Se levantó y le abrió la puerta de la habitación—. Esto ha sido un error, sólo tenemos que olvidarlo y actuar como compañeros de apartamento. Mañana será otro día.

Viendo que Terry daba por terminada la conversación, Candy lo miró una vez más a los ojos, para ver si veía algo que le recordara al hombre que hacía sólo unos minutos la besaba como si la necesitara para sobrevivir. Pero él ya no estaba allí. Entonces decidió decirle lo del apartamento.

—Esta semana he visto unos cuantos apartamentos que podría alquilar.

Si a Terry le sorprendió la noticia, lo disimuló a la perfección.

—No es necesario —dijo tras unos segundos.

—Sí lo es.

—Puedes quedarte aquí. —Terry se frotó los ojos—. No me importa.

—A mí sí. —Candy se obligó a mantener la mirada fija en sus ojos—. Supongo que la semana que viene ya lo tendré todo listo, entonces me iré. —Él seguía sin inmutarse—. Como mañana es sábado, si quieres me iré a pasar el fin de semana a casa de Anthony.

Al oír el nombre de su amigo, a Terry le tembló un músculo de la mandíbula.

—Ya te he dicho que no es necesario. —Apretaba el pomo de la puerta con tanta fuerza que empezaba a tener los nudillos blancos—. No creo que a él le guste ser plato de segunda mesa.

De la rabia que sintió, a Candy se le llenaron los ojos de lágrimas, pero se negó a derramar ninguna delante de Terry e irguió en cambio la espalda para contestarle:

—Mira, una cosa es que tú seas un cobarde y que sólo te encuentres cómodo acostándote con mujeres por las que no sientes nada. Pero no te atrevas a insinuar que yo hago lo mismo. —Estaba furiosa, y al ver que a él le dolía esa acusación, sintió un poco de alivio.

—Lo siento, no quería decir eso —se disculpó Terry a media voz. En el mismo instante en que pronunció las palabras, sabía que se estaba equivocando. Candy era incapaz de utilizar a Anthony, pero una parte de él había querido hacerle daño, había querido que ella dejara de mirarlo con aquellos ojos llenos de comprensión, porque sabía que, de lo contrario, él no iba a poder alejarse.

—Yo en cambio sí quería decir lo que he dicho. —Y con esto, salió de la habitación sin mirar atrás.

Como era de esperar, ninguno de los dos durmió.

Terry pasó toda la noche recordando cómo las discusiones de sus padres le había arruinado la infancia, pero si era sincero, eso no había sido lo peor. Lo peor había sido ver cómo su padre, aún completamente enamorado de su mujer, se había ido consumiendo hasta morir. A Richard Grandchester no le había importado nada, ni su propia madre, que lo apoyaba, ni su hijo. Se había dedicado a beber hasta perder el sentido y, cuando lo consiguió, decidió que ese estado etílico se iba a convertir en su estado habitual. Incluso ahora, Terry tenía que esforzarse por recordar a su padre sobrio. Por suerte, Nana siempre había estado a su lado, y lo ayudó a no odiarlo. Con Candy entre sus brazos, sentía como hacía años que no sentía. No sólo porque lo excitaba más allá de la razón, sino porque con ella tenía ganas de temblar, de emocionarse, de arriesgarse a bajar la guardia; pero si valoraba todas las consecuencias, bueno, era mejor así. Sí, sin duda no arriesgarse era la mejor decisión. No entendía por qué el corazón le daba un vuelco al pensarlo, y por qué su entrepierna se negaba a aceptarlo. En fin, ya lo lograría de alguna manera.

CONTINUARÁ...


Hola... les dejo un nuevo capítulo de esta linda historia.

Mil gracias por sus reviews y por seguir esta adaptación.

saluditos