Advertencia: Este capítulo contiene escenas de contenido sexual, abstente de leer si eres susceptible a este contenido.

Capítulo 11

Terry estaba sentado en el suelo del cuarto de baño, con la espalda contra la puerta y la cabeza entre las rodillas. Dios, ¿qué había sido aquello? No sólo acababa de tener el mejor sexo de toda su vida, había habido un momento en que creyó que mataría al que intentara separarlo de ella. No podía dejar de pensar que tenía que serenarse, que tenía que recuperar el control.

—Seré idiota —se autocensuró Terry—. Estaba convencido de que si nos acostábamos todo se iba a normalizar, que yo volvería a ser yo, y mírame, aquí estoy, hablando solo y congelándome el culo con este suelo tan frío.

Se levantó, se refrescó por enésima vez la cara y volvió a la habitación dispuesto a quitarle importancia al asunto. Se repetía una y otra vez que no había para tanto, que toda aquella pasión acabaría apagándose un poco, que su corazón recuperaría su velocidad habitual. Se lo repitió unas diez veces mientras se acostaba en la cama y se acercaba al cuerpo dormido de Candy, y lo repitió una vez más cuando ella se acurrucó e inconscientemente se abrazó a él. Entonces, Terry se dio cuenta de que era feliz, y que si la dejaba escapar quizá jamás volvería a sentir todo eso por nadie. Cerró los ojos y dijo en voz baja:

—¡Qué demonios!, LO VOY A INTENTAR.

Terry no durmió en toda la noche. La verdad era que lo aterrorizaba pensar que su perfecto y ordenado mundo iba a cambiar. Se veía capaz de controlar el sexo, pero la pasión y el amor eran otra cosa. Además, la única cosa que había aprendido con el divorcio de sus padres y con la muerte de su padre era que los sentimientos sin medida son destructivos, dañinos, y que él iba a luchar contra todo, incluso contra sí mismo, para no sentirlos. Sabía que no podría sobrevivir a ellos. Su padre lo había intentado y había acabado convirtiéndose en un alcohólico, solitario y muerto.

Candy se despertó y estaba sola. «A lo mejor lo he soñado todo», pensó. Pero no, vio que estaba en la cama de Terry y oyó la ducha. Se desperezó, todo era maravilloso. Seguro que debía de tener cara de idiota, no recordaba haberse sentido nunca tan contenta, tan feliz.

—Buenos días. —Terry la saludó desde la puerta de la habitación. Estaba recién duchado, llevaba sólo una toalla atada a la cintura y a Candy se le hizo la boca agua con sólo mirarlo.

—Buenos días —le sonrió ella—. ¿Qué hora es? No quiero ir a trabajar. Tendría que haber una ley que prohibiera levantarse después de haber hecho el amor con el hombre más maravilloso y sexy del mundo. ¿No estás de acuerdo? —Lo besó antes de que él pudiera contestar.

—No sé. —La abrazó y le susurró al oído—. ¿Esa ley incluiría no tener que contarle a tu jefe el motivo de no haber ido a trabajar el día de la reunión con los principales accionistas de la revista? Vamos, no me tientes. —Le dio un beso—. Ve a ducharte antes de que cambie de opinión.

—Está bien. —Antes de cerrar la puerta del baño, Candy dijo—: De pequeño también eras un aguafiestas.

Terry rió.

Fueron juntos a la revista, como venía siendo habitual desde la recuperación de Terry, pero ahora había detalles distintos; se tocaban, se miraban. Estuvieron hablando de tonterías. A Candy le habría gustado que Terry le dijera algo como «Anoche fue la mejor noche de mi vida», pero se conformó con los besos que le daba cada vez que se paraban en una esquina.

—Candy, princesa, ¿en qué piensas? Te he preguntado si te parece bien que mañana vayamos a casa de Tom y no me has contestado.

—Lo siento, la verdad es que no pensaba en nada.

Estaban parados en un semáforo, pues habían decidido ir a pie, y él bajó la cabeza para darle un beso. Nada complicado, fue sólo un leve contacto, pero la sonrisa que después lucía Terry le llegó al corazón.

—Algún día este vicio tuyo de soñar despierta me volverá loco. En fin, ¿quieres ir?

Cruzaron la calle, estaban ya a escasos metros de la entrada.

—Sí, claro. —Candy sabía que si él le sonreía de ese modo, ella aceptaría hacer cualquier cosa que le pidiera.

Entraron, y Candy vio a Jack salir del ascensor. Estaba muy serio e iba acompañado de un hombre de unos treinta y cinco años que parecía no caerle demasiado bien. Oyó cómo Terry murmuraba entre dientes.

—Mierda.

Lo miró y vio que tenía la vista clavada en ese tipo.

El hombre era atractivo, moreno, iba muy bien vestido y daba la sensación de tenerlo todo pensado. Cuando vio a Candy y Terry se dirigió hacia ellos con paso decidido, observándolos.

—Hombre, Terry, cuánto tiempo sin verte. —Le tendió la mano a Terry, quien lo saludó sin ningún entusiasmo—. Veo que ha habido incorporaciones interesantes durante mi ausencia. —Y repasó descaradamente a Candy—. ¿No vas a presentarnos?

Terrence estuvo unos segundos callado, meditando sus alternativas. Finalmente, optó por la vía diplomática.

—Claro. Candy, te presento a Neil Leagan, sobrino de Tom y miembro del consejo directivo de la revista. Neil, ella es Candice White, la nueva diseñadora del equipo de Jack. —«Y si te atreves a tocarla o sigues mirándola así, no respondo», pensó Terry.

—Es un placer, Neil. —Candy le tendió la mano, y tuvo un escalofrío cuando vio que el hombre se la levantaba y le daba un beso en los nudillos.

—Créeme, Candy, el placer es todo mío —respondió guiñándole un ojo—. ¿Desde cuándo trabajas aquí? —No soltaba la mano de Candy.

—Desde hace unos cuatro meses. —Seguía sin soltarla, y empezaba a ponerla nerviosa.

—Cuatro meses. —Dirigió su mirada a Terry—. Nunca habías sido tan lento, Terry. Debes de estar perdiendo estilo. —Levantó burlón el labio superior.

Antes de que Terry pudiera contestar o hacer algo peor, a juzgar por su mirada y el puño que mantenía apretado en el costado, Candy respondió:

—No creo que Terry haya perdido ningún estilo. En cualquier caso, perderlo siempre es mejor que no haberlo tenido nunca. —Se desprendió de la mano de Neil—. Me voy, Jack me está esperando. —Se dirigió entonces a Terry—. Si puedes, llámame. Adiós.

Terry esperó a que Candy entrara en el ascensor para enfrentarse de nuevo a Neil.

— ¿Qué haces aquí? —Se metió las manos en los bolsillos; tenía que controlarse.

—Cuido de mis intereses. Como muy bien le has dicho a tu «amiguita», soy miembro del consejo directivo de The Whiteboard. —Iba a seguir, pero Terry lo interrumpió

—No hables de Candy en ese tono o haré lo que llevo años deseando hacer.

— ¿Qué? ¿Pegarme? —La postura chulesca de Neil no podía ser más exagerada.

—No. Eso lo dejo para tipos como tú. Me refiero a contarle la verdad a tu tío. Nunca entenderé los misterios de la genética; cómo podéis pertenecer a la misma familia alguien tan honrado como Tom y una serpiente tramposa como tú.

—Vamos, los dos sabemos que no se lo dirás nunca. A lo mejor a mí me echan, pero tú perderías mucho más. Recuerda que tengo ciertas fotos no muy dignas de tu «querido» papá.

Vio que Terry retrocedía como si hubiera recibido un golpe.

— ¿Qué haces aquí? —Terry repitió su pregunta. Sería mejor centrarse en Neil y dejar a su padre y a Candy fuera de la conversación.

—Los negocios que tenía en Nueva York ya han concluido. Además, he oído que les están «robando» artículos. —Chasqueó la lengua—. Terry, como he dicho, estás perdiendo facultades. En la universidad no te despegabas de tus apuntes ni de tus notas por nada del mundo. —Esperó a ver si Terry reaccionaba, pero éste se mostraba impasible—. Los números no son muy buenos. Si esto no se soluciona pronto, tal vez tengamos que cerrar. Por eso estoy aquí. Por nada del mundo me perdería ver cómo mi tío se queda sin la niña de sus ojos, y comprobar además cómo no eres más que un perdedor. —Empezó a andar hacia la puerta de salida.

—¡Neil! —Terry lo llamó para que se volviera—. Yo que tú me lo tomaría con calma. Hasta la próxima. —Y se marchó a la reunión a la que ya llegaba diez minutos tarde.

La reunión fue relativamente bien, la revista empezaba a obtener beneficios, pero lo que había dicho Neil era cierto: si no mejoraban, el cierre era una amenaza real. Tanto Tom como Terry eran conscientes de que tenían que encontrar al responsable de los robos antes de que fuera demasiado tarde. Era evidente que alguien intentaba hundirlos y tenían que averiguar quién y por qué. No había tiempo que perder.

—Cuéntamelo. —Tom se quitó los lentes y sonrió. Estaban solos en su despacho y llevaba ya horas deseando interrogar a Terry.

—Qué —Terry seguía mirando las fotografías de la edición de aquella semana y ni siquiera levantó la cabeza.

—No disimules. Hace meses que no te veía sonreír, y hoy tienes una cara de felicidad que dan ganas de sacudirte. Vamos, desembucha. —Estiró las piernas.

Terry dejó las fotografías. Se había ruborizado de la cabeza a los pies. No tenía escapatoria.

—Tenías razón. —No pensaba decir nada más.

—Ya lo sé, siempre la tengo, es uno de los privilegios de ser mayor. Pero dime, ¿en qué tenía razón? —No iba a dejarlo escapar.

—En lo de Candy. Es fantástica. —Le sudaba la espalda. Siempre había sido muy reservado en cuanto a sus relaciones, y tampoco quería poner a Candy en un compromiso delante de Tom.

—Me alegro. —Se levantó y le colocó la mano en el hombro—. Siempre he pensado que estabas demasiado solo. A pesar de todas tus teorías al respecto, te mereces ser feliz, y creo que esa chica puede convencerte de ello.

—Gracias. —A Terry no le ocurrió qué otra cosa decir.

— ¿Van a venir el sábado a casa?

—Sí, pero prométeme que controlarás a Paty y a las niñas. Tú ya me has torturado bastante, no sé si podría sobrevivir a un interrogatorio de tus chicas.

—Lo intentaré. Vamos, a ver si acabamos de repasar esto. —Tom volvió a sentarse y retomó la lectura del artículo que tenía entre manos.

—Tom, al llegar me he encontrado con Neil. ¿Le has dicho lo del robo de los artículos?

—No, no ha hecho falta, ya lo sabía. Supongo que no es necesario que te diga que cree que eres el único responsable. Está convencido de que todo es culpa tuya.

—Ya me lo imagino, pero lo importante es lo que piensas tú. —Y enarcó una ceja a modo de pregunta.

—No digas tonterías. Ya sabes que confío en ti. Aunque desde luego estaré más tranquilo cuando hayamos encontrado al ladrón. ¿Has averiguado algo?

—No, hoy empezaré a repasar los datos que tengo sobre los periodistas más «sospechosos». Odio hacer esto. ¿Y tú, tienes algo?

—Tampoco. Pero creo que se me ha ocurrido una cosa. Cuando lo tenga más claro te lo contaré. ¿Tienes hambre? ¿Qué te parece si pedimos que nos suban algo de la cafetería?

—Me parece que es la primera buena idea que has tenido en todo el día, jefe.

Candy tuvo también un día ajetreado. Pasó toda la mañana preparando el nuevo diseño de las páginas de la revista. Jack había pensado que un modo de contrarrestar en cierta medida el robo de los artículos era ofreciendo un diseño más innovador a los lectores, y la idea le había gustado mucho a Tom. Sin embargo, para poder llevarla a cabo, todo el departamento de diseño y maquetación llevaba días trabajando al doscientos por cien.

—Candy —la interrumpió Jack—. Yo necesito descansar un poco y voy a salir a comer, ¿me acompañas? —Ella guardó lo que estaba haciendo y tomó su bolso.

—Sí, claro. La verdad es que tengo hambre. ¿Viene Amanda con nosotros? —preguntó.

—No. Me ha dicho que Tom y Terry están repasando unos artículos y prefiere quedarse arriba por si la necesitan. Cariño, no sé qué le has hecho a Terry, pero sea lo que sea, me alegro.

Habían salido ya de la revista y Jack dudaba entre el hindú de la esquina y la pequeña cafetería italiana que había dos calles más abajo.

—Yo prefiero comer un panini —decidió Candy.

Caminaban apresurados. Con todo el trabajo que tenían no podían perder demasiado tiempo comiendo. Una vez llegaron a la cafetería y tuvieron sus panini delante, Candy se decidió a preguntar:

—¿Por qué crees que le he hecho algo a Terry?

—Porque está contento. Creo que hacía años que no lo veía así. —Vio cómo Candy se sonrojaba—. Además, en mi opinión, hacen una pareja fantástica. Ahora come y no insultes mi inteligencia diciendo que sólo son amigos.

Ella se atragantó y tuvo un ataque de tos; cuando se le pasó, se atrevió a mirar a Jack.

—No sé si somos una pareja fantástica. Para serte sincera, no sé qué somos.

Jack enarcó las cejas y en un gesto de amistad le tomó la mano.

—Terry siempre ha sido muy frío, al menos por lo que yo lo conozco. Pero desde que tú llegaste es distinto. Al menos ya no esconde tan bien sus emociones. Parece más humano. —Al ver que ella levantaba una ceja, continuó—. Bueno, tengo que reconocer que durante unos días pensé que iba a matar a alguien. Nunca le había visto tan enfadado ni tan confundido. Pero hoy estaba... no sé, más relajado, más joven, incluso le he oído contar un par de chistes. Eso significa algo, seguro. —Siguió comiendo su panini y bebió un sorbo de café.

—Ya, bueno, para mí todo esto es nuevo. Estoy tan contenta que no puedo parar de sonreír. —Se acabó su almuerzo—. Jack, ¿puedo preguntarte algo?

—Dispara. —Él también había acabado, y estaba dándole un mordisco a una manzana.

— ¿De qué conoce Neil a Terry? Esta mañana, cuando nos hemos tropezado con él, ha sido como estar en medio de un duelo del Lejano Oeste. Me ha parecido que entre los dos había algo más, aparte de la revista.

—Neil es un imbécil, pero no te equivoques, no es estúpido. Neil y Terry se conocieron en la universidad, creo que al principio incluso fueron amigos, buenos amigos. No sé qué pasó entre ellos, pero debió de ser grave. Su amistad se rompió y, si no fuera porque Tom es el tío de Neil, no creo que pudieran estar juntos en la misma habitación sin pelearse. Hace unos años, en una fiesta de Navidad de la revista, oí cómo Neil amenazaba a Terry con no sé qué de su padre. Nunca olvidaré la mirada de Terry, pensé que iba a matarlo. Evidentemente, nuestro Terry no hizo nada, sólo le susurró algo a Neil y éste se marchó de la fiesta y del país. Tardó varios meses en volver a aparecer. Extraño. Le pregunté a Terry qué había pasado y se hizo el loco. —Miró el reloj y se levantó—. Deberíamos volver.

—Vamos. —Candy anduvo en silencio, no podía quitarse de la cabeza la historia que Jack le había contado. Bueno, la próxima semana vería a Nana, seguro que ella sabía algo. A Terry le habían hecho daño, de eso estaba segura, y ella iba a encontrar el modo de compensarlo por ello. O a intentarlo.

Llegó la hora de salir y Candy aún no había tenido noticias de Terry, nada, ni una llamada; seguro que había estado muy ocupado con la reunión. No sabía qué hacer, ¿lo esperaba? No, mejor no, mejor actuar como si nada. Recogió sus cosas y se fue hacia casa. Estaba cansada, no había dormido mucho y, aunque estaba enamorada del culpable, tenía ganas de tumbarse un rato y descansar. De camino, aprovechó para llamar a sus hermanas, ellas siempre se habían contado todo lo que les pasaba con los chicos, pero lo de ella y Terry tenía ganas de guardárselo unos días más; quería disfrutarlo y asegurarse de que no se lo había imaginado. Así pues, sólo les explicó que ya no iba a mudarse, y que ese fin de semana lo iban a pasar fuera.

Terry no había telefoneado a Candy en todo el día. Era verdad que había estado muy ocupado, pero no tanto como para no poder hacer una llamada. No se la había quitado en todo el rato de la cabeza, y por eso mismo había decidido que era mejor no hablar con ella. Los hombres siempre han sido animales extraños. Quería pensar, reflexionar sobre como actuar a partir de entonces. No había llegado a ninguna conclusión, y lo único que había logrado había sido tener una erección permanente durante todo el día. Sólo con recordar lo de la noche anterior, se le aceleraba el pulso y le sudaba la espalda.

Nunca había sentido con tanta intensidad al hacer el amor, quizá exceptuando la primera vez que se acostó con Candy, e incluso entonces fue distinto. Y nunca jamás había relacionado el sexo con el amor, pero con ella le era imposible no hacerlo. En sus treinta años de vida, se había acostado con bastantes mujeres, no tantas como Albert, pero tampoco había sido un monje. Nunca había tenido una relación afectiva estable; como máximo, alguna compañera de viaje como Susana, una mujer que sólo se amaba a sí misma y que lo único que quería y ofrecía era buen sexo sin obligaciones. A él eso siempre le había funcionado, era una manera de no tener que hacer frente a sus demonios personales; a su padre, amar a su madre lo había convertido en un alcohólico, en un mal padre y, al final, en un cadáver, mientras que a su madre, la increíble Eleonor, nada de aquello le había importado lo más mínimo. El amor no existía, y si existía, nunca acababa bien. No, seguro que enamorarse no podía ser bueno. Pero Candy se merecía que lo intentara. Se merecía que él arriesgara su corazón tanto como ella. Sí, eso iba a hacer, iba a cuidarla y a quererla, y a esforzarse por que fuera feliz allí con él. Y si algún día quería volver a Chicago, la apoyaría. Sólo esperaba recuperarse de su partida. Apagó la computadora y se fue a casa.

Cuando abrió la puerta del apartamento, lo primero que notó fue que no veía a Candy por ningún lado. Dejó sus cosas y oyó correr el agua. Ah, se estaba duchando. Intentó no pensar en ella mojada, pero fue inútil. Volvió a intentarlo. Espuma. Tenía que hacer algo, de modo que entró en el baño silenciosamente. La mampara de la ducha estaba totalmente empañada, pero dejaba adivinar la figura de Candy; era preciosa. Ella estaba levantándose el pelo, y cuando acabó, enfocó el chorro de agua hacia su nuca; debía de dolerle la espalda. Sin pensarlo, Terry se desnudó sigilosamente y se metió en la ducha.

—¿Terry? ¿Qué haces aquí? —le preguntó Candy sorprendida mientras con las manos intentaba taparse algo.

—Candy, ya te he visto desnuda, ¿te acuerdas? —Él sonreía viendo los malabarismos que ella estaba haciendo—. ¿Te duele la espalda?

La acercó lentamente a él. Ahora los dos estaban empapados. Antes de que pudiera responder, la besó y le abrió la boca con la lengua, lamiendo las gotas de agua que ella tenía en la comisura de los labios. La había echado de menos.

—Hola —le dijo al separarse de ella un momento para volver a besarla en seguida. La acariciaba, tenía la piel caliente.

—Hola —respondió ella, mirándolo directamente a los ojos—. ¿Estás bien? —Notaba algo en sus besos, como una necesidad que no lograba entender.

—Ahora sí. —Le pasó cariñosamente la mano por el pelo—. Date la vuelta.

Ella levantó la ceja a modo de pregunta.

—Voy a darte un masaje —respondió él poniéndola de espaldas. Candy estaba nerviosa, no sabía qué se suponía que debía hacer. Él debió de notarlo—. Relájate. Cierra los ojos. —Empezó a masajearle la nuca, apretando exactamente los puntos que notaba más cargados—. Deja que te mime.

—Mmmmm...

—¿Te gusta?

—Ajá... mucho. —Apoyó las manos y la frente en la pared que tenía delante.

Terry se puso un poco de jabón en las manos y pegó su cuerpo al de Candy. Le mordió los hombros, el recuerdo de su sabor lo había obsesionado durante todo el día. Empezó a acariciarle los pechos; con el agua y el jabón, su piel era aún más suave. Era la primera vez que estaba tan obsesionado con una mujer, quería saberlo todo de ella, conocer todos sus sueños, sus miedos; nunca había sentido esa conexión sexual y emocional con nadie. Seguro que con el tiempo se apagaría. Eso, o los dos acabarían exhaustos de tanto hacer el amor. Notó cómo ella temblaba y cómo intentaba darse la vuelta para poder quedar frente a él.

—Shh, quieta. Déjame hacerlo.

Candy quería volverse, besarlo y ver sus ojos, pero se dio cuenta de que hacer aquello para él era importante. Parecía como si quisiera demostrar algo.

—De acuerdo —susurró ella.

Terry siguió besando, lamiendo, mordiendo su espalda, su nuca, pegado a su cuerpo. Estaba tan excitado que su erección la rozaba. Con los dedos, le dibujó los pechos, se los acarició, se los pellizcó, y luego deslizó sus temblorosas manos hasta el lugar más ardiente de Candy. Jugó con ella, la apretó aún más contra la pared, le besó el cuello, le susurró al oído lo excitado que estaba, y finalmente introdujo los dedos en su interior. Notó cómo sus movimientos seguían el ritmo de la mano de él, cómo su respiración se alteraba aún más. Nunca lo había excitado tanto la respuesta de una mujer. Ella ni siquiera lo había tocado y ya estaba a punto de perder el control. Candy bajó una de las manos que tenía apoyadas en la pared y la colocó encima de la suya.

—Terry, para, quiero hacer el amor. No puedo aguantar más.

—Pues no lo hagas.

Él le susurró lo sexy que le parecía, lo mucho que le gustaba acariciarla, sentir su calor por toda la piel. A cada palabra, le besaba la nuca, la oreja, la espalda y movía la mano rítmicamente, con la de ella encima, hasta que Candy empezó a estremecerse, su espalda se tensó y, finalmente, cayó rendida en sus brazos. Terry la abrazó y, ahora ya frente a frente, la besó con dulzura.

— ¿Aún te duele la espalda?

Candy entreabrió los ojos y con una media sonrisa respondió:

— ¿Qué espalda?

Terry salió primero de la ducha y preparó una bata para Candy, que permaneció un par de minutos más bajo el agua antes de salir. Una vez fuera, vio que Terry le había dejado preparado su pijama para que no tuviera que ir a la habitación a buscarlo. Se vistió y fue a su encuentro.

— ¿Terry?

— ¿Sí? —Él se había puesto una camiseta blanca y un pantalón de algodón. Aún tenía el pelo mojado—. ¿Estás bien?

—Sí —respondió ella sonrojándose—. ¿Y tú?... Tú no... Bueno, ya me entiendes.

Terry soltó una carcajada.

—Te entiendo perfectamente, pero no te preocupes. Estoy muy bien.

— ¿Ah, sí? —Candy se acercó a él, que estaba sentado en el sofá con la computadora portátil abierta encima de la mesa.

—Sí. Me gusta cuidarte. —Le dio un beso—. Me gusta hacerte feliz.

—Y a mí. —Ella le devolvió el beso y vio que hablaba en serio. A él no le importaba que ella no le hubiera hecho nada en la ducha.

— ¿Tienes hambre? —le preguntó Terry acariciándole cariñosamente el pelo.

—Sí. —Su estómago hizo un ruido escandaloso—. Mucha.

—Yo también —dijo Terry relajado—. ¿Qué te parece si voy a la esquina a comprar un par de esos sándwiches que tanto te gustan?

—Genial. ¿De verdad no te importa?

—Por supuesto que no. —Se levantó del sofá y le dio otro beso—. Espérame aquí. Ahora que te he encontrado no quiero perderte de vista.

—Aquí estaré. Por nada del mundo me iría a ninguna parte. —Candy quería abrazarse a Terry y comérselo a besos, pero como su estómago volvió a entrar en acción, supuso que lo mejor sería aceptar su ofrecimiento de comida.

—En seguida vuelvo.

Él se fue del piso con una sonrisa en los labios. Entró en la tienda de comestibles favorita de Candy y, mientras hacía cola para que le atendieran, se acordó de que a Anthony también le gustaba mucho la comida de allí. Él nunca había llegado a preguntarle a Candy qué había pasado entre ellos dos, y, aunque se repetía que no debía importarle, sabía que le importaba. Tenía que preguntárselo. Al menos, así dejaría de torturarse con la incertidumbre.

Candy se estaba durmiendo en el sofá. Había sido un día lleno de emociones y aquella ducha la había dejado muy, muy relajada. Se esforzó por mantener los párpados abiertos, pero no lo consiguió.

— ¿Has dormido bien, princesa? —le preguntó Terry cuando ella abrió los ojos.

—Me he quedado dormida. Lo siento. —Vio que los sándwiches que Terry había comprado estaban esperándola encima de la mesa—. ¿Cuánto rato he dormido?

—Una media hora. No te preocupes, he aprovechado para trabajar un poco. —«Y para torturarme con imágenes de ti con Anthony», pensó—. ¿Quieres comer? —Se levantó y empezó a preparar los cubiertos.

—Sí, estoy muerta de hambre.

Ya estaban acabando de cenar cuando Terry le preguntó:

— ¿Mañana vamos a casa de Tom, te acuerdas? —Había querido preguntarle otra cosa, pero al final no se había atrevido.

—Sí, claro. —Candy no podía dejar de bostezar—. Creo que lo mejor será que me vaya a la cama. ¿Vienes?

—No puedo, tengo que acabar de repasar unas cosas.

— ¿Vas a quedarte mucho rato? —Candy le dio un beso entre palabra y palabra—. No quiero estar en la cama sin ti.

—Un poco, quiero acabar esto para enseñárselo mañana a Tom. —Ella volvió a besarlo—. No me tientes. Vamos, vete. Te prometo que no tardo nada. Pero antes de que te vayas, me gustaría preguntarte una cosa. —Se le hizo un nudo en la garganta.

—Lo que quieras —respondió ella al instante, sorprendida por el cambio de actitud.

— ¿Pasó algo entre tú y Anthony? —Y apretó los puños a la espera de su respuesta.

— ¿Y si te dijera que sí? —preguntó ella a su vez mirándolo a los ojos.

—Entonces te pediría que no volviera a suceder, por favor. Quiero darle una oportunidad a lo nuestro.

— ¿No te importaría que me hubiera acostado con él?

Él tardó unos segundos en contestar.

—Sé que se supone que debería decir que no —se pasó nervioso las manos por el pelo—, pero mentiría. Me importaría. Mucho. Muchísimo.

—Pues no pasó nada —explicó ella sincera al ver que él, sin saberlo, le estaba ofreciendo un pedacito de su corazón—. Nada.

— ¿De verdad? —Terry empezó a tranquilizarse.

—De verdad. Yo nunca haría algo así. Y Anthony tampoco. Él te quiere mucho, ¿sabes?

—Ya, bueno. Supongo que sí. —Terry sonrió—. De lo contrario, seguro que habría intentado acostarse contigo.

— ¿Y tú? —Ya que él había sacado el tema, Candy decidió preguntarle sobre Susana.

— ¿Yo qué? —Él no entendía la pregunta.

—Susana. —Candy se limitó a pronunciar ese odioso nombre.

— ¿Susana? —Terry pareció realmente ofendido—. No creo ni que lograra excitarme.

Candy se ruborizó al oír ese comentario tan gráfico y a la vez tan sincero.

—En cambio, contigo, ése parece ser mi estado permanente. —Terry se acercó a ella y le dio otro beso—. Vamos, vete ya o no acabaré esto nunca.

—De acuerdo. —Candy se rió y se apartó de él.

Caminó hacia el pasillo y, por un instante, tuvo una duda, ¿entraba en su habitación o en la de Terry? Él ya estaba sentado frente al ordenador y Candy oyó cómo las teclas dejaban de repicar un segundo. Notó los ojos de él clavados en su nuca y, sin dudarlo, abrió la puerta de la habitación de Terry. Sintió que él sonreía a su espalda.

—Buena elección, princesa —dijo en voz baja. Candy no lo había oído, pero seguro que sabía que eso lo había hecho feliz.

Por desgracia, Terry tuvo que quedarse un par de horas más trabajando en el nuevo artículo. La próxima edición estaba a punto de salir y quería tenerlo acabado por si volvían a ser víctimas de un robo. También aprovechó para revisar un par de currículos. Odiaba desconfiar de sus compañeros, pero tenía que reconocer que la teoría de Tom tenía cierta lógica. Por suerte, no encontró nada y decidió irse a dormir.

Abrió sigilosamente la puerta; Candy ya estaba dormida, y él se desnudó y se metió en la cama. No sabía cómo ponerse, era la primera vez que dormía con una mujer sin haber tenido relaciones sexuales antes. Estaba rígido, no sabía qué hacer, pensó que no pegaría ojo en toda la noche, hasta que Candy se movió y se abrazó a él. Estaba dormidísima, pero se acurrucó a su lado y susurró su nombre. Entonces, Terry cerró los ojos y se durmió.

CONTINUARA...


MIL GRACIAS POR SUS REVIES...

pues lo prometido es deuda... y miren que dude en subirlo, y no porque no cumpla lo que digo.. sino que solo ANON.. estaba mandando reviews y pues me dio cosa... jajajajaa... pero aquí esta el capitulo que prometí...

SALUDITOS