ADVERTENCIA: El siguiente capítulo contiene escenas de carácter sexual, si te sientes susceptible a este tipo de escenas abstente a leer. Capítulo 12
Capitulo 12
Al sonar el despertador, Candy fue la primera en despertarse, abrió los ojos y tras comprobar que Terry seguía dormido, se levantó y se fue a la ducha. Luego preparó su bolsa para ir a casa de los Stevens. Estaba un poco nerviosa. Aparte de Nana, ellos eran lo más parecido a una familia para Terry, así que no quería causar mala impresión. Mientras escogía la ropa se le ocurrió que quizá Tom y su esposa supieran algo sobre la muerte del padre de Terry; tendría que encontrar el modo de hablar con ellos. Ya vestida, preparó el desayuno y fue a comprobar si él se había despertado.
—Terry, ¿estás despierto?
Vio que la cama estaba vacía y oyó correr el agua. Se estaba duchando. Por un instante, estuvo tentada de interrumpir su ducha igual que él había hecho el día anterior, pero descartó la idea. Quería que Terry confiara en ella, y el sexo, aunque era fantástico, sólo servía para que él ejerciera un control más fuerte sobre sus emociones. Tenía que encontrar el modo de que bajara la guardia y, la próxima vez que hicieran el amor, el señor Grandchester no sería capaz de controlar nada. Ya se encargaría ella de eso.
Terry apareció en la cocina perfectamente duchado y con una bolsa de viaje en la mano. Vio que Candy estaba desayunando tostadas y leyendo un libro. Se la veía feliz, y a él le dio un vuelco el corazón.
— ¿Qué estás leyendo?
Candy acabó de masticar el bocado que aún tenía en la boca.
—El conde de Montecristo. ¿Lo has leído?
—No. Pero he visto la película.
—La película no está mal, pero el libro es genial. Yo lo he leído muchas veces, es uno de mis preferidos. Siempre que viajo, lo llevo conmigo. —Señaló el libro que ahora estaba encima de la mesa—. Me lo regaló mi abuelo.
Entonces Terry se dio cuenta de lo vieja que era la edición y de lo gastado que se veía el libro. Recordó que el abuelo de Albert y Candy era un señor serio y reservado, pero que quería a sus nietos con locura.
— ¿Tu abuelo?
—Sí. Supongo que heredé de él la pasión por los libros. Murió hace seis años. —Candy cambió de tema—. En fin, ¿a qué hora tenemos que irnos?
—No hay prisa. Hemos de estar allí a la hora de comer. —Se acercó a la mesa y cogió la novela—. ¿Me lo dejarás? —Antes de que ella pudiera contestar, él bajó la cabeza y le dio un beso.
—Claro —respondió Candy.
— ¿Sabes una cosa? —Dijo él mientras le colocaba un mechón de pelo detrás de la oreja—. Aún tengo Charlie y la fábrica de chocolate. Siempre lo he llevado conmigo; en la universidad, en mis trabajos. Ahora está guardado en el primer cajón de mi escritorio.
Ella se sonrojó al acordarse del día en que le regaló ese libro, y lo miró sorprendida. No esperaba que él lo hubiera guardado todos esos años. No sabía qué decir, así que optó por una salida fácil:
—Yo ya estoy lista. Cuando quieras podemos irnos.
Terry la miró, y vio en ella una determinación que no había visto antes. Algo estaba tramando, pero si Candy no se lo contaba, él, de momento, no iba a preguntárselo.
—Pues vamos.
En el coche, a él se le veía pensativo; conducía sin decir nada, no podía dejar de dar vueltas a cómo le estaba cambiando la vida.
—No pienses tanto —dijo Candy sin dejar de mirar el paisaje.
—No estoy pensando —contestó él ceñudo.
—Sí lo haces; puedo oír tus pensamientos desde aquí. —Entonces ella se volvió y lo miró—. Si sigues así, se te arrugará la frente. —Le acarició el entrecejo con suavidad.
—Está bien —reconoció él—, estaba pensando.
— ¿En qué? —le preguntó ella, dejando de acariciarle.
— ¿En qué?, ¿cómo «en qué»?
Ella no contestó.
—Pues en «lo nuestro» —prosiguió él malhumorado.
— ¿Lo nuestro? —Candy sonrió—. ¿Te han dicho alguna vez que te preocupas demasiado?
—Constantemente.
—Pues deberías dejar de hacerlo. —Volvió a acariciarlo, esta vez en la nuca.
—Ya. —Le costaba pensar con ella tocándolo—. Me preocupa que acabe haciéndote daño. No me lo perdonaría.
—No vas a hacérmelo. —Notó cómo se le tensaban los músculos del cuello—. Tranquilo, ya soy mayorcita y sé dónde me estoy metiendo. —Seguía acariciándole y él fue relajando la respiración.
—Me alegro de que al menos uno de los dos sepa lo que está haciendo. —Soltó el aliento—. Mira, estamos llegando, es esa casa.
La vivienda de fin de semana de la familia Stevens era preciosa. Se trataba de una granja antigua que Paty, la mujer de Tom, había restaurado. Estaba en medio de una enorme pradera verde, y en una esquina se veían unas vacas y unas ovejas acompañadas por dos grandes perros. Aparcaron el coche, y en el mismo instante en que Terry detuvo el motor, por la puerta salieron corriendo dos niñas de unos siete y nueve años.
—¡Terry! —Gritó la más pequeña al mismo tiempo que se le colgaba del cuello—. Hacía mucho que no venías.
—Tu padre es muy malo y me tiene todo el día trabajando —contestó Terry sonriendo y besando a la pequeña en las mejillas.
—Tú sabes que eso no es verdad —dijo Paty descolgando a Natalie del cuello de Terry para poder darle ella también dos besos—. Me alegro de verte. —Le peinó cariñosamente el pelo—. ¿Vas a presentarme a Candy?
—Mamá —dijo Alicia, la mayor de las hijas de Tom—, no entiendo lo que decía papá de la cara de idiota de Terry. Yo lo veo igual que siempre.
Terry se sonrojó, y para intentar ocultar un poco la vergüenza que sentía, se agachó delante de Alicia.
— ¿No vas a darme un beso? —le preguntó
—Claro. —La niña lo besó cariñosamente—. ¿Te vas a quedar a dormir?
—Si a tu madre le parece bien. —La despeinó un poco.
—A su madre le parece bien —contestó Paty.
— ¿Podremos jugar a los piratas? —preguntó Alicia, ansiosa.
—Por supuesto.
La niña, satisfecha con la respuesta, cogió a su hermana pequeña del brazo y echó a correr hacia el cobertizo que hacía las veces de barco pirata. Candy había observado toda la escena fascinada. Le encantaba ver esa faceta dulce y cariñosa de Terry, le daba esperanzas. Si era capaz de ser tan afable con unas niñas pequeñas, tal vez lograría que confiara en el amor.
—Candy —Terry le acarició el brazo—, me gustaría presentarte a Paty, la mujer más valiente del mundo, la esposa de Tom.
—Terry, no digas tonterías —lo riñó cariñosa—. Estoy encantada de conocerte, Candy.
—Lo mismo digo. Tienes unas hijas maravillosas.
—No te dejes engañar, son malísimas —dijo sonriendo—, aunque creo que gran parte de culpa la tiene Terry. Cuando eran más pequeñas, él solía pasar mucho tiempo aquí. —Paty se calló y recordó cómo se había quedado Terry después de la muerte de su padre, y cómo Tom lo había obligado a vivir con ellos durante un tiempo. Se pasaba los días casi sin hablar, y las noches al lado de la cuna de Alicia, como si viéndola dormir pudiera combatir la pena que lo abrumaba—. En fin, podrás verlo por ti misma esta noche, cuando los piratas nos ataquen. —Ante la mirada perpleja de ambos añadió—. Vamos, voy a enseñarte su cuarto.
— ¿Nuestro cuarto? —preguntó Terry tropezando con la bolsa que había sacado del maletero. Candy no sabía dónde mirar.
—Terrence Grandchester, ¿vas a insultar mi inteligencia diciendo que quieres cuartos separados? —dijo Paty desafiante.
Terry no contestó, pero Candy sí lo hizo.
—No creo que Terry sea capaz de articular una palabra, pero yo sí. Tienes razón, Paty, una habitación es todo lo que necesitamos. Bueno, no todo, pero basta para empezar.
— ¿Terry? —Preguntó Paty, curiosa— me gustas tú, Candy. Ya era hora de que Terry recordara que tiene corazón. Es por aquí.
Terry continuó mudo, pero tomó la bolsa y siguió a Paty hacia el interior de la granja.
—Esta habitación es la que solía ocupar Terry cuando pasaba largas temporadas con nosotros. El año pasado decidí redecorarla, espero que estén cómodos. Pueden utilizar el baño del pasillo.
—Es perfecta, Paty, gracias —contestó Candy mirando desde la ventana—. Me encanta este lugar.
La mujer sonrió.
—Los dejo para que se instalen —dijo. A continuación abrazó a Terry y le susurró de modo que Candy no pudiera oírlo—: Cuando recuperes la voz, me gustaría que me contaras cómo has logrado que una chica así se enamorara de ti.
—No tengo ni idea —respondió él devolviéndole el abrazo.
—Los espero en la cocina —se despidió Paty al salir de la habitación—. Supongo que Tom ya habrá regresado de correr, y que las niñas estarán ansiosas por jugar contigo.
Candy y Terry se quedaron solos. Ella seguía mirando por la ventana, le fascinaba el paisaje, parecía una escena de Orgullo y Prejuicio. Terry abrió la bolsa y empezó a guardar la ropa en los cajones de la cómoda, como si fuese algo que hubiera hecho miles de veces.
—Es precioso —musitó Candy.
Terry seguía ordenando la ropa.
— ¿Estuviste mucho tiempo aquí?
—Bastante —respondió él escueto sin dejar de hacer lo que hacía.
— ¿Cuándo? —Candy insistió sin darse la vuelta, deseando con todas sus fuerzas que Terry confiara en ella.
Él dejó de moverse por la habitación, se sentó en la cama y se pasó nervioso las manos por el pelo.
—Cuando murió mi padre. —Tomó aliento—. Creí que me iba a volver loco. De no haber sido por Tom y Paty, no sé si Nana hubiera podido consolarme. ¿Sabes qué fue lo peor de todo?
Candy se dio la vuelta y se sentó a su lado en la cama.
— ¿Qué? —Ella entrelazó sus dedos con los de él.
Terry cerró los ojos y bajó la cabeza.
—Saber que yo no había sido suficiente.
Candy no dijo nada y esperó a que él decidiera o no continuar.
—Cuando mi madre se fue, mi padre empezó a beber. El cáncer fue únicamente el último golpe. Durante años, él se había encargado de acabar por sí solo con su hígado y con parte de sus pulmones. —Respiró hondo—. Nunca logré convencerlo de que dejara de beber. —Cerró los ojos—. Igual que nunca logré convencer a mi «queridísima» madre de que aceptara verlo. —Levantó la cabeza—. No sé por qué te estoy contando esto. Al parecer, tengo tendencia a decirte cosas que nunca le he dicho a nadie antes. —Le soltó la mano y se puso de pie.
—Yo tampoco lo sé, pero me gusta que sea así —replicó Candy acercándose a él. No tenía intención de permitir que se arrepintiera de haber compartido esos sentimientos con ella, así que le acarició suavemente la mejilla—. ¿Vamos a buscar a Paty y a las niñas? Estoy impaciente por ver qué es eso de jugar a los piratas.
Candy iba a abrir la puerta de la habitación cuando Terry le puso una mano en el hombro y la obligó a darse media vuelta. Unos escasos centímetros los separaban y él buscó sus labios con suavidad. Fue un beso dulce, lento. Mientras, con las manos le acariciaba la cara, como si quisiera grabarse en el tacto de sus dedos la forma de sus facciones. Terry no sabía muy bien qué le estaba pasando, pero sí sabía que necesitaba recordar su sabor, recordar que aún era capaz de sentir y, al parecer, sólo Candy hacía posible ese milagro. Ella le acariciaba la espalda, parecía entender lo que estaba pasando, y con sus labios y su cariño quería que él se sintiera tranquilo, feliz. Los dos se abrazaron con fuerza, sus lenguas no dejaban de acariciarse, sus corazones latían acelerados al unísono; Candy deslizó una mano por debajo del jersey de ella para sentir su piel. Entonces, poco a poco, fue bajando la intensidad del beso y, con los ojos aún cerrados, apoyó su frente contra la de Candy. Se apartó unos centímetros de ella y le colocó detrás de la oreja un mechón de pelo.
—Vamos, te enseñaré a jugar a los piratas.
—Tom, si cuentas otra vez lo de esa fiesta, juro que dormirás solo lo que te queda de vida —le dijo Paty sonriendo—. No puedo creer que me convencieras de hacer esas locuras.
—Eh, no todo es culpa mía —respondió él entre carcajadas—. No soy yo el que se apuntó a clases de danza del vientre.
—No pienso dignificar ese comentario con una respuesta. —Paty se levantó sonrojada de la silla—. Candy, ¿quieres que te enseñe los artículos que Terry escribió en la universidad, mientras los «chicos» recogen la mesa y friegan los platos?
—Me encantaría —respondió ella aún riendo—. ¿Ya se han ido a dormir las niñas?
—Sí, hace un rato. Tom, Terry, espero tener todos los platos y las copas limpias y enteras en unos veinte minutos. Nosotras los esperamos sentadas delante de la chimenea. —Se dirigió a Candy—. ¿Vamos?
—Sí, claro.
Se levantó y siguió a Paty hasta una habitación que hacía las veces de biblioteca y despacho y en la que había una chimenea con el fuego encendido. Paty se dirigió a un escritorio y de un cajón sacó una carpeta azul, se sentó en un sofá y le indicó a Candy que se sentara a su lado.
—Siempre he guardado los artículos de Terry.
— ¿Seguro que no quieres que vaya yo a lavar los platos y así Tom y tú están un momento tranquilos a solas? —preguntó Candy un poco incómoda por haber dejado a su anfitrión atrapado en la cocina.
—Vaya tontería. A Tom le encanta lavar platos, y así podrá interrogar a Terry sobre ti. Vamos, siéntate. Aparte de los artículos también tengo algunas fotos que quiero enseñarte.
Candy no pudo resistir la tentación y se acomodó al lado de Paty.
— ¿Desde cuándo conoces a Terry?
—Desde que murió su padre, hace ya nueve años. Me acuerdo porque Alicia acababa de nacer, y a Terry le encantaba quedarse en su habitación, mirándola mientras dormía. —Rebuscaba entre los papeles de la carpeta—. Mira, este artículo es el primero que Tom descubrió.
Candy empezó a leerlo; era fascinante la fuerza y la rabia que se desprendía de cada línea. Oyó cómo Paty se levantaba y tomaba una fotografía que había encima de una mesita.
—Esta fotografía es de ese invierno. —Se la acercó a Candy—. Siempre ha sido una de mis favoritas. Tom quería que la incluyera en una de mis exposiciones, pero siempre me he negado. Es demasiado íntima, demasiado mía.
—Lo entiendo —susurró Candy ensimismada mirando la foto. En ella, Terry estaba sentado en un sofá, con Alicia en los brazos. Los dos estaban dormidos y por la ventana de la habitación entraba una luz mágica que hacía que los dos parecieran igual de inocentes, igual de necesitados de protección.
—Recuerdo ese día —explicó Paty—. Yo volvía de fotografiar unos terneros recién nacidos y cuando entré en la habitación y los vi no pude resistir la tentación. Se los veía tan dulces, tan tranquilos. Creo que era la primera vez que Terry dormía en dos semanas.
Candy notó cómo los ojos se le llenaban de lágrimas, y para relajar un poco el ambiente decidió cambiar de tema.
— ¿Eres fotógrafa?
—Sí, bueno, lo intento. —Paty la tomó de la mano—. No te preocupes por llorar, él no ha sido capaz de hacerlo, así que está bien que alguien que le quiera llore por él.
—Ya —susurró Candy frotándose los ojos con los puños del jersey—. La verdad es que aún no sé qué va a pasar con nosotros.
—Nadie lo sabe —contestó Paty—. ¿Quieres que te enseñe las fotografías que tomé de las niñas el año pasado por Halloween? Con una de ellas gané un concurso.
—Me encantaría —respondió Candy sonriendo de nuevo—. A ver si así dejo de hacer el ridículo durante un rato.
Mientras, en la cocina, Tom estaba haciendo lo que Paty había anunciado; es decir, estaba interrogando a Terry.
—Bueno, ¿cómo van las cosas? —Era un primer intento de acercamiento sutil y ambiguo.
—Bien, como siempre —respondió Terry mientras lavaba una de las bandejas.
— ¿Como siempre? —Tom le guiñó un ojo—. Yo no recuerdo haberte visto nunca sonreír más de dos veces seguidas en la misma noche. Hasta hoy.
—Ya.
— ¿Cómo que ya? —Tom optó por abandonar la sutileza—. Hace diez años que te conozco, y es la primera vez que te veo feliz. ¿Crees que te voy a dejar escapar sin que me cuentes todos los detalles? Ni loco. Si lo hago, Paty me mata. Vamos, compadécete de mí y cuéntamelo.
—Pues —Terry carraspeó—, no sé. —Se sonrojó—. Primero pensé que sólo me sentía atraído por ella, que la deseaba.
—Para, para. —Tom levantó la mano con la que enjuagaba los platos—. Piensa que tengo el corazón de un hombre de cincuenta y siete años.
Terry continuó como si no lo hubiera oído.
—Pero por desgracia es peor.
— ¿Peor? —preguntó Tom sorprendido.
—Mucho peor. —Terry lavaba los platos completamente concentrado—. No dejo de pensar en ella. No puedo dejar de pensar en ella.
—Eso no es malo. —Tom le puso una mano sobre el hombro—. Se llama amor, y cuando te acostumbras está bastante bien.
Terry cerró el grifo y colocó el último plato en el escurridor.
—Es que me da miedo acostumbrarme.
— ¿Miedo? ¿A qué tienes miedo? —Tom intuía la respuesta, pero quería oírselo decir a Terry.
Este se dirigió a la puerta de la cocina y colgó el delantal.
—Tengo miedo de convertirme en mi padre —contestó sin atreverse a mirar a Tom a la cara.
Él le puso la mano en el antebrazo para poder decirle lo que pensaba de semejante estupidez, antes de ir a reunirse con Paty y con Candy.
—Terry, tú no eres tu padre, nunca lo has sido y nunca lo serás, y Candy no es tu madre. —Buscó su mirada—. Tú nunca elegirías el camino que tomó Richard cuando Eleonor los abandonó. ¿Lo entiendes?
—Lo entiendo. ¿Vamos a ver qué están tramando esas dos?
—Vamos —convino Tom, pero estaba convencido de que Terry no había escuchado ni una palabra de todo lo que le había dicho.
—En ésta están guapísimas —exclamó Candy sonriendo.
—Siempre he dicho que se parecen a mí —contestó Tom desde la puerta.
—Si, eso quisieras —lo pinchó Terry, que entró el último.
—Tom, Terry, estoy aburriendo a Candy con batallitas de las niñas. Cada vez me parezco más a mi madre. —Paty le acercó otra caja de fotografías—. Si estás harta —dijo dirigiéndose a Candy—, podemos dejarlo.
—No, en absoluto. Me encanta ver fotografías. Mi padre también nos tomaba muchas cuando éramos pequeños. Bueno, la verdad es que aún lo hace; es un poco pesado, pero vale la pena.
Candy estaba tan enfrascada con las fotos que no se dio cuenta de que Terry se había sentado a su lado en el sofá hasta que él empezó a hablar.
—Me acuerdo de un verano en que fuimos a la playa. Yo tendría nueve o diez años. Albert y yo estuvimos nadando y jugando en el mar durante horas. —Le acarició el pelo—. Tú estabas con una de tus hermanas en la arena, intentando construir un castillo, y vi cómo tu padre se ponía en cuclillas y te sacaba una foto. —Le acarició la mejilla—. Nunca la he visto, pero seguro que estás preciosa.
A Candy le costó encontrar la voz, pero lo logró.
—Es una de mis fotos preferidas. Cuando cumplí dieciochos años mis hermanos me la regalaron en una tela y la tengo colgada en mi habitación. ¿Cómo te diste cuenta de que mi padre nos estaba tomando esa foto?
—Porque te estaba mirando —contestó Terry sin dudarlo, pero al notar que se sonrojaba, decidió cambiar de tema—. Tom, ¿has leído los artículos que te he traído?
—No, y no pienso hacerlo. Hoy es sábado —miró el reloj—, y ahora mismo me voy a la cama. Mañana hablamos de ello. —Le tendió la mano a su esposa para ayudarla a levantarse del sofá—. Buenas noches, Candy.
—Buenas noches, Tom. Paty, gracias por todo —respondió ella sabiendo que Paty entendería a qué se refería.
—De nada, buenas noches.
—Tú y yo también deberíamos irnos a dormir —prosiguió Candy, dirigiéndose ahora a Terry—. Creo que mañana nos espera la venganza de los piratas. —Se levantó del sofá y se dirigió hacia la puerta—. ¿Vienes?
Él levantó la vista de las fotografías que aún tenía en el regazo y no dijo nada.
—¿Vienes? —volvió a preguntarle Candy.
—Claro. —Se levantó del sofá y la cogió de la mano.
Una vez en la habitación, ninguno de los dos sabía muy bien cómo comportarse, y Candy optó por disimular buscando la pijama y el estuche en la bolsa que aún no había deshecho. Terry abrió un cajón y tomo la pijama que antes había guardado.
—Voy al baño —dijo tras carraspear—, ¿o prefieres ir tú primero?
—No, gracias —contestó Candy—. Ve tú.
Ella aprovechó que estaba sola para cambiarse y para preparar la cama.
—Ya tienes vía libre —le comunicó Terry cuando volvió a la habitación, ya con su pijama puesta.
—Gracias, sólo tardaré un minuto.
Él se puso los lentes y tomó un libro. Necesitaba distraerse, tenía que dejar de pensar en las ganas que tenía de hacer el amor con Candy, ya que de ninguna manera iba a hacerlo con Tom y Paty durmiendo a escasos metros de ellos. Tenía que relajarse, a ver si así lograba volver a respirar con normalidad y que la sangre le circulara por todo el cuerpo, y no se concentrara sólo bajo su cintura. Se tumbó en la cama e intentó meterse en la lectura. No tenía ni idea de lo que estaba leyendo. Candy abrió la puerta y caminó en silencio hacia la cama.
— ¿Quieres que deje la luz encendida o tienes suficiente con la de la mesita de noche? —le preguntó a Terry antes de acostarse.
—Eh, no gracias. Con la de la mesilla tengo suficiente —contestó él sin apartar la mirada del libro.
—Buenas noches, pues —dijo ella, disponiéndose a dormir.
Pero pasados unos segundos se echó a reír.
— ¿De qué te ríes?
—De nada. —Seguía riéndose a carcajadas.
— ¿De nada? —Terry sonrió—. Vamos, Candy, cuéntamelo.
—Bueno, es que —dijo Candy a la vez que se incorporaba en la cama— toda esta escena me ha recordado a mis padres.
— ¿Escena? —preguntó él enarcando una ceja.
—Si, ya sabes, tú tan serio, leyendo, y yo preguntándote si necesitas más luz. Una escena muy doméstica. —Candy sonrió y le pasó la mano por el pelo. Terry dejó el libro en la mesilla y se quitó los lentes.
—Yo nunca he visto una escena así —contestó mientras apagaba la luz.
—Ahora ya sí. Buenas noches —replicó ella, y cerró los ojos. Sabía que Terry no estaba cómodo con Tom, Paty y las niñas tan cerca.
Empezaban a pesarle los párpados cuando sintió cómo él se pegaba a su espalda y la abrazaba, creyendo que ya estaba dormida. Notó su respiración en la nuca y resultó más que evidente lo excitado que estaba. La mano de Terry se deslizó por su espalda hasta ir a posarse con suavidad encima de su estómago; luego él se movió hasta quedar perfectamente encajado con ella. Candy iba a darse la vuelta cuando Terry empezó a besarle suave y cariñosamente la nuca y el cuello. Sólo fueron un par de besos.
—Candy, mi princesa —susurró entre los besos—, tengo miedo. —Suspiró profundamente y le dio un último beso en el cuello.
Candy esperó un instante y, al ver que él respiraba cada vez más despacio, se atrevió a mover su mano hasta colocarla encima de la suya, y cerró los ojos.
Por la mañana, Terry fue el primero en despertarse, y vio a Candy aún dormida acurrucada a su lado. Le encantaba verla dormir. Intentó salir de la cama, pero cada vez que se movía, ella se pegaba aún más a él, así que optó por rendirse y quedarse tumbado disfrutando del momento. Poco a poco, Candy se fue despertando.
—Buenos días —susurró aún medio dormida.
—Buenos días —contestó Terry mirándola a los ojos—. ¿Dormiste bien?
—Sí, ¿y tú?
—Sí —respondió él mientras le acariciaba la espalda—. Me gusta dormir contigo. —Bajó la cabeza y la besó.
Estaban abrazados, él le acariciaba la espalda al mismo ritmo que su lengua devoraba su labios; ella subió lentamente una pierna recorriendo la de él, para poder estar más cerca.
—¡Terry! —gritó Alicia entrando de golpe en la habitación y casi provocando un infarto a sus ocupantes—. Natalie y yo hace rato que te esperamos para jugar. ¿Por qué no te has levantado aún?
—Ya voy —contestó él dando gracias a Dios por haber estado vestido en el momento de la invasión—. Ve con Natalie y yo ahora mismo voy.
—¿De verdad? —preguntó Alicia suspicaz—. Estás raro.
—De verdad. Y no estoy raro. —Le tiró una almohada—. Vamos, vete ya, pirata. En seguida voy.
Alicia salió riéndose de la habitación y Candy, que de la vergüenza se había escondido bajo el edredón, por fin pudo respirar tranquila.
—¿Se ha ido?
—Sí, creo que es mejor que vaya a ducharme. No se debe hacer esperar a los piratas.
—Está bien, capitán Jack.
Terry se duchó y vistió a la velocidad del rayo, y mientras él jugaba a la isla del tesoro, Candy permaneció en la cocina, hablando con Tom y Paty.
—¿Puedo preguntarles una cosa? —Candy se dirigió a ambos y se sirvió un poco más de té. Le fascinaba que en ese país creyesen que esa bebida podía solucionarlo casi todo.
—Claro —respondió Paty en nombre de los dos, aceptando la taza que le ofrecía—, dispara.
— ¿Cómo era el padre de Terry?
Tom y Paty se miraron el uno al otro como decidiendo quién iba a contestar, finalmente lo hizo Tom.
—¿Tú no lo conocías?
—No mucho —contestó Candy y tomó un sorbo—. Terry pasaba mucho tiempo en mi casa, pero a sus padres sólo los vi un par de veces cuando venían a buscarlo. Creo que nunca juntos. Su padre era muy guapo, creo que Terry se parece mucho a él, y muy serio. Su madre era también muy guapa y siempre iba muy arreglada.
—¿Sabes por qué se divorciaron?
—No muy bien, pero me acuerdo de lo triste que estaba Terry. Recuerdo que vino a casa con una maleta, y que cuando mi madre lo abrazó, se echó a llorar. —Candy se emocionó al pensar en ese día—. Albert, mi hermano mayor, le dio también un abrazo, y sin decir nada salieron a pasear. Siempre ha sido de pocas palabras.
—Eleonor dejó a Richard por otro hombre —la interrumpió Paty—. Según nos contó el propio Terry, ya hacía meses que se veían, y cuando ella quedó embarazada, los abandonó. Richard se derrumbó. No podía entender lo que estaba pasando, y empezó a beber.
—Al principio no bebía mucho —continuó Tom—, pero a medida que avanzaba el divorcio y que él veía que ella había formado una nueva familia, como si él y Terry no existieran, bebía cada vez más. Seguía viviendo en Chicago, pero venía a Inglaterra muy a menudo. —Tom se pasó las manos por el pelo—. Yo conocí a Richard en la universidad, y aunque no éramos amigos siempre lo admiré como periodista. Su mejor amigo era George Jhonson, el director de The Scope, y creo que éste intentó ayudarlo tanto como pudo. Aunque no sirviera de mucho.
—Todo lo sabemos por Terry —intervino Paty—, y por su abuela. ¿Conoces a Nana?
—Sí —respondió Candy aturdida. No sabía cómo digerir tanta información—. ¿Y el cáncer? Mi hermano me contó que Richard murió de cáncer.
—Es cierto, pero él se encargó de ahorrarle mucho trabajo —respondió Tom—. ¿Te he contado alguna vez como conocí a Terry?
—No.
—Yo trabajaba como director de contenidos para un grupo editorial al que pertenecen casi todos los periódicos locales de Inglaterra, y un día casi me da un infarto al leer un artículo publicado en uno de esos periódicos.
—Es ese artículo que leíste ayer —apuntó Paty.
—Mi primera reacción fue despedir a quien lo había escrito, pero luego pensé que sería mucho mejor utilizar todo ese talento para mejores fines. Así que fui a buscarlo. Cuando llegué a la redacción de ese periódico, me dijeron que Terry se había ido, que su padre acababa de morir y que si quería encontrarlo, podía intentarlo en el bar de la esquina.
—¿En el bar? —Candy estaba sorprendida. No recordaba haber visto beber a Terry.
—Sí. —Tom se frotó los ojos—. Cuando entré allí, vi a un chico de unos veinte años sentado a la barra, frente a una botella sin abrir y con los ojos llenos de lágrimas.
Paty acarició la espalda de su marido para animarlo a continuar.
—Me presenté y le dije que quería contratarlo. Él no me respondió, se limitó a mirarme a los ojos y a preguntarme si conocía a Richard Grandchester. Le dije que sí, y entonces me dijo: «Pues cuéntame cómo era, porque lo que yo sé de él quiero olvidarlo». Le conté lo que yo recordaba de su padre de nuestra época universitaria, y poco a poco empezamos a hablar de otras cosas. Cuando el bar iba a cerrar, lo invité a venir aquí.
—Yo estaba embarazadísima —añadió Paty— y recuerdo que cuando vi a Terry me entraron ganas de llorar. Ya sabes lo sensibles que están las embarazadas. Parecía tan triste y solo.
—Lo contraté —prosiguió Tom—. Al principio nos peleábamos constantemente, ya sabes lo testarudo que es, pero nos hicimos amigos.
—La verdad es que los dos lo queremos mucho —dijo Paty—. Por eso estamos tan contentos de que te haya encontrado.
—Bueno, no sé si él me ha encontrado a mí o yo a él, pero no tengo intención de dejarlo escapar. Lo único que quiero es encontrar el modo de hacerle feliz. —Candy se mordió nerviosa el labio—. Y para lograrlo necesito su ayuda.
—Él nunca habla mucho de todo aquello —comentó Tom—, pero al parecer su madre no sólo abandonó a su padre, sino también a él. Por lo que sé, Eleonor no quiso volver a saber nada de su hijo.
— ¿Cómo pudo ser capaz de hacer algo así? —preguntó Paty indignada—. Una cosa es querer divorciarte de tu marido, pero ¿no querer ver más a un hijo tuyo? ¡Es indignante!
—Además, cuando Richard empezó a beber, no sólo arruinó su salud, sino también la reputación que tenía como periodista. Ya sabes cómo es la gente. Desde su muerte, lo que se recuerda de él es que era un borracho. Nadie se acuerda ya de lo fantásticos que eran sus artículos antes de la bebida. Terry lo pasó muy mal, no puedo ni imaginar lo que se debe de sentir al ver cómo tu padre se destruye por culpa de una mujer que ni siquiera se lo merece. —Tom tomó aire—. Bueno, ahora ya sabes todo lo que nosotros sabemos.
—Gracias por contármelo —respondió Candy aún emocionada.
—Será mejor que cambiemos de tema —propuso Paty mirando por la ventana de la cocina—. Por ahí vienen Barbanegra y sus compinches.
Candy se bebió el té que quedaba en su taza, se levantó y salió al jardín al encuentro de su pirata favorito.
En el coche, de regreso a Londres, Terry no dejó de hablar en todo el rato. Candy le preguntó por Alicia y Natalie, y él empezó a contarle todas las travesuras que les había visto hacer desde pequeñas. Le explicó en qué consistía el juego de los piratas, de qué se habían disfrazado todos los años, lo malas que eran con él. De vez en cuando, mientras hablaba, Terry descansaba la palma encima de la pierna de Candy, y, en un semáforo, incluso le tomó la mano y le besó los nudillos. A Candy le gustaba ese Terry dulce y relajado, un Terry que parecía cómodo en su piel. Estacionaron el coche y caminaron hasta el edificio del portal naranja.
—La he pasado muy bien —dijo Candy subiendo la escalera—. Tom y Paty te quieren mucho.
—Pareces sorprendida —contestó Terry abriendo la puerta y entrando en el apartamento—. ¿Crees que soy difícil de querer? —preguntó sonriendo.
—Para nada —respondió ella cerrando tras de sí. Iba a encender la luz cuando Terry la tomó de los hombros y la empujó suavemente contra la puerta. Colocó las manos a ambos lados de su cabeza y la besó con toda la pasión que llevaba dos días reprimiendo.
—He pasado todo el fin de semana pensando en esto —murmuró Terry apartándose de ella un instante para tomar aire—. Ya no puedo aguantar más. —Volvió a besarla con fuerza. Con su lengua seducía sus labios, mientras con las manos le desabrochaba la camisa y le acariciaba los pechos.
—Yo tampoco —susurró Candy antes de seguir su ejemplo y desabrocharle también la camisa—. Me encanta tocarte.
Le deslizó la mano por el abdomen. Terry se la apartó antes de que pudiera llegar a su objetivo y, ante la mirada sorprendida de ella, contestó a la pregunta no formulada.
—Me queda muy poco autocontrol. —Le besó el cuello, le recorrió la clavícula con la lengua y le desabrochó el pantalón—. Yo en tu lugar no me pondría a prueba.
Candy optó por ignorar su consejo y le desabrochó el cinturón. La estaba volviendo loca con sus labios y con sus manos, que le recorrían todo el cuerpo, y quería que él sintiera lo mismo. Así que al cinturón le siguieron todos los botones de los vaqueros.
—Candy, te deseo. —Él posó la mano en su entrepierna—. Necesito hacer el amor contigo.
Era como si le pidiera permiso, y a Candy la emocionó esa ternura.
—Yo también necesito hacer el amor contigo.
Al oír esa frase, a Terry le brillaron aún más los ojos y tardó sólo unos segundos en coger un preservativo y colocárselo.
—No vayamos a la habitación —dijo él con la respiración entrecortada—. Quedémonos aquí. Agárrate a mí.
Candy notó cómo la levantaba del suelo y la penetraba en el mismo movimiento. Ella le rodeó el cuello con los brazos y, con las piernas, se apretó contra su cintura. Los dos seguían parcialmente vestidos. Candy nunca se había imaginado capaz de hacer algo así, pero con Terry todo le parecía posible. Sentía todos sus movimientos en lo más profundo de su interior, mientras la besaba como si quisiera devorarla y con las manos la sujetaba y apretaba contra él para que su espalda no rozara demasiado la pared. Ella le acariciaba la espalda por debajo de la camisa y le besaba el pecho y los hombros, que empezaban a cubrirse de sudor. Sintió cómo él llegaba al límite, cómo tensaba la espalda; ella también estaba muy excitada.
—Candy, mírame —le pidió Terry con la mandíbula apretada—. Mírame.
Candy abrió los ojos y lo miró, y en sus ojos vio todo lo que él aún no sabía cómo expresar con palabras.
—Terry, me estoy enamorando de ti —fue lo único que se atrevió a decir.
Él no respondió, pero en su mirada apareció un brillo especial, y la besó como nunca antes la había besado. Con ese beso, intentó decirle que él también se estaba enamorando, aunque tenía miedo de reconocerlo, y con sus caderas ejecutó los últimos movimientos que los llevaron a ambos al paraíso.
Pasados los temblores del mayor orgasmo que Terry había tenido en toda su vida, siguió de pie, sujetando a Candy entre sus brazos mientras ella aún se estremecía.
¡Se estaba enamorando de él! Dios, seguro que en alguna vida anterior había hecho algo muy bueno para merecer que una mujer como Candy se enamorase de él. Y aunque no fuera así, ahora que la tenía no iba a dejarla escapar; iba a encontrar un modo de convencerla de que se quedara con él. Aunque hacerle el amor como un salvaje contra la pared quizá no era el mejor modo de hacerlo.
—¿Te he hecho daño? —le preguntó preocupado mientras la soltaba y la apoyaba en el suelo.
—No. —Candy lo miró perpleja—. ¿Por qué lo preguntas?
—Bueno —Terry se sonrojó—, la pared... No sé qué me ha pasado.
—¿Ah, no? —Ella le acarició cariñosamente el pecho—. Se llama pasión, y ahora que la he descubierto, creo que me encanta. Así que no te atrevas a arrepentirte de lo que has hecho.
—¿Ahora que la has descubierto? —preguntó Terry mientras la tomaba en brazos y se encaminaba con ella hacia su habitación.
—Sí. —Ahora fue Candy la que se sonrojó—. Yo nunca había hecho algo así. —Le besó el cuello—. Aunque no sé si debería decírtelo. Ahora se te subirán los humos a la cabeza.
—Los humos no es lo único que se me está subiendo, princesa. —Y la soltó encima de la cama sin contemplaciones.
Cuando Candy entendió a lo que se refería, le tiró una almohada en la cabeza.
—Serás engreído —dijo riéndose y maravillada al ver que tenía razón, y que se le había elevado algo más que el ego—. Eres insaciable.
—Sólo contigo, princesa.
Y se pasó toda la noche demostrándoselo...
CONTINUARA...
Hola... hola!
como están chicas?, como están de fin de semana... fiestaaaa! jejeje... pues ando "madrugadora" (jajaja) y se los subo de una vez...
Pues como que este Terry tiene la temperatura muy subidita, no? DICHOSOTA la pecosa.. jajajaja...
Ya me di cuenta que no muchas se enteraron del "reto", pero no importa... el punto es que tuvieron un cap extra... =D. Lo malo es que se acerca lo triste ='( nos acercamos al final...
MIL GRACIAS POR SUS REVIEWS...
Saluditos.
P.D. y ya saben que si quieren reto, me avisan... jejeje
