Capítulo 13
Candy era feliz, muy feliz, había pasado la noche haciendo el amor con el hombre más maravilloso del mundo, se habían explorado y saboreado mutuamente, y luego habían hablado. Terry le contó cómo conoció a Jack en la universidad, y cómo su abuela lo había cuidado de pequeño. Incluso le contó un par de secretos con los que algún día podría chantajear a Albert. A cambio, Candy le habló de su interés por el arte, de su pésima carrera laboral y del patético accidente en el que se rompió la pierna. Terry no habló de sus padres en ningún momento y Candy no quiso insistir; era una noche demasiado mágica como para que unos malos recuerdos la enturbiaran. Ambos se levantaron cansados, pero a ninguno de los dos le importó. Ya dormirían más tarde. De todos modos, dormir es una actividad sobrevalorada.
Llegaron a la revista juntos y, antes de subir a su despacho, Terry le dio un beso en recepción. Nunca antes la había besado en el trabajo. Candy creía que se debía a su temperamento reservado, pero si había decidido cambiar, ella no iba a impedírselo. Finalmente, se despidieron y se fueron cada uno a su lugar de trabajo.
Candy se sentó frente a su ordenador y, justo cuando empezaba a concentrarse, sonó el teléfono.
—¿Sí?
—Candy, ¿eres tú? —Era Nana—. ¿Es un mal momento?
—No —contestó ella sorprendida—. ¿Pasa algo?
Nana se rió.
—Nada, tranquila. Es que pensé que sería mejor llamarte al trabajo si no queremos que Terry se entere de nuestra pequeña reunión.
—Claro. Se me había olvidado, ¿cuándo vas a venir?
—El miércoles, si a ti te parece bien.
—Perfecto.
—Candy, ¿estás bien? —preguntó la anciana preocupada.
—Sí, muy bien, ¿por qué?
—Suenas distinta. Mi nieto se está portando bien, ¿no?
—Sí —sonrió—, demasiado.
—Ah. —Nana también sonrió—. Entiendo. Bueno, me alegro de que por fin se haya decidido a hacer algo bien.
—Yo también.
Las dos se rieron.
—Nos vemos el miércoles. —Nana hizo una pausa—. ¿Puedo pedirte un favor?
—Por supuesto —contestó Candy sin dudarlo—. Díme.
—¿Conoces a George Johnson?
—No personalmente, pero sé quién es. Es el director de la revista The Scope, ¿por qué?
—Era el mejor amigo de Richard. —Nana tomó aliento—. Nunca he hablado con él de todo lo que pasó, y creo que ha llegado el momento. ¿Podrías conseguirme su número?
—Sí, claro. Si quieres, puedo intentar llamarlo.
—Te lo agradecería mucho. No sé, supongo que, lo mismo que a Terry, aún me duele recordar a Richard.
—No te preocupes. —Candy decidió cambiar de tema—. ¿A qué hora llegas el miércoles?
—A las diez, pero no hace falta que vayas a la estación. Cuando llegue, te llamo y nos organizamos.
Candy vio que Jack se acercaba a su mesa.
—Nos vemos el miércoles. Ahora tengo que colgar. Besos.
—Adiós.
Candy colgó el teléfono e intentó concentrarse en su trabajo. Una cosa era que Jack y ella fueran amigos, y otra que no tuviera que cumplir con sus obligaciones.
—Buenos días —la saludó Jack sonriendo—. ¿Qué tal ha ido el fin de semana?
—Genial —contestó Candy sin poder evitar ruborizarse—. ¿Y el tuyo?
—Bien, fuimos a cenar a ese sitio de Covent Garden y luego a tomar una copa. Descubrimos un local muy interesante, tal vez Terry y tú puedan venir la próxima vez.
—Me encantaría.
Jack miró la computadora.
—¿Estás trabajando en la nueva propuesta que te pasé?
—Sí. —Candy movió el cursor para enseñarle los cambios que había hecho—. Creo que podríamos aumentar el contraste si las fotografías tuvieran un color más intenso, ¿qué te parece?
Jack estudió la fotografía.
—Estoy de acuerdo. Sigue con ello. ¿Nos vemos a la hora del almuerzo?
—Por supuesto.
«Seguro que tengo cara de idiota —pensó Candy—. ¿Quién me iba a decir que rompiéndome la pierna acabaría encontrando al amor de mi vida y a tantos amigos?»
Como siempre, almorzó con Jack y Amanda, quienes le contaron que la afición de Paty, la mujer de Tom, por la fotografía era mucho más que una afición, y que, bajo el pseudónimo de S. H. Wells, se escondía una de las más prestigiosas fotógrafas del mundo. Típico de Candy no enterarse de ese tipo de cosas a tiempo.
Era casi la hora de salir cuando sonó el teléfono.
—¿Sí?
—Te he echado de menos. —La voz de Terry sonó al otro extremo de la línea.
—Y yo a ti, ¿sales ya? —preguntó Candy.
—No, aún tengo para un rato —suspiró él cansado—. Por eso llamaba, no me esperes. Vete a casa, yo iré más tarde.
Candy se acordó entonces de lo que le había pedido Nana. Si Terry iba a estar en la oficina un par de horas más, como era habitual en él, tal vez fuera un buen momento para buscar el teléfono de George Johnson y llamarlo.
—Candy, ¿estás ahí?
—Ah, sí, lo siento —carraspeó ella—. Estaba pensando.
— ¿En las ganas que tienes de acostarte conmigo? —Se rió—. Ya sé que es difícil, pero tienes que aprender a controlarte.
—No, tonto. —Ella también se rió—. Y el que tiene que controlarse eres tú. Estaba pensando que, si vas a llegar tarde, aprovecharé para pasarme por casa de Anthony y ver cómo evoluciona su última conquista. —Odiaba mentirle—. ¿De acuerdo?
—De acuerdo. Nos vemos en casa. —Terry vio que Tom lo miraba divertido desde la puerta de su despacho—. Tengo que colgar. Besos.
—Besos.
Tom no pudo evitar reírse.
—Cuando me cuelgas a mí no me mandas besos.
—No creo que a Paty le gustara —contestó Terry apretando los labios.
—Yo tampoco lo creo. —Tom no podía dejar de sonreír—. Vamos, pasa al despacho, a ver si acabamos esto y nos podemos ir a casa.
A Candy no le fue difícil encontrar el teléfono de George en la agenda de su ordenador. Lo mismo que en las de los demás empleados, tenía introducidos en ella los datos básicos de todos los periódicos y revistas del sector, y el de The Scope no era una excepción. Ahora sólo tenía que llamar. Lo hizo un par de veces, y en ambas ocasiones colgó antes de que le contestaran. Tenía que pensar en qué iba a decirle al señor Johnson. A la tercera va la vencida. No podía ser tan difícil; sólo tenía que pedirle al director de una revista de la competencia que aceptara quedar con ella y con la madre de su mejor amigo, que llevaba casi diez años muerto.
Marcó. Sonó. Una recepcionista descolgó.
—The Scope, dígame, ¿con quién desea hablar?
—Con el señor Johnson, por favor. —A Candy le sudaban las manos. Volvió a oír tono de llamada.
—Despacho del señor Johnson, ¿en qué puedo ayudarla? —preguntó una secretaria con tono eficiente.
—Desearía hablar con el señor Johnson, por favor.
—Ahora mismo está muy ocupado, ¿de qué se trata?
Ya le extrañaba a Candy que todo fuera tan fácil.
—Es personal. —Tomó aliento y decidió arriesgarse—. Dígale que es de parte de Richard Grandchester.
—¿Richard Grandchester? —preguntó sarcástica la eficiente secretaria. Era evidente que había reconocido el nombre y sabía que los fantasmas no podían llamar por teléfono.
—Sí, Richard Grandchester. Gracias.
Candy volvió a oír la señal de llamada y estaba convencida de que «la secretaria maléfica» la había vuelto a pasar con la centralita cuando una voz muy irritada respondió.
—¿Se puede saber qué tipo de broma es ésta?
—¿Señor Johnson?
—Sí, ¿y usted quién es? —preguntó enfadado.
—Soy Candice White. —Hizo acopio de valor—. Llamo de parte de la señora Grandchester, la madre de Richard Grandchester. A la señora Grandchester le gustaría mucho poder hablar con usted sobre Richard.
—Ya, ¿y eso por qué? —Cada vez sonaba más antipático—. ¿Por qué ahora? Richard ya lleva casi diez años muerto.
Era lógico que estuviera sorprendido.
—Para ella no ha sido fácil, y para el hijo de Richard tampoco. Lamento haberle molestado, señor Johnson.
—Oiga, no cuelgue. Aún no le he dicho que no. —Se frotó los ojos—. Mire, estaba a punto de salir y no me gusta hablar de algo tan personal con alguien a quien no conozco. Usted podría ser otra periodista sensacionalista interesada en la tragedia de una vieja figura del periodismo. Así que, ¿sabe dónde está el café Meridien?
—Sí, claro. —Candy conocía ese café perfectamente, estaba muy cerca de casa de Anthony.
—Perfecto. —Él tomó aliento—. Tiene suerte de que hoy esté de humor, señorita White. Estaré allí dentro de media hora y ya veremos qué pasa.
—Bien. —Candy miró el reloj, tenía tiempo de sobra para llegar—. Le espero allí, y no se preocupe por encontrarme, ya le encontraré yo a usted.
—De eso no tengo ninguna duda, señorita. —Colgó.
Candy cogió el bolso y salió apresurada a tomarr el metro. En el trayecto, pensó en todo lo que quería preguntarle a George Johnson. Tenía que averiguar lo que le había pasado a Richard en los años previos a su muerte y cómo había afectado eso a Terry.
Llegó al café Meridien y vio al hombre sentado a una mesa, al lado de una ventana. Aparentaba unos sesenta años, y se le veía muy atractivo y elegante. Candy lo reconoció gracias a las fotografías que había visto de él en diferentes revistas. Solía acudir a muchos eventos sociales, siempre acompañado de su mujer y, a veces, incluso de alguna de sus hijas. Candy siempre había pensado que parecía un buen hombre, pero ahora que tenía que hablar con él, no estaba tan segura.
—¿George Johnson? —Candy se acercó a él y le tendió la mano—. Soy Candice White.
Él aceptó su mano, dobló el periódico que estaba leyendo y la estudió detenidamente.
—No parece una periodista.
—No lo soy. —Se sentó a su lado—. Soy diseñadora gráfica.
—Dígame, ¿Nana continúa siendo tan entrometida como siempre?
Candy enarcó una ceja al oír el apodo cariñoso de Nana.
—Vamos, no creerá que me pasé toda mi adolescencia en casa de Richard llamando a su madre «señora Grandchester». Nana me habría matado.
—Tiene razón. —Candy sonrió—. Señor Johnson, supongo que querrá saber a qué viene todo esto.
—Estoy impaciente. —Se apoyó en el respaldo del asiento para ponerse más cómodo—, pero llámame George. Me temo que coincido con Nana en lo de las formalidades.
Candy volvió a sonreír y empezó a contarle por qué Nana y ella querían hablar con él.
En el despacho de Tom, éste y Terry seguían repasando el reportaje sobre el cambio climático.
—¿De verdad crees que es buen tema? —preguntó Tom.
—Ya sé que no es muy original, pero todo el mundo está hablando de ello. Además, creo que nosotros le hemos sabido dar un enfoque distinto. ¿No te gusta?
—Sí, me gusta. Es sólo que aún no hemos logrado averiguar nada de los robos de los artículos y, aunque en estos últimos números no ha vuelto a ocurrir, no estoy tranquilo. Además, la semana que viene tengo que asistir a esa convención en Escocia, y no me gustaría irme dejándote solo con todo esto.
—No estoy solo. —Terry lo miró serio—. En esta revista hay gente de sobra para ayudarme. No te preocupes.
—Claro que me preocupo. Si quieres, puedo pedirle a Neil que venga a echarte una mano.
Terry sonrió burlón.
—Antes prefiero que me cortes un brazo.
—Está bien. —Tom se quitó los lentes—. Algún día me gustaría que me contaras a qué viene todo esto entre ustedes dos.
—No creo que ese día llegue nunca —respondió Terry con sinceridad—. Pareces cansado. ¿Por qué no lo dejamos por hoy?
—De acuerdo. —Tom apagó su computadora—. Mañana será otro día.
Terry se dirigió a su escritorio y miró el reloj. Sólo hacía cuarenta minutos que Candy se había ido. Si se daba prisa, aún la encontraría en casa de Anthony, y quizá podían cenar fuera. Sí, seguro que eso le gustaría.
Mientras, en el café Meridien, Candy y George seguían charlando.
—Vaya —dijo George observando a Candy—. Lamento oír que Terry lo pasó tan mal con el problema de Richard con la bebida. La verdad es que fue horrible ver cómo se destruía, y todo por una mujer que no valía la pena.
— ¿No valía la pena? —Preguntó Candy—. ¿Por qué?
—Porque Eleonor sólo se quiere a sí misma. —George levantó una ceja—. Y cuando vio que Richard tenía prestigio pero no dinero, no dudó en buscar a otro que sí lo tuviera. ¿Me equivoco si digo que su segundo marido tiene mucho dinero?
Candy hizo memoria y se acordó de que Albert le había contado que la madre de Terry se había casado con un hombre muy rico de la clase alta en Chicago.
—No, no te equivocas —contestó Candy—, pero aun así no logro entenderlo.
—Mira, Candy, lo que tú no entiendes es exactamente lo mismo que nunca entendió Richard. Eleonor no lo quería, nunca lo quiso. Aún me acuerdo de cuando la conoció; Richard y yo estábamos de vacaciones en NY y Eleonor estaba allí con unas amigas. No sé si fue el acento inglés o si creyó que Richard era una especie de lord, pero no se separó de él ni un instante. Al principio, todo iba bien, Richard se convirtió en un periodista muy prestigioso en todo el Reino Unido, y nació su hijo, Terry. —Steve miró a Candy a los ojos—. Pero a Eleonor no le gustaba vivir aquí, y no paró hasta convencer a Richard de que se trasladaran a vivir a Chicago. No sé qué pasó durante esos años, la verdad es que lo único que sabía de él era a través de los artículos que escribía. Pero tras el divorcio regresó. Aunque no era el mismo. Parecía una copia barata del que había sido. Dejó de escribir, de trabajar. —Cerró los ojos un instante—. Era el mejor escribiendo historias, y en cambio no supo darse cuenta de que la suya necesitaba un cambio de orientación.
—Nana quiere hablar contigo sobre esos años. Creo que ella no sabe muy bien por lo que pasó su hijo y quiere entenderlo.
—Bueno, no sé si yo podré ayudarla —miró el reloj—, pero estaré encantado de volver a verla. Esa señora siempre me gustó.
—Ya, entiendo a qué te refieres —Candy también miró el reloj—. Debería irme. —Se mordió el labio—. ¿Puedo preguntarte una cosa?
—Claro —contestó él mientras se levantaba—. Tú dirás.
—La reputación de Richard. —Lo miró indecisa—. ¿Se podría recuperar?
—No lo sé. Quizá.
—Nana va a venir a Londres el miércoles. ¿Te parece bien si te llama para reunirse contigo?
—Sí —contestó él buscando en el bolsillo interior de su chaqueta—. Aquí tienes también el número de mi casa.
—Gracias. —Candy tomó la tarjeta—. Por todo.
—De nada. —Los dos caminaron juntos hacia la puerta—. Hasta el miércoles, Candy.
Terry no podía creer lo que estaba viendo. ¿Qué demonios hacía Candy hablando con el director de The Scope? ¿Desde cuándo conocía ella a George? ¿Por qué no se lo había dicho?
Le dolían las manos, y se dio cuenta de que tenía los puños apretados con fuerza. Se negaba a creer que Candy tuviera algo que ver con el robo de los artículos. No, era imposible, seguro que había una explicación lógica para todo aquello. Sí, seguro que sí. No podía creer que su corazón se hubiera equivocado tanto. Cerró los ojos y se dio la vuelta; a lo mejor así se convencía de que no la había visto. Empezó a caminar y debió de hacerlo muy rápido, porque llegó a su casa en seguida. Una vez allí, se desnudó y se metió bajo la ducha, como si el agua que se iba por el desagüe pudiera llevarse con ella toda su tristeza.
—¿Terry? Ya estoy en casa —dijo Candy al entrar en el apartamento, pero nadie le contestó—. ¿Terry?
—Estoy aquí —contestó él saliendo de la habitación recién duchado—. ¿Cómo ha ido con Anthony? —le preguntó tenso, esperando a ver qué le decía.
—Bueno —respondió ella mientras colgaba el bolso en el perchero—, al final no he ido a verlo.
—¿Ah, no? —Él levantó una ceja. Tal vez no a iba mentirle—. ¿Y qué has hecho?
Ella se dio la vuelta y lo miró a los ojos.
—No puedo decírtelo —contestó, mordiéndose el labio inferior.
—¿Por qué no? —Terry estaba cada vez más intrigado.
—Porque es una sorpresa. —Se puso de puntillas y le dio un beso.
—¿Una sorpresa? —Le rodeó la cintura con las manos.
—Sí, una sorpresa.
Al ver que ella no continuaba, Terry le dio un beso; eso siempre lograba despistarla. A lo mejor así le contaba que había visto a George.
—Ya sé lo que estás tratando de hacer —dijo ella apartándose un poco para poder respirar.
—¿Lo sabes? —Le besó el cuello.
—Sí, quieres despistarme.
Terry le desabrochó el primer botón de la blusa para poder besarle el escote.
—Y está funcionando. Pero si te digo algo más, Nana me matará. —Candy le tomó la cabeza y le besó.
¿Nana? ¿Qué diablos tenía que ver Nana con todo aquello? ¿Era todo una mentira? ¿De qué conocía Nana a George Johnson? Fuera lo que fuese, tenía que averiguarlo. Su padre ya había cometido el error de enamorarse de una mujer mentirosa y él no iba a seguir sus mismos pasos. Una parte de Terry sabía que Candy no se parecía en nada a su madre, pero había otra que llevaba demasiados años convencida de que el amor no existía, no para él. Así que lo mejor que podía hacer era resolver pronto el misterio del robo de los artículos, llamar a Nana para preguntarle lo de esa misteriosa y seguramente inexistente «sorpresa», y proteger su corazón. Si Candy le había mentido, se le rompería en pedazos, y dudaba que jamás pudiera recomponerlo.
—Terry, ¿estás bien? —Candy dejó de besarlo al notar que él había empezado a distanciarse.
—Sí, claro —contestó, pasándose las manos por el cabello—. Creo que voy a ir al gimnasio, hace mucho que no voy. ¿Te parece bien?
Entonces Candy se dio cuenta de que la bolsa con la ropa de deporte estaba junto a la entrada. Terry no había vuelto al gimnasio desde que dejó de evitarla.
—Sí —dijo ella sin entender lo que estaba pasando. Un segundo antes, él la estaba besando, y ahora ¿quería ir al gimnasio?—. Yo llamaré a mi madre, hace días que no hablo con ella, y luego podemos cenar algo.
—No, no te preocupes por mí. —Él tomó la bolsa y le dio un beso en la mejilla—. Llegaré tarde.
Se fue, y Candy se quedó atónita mirando la puerta. Bueno, seguro que estaba preocupado por la revista.
Terry decidió ir caminando, y en el camino llamar a Nana, pero ella no contestó. Estaría cenando con alguna de sus amigas. Durante todo el rato que estuvo en el gimnasio, no pudo dejar de darle vueltas al asunto. Cuanto más lo pensaba, menos lo entendía. ¿Qué podían tener en común Nana, Candy y el director de The Scope? ¿Una sorpresa? ¿Qué sorpresa? ¿Por qué? ¿Para qué? La única relación que existía entre The Scope y Terry era el robo de los artículos, y él se negaba a creer que Candy tuviera algo que ver con ello. Los robos habían empezado unas semanas después de que ella llegase y Candy no tenía ningún motivo para colaborar con George. O al menos ninguno que él conociera. Tal vez quisiera encontrar un trabajo de más categoría, o quizá mejorar su curriculum. Aunque ¿de ese modo? Pero ¡qué tonterías estaba pensando! ¿Cómo podía plantearse que Candy pudiera hacer algo así? Subió la velocidad de la cinta en la que estaba corriendo. Por mucho que le doliera reconocerlo, sabía la respuesta a esa pregunta. Tenía miedo de confiar en Candy, tenía miedo de que ella le hiciera daño, y cualquier excusa era buena para evitar enamorarse de ella. Detuvo la cinta y fue a ducharse.
De camino a casa, se dio cuenta de que ella no le había mentido cuando él le había preguntado por lo que había hecho esa tarde, pero tampoco podía quitarse de la cabeza que no le había dicho la verdad. A lo mejor no era tan complicado, tal vez sólo era casualidad y se estaba preocupando por nada. Quizá debía arriesgarse a confiar en ella.
Mientras Terry estuvo en el gimnasio, Candy llamó a su madre y estuvieron charlando. Ella le contó lo feliz que era con Terry y lo mucho que le gustaba el trabajo que hacía en la revista. Parecía que por fin todo empezaba a tener sentido. Rose le contó las últimas aventuras de sus hermanos, y ambas decidieron que, de momento, era mejor que Albert no supiera nada de lo que había entre ella y Terry. El mayor de los White era excesivamente protector con sus hermanas pequeñas. Después de colgar, Candy se preparó algo de cena y se acostó. Estaba muerta de sueño.
Terry llegó y vio que todo estaba a oscuras. Mejor. Aún estaba hecho un lío y se alegró de ver que Candy ya estaba dormida. Se desnudó y se acostó a su lado. Ella, sin despertarse, se movió hasta apoyar la cabeza en su pecho, y él la rodeó con el brazo. Desde el día en que vieron Drácula, dormían juntos. Esa noche «hicieron el amor» por primera vez. En esa ocasión, Terry entendió la diferencia que había entre acostarse con alguien y hacer el amor. Candy y él se habían acostado juntos una vez, y fue espectacular, pero no se podía ni comparar con lo que tenían ahora. Ni él ni ella habían hablado nunca de eso, pero cuando dormían juntos y Candy se abrazaba a él de ese modo, Terry suponía que era la manera que ella tenía de decirle que entre ellos dos había mucho más que una relación física, y que quería estar con él.
—¿Estás bien? —preguntó Candy sin abrir los ojos.
Él tardó un instante en contestar. Allí, con ella en sus brazos, no lograba acordarse de por qué estaba tan preocupado. Con Candy sentía una paz que nunca había sentido antes; era como si todo estuviera bien, como si nada fuera tan grave. Seguro que lo del encuentro con George tenía una explicación, así que, por primera vez en su vida, decidió arriesgarse y seguir a su corazón:
—Sí. Ahora sí —contestó él, y le besó el pelo—. Sigue durmiendo.
CONTINUARA...
HOLA! pues lo lograron... en especial Janeth... niña linda, aqui tienes tu cap.. aunque tambien Oligrandchester, melody, luna, y todas las que apoyaron...
MIL GRACIAS POR SUS REVIEWS...
SALUDITOS
