Capítulo 16

Terry había decidido confiar en Candy y disfrutar del amor por primera vez en su vida. No es que fuera a confesarle a ella que estaba enamorado, nada tan drástico, pero sí había decidido dar una oportunidad a todos esos sentimientos que siempre había creído que no existían. La verdad era que no estaba tan mal. Lo único que lo incomodaba era la sensación de que cualquiera que lo mirase a la cara, se daría cuenta de que parecía un idiota. No podía dejar de sonreír. Era como cuando vas de vacaciones y toda la comida sabe mejor que en casa; estando con Candy todo sabía mejor. Por no mencionar el sexo. Él siempre había disfrutado del sexo, pero cuando hacía el amor con Candy, cuando se acariciaban, cuando se besaban, era como si todo lo anterior hubiera sido una pérdida de tiempo y de esfuerzos. Como si lo de antes sólo hubiese sido una clase de gimnasia con un final feliz.

Tan sólo faltaba un mes para que Candy regresara a Chicago, pero a pesar de ello, se sentía feliz. Tan feliz que empezaba a preocuparse por su salud mental. Desde la noche en que Terry se fue al gimnasio, las cosas no podían ir mejor. Él se había relajado, ya no la miraba como si se sintiera culpable de estar con ella, ni como si creyera estar abusando de la hermana de su mejor amigo. Poco a poco, le había ido contando más cosas de sus padres, de su horrible divorcio, de la enfermedad de su padre. Lo único que no mencionaba nunca era el problema que éste había tenido con la bebida, ni cómo había luchado él contra eso, pero Candy no lo presionaba, suponía que ya se lo diría cuando estuviera preparado.

Por su parte, Nana se reunió con George el miércoles, tal como Candy había organizado y, tras unos momentos muy emotivos, ambos decidieron que tenían que hacer algo para recuperar la memoria de Richard y conseguir que tanto sus amigos como su familia, y su hijo en especial, lo recordaran por algo más que por la bebida.

George tuvo una idea genial; su revista podía publicar un artículo sobre Richard al fin y al cabo, él había sido uno de los mejores periodistas de Inglaterra de todos los tiempos, y en ese artículo podrían hablar de su carrera y sus premios y así lograr que por fin recibiera el homenaje que se merecía. Nana sugirió una cosa, arriesgada pero genial: en ese artículo, se podría mencionar a Terry, y cómo Richard luchó, a su modo, para cuidar de su hijo y guiarlo en sus primeros pasos en la profesión de periodista.

A George le entusiasmó la idea, él sabía lo mucho que Richard había querido a su hijo, sin embargo tenía miedo de hacerlo a escondidas de Terry. En realidad, éste tenía derecho a opinar sobre todo aquello y quizá no le gustara la idea de aparecer mencionado en un artículo de la revista The Scope. Nana y Candy le dijeron que no se preocupara, que cuando viera a su padre como algo más que un perdedor consumido por la bebida, seguro que estaría tan contento que no se molestaría en absoluto.

Una tarde, mientras Terry estaba reunido con Jack hablando de unas fotografías, Candy decidió llamar a George para preguntarle sobre los artículos robados. La última vez que lo vio no se atrevió a hacerlo porque Nana estaba delante, pero cada noche, cuando veía a Terry preocupado por ese tema, le remordía la conciencia por no haberlo hecho.

—Candy, qué casualidad que me llames. Ahora mismo estaba pensando en ti —dijo George al responder el celular.

—¿Por qué? —preguntó ella.

—He pensado que sería genial tener una foto de Richard con Terry para el artículo, y también podría ser buena idea contar con alguno de los textos que él haya escrito sobre algún tema sobre el que también hubiera escrito su padre. No sé. ¿Qué te parece? —George hablaba a mil por hora, se notaba que le entusiasmaba la posibilidad de redimir la memoria de Richard. En el fondo, se sentía culpable de no haberlo hecho antes, y de no haberlo ayudado lo suficiente mientras vivía.

—Me parece bien. Hablaré con Nana sobre la foto y luego llamaré a Paty, la mujer de Tom, para que me preste los artículos de Terry. Ella los tiene todos guardados —contestó Candy.

—Genial. Supongo que Terry ha tenido mucha suerte de conocer a Tom y a su esposa. —George se frotó la cara con las manos—. ¿Les has contado a ellos lo del artículo de Richard?

—Aún no. Pensaba hacerlo este fin de semana, pero Tom está en Escocia y quería hablar con los dos. Pero... —Candy se interrumpió, no sabía cómo continuar.

—Pero ¿qué? —insistió George.

—Últimamente, Tom está muy preocupado por el robo de unos artículos. —Ya estaba, ya lo había dicho.

—¿El robo de unos artículos? —George parecía sincero.

—Sí, el robo de unos artículos. Hace ya unos meses que The Whiteboard tiene que cambiar algunos de los textos que va a publicar porque, antes de que lo haga, aparecen publicados en otra revista —dijo Candy para ver si él reaccionaba.

—¿Artículos parecidos o idénticos?

—Idénticos.

—Vaya. Eso sí que es un problema, no me extraña que Tom esté preocupado. ¿En qué revista aparecen publicados? A lo mejor yo puedo hacer algo.

Había llegado el momento decisivo.

—En The Scope.

Silencio.

—¿Qué has dicho? —George subió el tono de voz.

—En The Scope.

—No puede ser. No estás hablando en serio. —Sonaba enfadado, pero al menos no había colgado.

—Muy en serio.

—Es imposible.

—Si quieres, puedo demostrártelo. —Candy sabía que se estaba arriesgando mucho. Una cosa era ocultarle a Terry lo del artículo sobre su padre, y otra muy distinta hablar de lo que estaba hablando con el director de The Scope. Pero ella tenía que encontrar el modo de ayudarlo y George parecía un buen hombre. En cierto modo le recordaba a su padre, testarudo pero con principios.

George tardó un poco en contestar.

—¿Por qué no me lo habías dicho antes?

—Porque no sabía si podía confiar en ti. —Candy guardó silencio un instante y luego añadió—: Ahora que te conozco, creo que sea quien sea quien está robando los artículos no lo ha hecho con tu aprobación.

—Gracias. —George también permaneció un rato callado antes de preguntar—: ¿Sabe Terry que me estás contando esto?

—No —respondió Candy al momento—. Y no creo que le gustara.

—Ya, seguro que no. Dame un par de días para hacer algunas averiguaciones y la próxima semana, cuando me traigas las fotos y los artículos de Terry, te cuento lo que haya descubierto.

—Gracias. —Candy estaba segura de que George no sabía lo de los artículos robados, y que haría todo lo posible por averiguar lo que había pasado. No sólo porque quisiera ayudarla a ella, sino porque el prestigio y la reputación de su revista estaban también en peligro.

—Si necesito más información, te llamo o te mando un e-mail, ¿te parece bien? —preguntó George, que ya estaba pensando en que había dos redactores en The Scope que nunca le habían gustado demasiado.

—Perfecto. Ahora mismo llamaré a Nana para pedirle las fotos. Nos vemos la semana que viene.

Se despidieron y colgaron. George se quedó un rato aturdido por las noticias que le había dado Candy. ¿Cómo había podido pasar eso en su revista? Él sabía que en el periodismo, como en todas las profesiones, había gente sin escrúpulos, pero le gustaba creer que no trabajaban para él. Siendo sincero, tenía que reconocer que en el último año había estado demasiado ocupado con otras publicaciones, y que había descuidado un poco The Scope. Bueno, ahora tenía motivos para recuperar el control, y debía averiguar quién estaba jugando tan sucio. Porque él no iba a permitirlo por más tiempo.

Candy también se quedó en silencio un rato; sabía que se estaba arriesgando mucho al contarle todo eso a George. Tal vez debería decírselo a Terry. Pero ¿cómo explicarle que había hablado con George sin descubrir a la vez lo del artículo de su padre? No, era mejor seguir así hasta el día en que se publicara el reportaje sobre Richard.

Ella quería darle esa sorpresa, y cuando todo se solucionara, seguro que él entendería que ella no se lo hubiera contado.

Esa noche, antes de que Terry llegara a casa, Candy llamó a Nana para explicarle la idea que había tenido Steve para el artículo de Richard, y le pidió fotografías de Terry con su padre. Ella le prometió que las buscaría y que el miércoles se las llevaría. Todo estaba ya en marcha. Lo único que le faltaba hacer a Candy era hablar ese fin de semana con Paty y pedirle los artículos de Terry. Al cabo de tres semanas, el artículo saldría publicado, y éste vería cómo su padre había sido mucho más que un hombre derrotado por una mujer. Candy tenía la esperanza de que, al leerlo Terry dejara de tener esas pesadillas y acabara confiando en ella. Y quizá entonces pudiesen hablar de lo que pasaría con ellos cuando ella tuviera que regresar a Chicago.

Faltaba menos de un mes para que finalizara su contrato, y cada vez que ella sacaba el tema, él evitaba responder. La mayor parte de las veces, la besaba y le hacía el amor hasta que Candy ya no sabía de qué quería hablarle. La verdad era que no tenía ninguna queja del método de distracción que él utilizaba, pero ahora empezaba a preocuparle que se resistiera tanto a hablar del asunto. No había vuelto a decirle que estaba enamorada de él, pero estaba segura de que no hacía falta. Con cada beso, con cada caricia, con cada gesto, ella intentaba que Terry no tuviera ninguna duda de que eso era lo que sentía. Él nunca le decía nada, pero había noches en las que le hacía el amor como si no pudiera vivir sin su presencia, y si tenía pesadillas, no se tranquilizaba hasta que se abrazaba a ella. De día, él era cariñoso y atento, pero a veces Candy tenía la sensación de que hacía esfuerzos por controlarse, por mantener un poco de distancia. Seguro que eran tonterías; tal como decía su madre, había leído demasiadas novelas románticas. Confiaba en que antes de que se le acabara el contrato hablarían de ello y encontrarían el modo de seguir juntos, en Londres o en Chicago.

Llegó el fin de semana. Candy había intentado hablar con Terry un montón de veces. Sabía que la idea de volver a Chicago la tenía preocupada, pero él no sabía qué decirle. Por una parte sólo de pensar en estar sin ella se sentía desfallecer; durante todo ese tiempo que habían pasado juntos, Candy había logrado recordarle que tenía un corazón, y que era capaz de sentir. Ella no podía irse, sencillamente no podía. Pero por otra parte, tal vez fuera lo mejor. Él aún no estaba convencido de que lo suyo fuera a acabar bien; aún había muchos temas que los separaban y, por otra parte, no podía quitarse de la cabeza qué demonios había estado haciendo Candy con George ese día. Cuando le preguntó a Nana por una sorpresa, ella se hizo la loca y no contestó. No le dijo nada, se limitó a ignorar la pregunta. Terry no lograba dejar de pensar que lo mejor sería dejar que Candy regresara a Chicago, y esperar a ver cómo evolucionaban las cosas. Si algo tenía claro Terry era que no quería convertirse en su padre, y una relación a distancia le daba más seguridad. De ese modo, sería mucho menos probable que se enamorase de Candy completamente, y tal vez lograse recuperar un poco el control de su vida y de sus emociones. Y por otro lado, si las cosas se estropeaban entre los dos, quizá pudiese sobrevivir. Sí, eso sería lo mejor. Ahora tenía tres semanas para encontrar el modo de decírselo

El sábado por la mañana, cuando Terry fue a correr con Jack, Candy llamó a Paty para pedirle los artículos de Terry, o, como mínimo, las fechas y las revistas en las que se habían publicado para poder localizarlos. El problema fue que no encontró a nadie en casa, por lo que tuvo que conformarse con dejar un mensaje en el contestador:

—Paty, soy Candy. Llamaba para pedirte un favor. —Ella odiaba hablar con una máquina— Necesitaría que me mandaras los artículos de Terry. Ya te lo contaré, es una sorpresa. —En ese momento, no pudo evitar añadir—. Lo quiero, y creo que he encontrado el modo de que perdone a su padre. Llámame. Adiós.

Al cabo de diez minutos, sonó el teléfono.

—¿Candy? —preguntó Paty desde el otro extremo de la línea.

—¡Paty! Te oigo muy mal —respondió Candy—. ¿Dónde estás?

—Estamos todos en Escocia. Las niñas y yo hemos venido a pasar unos días con Tom. Regresaremos la semana que viene.

—¡Qué bien! Así pueden tomarse unas pequeñas vacaciones. Me alegro.

—He oído el mensaje que has dejado en el contestador de casa y estoy muy intrigada —prosiguió Paty.

—Ya, bueno. —Candy se sonrojó al recordar que había dicho que quería a Terry—. Nana, un amigo de Richard y yo estamos preparando un artículo sobre el padre de Terry. —Prefirió no decir quién era ese amigo. No quería que Tom se preocupara innecesariamente durante esos días—. Te lo contaré cuando regreses.

—Estoy impaciente. —Paty se rió de algo que hacían las niñas con su padre— Tengo que dejarte. Hazme un favor.

—Lo que quieras —respondió Candy sin dudarlo.

—Dile a Terry lo que me has dejado dicho en el contestador. —Colgó antes de que ella pudiera responder.

Después de dejar a Jack, Terry volvió a su casa solo, y pasó todo el camino pensando en cómo hablar con Candy sobre su viaje a Chicago. Gracias a la experiencia que ella había adquirido en Londres y a los contactos que Terry y Tom tenían en Estados Unidos, seguro que podría encontrar con facilidad un buen trabajo a su regreso. Él haría todo lo que estuviera en su mano para que así fuera. Podían seguirse viendo en vacaciones y los fines de semana; hoy en día eso no era ningún problema. Así, ambos tendrían tiempo y espacio para darse cuenta de lo que de verdad sentían. Sí, eso era lo mejor. Aunque había una pequeña parte de él que tenía miedo de que ella se fuera, tenía miedo de perderla. Pero no, eso era una tontería, y la alternativa de que ella se quedara a vivir con él era demasiado peligrosa.

Entró en casa y encontró a Candy leyendo en el sofá.

Dios, cómo iba a añorarla.

—Hola, ya estoy aquí —saludó él, y se acercó para darle un beso.

—Hola. Te he echado de menos. —Ella le rodeó el cuello con los brazos—. Me encanta cómo hueles.

—No creo —respondió él sonrojándose—. Estoy todo sudado.

—Ya, por eso. —Ella le recorrió la oreja con la lengua.

—He creado un monstruo —sonrió él—. Suéltame. —Le dio un beso en la nariz y se apartó—. Voy a ducharme y luego prepararé esos espaguetis que tanto te gustan.

Gracias a Candy, Terry se había aficionado a cocinar de vez en cuando, y su especialidad —espaguetis con atún y tomate fresco— era digna del mejor restaurante italiano.

—De acuerdo. Pero no creas que vas a librarte de mí tan fácilmente.

A Candy le encantaba ver cocinar a Terry. Comparado con ella, era tan meticuloso que parecía que estuviera operando a alguien a vida o muerte en vez de estar cortando unos tomates a dados. Como siempre, la pasta le quedó buenísima, y durante la comida estuvieron hablando de lo que iban a hacer esa noche.

Michael, uno de los mejores amigos de Terry, los había invitado a una fiesta para celebrar que él y su nueva novia se iban a vivir juntos. Todas sus amistades iban a estar allí, todos excepto Anthony, que había tenido que irse a Chicago pues desde su oficina le habían pedido que se encargara de un proyecto en dicha ciudad.

—Tenemos que comprar algo —dijo Candy mientras él empezaba a recoger los platos—. No podemos presentarnos allí con las manos vacías.

—Si tú lo dices. Seguro que sabes mucho más que yo de estas cosas de protocolo.

—No sé, si tú te fueras a vivir con alguien a una casa nueva, ¿no te gustaría que te llevaran un regalo? ¿O algo para la fiesta?

Terry se dio cuenta de que ése era el momento perfecto para sacar el tema de la partida de ella.

—Bueno, como yo nunca me iré de este apartamento —respondió sin darse la vuelta—. Aquí estoy muy bien, y hay espacio de sobra para uno. —Era un cobarde, no se atrevió a decir lo que de verdad quería, y prefirió salir por la tangente.

Oyó cómo Candy tomaba las copas y se acercaba a él.

—Ya, pero hay gente que es más valiente, y que se atreve a irse a vivir con la persona a quien ama —replicó ella, y dejó las copas sucias en la cocina—. Supongo que Michael es de ésos. —Candy lo miraba sin inmutarse—. Voy a salir a comprarles un regalo. ¿Me acompañas?

—¿Te molestaría mucho ir sola? Lavaré los platos y repasaré el artículo que estoy escribiendo por si este mes tenemos algún problema.

—No pasa nada. Iré yo sola. —Ella tomó el bolso—. No tardaré. —Le dio un beso y se fue.

Ya en la calle, Candy pensó en la extraña conversación que acababa de tener con Terry. ¿A qué venía eso de decirle que él no pensaba mudarse nunca de aquel apartamento y que era lo bastante espacioso para una persona? Ella le había ofrecido miles de veces irse a un estudio, o alquilar una habitación en algún sitio, y él siempre se había negado. Si había cambiado de opinión, ¿por qué no se lo decía? Para ella, las últimas semanas habían sido las mejores de toda su vida, pero tal vez para él sólo habían sido una manera entretenida de pasar el tiempo. No, Terry no era así.

Él no había estado pasando el rato con ella; todos aquellos besos, aquellas conversaciones, no se tienen con alguien que no te importa. Lo único que pasaba era que Terry no estaba acostumbrado a compartir su vida y sus sentimientos con nadie, y tenía miedo de que le hicieran daño. Ella lo había sabido desde el principio, y aun así había decidido arriesgarse a estar con él. Lo mejor que podía hacer era hablar con Terry de una vez por todas; faltaba menos de un mes para que se acabara su contrato en The Whiteboard, y ella se negaba a creer que su relación fuera a terminar con él.

CONTINUARÁ...


HOLA... hola! aquí les dejo un nuevo capitulo de esta linda historia..

como están niñas.. preparadas para una semana más? Pues en lo personal creo que esta semana estará super cargada... así que les dejo un avisito: NO creo que esta semana pueda publicar todos lo días... TRATARÉ... pero no se si pueda, si no mil disculpas... como les digo tratare...

y pues como siempre... MIL GRACIAS POR SUS REVIEWS...

Saluditos y muchos besos