Capítulo 16
A la mañana siguiente, Candy se encontraba mucho peor. El médico ya le había advertido que le dolería todo el cuerpo, pero ella creyó que exageraba. Por desgracia, tenía razón. Terry se fue a trabajar, pero antes de salir de casa le hizo jurar que lo llamaría si necesitaba algo, cualquier cosa. Le dejó el teléfono al lado y a lo largo de toda la mañana la llamó unas cincuenta veces. Terry estaba tan poco concentrado en la revista, que por la tarde se rindió y se fue a casa con Candy.
—Desde aquí puedo trabajar igual de bien —contestó cuando ella le preguntó por qué había vuelto tan pronto—. Además, así te hago compañía.
A medida que pasaban las horas, Candy se encontraba cada vez mejor, y por la noche incluso fue capaz de sentarse a cenar con Terry.
—Ha llamado Nana. Primero no iba a contarle lo del accidente —confesó Terry—, ya sabes que se preocupa mucho por ti, pero no he podido aguantarme. Por tu culpa me estoy ablandando.
Terry sonrió, y Candy se dio cuenta de lo mucho que le gustaba verlo tan relajado.
— ¿Y qué te ha dicho Nana, señor duro?
—Ya te lo puedes imaginar. Primero me ha regañado por no haberla llamado inmediatamente, y luego me ha dicho que como mañana es miércoles y ella ya tenía previsto venir a Londres, llegará un poco antes para poder pasar un rato contigo. Me pregunto que tendrá que hacer Nana en Londres.
Claro, Candy se acordó entonces de que Nana tenía que darle las fotografías de Richard para que se las entregase a George. Casi se le había olvidado.
—Candy, ¿te encuentras bien? Estás pálida. —Terry le pasó la mano por la frente.
—Sí, sólo estoy cansada —respondió ella un poco ausente—. Si mañana viene Nana podrás ir a trabajar.
— ¿Tan mal lo hago como enfermero que ya quieres librarte de mí?
—No, no seas tonto. Es que me siento culpable de que estés aquí todo el día conmigo mientras la lagartija de Neil anda por allí sin Tom.
Terry se pasó las manos por el pelo y respondió:
—La verdad es que tienes razón. Mañana, cuando venga Nana, iré a la revista. Pero con una condición.
—La que quieras —respondió Candy. Si él no estaba, podría incluso llamar a George para que pasara a recoger las fotografías y le contara lo que había descubierto.
—Quiero que ahora mismo te vayas a la cama y descanses. —Él se levantó y le dio un beso—. ¿De acuerdo?
—Está bien. Pero que conste que la próxima vez que quieras que me pase dos días en la cama, tú tienes que quedarte conmigo.
—Princesa, cuando te recuperes, estaré encantado de hacerlo.
Candy se fue a dormir, y cuando se despertó, Nana estaba ya sentada junto a su cama, mirándola preocupada.
—Candy, tienes que cuidarte.
—¿Y Terry? —preguntó Candy medio dormida.
—Se ha ido, pero antes me ha hecho jurar que lo llamaría si te pasaba cualquier cosa. —Nana sonrió—. Tengo que decirte que lamento mucho lo que te ha ocurrido, pero me encanta ver cómo mi nieto pierde la cabeza por ti.
Candy se sonrojó.
—Tengo que ducharme y ponerme algo más digno que este pijama de patitos.
—Mientras lo haces, yo te prepararé el desayuno —dijo Nana saliendo de la habitación.
Tardó un poco más de lo habitual en ducharse. Hacerlo todo con una sola mano no era tan fácil como se había imaginado, pero se las arregló bastante bien. Cuando entró en la cocina, vestida con unos vaqueros y una sencilla camiseta rosa, Nana ya la estaba esperando con unas tostadas recién hechas y té para dos.
—Qué bien huele.
—Gracias —respondió Nana—. Siéntate y cuéntame todo lo que ha pasado desde la última vez que nos vimos.
Candy obedeció, y las dos empezaron a hablar.
—¿Has traído las fotografías que te pedí? —preguntó Candy.
—Sí, ahora te las enseño. —Tomó el bolso y sacó un sobre lleno de fotografías de Terry con su padre—. He traído muchas para que podamos escoger.
Se pasaron casi toda la mañana mirándolas y repasando aquellos recuerdos. Después de comer, Candy aprovechó para llamar a George y, tras contarle lo del estúpido accidente, le pidió que fuera a su casa para recoger las fotos y contarle de paso lo que había descubierto. George le prometió que a eso de las cuatro pasaría por allí.
—Mis preferidas son estas dos —dijo Nana, y le mostró una fotografía en la que Terry debía de tener unos cuatro años y estaba en la playa, jugando con la arena, mientras Richard lo miraba ensimismado; y otra en la que Terry tendría unos veinte años y los dos estaban charlando, sentados delante de la chimenea de su casa—. Se los ve tan compenetrados.
—A mí también me gustan. Las pondré en este sobre para dárselas a George. —Candy las metió en el sobre y lo cerró con mucho cuidado.
—Asegúrate de que me las devuelva —dijo Nana a la vez que miraba el reloj—. Tengo que irme, no quiero tomar el tren demasiado tarde. ¿Seguro que no te importa quedarte sola?
—En absoluto. George estará a punto de llegar, y no creo que Terry llegue más tarde de las seis —contestó Candy—. Además, ahora sólo me duele la muñeca y un poco la cabeza. Puedo quedarme sola perfectamente.
—Lamento no poder hablar con George. —Nana se levantó—. Me cae bien. Es una pena que no me decidiera antes a hablar con él.
—Bueno, lo importante es que al final lo hayas hecho. —Candy también se levantó para acompañarla a la puerta—. Le daré saludos de tu parte.
—Hazlo y dile que cuando aparezca el reportaje de Richard, los invito a cenar, a él y a su mujer junto con ustedes dos. Me voy ya o perderé el tren. Adiós. —Le dio un beso en la mejilla—. Cuídate.
—Tú también. —Candy también le dio un beso y cerró la puerta.
Apenas estuvo sola media hora, pues George llegó un poco antes de lo previsto.
—¿Qué te ha pasado? —le preguntó George al entrar.
—Ya te lo he contado por teléfono. —Candy empezaba a estar harta de explicar la historia del atropello—. No es tan grave como parece. Estoy bien.
—Bueno, me alegro. ¿Nana ya se ha ido?
—Sí, tenía que tomar el tren, pero me ha pedido que te diga que cuando publiques el reportaje, los invita a ti y a tu mujer a cenar con nosotros tres para celebrarlo.
—Claro que sí —respondió George sin dudarlo—. ¿Se lo has contado ya a Terry? —preguntó él sentándose en el sofá.
—No. Le daremos una sorpresa.
— ¿Y supongo que tampoco le has contado que estoy al tanto del robo de los artículos?
—No —confirmó Candy un poco incómoda.
—Candy, creo que deberías decírselo. Si Terry se parece al testarudo de su padre no se lo va a tomar nada bien, te lo aseguro.
—Ya lo sé, pero creo que es mejor esperar a que se publique el artículo de Richard para contárselo todo. —Candy se rascó el antebrazo justo por encima del yeso; era increíble cómo le picaba.
—Como quieras. ¿Tienes las fotos que te pedí? —preguntó él cambiando así de tema. Era obvio que ella se sentía incómoda.
—Sí, están en este sobre. Los artículos no los tendré hasta el fin de semana. —Tenía que esperar a que Paty y Tom regresaran de Escocia.
—No te preocupes, ya los he encontrado. Resulta que lo de Internet y las bases de datos realmente funciona —dijo George sonriendo.
—Ya, es fascinante. ¿Te apetece tomar algo? —Candy tenía que mejorar sus modales como anfitriona.
—No, no te preocupes. —George se recostó en el sofá—. Creo que he averiguado algo en relación con el robo de los artículos.
— ¿Ah, sí?
—Sí. Una de las editoras de The Scope empezó a alardear de coche nuevo justo cuando se produjo el primer robo, y desde entonces digamos que su ritmo de vida no se ajusta al sueldo que le pagamos. Además, todos los artículos han aparecido milagrosamente en su departamento.
— ¿Y qué has hecho?
—De momento, nada. —George se pasó la mano por la cara—. Necesito alguna prueba más sólida que estas coincidencias, pero le he pedido a un informático de mi confianza que investigue el disco duro de su ordenador y su correo electrónico. Seguro que encontraremos algo.
—Ojalá. No me gusta hacer esto a espaldas de Terry. ¿Cuándo aparecerá el artículo sobre Richard? —preguntó Candy.
—Dentro de tres semanas. Tal vez podríamos ir a cenar esa misma noche, ¿qué te parece?
—Me parece genial. Así conoces mejor a Terry y le contamos todo esto.
—Perfecto. —George se puso de pie y, al ver que Candy iba a hacer lo mismo, se lo impidió—. No, no te levantes. Puedo salir solo. Siento tener que irme tan rápido, pero tengo mucho que hacer.
—Tranquilo —contestó Candy desde el sofá—. Supongo que Nana te llamará para confirmar lo de la cena.
—Nos vemos entonces. ¿Sabes una cosa, Candy? —dijo Candy desde la puerta—. Estoy seguro de que a Richard le habrías gustado mucho.
Candy se ruborizó, y George cerró antes de que ella pudiera contestar.
Terry salió más temprano del trabajo. No quería que Candy estuviera sola, y sabía que Nana tenía que tomar el tren antes de las cinco. Iba andando por la calle cuando de golpe, a pocos metros del portal de su casa, se quedó petrificado. ¿Qué hacía George Johnson saliendo de su casa con un sobre en la mano? No podía creer lo que estaba viendo. Terry casi se había olvidado de lo que sintió el día en que vio a Candy y a George saliendo de aquel café, pero lo que estaba sintiendo en esos momentos era un millón de veces peor. No había ninguna excusa posible. No podía decir que se habían encontrado por casualidad ni que era una coincidencia. ¡Ese hombre estaba saliendo de su casa! Eso sólo podía significar que George y Candy se conocían, y que ella tenía algo que él realmente quería. ¿Por qué si no había ido él mismo en persona hasta allí para recoger un sobre? ¿Qué había en ese sobre? La mente de Terry llegaba a multitud de conclusiones, y ninguna era agradable. Sus pies se negaron a dar un paso más. No podía entrar en su casa y hacer como si no hubiera pasado nada, y no se veía capaz de soportar que Candy le mintiera a la cara, así que decidió dar media vuelta y regresar al trabajo.
Entró en el edificio como un autómata y se dirigió al ordenador de Candy. Esa planta ya estaba vacía, todos se habían ido. Mejor. Terry no quería que nadie viera lo que estaba a punto de hacer. Encendió la computadora, él conocía las contraseñas; un día, Candy le contó que era tan despistada para esas cosas, que utilizaba la misma para todo.
Miró los archivos y no vio nada que demostrara sus sospechas. Empezaba ya a sentirse avergonzado por haber desconfiado de ella, cuando se dio cuenta de que no había comprobado el correo electrónico. Ojalá no lo hubiera hecho.
Ojalá hubiera ido más tarde a su casa. Entró en el correo y lo vio; el último e-mail se lo había mandado a George, y era una especie de resumen de todos los artículos robados con sus fechas correspondientes. ¿Qué era aquello? ¿Una especie de factura? Sintió náuseas y apagó la computadora. Tenía que salir de allí. Vomitó en plena acera. La gente que pasaba por su lado lo miraba estupefacta y una mujer incluso se le acercó para preguntarle si necesitaba ayuda. Terry estuvo a punto de echarse a reír ante tal pregunta. Se quedó recostado un rato contra el muro del edificio, intentando recuperar el aliento, y luego empezó a caminar sin rumbo. No sabía adónde ir. Para él, a diferencia de su padre, emborracharse no era una opción. ¿Ir a casa de un amigo? ¿Para qué? ¿Qué iba a decirle? ¿Que la primera mujer de la que se había enamorado intentaba hundir su revista? No le creerían, ni él mismo podía creer que eso fuera cierto. Tal vez había una explicación, pero por más vueltas que le daba al asunto no conseguía encontrar ninguna. Lo único que seguía viendo era a George saliendo de su casa. Y si no había ido allí a buscar los artículos, cualquier otra posibilidad era aún peor.
Eran más de las nueve, y Terry seguía sin aparecer. Candy empezaba a estar preocupada. Lo había llamado al celular y nada, había llamado al trabajo y tampoco. ¿Dónde podía estar? Llamó a Jack, y éste le dijo que no se preocupara; seguro que se habría quedado en el despacho repasando algo y no se enteraba de que sonaba el teléfono. A Candy le dolía la cabeza. Necesitaba recostarse, y decidió irse a la cama y esperarlo allí. Debió de dormirse, las pastillas para el dolor le daban mucho sueño, y se despertó al oír la puerta. Eran ya las once.
—¿Terry? —preguntó aún medio dormida.
—Sí, soy yo —respondió él seco, desde la entrada—. Sigue durmiendo. Tengo trabajo que hacer.
Candy estaba demasiado aturdida para discutir, y volvió a dormirse en seguida.
Por la mañana, Candy se despertó con la sensación de que Terry no se había acostado a su lado, pero eso era una tontería, la cama estaba deshecha y él se estaba duchando. Seguro que todo era culpa de aquellas horribles pastillas que la dejaban k.o. Terry salió de la ducha y se vistió a la velocidad del rayo. No la miró ni una sola vez. ¿Qué estaba pasando?
—Terry —dijo ella desde la cama—, ¿pasa algo?
— ¿Qué quieres que pase? —respondió él cortante—. Tengo prisa. Mañana llega Tom y quiero que todo esté a punto. —Entonces la miró para ver si ella se ponía nerviosa, pero no vio nada raro—. No quiero que haya ninguna sorpresa desagradable de última hora.
—Claro, lo entiendo —dijo Candy, pero en realidad no entendía nada.
—Llegaré tarde. No me esperes.
Salió de la habitación y del apartamento sin despedirse siquiera. Ni un beso, ni un comentario. Nada. Candy volvía a tener sueño, no iba a tomar ninguna pastilla más. Odiaba esa sensación de no poder controlar el letargo.
Cuando volvió a despertarse, apenas se acordaba de la conversación que había mantenido con Terry, así que lo llamó a la revista. Amanda tomó el teléfono y le dijo que Terry no estaba, que tenía una reunión en la otra punta de la ciudad. Candy pasó el día en casa, y aprovechó para llamar a sus padres y contarles lo que le había sucedido. Como era de esperar, tanto a su madre como a su padre les molestó mucho que no los hubiera llamado antes, pero Candy les dijo que lo había hecho para no preocuparlos. En realidad lo había hecho para evitar que se presentaran allí sin avisar.
Terry y ella seguían sin hablar del tema de su regreso a Chicago. Candy había decidido esperar hasta que apareciera el artículo sobre Richard, pero no sabía por qué Terry no había vuelto a decirle nada. A lo mejor cuando regresara Tom estaría más relajado y podrían recuperar la normalidad.
Llegó la noche, y Candy seguía sin tener noticias de Terry. Esa reunión debía de ser muy importante. Se acostó e intentó esperar despierta a que él regresara, pero volvió a dormirse. No se había tomado ninguna otra pastilla, pero al estar todo el día en casa sin hacer nada, tenía la pereza impregnada en el cuerpo. Al día siguiente iría a trabajar. La espalda y la cabeza ya casi no le dolían, y si se quedaba otro día en el sofá iba a volverse loca.
Terry llegó a su casa pasadas las doce. Había dedicado todo el día a buscar una relación entre Candy y George pero no había encontrado nada. No sabía si sentirse aliviado o si sentirse aún más paranoico. Había momentos en que pensaba que lo mejor sería preguntárselo a ella directamente, pero para eso quería tener alguna prueba más sólida. No podía seguir así, tenía que hablar con Candy. Sin embargo, antes lo haría con Tom; quizá él había logrado averiguar algo con relación a los robos. Como la noche anterior, se tumbó en el sofá; no se veía capaz de dormir al lado de ella sin perder la poca cordura que le quedaba, y por suerte Candy estaba aún demasiado cansada como para darse cuenta. Por la mañana se despertó y se duchó. Al salir de la ducha fue a verla; Candy seguía durmiendo y tenía un morado en la frente. Terry sintió cómo le daba un vuelco el corazón; él sabía que era imposible que ella hubiera hecho nada para hacerle daño, pero seguía sin poder quitarse de la cabeza la imagen de George saliendo de su casa con aquel sobre en la mano.
Por desgracia, cuando llegó a la revista, sus peores pesadillas se hicieron realidad; encima de su mesa había un ejemplar de The Scope de ese viernes, y el artículo principal era sobre las mafias asiáticas. Era el artículo que él había escrito. El mismo. Nadie sabía que existían esos artículos. Nadie. Excepto Tom y Candy...
CONTINUARA...
Hola...!
Pues aprovecho que tengo tiempo y les mando el cap de hoy.
uuuhhh esto se esta poniendo feo, la verdad el otro capitulo es muy triste.. ='(
MIL GRACIAS POR SUS REVIEWS...
Saluditos
