Capítulo 17

Candy se despertó y se dio cuenta de que Terry ya no estaba. Al principio se asustó, y por un instante pensó que quizá ni siquiera había ido a dormir, pero vio que la ducha aún estaba mojada y que en la cocina había una taza usada. Ese día se encontraba ya casi recuperada del todo, así que no dudó en arreglarse para ir a trabajar. Estaba contenta, tenía ganas de volver a ver a Jack y a Amanda, y seguro que esa noche ella y Terry podrían salir a cenar. Era el día en que regresaba Tom, Neil por tanto se iba y todo volvería a la normalidad.

Al llegar a la revista, Ed, el portero del edificio, le dio dos besos y le preguntó qué tal estaba. Todos la recibieron del mismo modo y Candy se emocionó al ver que durante esos meses había hecho tantos amigos. Salió del ascensor en su planta y, tan pronto llegó a su sitio, apareció Jack.

— ¿Se puede saber qué haces aquí? —preguntó él fingiendo estar enfadado—. Tendrías que estar en la cama.

—No te enojes. —Ella lo abrazó afectuosamente—. Si me quedo en casa un día más creo que me volveré loca. Además, hoy es viernes, tengo todo el fin de semana para descansar de las horribles tareas que me mandes hacer.

—Está bien. Pero si Terry intenta matarme, tendrás que defenderme —accedió Jack—. Y tienes que prometerme que si te duele la cabeza o la espalda te irás a casa.

—De acuerdo. —Candy se sentó y encendió la computadora—. ¿Qué quieres que haga?

Jack se sentó a su lado y, justo cuando iba a enseñarle los archivos que quería que revisara, se abrió el ascensor y Terry apareció en la planta.

—Creo que es peor de lo que me imaginaba —susurró Jack—. Nunca lo había visto con esa cara.

Terry buscó a Jack con la mirada y, cuando se dio cuenta de que Candy estaba allí, se lo vio aún más enfadado.

—Dios, creo que va a estallar —comentó Jack, que empezaba a temer por su integridad física.

Candy también empezaba a preocuparse. Terry atravesó la sala con paso firme, sin apartar la mirada de ella. En la mano derecha llevaba una revista que tiró encima de la mesa justo al llegar donde estaban ellos.

—¿Quieres explicarme esto? —le preguntó a Candy sin mirar a Jack.

Ella tomó la revista y miró el artículo. Terry vio cómo le cambiaba la cara en el mismo instante en que se dio cuenta de lo que estaba leyendo.

—Es tu artículo —contestó paralizada—. ¿Cómo es posible?

—Dímelo tú —respondió Terry, que empezó a notar cómo se le hinchaba la vena que le cruzaba la frente—. Tú y Tom eran los únicos que sabían lo de mis artículos de reserva.

Al ver que Candy no contestaba y que Terry parecía estar a punto de perder los estribos, Jack se atrevió a preguntar:

— ¿Se puede saber de qué estás hablando?

Terry lo miró como si hasta entonces no se hubiera percatado de que estaba allí, y respondió:

—La señorita Candice White es quien nos ha estado robando los artículos. De eso estoy hablando.

Ella abrió la boca de par en par y sintió cómo los ojos se le llenaban de lágrimas. ¿Que ella había robado los artículos?

—Terry, eso es imposible —contestó Jack antes de que Candy pudiera decir nada.

— ¡Imposible! ¡Y una mierda! —Terry volvió a mirarla a ella—. Candy, ¿te importaría explicarnos a Jack y a mí qué hacía George Johnson el miércoles en mi casa? —Terry vio cómo ella retrocedía un poco—. ¿O qué hacían los dos juntos en el café Meridien hace unas tres semanas? O, mejor aún, ¿por qué no me cuentas por qué me mentiste cuando te pregunté adónde habías ido?

Candy abrió la boca para contestar, pero él se lo impidió.

— ¿Sabes qué?, mejor no digas nada. Hasta esta mañana, yo me habría creído cualquier cosa que me hubieras contado. —Terry se burló de sí mismo—. Pero cuando he visto mi artículo en The Scope he abierto los ojos. Tú y Tom eran los únicos que sabían lo de esos textos de reserva, pero sólo tú conoces la contraseña de mi ordenador. ¡Es el día que llegaste a Londres! —Terry miró a Jack—. Patético, ¿no? He sido tan estúpido... Como si lo que pasó con mis padres no me hubiera escarmentado bastante.

—Terry, yo... —Candy sintió cómo le resbalaba una lágrima por la mejilla y, furiosa, la apartó con el dorso de la mano—. ¿Cómo puedes creer que yo sea capaz de hacerte eso? —Vio que él no se inmutaba, y añadió—. Yo te quiero.

Terry se tensó y, mirándola a los ojos, dijo:

—No te atrevas a decirme eso nunca más. Al menos yo he tenido la decencia de no decirte esa mentira. El día en que yo le diga a una mujer que la quiero, procuraré que sea verdad. Y te aseguro que por ti nunca he sentido nada parecido al amor. —Se alegró al ver que a ella le caían más lágrimas. Quería que sufriera tanto como él—. No sé qué has logrado con esto. No creo que sea por dinero; a ti no te hace falta. —Y volvió a insultarla—. Tal vez te parezcas más a tu hermano Albert de lo que crees y lo hayas hecho para obtener un empleo mejor en la competencia. —Él la atacaba donde más le dolía—. No lo sé ni me importa. Lo único que quiero es que te vayas de aquí, de mi casa y de mi vida hoy mismo.

Jack no sabía adónde mirar ni qué decir. Él no podía creer que Candy fuera la culpable de los robos, pero las pruebas que tenía Terry parecían irrefutables. Vio que su amigo estaba tenso, erguido, y que miraba a Candy como si no pudiera soportar su presencia. A ella, por su parte, se la veía completamente abatida, pero tras unos instantes levantó la cabeza y miró a Terry a los ojos.

Parecía como si hubiera tomado una decisión.

—Terry, yo no he robado los artículos. Ni éste ni los anteriores. —Vio que él levantaba una ceja y desdeñaba lo que estaba diciendo—. No sé quién ha sido, pero espero que lo averigües pronto y cuando lo hagas no quiero que vengas a buscarme.

Él se rió de ese último comentario.

Candy se frotó la cara con la mano que no tenía enyesada y empezó a recoger sus cosas.

—Me duele que me creas capaz de hacer eso, y me duele que no confíes en el amor que siento por ti, pero me niego a defenderme de todas estas tonterías. —Tomó aliento—. Pero en una cosa sí tienes razón. —Al ver que él la miraba interesado, añadió—: Tú nunca me has dicho que me quisieras, y ahora lo entiendo. Tú nunca me has querido. Si así fuese ahora estarías buscando al verdadero culpable en vez de estar echándome de tu vida para siempre. ¿Sabes?, tú siempre has tenido miedo de parecerte a tu padre —a él, le tembló un músculo de la mandíbula—, pero en realidad te pareces a tu madre. Él fue lo bastante valiente como para sentir algo por alguien, pero tú, al igual que ella, no sientes nada. Supongo que sólo era cuestión de tiempo que encontraras una excusa para apartarme de ti.

Terry se defendió de este último ataque:

—Candy, toda esta psicología barata no hará que cambie de opinión y sólo te pone en ridículo. Lárgate de aquí antes de que decida hacer algo peor, como llamar a la policía y acusarte oficialmente de los robos.

—Hazlo. A lo mejor ellos consiguen encontrar a quien de verdad ha sido —le dijo, mirándolo desafiante a los ojos—. ¿Te acuerdas de esa noche en Bath cuando me preguntaste si creía que sabrías reconocer a la persona capaz de hacerte feliz? —Antes de que él dijera nada, añadió—: Pues bien, mi respuesta es no. No eres capaz. Tienes demasiado miedo, eres un cobarde y no mereces que nadie te entregue su corazón. Tú no tienes uno que dar a cambio.

—Vete de aquí ahora mismo.

A Candy le resbaló el bolso y Jack la ayudó a tomarlo. La miró a los ojos, pero no le dijo nada.

—Gracias —susurró Candy, devolviéndole la mirada—. Por todo.

Estaba ya a punto de entrar en el ascensor cuando Terry la llamó por última vez. Tal vez se había dado cuenta de que se equivocaba.

—Candy, cuando salgas del apartamento deja las llaves encima de la mesa del comedor. No quiero tener que volver a verte.

—No te preocupes, no tendrás que hacerlo. Pero escúchame bien y grábate estas palabras: yo no he robado nada y, lo que es más importante, yo tampoco quiero volver a verte nunca más. —Entró en el ascensor y se fue.

Lloró todo el camino, en la calle la gente la miraba como si estuviera loca, y un par de señoras le preguntaron si se encontraba bien. ¿Bien? No creía volver a estarlo en toda su vida. Lo poco que recordaba de anatomía era que no se podía vivir sin corazón, y a ella acababan de rompérselo en mil pedazos. Llegó al apartamento de Terry y empezó a hacer la maleta. Era como si otra persona hubiera tomado posesión de su cuerpo; a pesar de lo complicado que era doblar la ropa con una sola mano, terminó en tan sólo una hora. Llamó a un taxi y le pidió que la llevara al aeropuerto de Stansted, seguro que habría algún vuelo para Chicago, Nueva York o Los Ángeles. No le importaba. Lo único que quería era salir de allí y llegar a Estados Unidos cuanto antes. Al parecer, el destino la favorecía, y encontró boleto para un avión que salía al cabo de media hora.

No hacía ni cinco horas que se había despertado y se había sentido la mujer más feliz del mundo, y ahora estaba en el aeropuerto, con la mano enyesada, el corazón roto y su vida hecha añicos. ¿Cómo había pasado? ¿Quién había robado el artículo de Terry? ¿Por qué él la había creído capaz de hacer eso? Candy no podía dejar de preguntarse por qué, y llegó a la conclusión de que le había dicho la verdad; él nunca la había querido, por eso había estado tan predispuesto a creer que ella era la culpable. El avión aterrizó en Chicago, y Candy se dio cuenta de que si Terry no la quería, ella tenía que hacer todo lo posible por dejar de quererlo. Cuanto antes mejor. Se negaba a recordar a un hombre que no había luchado por ella y que la había echado de su lado sin pestañear. Volvería a instalarse en su apartamento, buscaría un buen trabajo y sería feliz. Tan pronto como pudiera dejar de llorar durante más de media hora seguida.

Ya en el aeropuerto de Lakewood, Candy sacó el celular de su bolso y llamó a Albert, no sabía a quién recurrir.

Terry se pasó el día en la revista, sin hablar con nadie. Jack y Amanda intentaron acercársele en un par de ocasiones, pero él reaccionó como un león enjaulado. Ambos decidieron dejarlo solo. Llegó la hora de salir y se fue a su casa. ¿Estaría Candy aún allí? Temía que así fuera. No había podido quitarse de la cabeza la imagen de ella al tomar el ascensor. Parecía tan inocente, tan dolida, que le hizo dudar. Pero no, sabía que ella era la única que conocía su clave, y él había visto con sus propios ojos a George saliendo de su casa. Apagó las luces del despacho y se fue dando un rodeo hasta su apartamento. Una pequeña parte de él deseaba que ella estuviera allí, que lo estuviera esperando para discutir con él y demostrar su inocencia. Cuando abrió la puerta supo sin ningún género de dudas que ella ya no estaba. Fue una sensación extraña, como si le faltara el aire. Encima de la mesa, tal como él le había pedido, bueno, ordenado, estaban las llaves. En el armario y en el baño no quedaba ni rastro de ella ni de sus cosas. Se sentó en el sofá y vio que debajo del cojín había algo, El conde de Montecristo. Sintió que una lágrima le resbalaba por la mejilla.

CONTINUARA...


Hola.. hola!

bueno lo que les dije... asi o mas triste! ='(

Este Terry dan ganas de sacudirlo para que entienda... pero tampoco es que Candy haya sido tan inocente, miren que todos se lo advirtieron, debia decirle todo a Terrybombon!

pero bueno... quiero externarles mis agradecimientos infinitos por seguir esta historia. miren que la han seguido fielmente y me alegro muchisimo. Les habia dicho a principio de semana que tal vez no podria publicar todos los dias... pero gracias a Dios, no ha sido la semana tan "loca" que digamos!

MIL GRACIAS POR SUS REVIEWS...

hasta mañana.. saluditos