Capítulo 18

Candy y Albert llegaron a casa de sus padres a las diez de la noche, y todos se quedaron de piedra al verla en aquel estado; no sólo por el yeso que cubría su muñeca, no por los puntos que aún llevaba en la ceja, sino también porque tenía los ojos hinchados de tanto llorar. Albert los convenció de que primero la dejaran ducharse y, cuando salió de la ducha, con un pijama puesto, estaban todos esperándola.

Rose y William habían preparado un poco de cena, Karen y Elizabeth le estaban deshaciendo la maleta, Stear y Archie ponían la mesa y Albert se paseaba arriba y abajo. Solía hacer eso cuando pensaba.

Archie fue el primero que la vio.

—¿Estás mejor? —le preguntó colocando el último tenedor en la mesa—. ¿Necesitas algo?

Candy dedujo entonces que su aspecto debía de ser de verdad lamentable; su hermano no solía ser tan atento.

—No, gracias. ¿Vamos a cenar? —respondió ella un poco incómoda.

—Sí, tan pronto como papá y mamá estén listos —dijo Stear.

Sus padres tardaron sólo unos minutos y pronto estuvieron todos sentados a la mesa. Cuando Candy terminó su sopa, Albert no pudo aguantar más:

—¿Vas a contarnos lo que pasó o no? —le preguntó mirándola a los ojos.

A ella le tembló la mandíbula, pero logró controlar el llanto. Se había prometido a sí misma que no iba a llorar más. Empezó por el principio; les contó que se había enamorado de Terry, que había conocido a Nana y a todos sus amigos, que el trabajo era fantástico y lo del robo de los artículos. Todos la escuchaban atentamente, y notó que Albert apretaba su copa con fuerza cuando explicó que Terry y ella se habían acostado, pero siguió adelante. Pasó a cómo ella y Nana habían conocido a George, y lo del artículo sobre el padre de Terry que iba a aparecer al cabo de dos semanas.

En ese punto, William y Albert empezaron a hacerle preguntas. Concretamente, querían saber qué tenía todo eso que ver con que ella hubiera regresado de repente hecha un mar de lágrimas.

Candy respiró hondo y les explicó el resto. Les contó que había aparecido publicado el artículo que Terry guardaba para casos de emergencia, y entonces llegó lo más difícil; decirles que Terry la había acusado del robo de los artículos y la había echado.

Albert se levantó de golpe.

— ¡Será imbécil! —exclamó indignado.

—No, pero me vio con George y yo le mentí —respondió Candy sin pensarlo.

— ¡No lo defiendas! —Dijeron Albert y William a la vez—. Terry debería saber que tú eres incapaz de hacer nada malo —añadió su padre.

Su madre se levantó y se sentó a su lado.

—Candy, tranquila, ya verás como todo se arregla —la consoló Rose.

—No, mamá, tú no lo entiendes. —Candy se frotó los ojos—. Él cree que yo he estado todos estos meses aprovechándome de él y... —le tembló la voz—. Me dijo que no me quiere, que nunca ha sentido nada por mí.

—Eso es más que obvio —exclamó Albert furioso—. Si te quisiera, no habría creído todas esas tonterías. Voy a matarlo.

—No, no harás nada de eso —intervino William—. Bastante castigo tendrá cuando se dé cuenta de lo que ha perdido.

Karen y Elizabeth miraron a su hermana con cariño.

—Tranquila, Candy. Seguro que cuando vea el artículo de su padre vendrá a pedirte perdón de rodillas —dijo Karen.

—Pues ¡ella no va a perdonarlo! —Apuntó Albert—. ¿Quién se ha creído que es para tratar así a Candy?

—No creo que él venga a pedirme perdón. —Candy se frotó la cara con la mano buena—. Sólo espero que, cuando descubra quién es el verdadero ladrón, se muera de vergüenza por lo que ha hecho.

—Bueno, a nosotros quien nos importa eres tú, así que el señor Grandchester puede hacer lo que le plazca mientras no vuelva a hacerte daño —dijo su madre—. Creo que ahora deberíamos irnos todos a dormir. Es muy tarde.

—Sí, la verdad es que estoy muerta de sueño. —Candy bostezó—. Llorar es agotador.

Todos se levantaron y fueron a sus habitaciones, pero Candy vio que Albert se quedaba en el salón.

—Albert, no te preocupes —le dijo. Sabía que su hermano se sentía culpable por lo que había pasado.

—No sé, Candy. No puedo evitar pensar que todo esto es culpa mía. —Tomó aliento—. Si yo no te hubiera enviado allí...

—Si tú no me hubieras enviado allí —lo interrumpió ella—, yo seguiría aquí hecha un lío. Ahora sé que soy fuerte y que puedo salir adelante sola; y eso te lo debo a ti. —Se puso de puntillas para darle un beso en la mejilla.

Él se incomodó un poco y se apartó.

—Tengo ganas de decirle a ese imbécil cuatro verdades. ¿Cómo puede ser tan estúpido?

—No sé —suspiró Candy—. Pero prométeme que no le dirás nada de lo del artículo de su padre. No quiero que se sienta obligado a disculparse conmigo. ¿Me lo prometes?

—Te lo prometo. Anda, vamos a la cama, que es tarde.

Los dos se fueron a sus habitaciones. Candy se durmió en seguida, pero Albert no. Estuvo mucho rato pensando en todo lo que le diría a Terry al día siguiente. Él le había prometido a Candy que no le diría nada sobre el artículo de su padre, pero no que no lo insultaría por haberle hecho daño a su hermana.

Terry se pasó la noche sentado en el sofá. No quería, no podía irse a la cama. A la cama que había compartido con Candy. ¿Cómo había sido capaz de hacerle eso? ¿Por qué? ¿Adónde se había ido? Cuando llegó a casa y vio que ella no estaba, sintió como si las paredes se le cayeran encima, pero pasada la primera impresión empezó a preguntarse adónde se habría ido. No quería hablar con ella, no quería volver a verla jamás, pero tampoco quería que le pasara nada malo.

Llamó a Amanda, seguro que estaba allí; en los últimos meses, se habían hecho muy amigas, pero se equivocó. Amanda no sabía nada de Candy desde esa mañana. Luego se armó de valor y llamó a Anthony; aunque entre él y Candy nunca hubiera pasado nada, Terry sabía que Anthony sentía mucho cariño por ella. Cuando Anthony le contestó y le dijo que seguía en Chicago, y que estaba cenando con unos compañeros de trabajo, Terry opto por no desvelarle el auténtico motivo de su llamada y limitarse a mandarle saludos. Ya tendría tiempo de escuchar sus insultos más tarde. Empezaba a estar preocupado y llamó a todos sus amigos. Nada, nadie sabía nada de Candy. Descartó la idea de que hubiera ido a casa de Nana, pues de lo contrario su abuela lo habría llamado seguro. Ni tampoco estaba con Tom y Paty, pues ellos habían cambiado de planes y no iban a regresar de Escocia hasta el domingo por la noche. ¿Dónde podía estar?

Eran ya las doce de la noche cuando se rindió y se dio cuenta de que sólo había dos posibilidades: o Candy era peor de lo que él se imaginaba y se había ido con George a pesar de que era un hombre casado; o él se había equivocado del todo y Candy había regresado a Chicago.

No sabía si le daba más miedo la primera opción o la segunda, pero por el momento sólo podía esperar. Esperar y por la mañana llamar a Albert. Seguro que el hermano mayor de Candy sabía dónde encontrarla.

A las ocho en punto de la mañana del sábado, Terry llamó a Albert.

—Eres un hijo de puta —fue el saludo de éste—. ¿Cómo has podido hacerle esto a Candy?

Terry no se dejó intimidar por el insulto y respondió.

—Eso deberías preguntárselo a tu hermana. Creo que ha salido a ti, no tiene escrúpulos a la hora de mejorar su carrera profesional.

— ¡Serás imbécil! —Albert apretaba el teléfono con tanta fuerza que tenía miedo de romperlo—. Mira, de mí puedes opinar lo que quieras, me importa una mierda, pero de mi hermana... —Intentó controlarse—. Hay que ser idiota para creer que ella es capaz de hacer nada malo.

—Albert, digamos que tú no eres objetivo. Ella es capaz de eso y de mucho más. —Terry también intentó recuperar el control, por lo que decía Albert era obvio que estaba al corriente de todo—. La vi con mis propios ojos con George. ¿Cómo explicas eso?

Albert cerró los ojos un instante. Le había prometido a Candy no contarle a Terry lo del artículo de su padre, e iba a mantener esa promesa. Se lo debía.

—Terry, siempre te había considerado inteligente. Pero ahora veo que me equivoqué. Creía que un buen periodista buscaba toda la información posible antes de llegar a una conclusión. —A ver si así se daba por aludido.

— ¿Por qué lo dices? —preguntó Terry, intrigado por el cambio de tema en la conversación.

—Por nada. —Albert no podía decir nada más—. ¿Por qué me has llamado?

Terry se quedó en silencio durante un instante.

—Porque quiero saber dónde está Candy. Quiero saber si está bien.

Albert se rió de un modo muy cruel.

—¿Así que ahora te importa? Pues no, ella no está bien. —Albert alzó la voz—. Ayer, después de que la echaras de la revista y de tu apartamento, tomó la maleta y, con la muñeca aún enyesada, se fue sola al aeropuerto para tomar un avión hacia Chicago. —Albert estaba cada vez más furioso—. Se pasó todo el viaje llorando y llegó aquí agotada y destrozada. Así que no. No está bien.

Terry iba a contestar, pero Albert se lo impidió.

—Pero no te preocupes, dentro de poco sí lo estará. Se recuperará del accidente de moto, de Londres y de ti. Así que no se te ocurra llamarla ni aparecer por aquí. ¿Entendido?

Terry cerró los ojos y, al habérsele hecho un nudo en la garganta, tardó un poco en contestar.

—¿Entendido? —insistió Albert.

—Sí, perfectamente. —Antes de que pudiera decir nada más, oyó cómo Albert colgaba.

Dios, como si no hubiese bastante, ahora acababa de perder a su mejor amigo.

Terry se dio cuenta de que le temblaban las manos. Su vida iba de mal en peor. Si se quedaba en casa acabaría volviéndose loco; todo le recordaba a Candy. Tenía que salir. Tomó las llaves y se fue a la calle. Caminó sin rumbo fijo, lo único que quería era pensar, tranquilizarse.

¿Por qué tenía la sensación de que había cometido el mayor error de su vida? Él había visto a Candy con George, y no una, sino dos veces. Ella le había mentido. Ella era la única que conocía la contraseña de su computadora. Ella le había mandado un e-mail a George con una relación de todos los artículos y sus fechas. Era obvio que ella era la ladrona.

Pero ¿por qué lo había hecho? ¿Por dinero? ¿Para mejorar su carrera profesional? Si hubiera sido por eso, ¿por qué habría regresado a Chicago? Dios, había algo que se le escapaba.

Terry anduvo por las calles todo el día. Es increíble lo solo que se puede llegar a sentir uno en una ciudad llena de gente. Por la noche, al regresar a su casa, se detuvo ante el portal naranja. Ahí la había besado por primera vez, y en ese instante recordó perfectamente su olor y su sabor. Tenía que dejar de hacer eso, tenía que olvidarla y tenía que hacerlo ya. Ella lo había engañado, lo había utilizado, y cuanto antes se lo metiera en la cabeza, mejor. Lo que le resultaría difícil sería sacarla de su corazón, porque, a pesar de lo que le había dicho a Candy, él sí se había enamorado de ella.

Pasó el domingo en ese mismo estado de estupor. El teléfono de su casa sonó tres o cuatro veces, pero él no contestó ninguna. Todas esas llamadas fueron seguidas por sus réplicas en el celular, y vio que Jack, Amanda y Anthony, que ya se habían enterado de lo que había sucedido, lo estaban buscando. Los ignoró. No quería hablar con nadie. No se veía capaz de contarles lo que había pasado. Llevaba dos noches sin dormir, estaba cansado, agotado, y por mucho que su cerebro se empeñara en lo contrario, su corazón echaba de menos a Candy.

«¿Qué son esos golpes en la puerta?», pensó Terry entreabriendo los ojos e incorporándose en el sofá. Debía de haberse quedado dormido, porque aún llevaba la ropa puesta y la televisión estaba encendida. Volvieron a oírse los golpes, pero esta vez acompañados de unos gritos.

— ¡Terry, si no abres la puerta de una vez, la echaré abajo! —La potente voz de Tom resonó por toda la escalera.

¿Tom? ¿Qué estaba haciendo él allí? Terry miró el reloj y vio que eran casi las doce del mediodía. Mierda, en efecto se había dormido. Se pasó las manos por la cara y carraspeó.

—¡Ya voy! —Se levantó y caminó hacia la puerta—. Siento haberme dormido —dijo al abrirla—. Pero ¿desde cuándo vas a buscar a los empleados a su casa cuando llegan tarde?

—Desde que han cometido el mayor error de su vida —respondió Tom enfadado, y le golpeó con un DVD en el pecho.

— ¿No ir a trabajar el lunes por la mañana es el mayor error de mi vida? —preguntó Terry aún soñoliento.

—No. —Tom entró y cerró la puerta tras de sí—. Pero echar de tu vida a la primera y única mujer a la que has querido, sí lo es. —Al ver que Terry lo miraba atónito, añadió—: ¿Tienes algún aparato en el que podamos ver este disco?

—Sí, claro, debajo del televisor. —Terry no entendía nada de lo que estaba pasando.

—Siéntate —dijo Tom—. No creo que puedas tenerte en pie después de verlo.

Tom puso el DVD, y Terry sintió como si le dieran un puñetazo en mitad del pecho…

CONTINUARÁ...


hola... HOLA!

ya se recuperaron del capitulo anterior? porque yo no! =( lo bueno es que al parecer ya todo se aclarara para Terry... ahora que Candy lo perdone...

EL SIGUIENTE CAPITULO... ES DE VERDADES!

MIL MILLONES DE GRACIAS POR SUS REVIEWS... prometo contestarlos todos pronto.. jejeje, y agradecer a cada una.

SALUDITOS