Capítulo 20
—Candy, ¿quieres hablar con él?
—Sí —respondió ella en voz baja.
—Está bien. —Albert le dio un cariñoso beso en la mejilla—. Llámame luego. ¿Lo prometes?
Terry se sorprendió al ver el cambio de actitud de Albert.
—Te lo prometo. No te preocupes. —Candy le dio un abrazo.
Albert se dio la vuelta de nuevo y se dirigió a Terry.
—Haz que no me arrepienta. —Aunque era una amenaza, Terry sintió como si, en el fondo, su amigo le estuviera dando su consentimiento para salir con su hermana.
—Te juro que no te arrepentirás —dijo Terry—. Gracias.
—Ya me estoy arrepintiendo.
Albert miró a su hermana de nuevo y se fue hacia su coche.
Los dos se quedaron solos delante del portal.
—Te han quitado los puntos. Te ha quedado una pequeña cicatriz. —Él levantó la mano para dibujarla con su dedo, pero ella se apartó.
—¿De qué quieres hablar? —preguntó seca.
Él retrocedió un poco pero no iba a permitir que ese pequeño rechazo empañara el éxito que había tenido al lograr que aceptara hablar con él.
—¿Te importaría que fuéramos a otro sitio? —Terry se puso las manos en los bolsillos para controlar las ganas que tenía de tocarla.
—Podemos subir a mi apartamento —dijo Candy tras dudar un instante, y sacó las llaves de su bolso.
—Gracias. —Terry le aguantó la puerta para que entrara.
Subieron la escalera a pie y en silencio. Ella aún no lo había mirado a la cara y él no podía dejar de mirarla. Candy abrió la pesada puerta de roble y los dos entraron. La maleta que había traído de Londres estaba en medio del comedor.
—Aún no has deshecho el equipaje —murmuró Terry.
Candy fingió no haber oído ese comentario y se sentó en el sofá. Cruzó las piernas como una india sosteniendo un cojín entre las manos, como si fuera un escudo.
Terry quiso sentarse a su lado, pero al ver que ella se ponía tensa, optó por sentarse en un sillón que había delante del sofá.
—Candy.
Ella seguía sin mirarlo, y él no podía soportarlo más.
—Candy, mírame. Por favor.
Tardó unos segundos, pero poco a poco lo miró a los ojos, y Terry se alegró al ver que ella estaba tan afectada como él.
—Lo siento —le dijo marcando cada palabra—. Lo siento mucho.
A Candy le resbaló una lágrima por la mejilla, pero la apartó furiosa con la palma de la mano. No quería volver a llorar delante de él.
—Siento haberte acusado de algo tan horrible. Siento no haber confiado en ti. Siento haberte hecho daño. Siento haber sido un imbécil. —Al ver que ella empezaba a llorar, él no pudo controlarse más y se levantó para sentarse a su lado—. Tengo que abrazarte.
La rodeó con los brazos y ella se acurrucó entre ellos.
Lloró contra su pecho y él apoyó la barbilla entre su pelo. Unos minutos más tarde, Candy dejó de llorar e intentó apartarse.
—Ya estoy mejor. —Se separó de él y se frotó la cara con las manos.
Terry la soltó y, al ver que ella volvía a levantar sus defensas, regresó a su sillón.
—¿Has descubierto quién robó los artículos? —preguntó Candy.
—Sí. —Terry se sonrojó al darse cuenta de que ella creía que él sólo había ido a verla para disculparse por haberla acusado de eso—. Fue Neil.
Candy levantó las cejas sorprendida, pero antes de que pudiera decir nada, Terry la interrumpió.
—Pero no he venido a hablar de eso. Si quieres, después te lo cuento todo. —Se pasó las manos por el pelo.
—¿Después de qué? —preguntó ella, mirándolo a los ojos.
—También he conocido a George. —Terry quería confesárselo todo antes de decirle el verdadero motivo por el que había ido a verla.
—¿Cuándo?
—El lunes. Me contó lo del artículo de mi padre. —Al ver que Candy parecía incómoda, añadió—. Pero tampoco he venido aquí para hablar de eso.
Ella lo miró incrédula y él volvió a levantarse del sillón.
—Te estoy muy agradecido, pero no he venido hasta aquí por eso.
—Y entonces ¿por qué has venido?
Él se sentó a su lado.
—He venido por esto.
Antes de que ella pudiera reaccionar, Terry le tomó la cara entre las manos y la besó. Primero, Candy estaba demasiado sorprendida como para reaccionar, pero al sentir la lengua de él recorriéndole el labio inferior, no pudo evitarlo. Terry la besó como si quisiera entrar dentro de ella, como si la necesitara para respirar. Poco a poco, fue relajando la presión de sus manos y las deslizó hasta su espalda. Cuando ella se dio cuenta de lo que estaba pasando, se apartó de él. Si quería superar algún día lo que sentía por ese hombre, tenía que ser fuerte y resistirse a su seducción.
—Esto —Candy hizo un gesto con las manos— nunca ha sido un problema. Esto —colocó una mano sobre el corazón de él— sí lo es.
Ella empezó a apartarse, pero Terry le tomó la muñeca y dejó la mano de ella donde estaba.
—No me has dejado terminar —dijo, mirándola a los ojos—. Siento mucho haberte mentido.
—¿Mentido?
—Sí. —Terry respiró hondo—. El viernes, cuando te dije que lo que sentía por ti no era amor, te mentí. Te amo, Candy.
A ella le resbaló una lágrima por la mejilla y, decidida, le apartó la mano. Se levantó del sofá y se alejó un poco de él.
—No te creo —susurró, y Terry sintió como si se le parara el corazón—. Tú no me quieres, si me quisieras, no habrías pensado que yo robaba los artículos. —Le resbaló otra lágrima—. Si me quisieras, no me habrías echado de tu vida sin pensarlo. Te doy las gracias por haber venido a disculparte de tus acusaciones y, supongo que estás agradecido por lo del artículo de tu padre. Pero no creo que debas confundir esas cosas con amor.
Terry estaba sin habla; de todas las situaciones posibles, ésa ni siquiera se le había ocurrido.
Candy se acercó a la puerta y la abrió.
—Si no te importa, preferiría que te fueras. Gracias por disculparte, pero ahora quiero estar sola, y tú seguro que tienes que regresar a Londres.
Terry se levantó en estado de trance. No podía ser que todo fuera a acabar de ese modo. Cerró los ojos un instante buscando en su mente algo que decir que pudiera hacerla cambiar de opinión. Y lo encontró:
—Te olvidaste una cosa en mi apartamento. —Vio que ella lo miraba intrigada, pero esperó a que formulara la pregunta.
—¿Qué?
—El conde de Montecristo. Me dijiste que era uno de tus libros preferidos. —Candy seguía sin hablar, así que continuó—: Me dijiste que te lo había regalado tu abuelo. ¿Quieres que te lo devuelva?
—Pues claro que quiero que me lo devuelvas. —Ella empezaba a estar furiosa. Terry no tenía bastante con haberle roto el corazón, ahora quería quedarse con uno de sus tesoros más preciados—. Además, ¿qué ibas a hacer tú con él?
—Podría leerlo. —«Y torturarme pensando en lo estúpido que he sido», pensó—. No voy a regresar a Londres. No sin ti.
—No digas tonterías —dijo ella sin soltar el pomo de la puerta.
—En estos últimos días, me han insultado más que en toda mi vida. Y si bien Nana y Tom tenían razón al decir que me he portado como un idiota, te aseguro que tú te equivocas de pleno. —A Terry se le estaba acelerando el pulso—. No estoy diciendo tonterías. No pienso regresar a Londres sin ti.
Candy entrecerró la puerta y lo miró a los ojos.
—Mira, sé que lamentas haberme acusado de los robos, y estoy segura de que te sientes culpable de que tuviera que tomar sola el avión y todo eso. —Tomó aliento—. Pero no quiero volver a Londres.
—Entonces me quedaré yo aquí, en Chicago. Seguro que Tom puede ayudarme a encontrar trabajo —dijo Terry esperanzado.
—No, no lo entiendes. No quiero volver a estar contigo. —Candy vio cómo Terry perdía toda la esperanza de golpe—. ¿Te acuerdas de aquella conversación que tuvimos sobre lo de encontrar a alguien especial? —Terry asintió con la cabeza, y ella continuó—. Yo no soy tu persona especial.
—Eso no es verdad. —A Terry se le hizo un nudo en la garganta.
—Sí lo es. —Llegar a esa conclusión había sido lo único que había logrado consolar un poco a Candy. De haberlo sido, él no habría sido capaz de hacer lo que hizo—. Y supongo que tú no eres la mía.
—No digas eso. —Terry sintió cómo le escocían los ojos, e hizo un esfuerzo por controlarse—. Por favor.
—Lo mejor será que lo olvidemos. Seguro que dentro de un mes ya ni te acuerdas de mí. —Intentó sonreír pero no pudo.
—Mira. —Terry se pasó nervioso la mano por el pelo. Aquella conversación iba de mal en peor—. No voy a regresar a Londres. Anthony sigue aquí, en Chicago, y seguro que puedo quedarme unos días con él.
—Eso no cambiará nada.
Pero él no estaba dispuesto a rendirse.
— ¿Podemos vernos mañana? Así te devuelvo tu libro.
—No, prefiero que no. Pero puedes dejar el libro en el buzón. —No podría resistirse a él si lo veía otra vez.
—No. Sólo te lo devolveré en persona. Si no, me lo quedo para siempre. —Terry sabía que se estaba pasando, pero estaba desesperado.
—Mañana no puedo, tengo una cita. —Terry se puso tenso al oír esa palabra, y Candy no lo tranquilizó. Sólo había quedado con sus hermanas para ir al cine, pero no le iría mal sufrir un poco—. ¿Cuánto tiempo vas a quedarte?
—Todo el que sea necesario. —Ella ignoró ese comentario, así que Terry se tragó el poco orgullo que le quedaba y le preguntó—: ¿Cuándo podríamos volver a vernos?
Candy pensó un instante. Cómo mínimo necesitaba un par de días para recuperarse de su visita.
—El sábado por la tarde estoy libre. —Estaba libre todo el día, pero no quería que él lo supiera—. Si aún estás aquí, tú y Anthony pueden venir a eso de las seis.
—Vendré yo solo. —Terry tuvo que morderse la lengua para no decirle lo que pensaba de sus tácticas de despiste.
—Entonces, si no tienes nada más qué decir —Candy volvió a abrir la puerta—, tengo mucho que hacer.
Terry se paró delante de ella y, antes de que pudiera reaccionar, la besó con toda la pasión y todo el amor que sentía. La besó para intentar demostrarle con su cuerpo lo que no lograba hacerle creer con palabras. La besó porque, si no lo hacía, se iba a morir. La besó porque necesitaba saber que ella aún sentía algo por él. La besó porque no se imaginaba salir de aquel lugar sin su sabor en los labios.
—Ya está —dijo al apartarse—. Eso es lo que quería decirte. Vendré el sábado. —Estaba de pie en la puerta cuando añadió—. ¿Puedo llamarte?
—Sí, claro —respondió Candy, aún aturdida por aquel beso que le había llegado al alma.
—Nos vemos el sábado, princesa —fue lo último que dijo Terry antes de bajar la escalera a toda prisa. Si no se iba de allí rápido, volvería a besarla, y Candy aún no estaba preparada para eso. Antes de poder volver a hacer el amor con ella, tenía que convencerla de que la quería.
Terry llegó a la calle y buscó su celular para llamar a Anthony, pero al abrirlo vio que tenía un mensaje de Albert que decía que lo esperaba en la cafetería de la esquina. Bueno, tarde o temprano tendría que hablar con él, y ése era tan buen momento como cualquier otro. Sólo esperaba que, a diferencia de su hermana, su mejor amigo estuviera dispuesto a escucharlo.
Albert estaba sentado a una mesa, con una taza de café delante. Parecía estar concentrado repasando su agenda electrónica, pero tan pronto como Terry entró en el local, levantó la cabeza y le indicó que fuera a sentarse con él.
—Bueno, veo que sigues con vida —dijo Albert sarcástico.
—Si a esto se le puede llamar vida —respondió Terry sin pensar.
—¿A qué te refieres?
—A que no creo que se pueda vivir sin corazón. —Terry sabía que el único modo de lograr que Albert lo perdonara y lo ayudase era siendo completamente sincero con él. Y a esas alturas ya no le avergonzaba reconocer que estaba enamorado de Candy.
—Tenía ganas de matarte, pero ahora que te veo creo que no será necesario. —Albert bebió un poco de café—. Estás hecho una mierda.
—Ya. —Terry se frotó la cara y pidió que le trajeran un café doble—. Espera que te pase a ti.
—A mí no va a pasarme.
—Ya —repitió Terry—. Seguro. —Dio un sorbo a la bebida que acababan de traerle—. Siento todo lo que he hecho. Siento haber pensado mal de Candy. Siento haberte insultado por teléfono. —Tomó aliento—. Pero no siento haberme enamorado de tu hermana. Ella es lo mejor que me ha pasado en la vida.
Albert lo miró unos momentos en silencio y luego sonrió.
—Me alegra ver que no me había equivocado contigo, Terry. —Ante la mirada atónita del otro, continuó—: Siempre pensé que eras muy valiente por haber superado lo de tus padres como lo hiciste, pero cuando Candy me contó todo lo que le habías dicho el viernes pasado, pensé que en realidad eras sólo un cobarde y un imbécil.
—Lo soy, o lo fui. —Terry se obligó a decir la verdad—. Todo lo que te ha contado Candy es cierto. La insulté delante de todos. La acusé de haber robado los artículos y la eché de allí sin escucharla siquiera. ¿Y sabes qué es lo peor?
—¿Qué? —Albert no sabía cómo reaccionar ante la confesión de Terry. Le impactó mucho ver que su amigo, al que siempre había visto risueño y relajado, estaba al borde de las lágrimas y del agotamiento.
—Que una parte de mí siempre supo que Candy era incapaz de haber hecho todo eso, pero aun así, la acusé de ser la ladrona. Creo que prefería pensar que ella era una arpía calculadora, a creer que era una mujer increíble de la que me había enamorado.
—¿Yahora qué crees?
—Ahora sé que es una mujer increíble, que estoy enamorado de ella y que estoy dispuesto a hacer todo lo que sea necesario para recuperarla.
—Me alegro. La verdad es que habría lamentado mucho tener que darte una paliza. —Albert sonrió—. En el estado en que te encuentras, no habría tenido gracia.
—No estés tan seguro. —Terry sonrió, agradecido de que su amigo pudiera bromear sobre el asunto—. Aún puedo tumbarte en menos de tres segundos.
—Sigue soñando, Grandchester.
Después de despedirse de Albert, con quien quedó para comer al día siguiente, Terry llamó a Anthony y se preparó para recibir otro sermón.
—Dime que lo que Jack me ha contado no es cierto —fue lo primero que dijo Anthony al contestar el teléfono.
—Lo es —dijo Terry resignado.
—Serás...
Terry lo interrumpió:
—Si vas a llamarme «imbécil» o «idiota», ahórratelo, ya me lo han dicho.
—¿Y «estúpido»? Porque hay que serlo para creer toda esa basura sobre Candy. Y ahora ¿qué? ¿Qué vas a hacer?
—Todo lo que haga falta. Estoy aquí, en Chicago, y no me iré hasta que me perdone. ¿Puedo quedarme contigo? —Por un instante, Terry tuvo miedo de que Anthony no quisiera ayudarle.
—Sabes que sí —respondió su amigo sin dudarlo—. Tú y Candy tienen que estar juntos. Dios, si por su culpa estoy dispuesto a creer que eso del amor y la fidelidad existe.
—Ojalá Candy crea lo mismo. —Terry empezaba a dudarlo.
—Lo cree. Vamos, no te rindas o pensaré que me das vía libre para salir con ella. —Anthony se rió.
—Ni lo sueñes.
— ¿Necesitas que vaya a buscarte a algún sitio? Aún estoy en el trabajo pero puedo escaparme. Apunta la dirección de mi apartamento. —Como Anthony tenía que quedarse allí unos meses, su empresa había preferido alquilar un apartamento y no seguir pagando habitaciones de hotel—. Sí quieres, puedes esperarme allí. Llamaré ahora mismo al portero para decirle que te abra.
—Gracias, la verdad es que estoy agotado y me iría bien descansar un poco.
Terry se despidió de Anthony y se fue a casa de él a dormir un poco. Tal vez ahora que había visto a Candy podría cerrar los ojos y no pensar en que la había perdido para siempre.
Unas horas más tarde, Terry se despertó. Tardó unos segundos en acordarse de dónde estaba, pero tan pronto como se centró, tomó el celular y marcó el número de Candy. Al fin y al cabo, ella le había dado permiso para llamarla. Vio que eran más de las doce de la noche y dudó un segundo, pero aun así decidió arriesgarse.
— ¿Terry? —Candy parecía preocupada, y eso le dio ánimos—. ¿Pasa algo?
—Te echo de menos —respondió él.
— ¿Sabes qué hora es? —Pasada la sorpresa inicial de que la llamara tan tarde, Candy decidió seguir manteniendo las distancias.
—Más de las doce. Te echo de menos.
—Eso ya lo has dicho —repuso ella enfadada, pero no pudo evitar sonreír.
— ¿Y tú?
— ¿Yo qué? —No iba a ponérselo tan fácil.
— ¿Me echas de menos? —Terry optó por preguntárselo directamente.
— ¿Llamas para preguntarme esa tontería?
—No es ninguna tontería. —Terry se dio cuenta de que Candy no le había contestado. Tal vez fuera porque no quería mentirle, se dijo a sí mismo para darse ánimos. Si realmente no le echara de menos seguro que se lo diría—. Sólo quería decirte que estoy instalado en el apartamento que Anthony tiene alquilado. —Ella no dijo nada y Terry continuó; al menos no le había colgado—. Mañana comeré con tu hermano.
— ¿Y esto me lo cuentas por...?
—Por si necesitas hablar conmigo.
—Tranquilo, no lo necesitaré —replicó ella casi al instante, aunque dudaba que fuera cierto.
—Bueno. —Terry se mordió el labio inferior. Una retirada a tiempo era una victoria—. Será mejor que vaya a acostarme. —Aprovechó que ella seguía en silencio y dijo—: Buenas noches, Candy, te amo.
—Buenas noches. —Y colgó antes de sucumbir a la tentación de decirle que ella también lo amaba.
CONTINUARA...
Hola...!
como están niñas lindas?
MIL GRACIAS POR SUS REVIEWS... especialmente a las que le entraron al reto para tener el siguiente capitulo hoy mismo...
SALUDITOS
