Capítulo 21
A la mañana siguiente, Candy intentó por todos los medios no pensar en Terry. Le resultó casi imposible. A pesar de que él sólo había estado en su apartamento una media hora, ya le era imposible mirar la entrada sin acordarse de él y del increíble beso que le había dado antes de irse. No sabía qué creer. Ella sabía que Terry se sentía culpable por haberla acusado de los robos, y también sabía que lamentaba el modo en que la trató ese día en la oficina. Pero ¿eso era amor? Candy tenía miedo de creérselo, que luego él volviera a darse cuenta de que no estaba preparado y desapareciera para siempre. No sería capaz de soportar ese dolor una segunda vez. Lo mejor que podía hacer era concentrarse en buscar trabajo y salir con sus hermanas, tal como tenía planeado.
Terry se pasó la mañana al teléfono. Primero llamó a Nana para decirle que Candy aún no lo había perdonado, pero que no iba a irse de Chicago hasta que lo hiciera. Como siempre, su abuela le dio ánimos y le aconsejó que fuera paciente, que lo mejor que podía hacer era decirle a Candy lo que sentía, y seguro que ella acabaría por darle otra oportunidad. Luego llamó a Tom, a él también le contó lo que había pasado, pero además tuvo que pedirle, por favor, que le diera una semana de vacaciones. Terry sabía que la revista estaba pasando por momentos difíciles, así que si Tom le decía que volviera no tendría más remedio que hacerlo. Aunque hubieran solucionado lo del robo de los artículos, aún tenían mucho trabajo por hacer, por suerte, Tom le contestó que lo tenía todo controlado y que podía quedarse allí unos cuantos días.
La única condición que le puso fue que, cuando regresara, trajera a Candy consigo, de lo contrario Paty, Jack y Amanda no volverían a dirigirle la palabra. Terry le dijo que así lo haría, y cuando colgó deseó que fuera verdad. Finalizadas las llamadas, se preparó para ir a comer con Albert y con Anthony, que al final también se había apuntado. Terry no tenía demasiadas ganas de quedar con ellos de almorzar juntos, pero supuso que hablando con ellos se tranquilizaría un poco y podría pasar un par de horas sin preguntarse qué estaría haciendo Candy.
Se equivocó. Unas horas más tarde, sentado delante de Albert y Anthony, se dio cuenta de que el único tema de conversación que tenían aquellos dos energúmenos que eran sus mejores amigos, era lo mal que se había portado con Candy. Él lo sabía perfectamente, no hacía falta que se lo recordaran cada dos minutos. Cuando acabaron de comer, Anthony regresó al trabajo y él se quedó a solas con Albert un momento. Éste tenía una reunión en la otra punta de la ciudad, pero antes de despedirse se apiadó de él y le dijo:
—¿Vas a ver hoy a mi hermana?
—No —respondió él tenso—. Me dijo que tiene una cita.
Albert sonrió al darse cuenta de que Candy no le había dicho con quién tenía esa misteriosa cita.
—Ya lo sé. Pero no ha quedado de verse hasta las siete. Ahora son las cinco.
—Gracias. —Terry tuvo que controlar las ganas que tenía de abrazarlo y salió disparado del restaurante.
Candy estaba sentada en el sofá, intentando por enésima vez corregir su currículum, cuando sonó el timbre. Aún faltaba un par de horas para ir al cine con sus hermanas, pero quizá una de ellas había decidido pasearse antes por su apartamento. Tanto Karen como Elizabeth estaban muy preocupadas por ella. A Candy le dio un vuelco el corazón cuando vio a Terry parado delante de su puerta. Aún no había logrado levantar de nuevo sus defensas.
— ¿Puedo pasar?
— ¿Qué quieres? No habíamos quedado hasta el sábado. Hoy es jueves.
—Ya sé qué día es hoy. Quería verte. —Ella seguía bloqueándole la entrada—. ¿Puedo pasar? —repitió.
—De acuerdo. Pero sólo porque no quiero que mi vecina te vea y empiece a chismorrear. —Antes de que él se pusiera demasiado cómodo, añadió—: Y sólo puedes estar aquí un momento. Tengo una cita.
Terry aceptó las condiciones y se sentó en el sofá.
— ¿Qué estabas haciendo? —preguntó él al ver la computadora portátil abierta encima de la mesa.
—Repasando mi currículum. Estoy buscando trabajo —respondió Candy, y bajó la pantalla de golpe.
—En Londres sigues teniendo trabajo si quieres. Todos te echan de menos. —Terry aprovechó ese momento para tomarle la mano—. No creo que Jack y Amanda vuelvan a hablarme si no regresas conmigo.
—No te preocupes. Los llamaré y les diré que te has disculpado y que todo está olvidado.
—Eso no me preocupa. No me importaría que no me hablaran si tú volvieras a estar conmigo. —Le acarició la mano con el pulgar.
—Los llamaré. —Candy apartó la mano.
—Ayer me olvidé de contarte cómo descubrimos a Neil. —Terry sabía que recordarle lo del robo de los artículos no iba a ayudarlo demasiado, pero creía que Candy se merecía saber toda la verdad—. Fue gracias a Tom. Antes de irse a Escocia, mandó instalar cámaras de seguridad en todos los despachos.
— ¿Y grabaron a Neil hurgando a escondidas en tu computadora? —Por mucho que Candy intentara aparentar indiferencia no pudo disimular el interés que sentía por saber qué había pasado.
—No exactamente. ¿Te acuerdas del día que tuviste el accidente?
—Cómo olvidarlo. Aún me duele la mano y tengo una cicatriz en la ceja que me lo recuerda cada vez que me miro en el espejo. —Candy no añadió que también se acordaba de que ese día ella le había dicho que lo quería y él no había respondido.
— ¿Todavía te duele? —Preguntó Terry tomándole la mano—. Ya te dije que no debías forzarla, pero para variar no me has hecho caso.
—Bueno, ahora ya no es asunto tuyo —dijo Candy recuperando su mano.
—Siempre será asunto mío. Mira, tal vez logre asumir que no me perdonas, que ya no sientes nada por mí, pero yo nunca, nunca, voy a dejar de quererte, así que para mí tú siempre serás asunto mío. —Vio que a Candy se le llenaban los ojos de lágrimas y se levantó del sofá—. Tal vez no debería haber venido hoy. Será mejor que me vaya y espere al sábado. Así los dos estaremos más tranquilos.
Estaba ya delante de la puerta cuando Candy volvió a hablar:
—¿Qué tiene que ver lo del accidente con Neil?
Terry se detuvo en seco. No le había pedido que se quedara, pero tampoco había dejado que se fuera. Eso debía de significar algo, ¿no?
—Cuando Jack entró en mi despacho para contarme lo que te había pasado, yo estaba con Neil. Tan pronto como oí tu nombre con la palabra accidente al lado, dejé de pensar y salí corriendo para estar contigo. Tenía que comprobar con mis propios ojos que estabas bien. —Al ver que ella seguía sin entenderlo, continuó—. Antes de que entrara Neil, yo había estado repasando mi artículo, y cuando salí me olvidé de apagar la computadora. El resto ya puedes imaginártelo.
—Vaya —exclamó Candy estupefacta—. Jamás me lo habría imaginado.
—Neil y yo tenemos un pasado. Es una historia muy larga que si quieres algún día te contaré entera, pero basta decir que Neil no me tiene demasiado cariño, y creyó que hundir la revista era el modo más eficaz de hacerme daño. Pero se equivocó. Perderte a ti ha sido mucho peor.
—Nunca quisiste tenerme. Pero no hablemos de eso. —Candy se sentó en el sofá e intentó aparentar indiferencia—. ¿Y cómo consiguió que se publicaran en The Scope?
—Sobornó a una de las editoras. Al parecer, habían tenido una aventura años atrás. —Terry miró el reloj—. ¿Aqué hora tienes esa cita? —Él ya lo sabía, pero no quería traicionar a Albert.
—Dentro de una hora. Deberías irte, tengo que cambiarme.
—Supongo que eres consciente de que me muero de ganas de preguntarte con quién has quedado, pero no voy a hacerlo. —Vio que Candy lo miraba sorprendida—. Voy a levantarme del sofá y me iré sin rechistar, pero antes quiero que me prometas una cosa.
—No creo que estés en condiciones de pedirme nada —dijo ella.
—Voy a hacerlo de todos modos. Prométeme que no intentarás enamorarte de él esta noche. Y prométeme que no lo besarás. Por favor.
—No —respondió Candy. Primero su intención había sido no decirle nada más, pero al ver cómo el dolor invadía sus ojos, continuó—: No voy a prometerte eso. Siempre que veo a mis hermanas les doy dos besos.
Terry le tomó la cara entre las manos y la besó. Igual que el día anterior, fue un beso apasionado y dulce, y Candy vio que él estaba tan afectado como ella. Podía sentir cómo le temblaban las manos y se le aceleraba el corazón.
—Si no fuera porque te quiero tanto, me enojaría mucho contigo… Me hecho pasar muy mal rato. ¿Sabes con cuántas imágenes de ti paseando con un imbécil me he estado torturando?
—No son las suficientes. Vete de aquí antes de que me arrepienta de haberte dejado entrar. —Candy necesitaba que se fuera. Si seguía besándola, terminaría por perdonarle, y aún no sabía si estaba dispuesta a hacerlo.
—Me voy. ¿Puedo verte mañana? —preguntó desde la puerta.
—No. Y no vuelvas a aparecer por aquí. No estaré. —Vio que él levantaba una ceja—. Le prometí a mi madre que la acompañaría a visitar a una amiga. ¿Qué, ya estás contento?
—No, pero espero volver a estarlo. ¿Puedo llamarte?
— ¿Serviría de algo que te dijera que no?
—No demasiado —respondió Terry sincero—. Nos vemos el sábado.
—Trae mi libro —le recordó Candy antes de cerrar.
El viernes, tal como le había dicho a Terry, Candy acompañó a su madre a visitar a una amiga fuera de la ciudad. A Candy siempre le había gustado estar con su madre, pero esa mañana apenas se percató de su presencia. No podía dejar de pensar en Terry. No sabía qué pretendía quedándose en Chicago. Él le decía que la quería, pero ella no sabía si creerlo. La verdad era que tenía miedo. En Londres, ella le había entregado su corazón y él, en cambio, ni siquiera había confiado en ella. Si lo hubiera hecho, no la habría acusado del robo de los artículos.
Terry no podía seguir así. En los dos días que llevaba en Chicago apenas había visto a Candy un par de horas. En Londres se había acostumbrado a desayunar con ella, a pasear con ella, a dormir con ella. Y ahora, hacer cualquiera de esas cosas sin ella carecía de sentido. Si Candy no tenía intención de perdonarlo, lo mejor que podía hacer era regresar a Londres; al menos allí podría refugiarse en su trabajo. Terry tenía serias dudas sobre si Candy lo perdonaría o no. Había momentos en que creía que sí, que ella aún lo quería y que pronto volverían a estar juntos, pero había otros en que creía todo lo contrario; Candy apenas podía mirarlo a la cara, y aún no le había vuelto a decir que lo quería. Tras pensarlo mucho, decidió que lo mejor sería no llamarla en todo el día y esperar al sábado. Entonces le preguntaría directamente si podía llegar a perdonarlo, y si ella respondía que no, tomaría el primer vuelo que saliera hacia Londres. Sólo esperaba tener fuerzas para lograrlo.
El sábado a las doce de la mañana, Terry se presentó en casa de Candy. Él sabía perfectamente que habían quedado a las seis de la tarde, pero se veía incapaz de esperar seis horas más. Bastante le había costado esperar hasta las doce. Si Candy no estaba en casa, la esperaría en el portal. Al menos así no se subiría por las paredes del apartamento de Anthony, quien por cierto ya lo había amenazado con atarlo a una silla si no se tranquilizaba. Llamó al timbre, y Candy, vestida con aquel pantalón gris y aquella camiseta rosa que lo volvía loco, abrió la puerta. Aquello iba a ser mucho más difícil de lo que creía.
—Terry, ¿qué haces aquí?
—He venido a verte. Sé que no tenía que estar aquí hasta las seis, pero lo que tengo que decirte no podía esperar.
—Pasa —dijo ella un poco nerviosa. Jamás había visto a Terry tan alterado—. ¿Te has acordado de traer mi libro?
—Aquí lo tienes. —Terry dejó su querido ejemplar encima de la mesa que había delante del sofá—. Ahora ya no tendré ninguna excusa para volver a verte, y eso me aterroriza.
—Bueno, si Albert y tú siguen siendo amigos, tarde o temprano volveremos a coincidir.
—¿Es eso lo que quieres? —preguntó Terry mirándola a los ojos—. ¿Quieres que seamos unos viejos conocidos que coinciden de vez en cuando e intercambian frases absurdas?
—No. ¿Y tú? ¿Qué quieres tú? —Terry iba a contestar, pero Candy levantó una mano y lo detuvo—. ¿Qué pretendes quedándote en Chicago? Mira, yo no puedo jugar a esto. Así que lo mejor será que te vayas.
—¿Jugar? Yo no estoy jugando a nada. Te quiero.
—A ti lo que te pasa es que te sientes culpable por todo lo que pasó y crees que me quieres, pero dentro de unos meses sucederá algo y volverás a dudar de mí, de nosotros, y yo no podré soportarlo. —Candy por fin estalló. Llevaba días pensando todo eso y sabía que había llegado el momento de dejar las cosas claras—. En Londres hice todo lo que estaba en mi mano para hacerte feliz. Te lo di todo y no sirvió de nada. Te di mi corazón, mi confianza, y tú te comportaste como un cobarde. Cuando tuviste una duda, no confiaste en nosotros, preferiste creer que yo te había traicionado y así poder echarme de tu lado. Yo te quería y tú, tú... —Candy respiró hondo para intentar serenarse—. Será mejor que te vayas. Esto no nos lleva a ninguna parte. Yo estoy empezando a recuperar mi vida y... vete. Vete y no vuelvas.
—No voy a irme. Ni ahora ni nunca. Candy, mírame. —Se colocó justo delante de ella pero sin tocarla—. Te quiero. Te amo. —Le acarició la mejilla con los nudillos y vio que ella temblaba—. Cuando apareciste en Londres trastocaste mi vida. Me obligaste a salir de mi caparazón, y cada día que pasaba, con cada sonrisa, con cada beso que me dabas, me enamoraba más de ti. ¿No te das cuenta? Sin ti me moriré, me convertiré de nuevo en ese ser gris y taciturno que no sabe que Drácula es una película que tiene que verse a la luz de las velas, que no sabe cómo se formó la constelación de la Osa Menor o que Sinatra es la mejor música para cocinar. Si no me perdonas, si no vuelves conmigo, tendré que pintar la entrada de mi casa de color gris, porque sin ti es imposible que pueda volver a mirar esa puerta naranja. Cada vez que la veo, me acuerdo de tu olor. —Él empezó a abrazarla—. De tu sabor. —Le dio un pequeño beso en los labios—. De que el día en que te besé por primera vez, mi corazón empezó a latir de nuevo. —Le tomó la mano y volvió a colocarla encima de su pecho—. Candy, princesa, te quiero. —A él le cayó una lágrima—. Siento haberte hecho daño, pero no sabía qué hacer. —Le empezó a temblar un músculo de la mandíbula y ella le acarició la mejilla con la palma de la mano—. Nunca había sentido esto por nadie. En mi vida, nunca ha habido nadie como tú. No sabía qué hacer y me asusté. —Otra lágrima—. Perdóname, no sabía cómo protegerme y ahora tengo tanto miedo de haberte perdido para siempre que... —La abrazó con fuerza e intentó serenarse, pero las lágrimas ya le caían sin control. Hasta ese momento, la única vez que había llorado en su vida había sido cuando murió su padre.
—Tranquilo, tranquilo. —Candy le acarició la espalda—. No me has perdido. Estoy aquí, siempre estaré aquí.
Él la abrazó y sintió cómo ella le devolvía el abrazo, y, aunque fuera un tópico, entendió lo que significa estar hechos el uno para el otro.
Él se apartó un poco y, sin disimular que estaba llorando, le preguntó.
—¿Me crees? ¿Crees de verdad que te quiero? Dímelo, por favor. Si no me crees, me iré. Regresaré a Londres hoy mismo, pero si me crees —tomó aliento y cerró los ojos—, si me crees, me quedaré y haré todo lo que esté en mi mano para que me perdones, para volver a conquistarte. Aunque no tengo ni idea de lo que hice para que sintieras algo por mí. Dímelo, por favor, ¿me crees?
—Sí —respondió ella sin dudarlo, y lo besó.
Terry tardó un segundo en responder. ¡Candy lo estaba besando! Separó los labios para saborearla de aquel modo que tanto le gustaba, y cuando se tranquilizó un poco, la soltó.
— ¿Y tú? —preguntó Candy.
— ¿Yo qué? —Él quería volver a besarla.
— ¿Crees que yo te quiero de verdad? —Al ver que él no contestaba, añadió—. En la oficina me dijiste que no creías que...
Él la besó y no la dejó continuar.
—Ese viernes en la oficina sólo dije un montón de tonterías —dijo cuando se apartó—. Pero ahora no me atrevo a creerlo. Después de todo lo que te he hecho, de todo lo que te dije, no sé qué sientes por mí.
Ella le acarició cariñosa el pelo.
—Mira que eres tonto. —Le tomó la cara entre las manos—. Yo te quiero, te amo, Terry, con todo mi corazón.
Él sonrió.
— ¿De qué te ríes? —le preguntó Candy mirándolo a los ojos.
—Tú me has llamado tonto. Nana en cambio cree que soy idiota.
—Ya, bueno, Nana te conoce mejor que yo. —Antes de que él pudiera contestar, ella volvió a besarlo.
Terry respondió a ese beso con todo el amor que sentía por ella y poco a poco, empezó a perder el control. Deslizó las manos por su espalda hasta llegar a sus nalgas y la apretó contra él.
—Te he echado tanto de menos —susurró contra sus labios, y empezó a besarle el cuello.
—Y yo a ti. —Ella le sacó la camisa de los pantalones y le acarició la piel.
—Creía que nunca me perdonarías. —Terry quería quitarle la camiseta, pero le temblaban demasiado las manos—. Estaba dispuesto a todo para que me perdonaras.
— ¿Ah, sí? —Ella le tomó las manos y le besó los nudillos—. Dime, ¿qué me he perdido por haberte perdonado tan fácilmente?
Él no contestó, sino que la tomó en brazos y la besó con fuerza.
— ¿Dónde está tu habitación? —preguntó andando ya hacia el pasillo.
—La primera puerta —respondió Candy un poquito nerviosa. Nunca lo había visto así—. ¿Puede saberse qué pretendes hacer?
Él la sentó encima de la cama y la miró.
—Voy a pedirte perdón de todos los modos que se me ocurran. No quisiera que creyeras que no me he esforzado demasiado.
Se arrodilló delante de ella y le desató el pantalón gris. Lo deslizó por sus piernas y se las acarició durante todo el recorrido. Luego besó cada centímetro de ellas y, cuando llegó a sus muslos, levantó la vista y le preguntó:
—¿Me perdonas?
Ella no pudo contestar. Cuando él la miraba así, perdía la capacidad de razonar, de modo que se limitó a asentir con la cabeza. Él le quitó la camiseta con lentitud, sin dejar de mirarla a los ojos, y siguió con su táctica de besar cada centímetro de piel que desnudaba. Volvió a preguntarle.
—¿Me perdonas?
Candy esta vez no pudo ni asentir con la cabeza, pero él debió de interpretar el gemido que salió de sus labios como una afirmación. La tumbó en la cama, se quitó la camisa y los pantalones y se tumbó a su lado, también en ropa interior. Los dos se miraron y empezaron a besarse como si fuera la primera vez que lo hacían. Tras uno de esos demoledores besos, él volvió a preguntarle:
—¿Me perdonas?
Candy lo miró a los ojos y respondió:
—Claro que te perdono. Te amo, Terry.
—Yo también te amo. —Él la abrazó y ella sintió cómo temblaba—. Siento mucho todo lo que ha pasado. Mi abuela tiene razón, soy un idiota. ¿Cómo pude ser tan cobarde y creer esas tonterías de ti?
—Basta, ya está. Ahora estamos juntos.
—No, no basta. Ni siquiera estando juntos toda la vida podré compensarte lo que te he hecho.
Ella tembló al oír esa frase.
— ¿Toda la vida?
—Claro. ¿Acaso crees que te dejaré escapar otra vez? —Terry le dio un beso—. Quiero que estemos juntos toda la vida. Aquí, en Londres, donde tú quieras. A mí no me importa. Sólo quiero estar contigo.
Candy empezó a llorar.
—No llores, Candy. —Él le acarició las mejillas con los pulgares—. No hago nada bien, ni declararme.
—Sí, sí lo haces bien. —Ella sonrió—. Yo también quiero estar contigo toda la vida. —Al ver que también él se emocionaba, añadió—: Ahora ven aquí y hazme el amor antes de que ninguno de los dos digamos más tonterías.
—A sus órdenes, princesa.
FIN
Hola... llegamos al final =( solo nos falta el epilogo!
Pues si alguna piensa que lo perdono muy facil.. creo que cuando uno realmente ama PERDONA.. bueno eso creo yo.. ademas es Terrybombon.. quien no? jejeje...
Pues publique este capitulo hoy... por ciertas personitas que me sorprendieron hoy en la mañana.. llegaron a los 1000 niñas! MUCHAS GRACIAS... Oligrandchester, Janeth, Julissa, CyT, Wendy y Lucero... lograron tener su doble capitulo hoy...
pero una vez mas quiero externarles mis mas sinceros agradecimientos a todas y cada una de ustedes que siguieron esta historia de principio a fin. Para mi fue un honor adaptarselas a los personajes de Candy.
MIL GRACIAS POR SUS REVIEWS...
SALUDITOS
