Capítulo 5
Había caído la tarde. White y su Tepig se habían tomado un merecido descanso después de una larga mañana de entrenamiento, pero ahora, ahí, en casa sentadas, les había regresado la energía súbitamente.
-¿Salimos? –le preguntó la joven a Abbi mientras la acariciaba con ternura. La Tepig asintió con su cabeza efusivamente. White se volvió a coloca su gorra blanca con rosa y en compañía de su Tepig salió del hogar una vez más.
White caminaba por el pueblo con Abbi en brazos mientras apreciaban el paisaje, el aroma de las flores y a la gente jugar con sus pokémon. No tenían un destino fijo, tan solo disfrutaban del día y del clima, ni caluroso ni frío. Llegaron a una máquina de bebidas que estaba frente a una banca.
-Tomemos algo. –dijo White, soltando a su Tepig y posteriormente insertando una moneda en la máquina. En cuestión de segundos la bebida salió. Era una limonada. La joven la tomó, le dio a probar a Abbi y después se sentó en la banca que estaba enfrente, tomando sorbos de su bebida. Las amigas observaban a su alrededor, mirando a la gente pasar un sábado por la tarde. En eso, un chico de cabellos largos color verde llegó a la máquina de bebidas –misma que estaba enfrente de White y Abbi- y metió una moneda para sacar algo refrescante. White lo miró; llevaba pantalones café claro, una camisa de manga larga color blanco y una gorra negra con tenis verdes. En su pantalón llevaba un cubo amarillo-verdoso muy extraño. El joven sacó su bebida de la máquina y tomó un sorbo. Se dio media vuelta para ir al basurero que estaba a un lado de la banca donde descansaba White y tiró un plástico que sacó del bolsillo del pantalón. La chica miró discretamente sus otros singulares accesorios; un collar con una figura extraña, unas pulseras cuadradas color dorado en su muñeca izquierda y una pulsera negra con gris en la muñeca derecha. Llevaba una camisa negra por debajo de la otra blanca, se percató White. Su gorra tenía un rectángulo blanco en el lado frontal. La chica lo miró a los ojos, aún discretamente; el joven se había perdido en sus pensamientos ahí, frente al basurero, mirando el plástico que acababa de tirar. Fue entonces cuando White lo reconoció. ¿Cuál era su nombre? Él se lo había dicho, y ella había creído que era demasiado extraño para ser su verdadero nombre.
Aquél extraño chico de segundo año.
Lo recordó.
N era su nombre.
Como si hubiera escuchado sus pensamientos, el joven de cabellos color verde parpadeó lentamente y miró hacia enfrente, para segundos después dirigir su mirada hacia White. Ella no hizo nada por cambiar el rumbo de sus ojos, seguía mirándolo; estaba como hechizada por la triste mirada de N. Y entonces, sus labios formaron una débil sonrisa y se acercó a la chica.
-White. –dijo él sin dejar de sonreír. La chica alzó la cabeza para ver al joven que estaba de pie frente a ella.
-N… ¿cómo me reconociste? –preguntó White, no sin cierta pena.
-Nunca olvido una cara. –contestó él, y ella no supo qué decir. En eso, un Purrloin apareció de repente y se subió ágilmente a los hombros de N.
-Éste es mi amigo Purrloin. –dijo el chico-. ¿Ella es tu amiga?
N observó a Abbi detenidamente. White asintió.
-¿Cómo sabes que es hembra? –preguntó ella, curiosa.
-Es una especie de intuición. –se limitó a responder él. Señaló después la banca donde White descansaba y preguntó-: ¿Puedo?
La chica asintió con la cabeza y N se sentó con ella. El Purrloin brincó al piso y Abbi lo observó. La Tepig miró a su entrenadora, dudosa, pero ésta le sonrió y asintió. Al instante, la cerdita se acercó al pokémon gato y comenzó a jugar con él. N los miraba juguetear, y una vez más parecía que su mente se transportaba a otro lugar, hipnotizado.
-¿Cuánto tienes con éste pokémon? –preguntó N sin desviar la mirada.
-Tres días. –respondió White.
-Es pequeña. Puedo apostar a que no tiene más de una semana fuera del cascarón.
White lo miró:
-Sabes mucho sobre pokémon. –Ni ella misma supo si eso era un comentario o una pregunta.
-Me apasionan. Me atrevo a decir que son mi vida. –contestó N, en el mismo tono de voz, con la misma mirada, pero ahora con un fugaz brillo en sus ojos que apareció al mencionar estas últimas palabras.
-Eso es muy bonito. –mencionó White después de unos segundos en silencio-. Me gustaría poder llegar a pensar en los pokémon con tanta emoción como tú, pero me da miedo que no pueda llegar a ser una buena entrenadora.
N la miró, la observó con su mirada triste y vacía; White no respondió al contacto visual, sino que se quedó mirando jugar a su Tepig mientras sonreía débilmente. N observó entonces al pokémon de White: jugaba alegremente al lado del Purrloin y se perseguían el uno al otro. Minutos después, cortando el silencio, el peliverde retomó el habla:
-¿Tienes algún sueño, White? –le preguntó. La joven parpadeó lentamente y miró a su acompañante.
-Sí. –se limitó a responder White, y acto seguido se dibujó en sus labios una tierna, pequeña y tímida sonrisa. N la miró unos instantes, para después mirar al horizonte, alzando un poco la vista mientras su gorra negra le protegía de los rayos del sol.
-Ya veo. Yo también tengo un sueño. –dijo N, casi en un susurro-. Trabajemos mucho para cumplir nuestros sueños, White.
Ella lo observó.
¿Qué era lo que realmente quería White? ¿Llegar a ser una buena entrenadora, derrotar líderes de gimnasio y viajar por la región de Unova, o simplemente poder comprender bien a los pokémon? No estaba segura, quizá eran ambas cosas, pero podía confirmar que realmente tenía un sueño. No muy claro aún, pero lo tenía.
-¿Qué te gustaría hacer una vez que salgas de la escuela pokémon? –preguntó White momentos después de un silencio. Se sintió repentinamente cómoda junto a N, a pesar de que no habían hablado mucho.
-Viajar por la región de Unova para cumplir mi sueño. –le contestó el joven de cabellos verdes. White no quiso preguntar más. Sin embargo, N le habló:
-¿Y a ti, qué te gustaría hacer?
-También me gustaría viajar por la región, pelear contra los líderes de gimnasio y puede que hasta rete a la Élite four. –respondió la chica-. Aunque creo que lo más importante de estos viajes es crecer como persona y viajar acompañado de tus pokémon.
-Eres sincera. Contigo misma y con tu corazón. –susurró N de repente.
-¿Huh? ¿Por qué lo dices?
-Tienes miedo de no saber tratar a los pokémon adecuadamente. –N la miró a los ojos-. Y por eso te has resistido a interactuar con ellos. Pero no te preocupes, aprenderás muchas cosas, y puedo apostar a que tratarás a estos seres con amor.
White parpadeó, un tanto perpleja. ¿Cómo sabía N, aquél chico que apenas conocía, su mayor miedo y su resistencia? Le había dado una idea hace unos momentos, cuando le dijo que temía no ser una buena entrenadora, pero no le especificó más.
-¿Cómo…? –empezó ella, aún anonadada. Los labios de N formaron un intento de sonrisa que desapareció al instante.
-Entiendo a los pokémon mejor que cualquier otro humano. –dijo él-. Puedo ver a la perfección cómo es el vínculo que tienes con tu Tepig.
-¿A qué te refieres? –White no comprendía muy bien las palabras del chico.
-Debo admitir que estoy impresionado. No tienes ni cinco días con este pokémon y ya tienen un lazo muy fuerte que las une.
White ya no supo qué decir. En eso, N se levantó:
-Perdón si te confundí. He de irme, que se hace tarde. Tú también deberías regresar a casa. –Al instante, el Purrloin corrió a su encuentro y se subió a su hombro derecho. White también se levantó, y Abbi se sentó muy quietecita a su lado.
-Oh bueno, entones… nos vemos el lunes… -Comenzó White, pero N tomó el habla:
-Te buscaré el lunes durante el descanso. Fue una buena charla. Cuídate White, ¿quieres que te acompañe a casa?
White parpadeó, un tanto nerviosa. ¿Por qué N la buscaría en la escuela?
-No N, gracias, pero no te molestes. Nos vemos el lunes. –mencionó ella.
-¿Segura? Bueno, en ese caso, nos vemos el lunes. –y dicho esto, alzó la mano derecha y la agitó a modo de despedida para después alejarse de ahí.
White lo miró alejarse, y después tomó a Abbi y regresó en silencio a su hogar, pensativa.
Era lunes nuevamente. Faltaban unos minutos para que el reloj marcara el toque de receso, y por ende, la clase de la profesora Fennel empezaba a volverse desesperante. White no podía concentrarse; movía su bolígrafo de un lado a otro, miraba a la ventana, jugaba con su pelo o dibujaba Tepigs en su cuaderno. No estaba segura de cuál era la razón por la que había entrado a ese repentino estado de nerviosismo. Miró a Black de reojo. Como siempre, el chico escuchaba a la maestra con atención, sin sentimiento alguno en su mirada. La joven observó sus ojos color marrón, su cabello alborotado. En eso, Black miró a la chica de reojo también. White, con esta acción, se sintió nerviosa, y rápidamente le quitó la mirada a Black y volvió a jugar con su bolígrafo. No supo nada más después, pues el timbre de receso sonó.
La mayoría de los alumnos salieron del aula. Cheren le dijo unas cuantas cosas a Bianca y posteriormente salió del salón con Black. Bianca se sentó en la silla de Cheren, enfrente de White, como lo hacía comúnmente.
-White, ¿qué crees? ¡Ya tengo un Munna! –le dijo una alegre Bianca a su amiga. White le sonrió débilmente.
-Me alegro mucho por ti, Bianca. –mencionó ella.
-¿Te sucede algo esta mañana, White? –preguntó la rubia, parpadeando. White acomodó su barbilla sobre la palma de su mano derecha.
-No lo sé, aunque sí me siento rara. –contestó la de los cabellos marrones-. Sin embargo, no sé por qué me siento así.
-¿Te pasó algo? –preguntó la rubia. La imagen de N y sus palabras acudió a la mente de White inconscientemente.
-No, nada novedoso. –contestó la chica segundos después. En ese momento, un alumno llegó y se detuvo en la puerta del aula de White y Bianca. Las dos chicas dirigieron su mirada al inesperado visitante.
Los nervios volvieron a recorrer el cuerpo de White súbitamente.
El visitante buscó con la mirada a alguien, y cuando encontró a esa persona, caminó a su encuentro.
-Hola, White. –saludó N, con una suave y pequeña sonrisa.
-Hola… -contestó ella, casi en un susurro.
-¿Puedo hablar contigo un momento? –preguntó el peliverde, y añadió al percatarse de la mirada llena de dudas de la chica rubia-: Será rápido.
White miró a Bianca, y ésta miró a su amiga. Acto seguido, la joven de cabello color café asintió con la cabeza y se levantó de su silla.
-Ya regreso, Bianca. –dijo ella.
-Tómense su tiempo. –mencionó una Bianca aún impresionada mientras miraba a los dos jóvenes salir del aula.
