Capítulo 8
Había llegado el último viernes del primer año de escuela. Gran parte de la mañana fue aprovechada por los alumnos para despedirse y desearse unas felices vacaciones entre ellos. White había llevado su guitarra acústica para cantar una canción de fin de año con su amiga Bianca, y poco antes de salir de clases hablaron:
-¿Verás a N hoy? –le preguntó Bianca a su amiga de cabellos oscuros.
-Sí. Quedamos de vernos en la tarde, cerca de las cinco.
Así concluyó.
Ya en la salida, las chicas se despidieron de sus amigos Amanda y Cheren, y después se despidieron de la maestra Fennel para posteriormente dirigirse a la ruta preferida de la ojiazul, lugar que habían elegido para interpretar su melodía. Cuando llegaron, eran las únicas ahí. Se pusieron cómodas en una de las bancas y White sacó la guitarra de su funda mientras Bianca vocalizaba.
-¿Lista? –le preguntó White a su amiga, ya en posición para comenzar a tocar. Las hojas de los árboles se mecían con suavidad en esa hora del día.
-¡Lista! –exclamó Bianca.
-Bien, entonces comenzaré a tocar algo; escucha la melodía y comienzas a cantar una vez que consigas el ritmo, ¿vale?
-¡Vale! ¡Música, maestra! –dijo una risueña Bianca.
White dejó que sus dedos bailaran con las cuerdas del instrumento y formaran alegres acordes. Con su pie la chica iba poniendo el ritmo, y con la cabeza lo acompañaba ligeramente. Los sonidos que la guitarra desprendía eran, en su mayoría, agudos pero relajantes. Al cabo de unos minutos Bianca le hizo compañía y comenzó su canto; simplemente tarareaba, pero su voz era igual de aguda y suave que los sonidos que derivaban de las cuerdas. Con la cabeza apoyada sobre las palmas de sus manos e inclinándose de un lado a otro canturreaba la rubia, y White seguía tocando, sumida en la música, el ritmo y las bellas notas. Así pasó un rato, concentradas completamente en la música que acababan de crear. Cuando terminaron de cantar compartieron sus impresiones con singular alegría, y después dieron paso a una plática de chicas, seguro la última que tendrían en persona hasta dentro de un mes. Se abrazaron, se despidieron y casi lloraron. Bianca se fue a su casa y White la miró partir. Se quedó allí porque se vería con N ahí mismo dentro de veinte minutos, y lo esperaría llegar. Guardó su guitarra dentro de su funda nuevamente y sacó de sus pokéball a Abbi, Dwabble y Litwick para aprovechar el tiempo libre y jugar con ellos mientras esperaba a su amigo.
Quince minutos después llegó N. White lo observó acercarse a paso firme junto a un Tympole. Una vez juntos, los jóvenes amigos se saludaron. White, dispuesta a regresar a sus pokémon, sacó las pokéballs, pero N la detuvo posando una mano sobre las cápsulas de la joven.
-No lo hagas por favor. –dijo N, mirando a White a los ojos. La joven no dijo nada. Entonces, el peliverde se puso de cuclillas frente a los tres pokémon de su amiga y los observó. Pasó su vista sobre los tres monstruos lentamente. Los pokémon esperaban, pacientes, a que N terminara su observación. Momentos después, el chico se levantó ágilmente y miró a la ojiazul para decirle:
-Te quieren mucho. Realmente confían en ti.
White miró a su amigo, asombrada. El Tympole que había llegado con N se acercó a la joven y comenzó a dar pequeños brincos alrededor de ella con singular alegría.
-También le has caído bien a mi amigo Tympole. –sonrió N débilmente. White sonrió también.
Se sentaron en la misma banca donde Bianca y White habían estado cantando y platicando momentos antes. N observaba tranquilamente el movimiento de las hojas de los árboles, y White admiraba a los cuatro pokémon presentes juguetear juntos.
-Ya te graduaste. –dijo con voz ligeramente triste White, sin dejar de ver a los pokémon.
-Así es. –afirmó N con voz neutra. White giró su cuerpo para ver a su amigo mejor.
-¿Cuándo te vas? –le preguntó ella.
-Mañana mismo. –fue la respuesta del peliverde, mirando ahora a su compañera. White bajó la mirada levemente. El joven retomó el habla-: ¿Sabes? Me veré con mi padre nuevamente.
White parpadeó.
-No sabía que tenías padre.
-Sí tengo, pero lo veo muy poco. Él me ayudará a buscar una manera de apoyar a los pokémon maltratados.
-Seguro que sabrás qué hacer. Confío en ti.
-Gracias White. En cuanto nos volvamos a ver me verás ayudando a los pokémon.
White sonrió. Entonces, el peliverde se acercó a su amiga lentamente y la abrazó no sin cierto nerviosismo. White se quedó sin habla, pero al cabo de unos segundos correspondió al abrazo. Ninguno dijo nada. Los pokémon seguían jugando muy cerca de ellos y las hojas de los árboles se mecían al ritmo del viento.
Después del abrazo los amigos caminaron un rato más por ahí, platicando tranquilamente. Detrás de ellos iban los pokémon de White junto al Tympole que acompañaba a N.
Hubo un momento en que los jóvenes caminaron en silencio. El único sonido era el de ráfagas de viento pasando junto a ellos. Entonces, la mano de N buscó la de White. En cuanto la encontró, la tomó y la abrazó suavemente. White se sobresaltó ante este acto, e inmediatamente dirigió su mirada hacia las manos unidas, y después hacia N. Éste la miró.
-N… -comenzó White, pero no le salieron las palabras.
-¿Sucede algo? –preguntó el peliverde inocentemente. La joven miró las manos unidas y N la imitó.
-Tu mano… -susurró ella.
-¿Tiene algo malo? –preguntó él, y después abrió más los ojos-. ¿Te molesta?
-Uh, no es eso… es solo que es… extraño. –dijo White tímidamente; se había ruborizado levemente. N liberó la mano de su amiga suavemente.
-Perdón. –se disculpó el peliverde-. Tenía entendido que los amigos que se quieren mucho hacían esto.
White miró a su acompañante, perpleja.
-¿A qué te refieres? –dijo ella; casi se le traba la lengua al decir esto.
-Me refiero a amigos verdaderos, honestos, mejores amigos. –respondió el chico. White desvió la mirada, aún asombrada. Sabía que su amigo era inocente porque la mayor parte de su infancia e inicios de adolescencia los había pasado únicamente con la compañía de pokémon, pero nunca pensó que haría algo así.
-White, se hace tarde. –mencionó N sacando a la chica de sus reflexiones-. Será mejor que nos vayamos.-
-Sí. –contestó White, aún ligeramente nerviosa.
-Te acompañaré a casa. Vamos. –y dicho esto, los amigos se dirigieron a la casa de White, con los pokémon detrás de ellos.
En casa de la chica, los amigos se despidieron deseándose buena suerte y con un tierno abrazo, para después prometerse que se reencontrarían en sus viajes pokémon. Al cabo de unos minutos, N desapareció en la noche, con un rumbo desconocido para White, y comenzaría su viaje por la región al día siguiente. White suspiró mientras lo observaba caminar, sereno y sin prisas, con el Tympole brincando a un lado de él. "Los extrañaré mucho." Pensó la joven. "Black y N…"
