Capítulo 1: Encuentros Parte I

EDWARD POV

- ¿Desde cuándo estas acá?

- Desde hace dos días

Emmett y yo respiramos pesadamente.

Nuestros padres se habían ido a trabajar, por lo que ya no había por qué fingir que todo estaba bien. Era demasiado reconfortante el no tener que estirar tus labios para sonreír cuando lo que quieres es solamente llorar. Llevé mis manos hacia mis cabellos y las deje ahí. Me sentía frustrado, perdido…

- Vamos, no es para tanto – animó mi hermano mayor. Levanté la mirada hacia él

- ¿No?

- Nuestros padres tienen un buen sueldo en el hospital, pronto volveremos a tener todo lo que tuvimos en un pasado. Es solo cuestión de un poco de tiempo y sacrificio

- ¿Sacrificio? – repetí, de mala gana

- Jasper acaba de ser transferido a una escuela pública.

Dilaté mis ojos y miré en dirección de mi rubio hermano, quien se había mantenido en silencio durante todo ese momento.

- En realidad no es tan malo – dijo

Volví a suspirar… Y yo que me había sentido optimista al bajar de ese estupido avión

- A ti te faltaba, si no mal recuerdo, solamente un año para terminar la universidad, ¿Qué piensas hacer?

- Terminarla acá. Ya fui a la facultad y me han revalidado todas mis materias y, además, la empresa en donde trabajaba, allá en Australia, me ha contratado aquí, para laborar los sábados domingos. Comenzare la siguiente semana – finalizó con una enorme sonrisa en el rostro

Desvié la mirada de aquel semblante tan relajado. Por primera vez en mi vida el exagerado optimismo de Emmett no se me figuraba algo envidiable. Bien. Jasper se había cambiado de escuela privada – a la que todos habíamos idos desde pequeños – a una publica. Emmett había hecho lo mismo y hasta tenía un trabajo – por lo que significaba: ayudaría a mis padres con sus gastos – Y yo… ¿Yo qué?

Tal vez el sentimiento de ahogamiento se debía que era el único de los tres que no sabía cómo ayudar… ¡Y es que yo quería que me ayudaran! Volví a apretar mis labios para no soltar las miles de maldiciones que tenía en la punta de la lengua y empuñé mis manos para controlar la rabia.

- ¿Desde cuándo están viviendo en este… lugar?

- Hoy es el primer día. Nos mudamos en la mañana

Me quedé completamente pasmado por la noticia, ¿Acaso nunca se acabarían las maravillosas sorpresas?

Hoy… la situación, prácticamente, se planteaba la misma para todos nosotros. ¡Era un egoísta por pensar que solamente yo era el que sufría! Bufé fuertemente, sin que lo pudiera evitar

- ¿Te encuentras bien? – preguntó Jasper

- S-si – mentí – Estoy bien

No me pude contener y me vi en la necesidad de viajar mi mirada por toda la casa. No iba a negar que, hasta cierto punto, era bonita y, hasta donde alcanzaba a entender, teníamos todo lo necesario: cocina, sala, televisión de plasma, horno de microondas, refrigerador… pero, ¿Dónde quedaba todo el enorme espacio al que estaba acostumbrado? Podía jurar que la sala en la que me encontraba era la mitad de mi antigua habitación. Tuve ganas de llorar

¿Me van a decir maldito bastardo e infantil materialista? ¡Díganlo!...

- ¿Por qué no vas a tu recamara para descansar? – propuso Emmett mientras se levantaba del sillón y me guiaba hacia un pequeño pasillo para mostrarme una habitación que, más que eso, parecía una ratonera por lo que pequeña que era.

Las ganas de llorar aumentaron. ¿Dónde había quedado mi recamara de 10 x 25? ¡Lo que mis ojos veían en ese instante parecía ser el baño! Al menos, me consolé al saber que tendría una habitación privada y que, al igual que el resto de la casa, estaba equipada con lo indispensable.

Entré en ella, arrastrando los pies e ignorando el puñetazo amistoso que Emmett me daba por la espalda. Cerré la puerta detrás de mí y me dejé caer en la cama.

No sabía por qué pero, aquello iba a ser un martirio.

BELLA POV

- Rose, ¿Sabes dónde está Alice? – pregunté a la vanidosa de mi hermana se encontraba contemplando su figura en el espejo

- No – contestó, sin siquiera verme

Me mordí los labios y caminé hacia la desgastada ventana para intentar localizarla.

- Tiene horas que salió, ya debería de estar aquí

- Vamos, Bella, deja de preocuparte – recomendó la rubia – Alice no es una bebé, se sabe cuidar

Lo dices por que solamente sabes pensar en ti – murmuré y escuché como bufada de manera desesperada – ¿Saldrás? – pregunté, al ver que se dirigía hacia la puerta

- Claro. Es sábado, no pienso quedarme encerrada

- Cuídate

- Si, Bella – contestó, mientras ponía sus ojos en blanco

Inspiré resignadamente: mi hermana no tenía remedio.

- Alice, ¿Dónde estas? – musité

Tal vez Rose tenía razón y me gustaba preocuparme más de lo debido pero, ¿Qué esperaban? Mi madre había muerto tenía alrededor de diez años, mi padre se la pasaba trabajando durante todo el día para poder darnos de comer, mi hermana mayor era una vanidosa que solo le importaba verse linda para salir a bailar y conocer chicos guapos y, mi pequeña hermanita, era un duendecillo que, a cada momento, se metía en problemas… ¿Complicado? Si. Mucho más de lo que se imaginan.

Decidí alejarme de la ventana y concentrarme en la cena. Miré hacia el reloj que había en la pared: las seis de la tarde…

Era imposible no preocuparme, tenía cerca de tres horas que Alice había salido y el cielo comenzaba a oscurecerse.

Tras dejar todo listo, me dirigí hacia el baño para tomar una ducha. Me vestí rápidamente, pues si no lo hacía, llegaría tarde a mi trabajo. Escribí una pequeña nota sobre la mesa y, me dispuse a salir de mi casa.

- ¡Alice! – Exclamé, en cuanto abrí la puerta – ¿Dónde has estado? Me tenías muy preocupada

- Estaba por ahí – contestó, con una enorme sonrisa en su fino rostro de duendecillo

- ¿Por ahí? – repetí, de manera incrédula – ¿Podrías ser más especifica? – pedí, mientras bajaba la mirada y la centraba en la mochila que traía colgada a un lado derecho de sus caderas.

Mi pequeña hermana dejó de sonreír, sintiéndose descubierta. No le pedí permiso para tomar su bolso y revisarlo. Suspiré profundamente al comprobar que mis sospechas eran ciertas

- ¿Qué significa esto? – pregunté, sosteniendo en mis manos unas pastas y algunos otros embutidos

- Son para la cena

- ¿Y se puede saber con qué dinero lo compraste? – no obtuve respuesta alguna – Alice, ¿Sabes en el problema que te puedes meter por lo que estas haciendo?

- Pero no es mucho – se justificó – Lo tomé de una tienda muy grande. El señor que la cuidaba ni cuenta se dio

- Aún así – discutí, luchando por contener mi voz – Alice, tienes catorce años, ¡No eres una niña que aún no sabe pensar! ¿En realidad no sabes todo lo que implica el que robes?

- Lo siento – susurró – No lo volveré a hacer

- Lo mismo me dijiste hace un mes… Es la segunda vez que lo haces, ¿por qué?

- No me gusta ver como solo tú y papá son los que sostienen esta casa – comenzó a decir – He buscado trabajo, pero no me lo dan por mi edad… Yo solamente quiero ayudar un poco

No quedó nada del coraje que me inundaba al escuchar sus sinceras palabras. Por el contrario, un cierto acongojo llegó en su lugar. Ciertamente, mi familia no gozaba de una posición económica estable. Mi pequeño sueldo y el sueldo de Charlie (quien trabajaba como ayudante de policía) no eran suficientes para cuatro bocas y tres colegiaturas académicas.

Alice tenía todo el derecho de sentirse preocupada, comos segundos antes yo misma le había dicho: Ya no era una niña. Estaba creciendo y, con cada día que pasaba, ella abría sus verdes ojos hacia la realidad que le rodeaba. Una realidad que se hacía cada vez más difícil.

- Chaparra, tu no tienes por qué preocuparte por eso – calmé, fingiendo una sonrisa, mientras le quitaba la gorra que le cubría su cabeza, provocando que su espeso y largo cabello negro cayera sobre sus hombros – "Además, lo que haces no es la mejor forma de ayudar. Piensa en mamá, ella no se sentiría orgullosa que, alguna de las tres, optara por conseguir las cosas de esa manera"

- Lo siento – volvió a susurrar.

Me incliné para depositar un beso sobre su frente

- No lo vuelvas a hacer, ¿si?

- Si – acordó, aún sin verme a los ojos

- Me tengo que ir, ya es demasiado tarde – Anuncié, dando por zanjado el tema – Te he dejado la cena preparada. Cierra bien la puerta y dile a Charlie que llegaré un poco más tarde de lo normal

- Con cuidado – alcancé a escuchar, mientras bajaba las escaleras, con tanta prisa, que me olvidé de mi tan vergonzosa falta de equilibrio.

Alejé mi estomago del frío suelo en un tiempo record. Ya saben, con ese estilo casual que siempre usas cuando te caes frente a un número concurrido de espectadores, tratando de rescatar la poca (o, más bien, la completamente extinta) dignidad que te queda tras darte semejante porrazo. Suspiré profundamente y mantuve en alto mi barbilla mientras continuaba caminando e ignoraba las risitas emitidas por mi público…

- ¡Ey! ¡Yo puedo acariciarte el golpe para que no te duela tanto! – gritó alguien.

No me tomé la molestia de averiguar de quién se trataba y, aunque intenté no sentirme molesta, no pude. Supongo que jamás me iba a acostumbrar a ese tipo de situaciones…

EMMETT POV

- Parece que tu mal humor ha mejorado – le dije a Edward, al encontrarle sentado, fuera de la casa, riendo entre dientes

- Acabo de ver algo que te hubiera matado de la risa – informó

- ¿Ah si?

- Si. Una chica se acaba de caer por aquellas escaleras. ¡Jamás antes había visto a alguien caerse de tal manera y levantarse como si nada!

- ¿Era linda?

- No lo sé – admitió – No logré visualizar bien su rostro. Aunque, dudo mucho que alguien tan torpe pueda resultar atractiva.

- Bueno, al menos te alegró la tarde – solté, arrepintiéndome al instante, pues su rostro se ensombreció

- Tampoco pienso lamentarme día y noche - soltó, mientras se encogía de hombros

- Así se habla – felicité – Y, para alegrar el alma, ¿Qué te parece si me acompañas y vamos juntos a tomar unas copas?

- ¿Acaso hay dinero para ello?

- ¡Vamos, Edward! – exclamé – No seas exagerado. Tampoco nos hemos quedado en la calle

- Lo sé, lo sé – admitió, con voz desesperada – Lo siento. No es mi intención sacar a relucir mi apatía, pero, todo esto me resulta extraño

- Te entiendo – apoyé – pero, como tu mismo has dicho: No vamos a desperdiciar el tiempo en lamentos. ¡Hay que aprovecharlo para cosas más divertidas!

Mi hermano suspiró profundamente y su mirada se perdió en el extenso patio que se abría paso frente a nosotros

- Diviértete y no vengas tarde. Lo que menos necesita Esme, en estos momentos, es preocuparse por ti

- ¿Eso significa que no irás?

- Sabes que no me gustan los bares – recordó – Y, ciertamente, no estoy de humor para salir.

- Bien – dije, mientras me ponía de pie. Sabía que no insistirle no serviría para convencerle – Tú te lo pierdes – agregué y, antes de retirarme, le di un pequeño puñetazo sobre su costado.

Tomé el carro y di varias vueltas por aquel pequeño pueblo, tratando de encontrar un lugar que fuera capaz de invitarme a entrar. Llevaba cerca de una hora pasando por cada una de las calles, hasta que una pequeña discoteque, con letreros de luces neón, captó mi atención. Estacioné el carro en un pequeño lugar que había cerca de ahí y, jugando con las llaves, me encaminé hacia el local que vibraba con música completamente movible.

Llevaba ahí, sentado cerca de la barra y con una deliciosa bebida reposando en mi mano, alrededor de veinte minutos, cuando la vi…

Era un ángel.

Fue lo único que me llegó a la mente en ese momento, pues mis ojos se encontraban demasiados perdidos en la belleza de su rostro y en lo escultural de su cuerpo, que se movía con sensual delicadeza.

Inserté mis pupilas sobre ella, de manera insistente, esperando a que se percatara de lo embelesado que me había dejado su magnificencia. El tiempo se detuvo cuando mis ruegos fueron escuchados. Su mirada azul se entrelazó con la mía, al cabo de unos minutos. Nos involucramos en un juego a distancia, de completa picardía, hasta que una pequeña sonrisa curvó sus labios, invitándome a ir hacia donde se encontraba.

No lo pensé dos veces y comencé a moverme, abriéndome paso entre el resto de gente que bailaba.

Le volví a sonreír cuando estuve frente a ella, quien había abandonado a su antigua pareja para encararme. No dijo nada, no dijo presentaciones, solamente comenzó a moverse al son de la música. Le imité, sin deshacer nunca la unión de nuestras miradas.

Su cuerpo giraba, con lentos deslices. Mis brazos la enrollaban. El baile seguía y nosotros nos uníamos, cada vez, un poco más. Inspiré su delicioso perfume y estuve a punto de enloquecer. Era la mujer más hermosa que había conocido en toda mi vida y, si me encontraba en un error, que viniera el Diablo y me lo hiciera saber.

La noche nunca antes se me había hecho tan corta.

- ¿Quieres tomar algo? – me acerqué, para preguntarle

- Seguro – contestó, con voz firme y suave. Completa perfección

Le ayudé para que tomara asiento, cerca de la barra, y le indiqué que pidiera lo que ella quisiera.

- ¿Lo que yo quiera? – inquirió, alzando su voz para que la lograse escuchar – No deberías decir eso. Mis gustos suelen ser demasiado exigentes. Corre el riesgo que te quedes sin comer durante días, solo por una bebida que este dispuesta a ordenar

- Acepto el riesgo – dije, sacando mi billetera y tendiéndole al camarero un billete de gran valor

- Perfecto – susurró, con un brillo intenso en su mirada.

Durante toda la noche, me la pasé platicando con aquella rubia muchacha y no pude encontrar una explicación al por qué de mi actitud tan estupida que mantuve con ella. Le había dicho mentiras hasta ya no más poder. Había hecho alarde de tener lo que, tenía pocos días, había perdido. Mi boca se había desgastado mientras le contaba de los carros que "tenía" y de los lugares que había visitado – no había problema en ello, pues, ciertamente, si era realidad (al menos una parte) – Al preguntarme dónde vivía, le había dado mi antigua dirección. Al preguntarme en dónde estudiaba, había contestado que en Australia y que me encontraba tomando un año sabático…

En fin…

Solamente me faltó inventarme una nueva fecha de nacimiento y, a cambio, solamente obtuve un dato de ella.

- ¿Me dirás tu nombre? – pedí, por enésima vez.

La chica se había negado rotundamente a darme cualquier tipo de información personal y aquello me estaba desesperando un poco, al percatarme que la hora de despedirse se acercaba.

- ¿Por qué habría de decírtelo?

- Te he contado, prácticamente, la mitad de mi vida, ¿No crees que merezco algo a cambio?

Lo pensó durante mucho tiempo

- Yolanda Toledo – respondió

Las luces se apagaron y la música cesó por completo del lugar. Las pocas parejas que en él quedaban se preparaban para retirarse y una chica se acercó hacia nosotros

- Ros… - comenzó a decir, casi parando al instante. No entendí el por qué su rostro se había palidecido, al mismo tiempo en que sus ojos se clavaban sobre mí

- ¿Qué te pasa, Noemí? – inquirió Yolanda - ¿Acaso tanto bailar te ha hecho olvidar mi nombre?

- Creo que me encuentro un poco mareada

- Tal vez es mejor que no esperemos más para irnos – sentenció mi compañera, mientras se levantaba del taburete

- Espera – pedí, con desesperación, al comprender que se iba sin despedirse. Ella frenó su marcha y giró su cuerpo, para volverme a encarar. Había un cierto brillo de diversión en su mirada, el cual me desconcentró por un par de segundos – ¿No quieres que las lleve a su casa?

- No – contestó rápidamente – No es necesario

- Pero…

- Mi amiga y yo llevamos prisa – interrumpió – si quieres volver a verme, no nos hagas perder más tiempo. Las calles se vuelven peligrosas conforme las horas nocturnas pasan

- Entonces, ¿Nos volveremos a encontrar?

- Supongo que si

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- ¡Se los juro! – exclamé - Ha sido la mujer más hermosa que he visto en mi vida.

Jasper soltó una pequeña carcajada y Edward me dedicó una mirada completamente escéptica.

- ¿Mi hermano se ha enamorado a primera vista?

- Oh, vamos, Jazz, eso no existe – discutió Edward, con voz divertida

- Si la vieras no pensaras lo mismo - señalé

- Una cosa es el amor y otra muy distinta es la atracción sexual

- Y, seguramente, tu sigues pensando que la segunda es la única capaz de nacer en el alma del hombre – aventuré

- No tanto así – aclaró – pero si te puedo apostar que, si las cosas comienzan de manera apresurada, terminan de la misma forma

- ¡De acuerdo! – me rendí – Probablemente es muy rápido para darle nombre a lo que esa chica me hizo sentir, pero, ¡Wow!"

- ¡Wow! – remedó Jasper - ¿Qué significa ¡Wow!?

- Significa que me muero por verla, otra vez

Mi hermano menor rió

- Dudo mucho que quiera enamorarme si eso implica el tener tu misma expresión

- No te preocupes – calmó Edward, mientras me daba una pequeño papel – Descasaras de él, al menos, unos cuantos minutos

- ¿Y esto? – pregunté

- Mamá pidió de favor que, alguno de nosotros, fuera a comprar unas cuántas cosas que nos hacen falta ¿Quién mejor que tú para ir? Parece que te hace falta tomar un poco aire para tranquilizar tus hormonas

No me atreví a discutir sobre el tema. Tal vez si era eso lo que me faltaba, pues, desde que había amanecido, no había parado de hablar sobre Yolanda.

Yolanda…

Repetí su nombre mientras salía de la casa y caminaba por el patio. Paré mis pasos, con un movimiento brusco, y fue entonces cuando creí que realmente estaba mal, por que la estaba viendo a pocos metros de mí. Sus ojos se concentraron en los míos, con un brillo temeroso y algo furioso. Comprendí, que no era mi imaginación. Era real. Me estremecí ante el miedo de verme descubierto…

¿Cómo le iba a explicar que todo lo que ayer le había contado era mentira?...

Intenté buscar una excusa con la cual justificarme y, mientras mi mente se carcomía, una pequeña muchachita de cabello negro llegó hacia ella

- Rose, ¿Aún no terminas de tender la ropa?