Capítulo 3: Vecinos

BELLA POV

Respira, Bella, ¡Respira!

Eso era lo único que era capaz de repetir en cuanto aquel muchacho se había quitado, por completo, su camisa, dejando al descubierto su pecho blanquecino. Tanta perfección me hizo invocar a todos los santos que conocía. Con decir que hasta Santa petra la callosa llegó a mi aturdida mente mientras mis mejillas se pintaban completamente de rojo. Mis ojos no podían dejar de pasearse por cada una de las líneas de sus músculos. Su cuerpo era muy parecido al de un modelo. Marcado, pero no exagerado. Blanco, liso, firme…

Dios... El tipo estaba hermoso...

Una vocecilla interior – la cual escuchaba muy a lo lejos – me gritaba que dejara de verle como vil idiota, ¡Se suponía que yo era un hombre! Y, al menos que tuviera una tendencia algo exótica, no debería de estarle comiendo, prácticamente, con la mirada.

– ¿No piensas quitarte la ropa? – preguntó, recordándome un problema mayor que la hiperventilación que estaba a punto de sufrir: Se suponía que yo también debía de desvestirme.

¿Cómo iba yo a desarroparme frente a él? ¡Obviamente iban a haber un par de cosas que, para ser hombre, le resultarían extrañas! Tragué saliva ruidosamente, al mismo tiempo en que me obligaba a desviar mi atención de su pectoral para situarla en su rostro, a ver si de esa manera podía pensar en un plan. Grave error. Éste también era demasiado para mí. Aún me preguntó si no se habrá dado cuenta que una gotita de baba se había resbalado (literalmente) por las comisuras de mis labios. Cerré mi boca con un brusco movimiento y bajé la mirada. Aquello no estaba bien. ¡Maravilloso, espléndido! Iba a perder mi trabajo a los dos minutos después de haberlo conseguido.

¡NO!.

Yo no permitiría aquello. Yo no podía darme el lujo de darme por vencida tan rápidamente… La imagen de mi familia, principalmente la de Alice, logró aclarar mis ideas, llevándome lejos de aquel hombre perfecto que estaba plantado frente a mí, esperando una respuesta.

– Si – contesté, lo más naturalmente posible, mientras simulaba llevar mis manos a los botones de la camisa para, según, desabotonarla – Te llamas Edward, ¿no es así? – dije, mientras buscaba una excusa para que saliera de aquella habitación y me dejara sola.

– Si – afirmó, con una sonrisa amable.

Mis ojos se dilataron enormemente cuando vi como se quitaba el cincho y el corazón comenzó a latir desenfrenadamente cuando supe lo que se venía: Se iba a quitar los pantalones. ¡No! ¡NO! ¡NO!... yo no iba a soportar tanto sofoco.

– ¡Espera! – exclamé, para detenerlo. Alejé mis pupilas del cierre entreabierto que ya dejaba ver parte de sus boxers negros y me mordí los labios, gesto que usaba cuando estaba sumamente nerviosa.

– ¿Pasa algo? –

– Si – dije rápidamente, sin dejar, bajo ningún momento, de engrosar lo mejor posible mi voz – Veras… Tú y yo seremos compañeros de trabajo – comencé a decir – Y por ello, creo que debemos de ser sinceros en ciertas circunstancias

– ¿A qué te refieres?

– Yo no puedo desvestirme frente a ti

– ¿Por qué no?

– Por que… - oh, cielo santo, la excusa perfecta que tenía en mente se me había olvidado al ver como sus verdes ojos me miraban de manera expectante. En momentos como aquellos era cuando odiaba el no poder mentir con precisión – Por que… veras… yo… no traigo calzoncillos

¡Maldición! ¡Más estupida no podía llegar a ser! Levanté la mirada, solamente para encontrarme con su pálido rostro completamente pasmado ante mi confesión

– Creo que tu sinceridad aplica a situaciones demasiado extremas – murmuró

– ¿Ves por qué no me puedo desvestir contigo aquí, adentro? – continué, ignorando su comentario – Creo que tu no querrás ver… aquello, ¿o si?

– No – contestó apresuradamente, mientras se dirigía hacia la puerta – Para nada. Vístete y, en cuanto estés listo, me avisas

– Gracias – dije, mientras le veía desaparecer.

Mi sonrisa se amplió gradualmente, conforme caía en la cuenta que, después de todo, mi plan no había resultado ser tan malo. Me apresuré a ponerme el uniforme, tratando de ser cuidadosa en no arrebatarme el bigote falso con las telas y, cuando estuve ya lista, abrí la puerta, para avisarle al chico que esperaba a fuera, que podía entrar.

– Adelante – indiqué.

Debo admitir que mi conciencia se dividió en dos cuando el jefe entró a la habitación justamente en el momento en que Edward estaba a punto de quitarse los pantalones. Mi parte morbosa (conocida hasta ese instante) se lamentó, al no verse deleitada con más de ese cuerpo, y mi parte casta, lo agradeció fervientemente ya que, seguramente, me había ahorrado un desmayo.

El señor nos dio unas últimas indicaciones para el día de mañana, la cual escuchamos atentos y, tras darnos, una vez más, la bienvenida a su lujoso restaurante, nos dijo que podíamos marcharnos

– Nos vemos mañana – le dije a Edward, mientras me despedía de lejos (no quería otro fuerte y brusco apretón en mi mano

– Hasta luego – contestó – Espero que mañana si traigas calzoncillos

Bajé la mirada y la centré en mis pies. Escuché como su garganta emitía una sonora carcajada, la cual me pareció un sonido demasiado hermoso y natural. Decidí tomar otro camino para llegar a casa, uno mucho más largo. Tenía deseos de caminar y, dado que no había ido a la escuela, podía darme el pequeño lujo de entretenerme un poco más. Mientras movía mis pies, me preguntaba mentalmente de dónde había salido aquel muchacho. Yo no era alguien que estuviera atento a todos los habitantes de Forks pero estaba segura que un chico así de guapo no podía pasar desadvertido… Era casi seguro que no asistía a la escuela (o al menos no a la preparatoria) por que, las únicas dos instituciones de ese nivel, era la publica y una privada, la cual era demasiado cara, y si él tuviera el dinero suficiente para pagar semejante cuota, no estaría buscando un trabajo, ¿O si?...

Fruncí el ceño y mis labios cuando me descubrí, plantenadome las lógicas de la vida de aquel chico… ¿Qué me tenía que importar lo que hacía o lo que no? Puse los ojos en blanco y bufé fuertemente. Definitivamente la carne es débil.

JASPER POV

– ¿Te sucede algo en el estomago? – preguntó Edward – Desde ayer te ves muy incomodo

– Creo que me cayó mal algo que comí – contesté. No podía contarle la verdad, eso era obvio. ¿Cómo iba a llegar y decirle?: "Ey, ¿Qué crees? Una pequeña niña salvaje me agredió, así por que sí, en la calle, mientras iba en busca de Emmett". Definitivamente lo único que ganaría serían días y días de extrema burla

– ¿Quieres que llame a mamá o papá para que te vengan a ver o te receten algo?

– No – dije, rápidamente. Tampoco quería intoxicarme – Se me pasará pronto. El que si se mira realmente mal es Emmett – señalé a mi hermano mayor, que se encontraba absorto viendo la televisión

– Vamos, Emmett – animó Edward – Dinos qué es lo que te pasa

– No es nada trivial – respondió, con un suspiro pesado – Se trata de la chica que conocí el fin de semana en la discoteque, le mentí, diciéndole que estoy bañado en dinero y resulta que vive en esta misma vecindad. Me la encontré ayer en la mañana, cuando me mandaron de compras. Obviamente, no pude ocultarle la verdad y, prácticamente, ella me mandó a volar

– Pero, ¿Por qué le mentiste? – pregunté, completamente asombrado. Mi hermano no era conocido por ser un mentiroso

– ¡No lo sé! – exclamó, mientras se paraba del asiento – Fue un maldito, infantil y estupido impulso para deslumbrarla

– ¿Deslumbrarla? – repitió Edward

– Si – admitió mi hermano, con avergonzada resignación – pero no quiero seguir hablando de eso. No es para tanto. Solamente, me siento un poco molesto conmigo mismo. Sé que no debí de hacerlo

– Me alegro que lo sepas – dije – De los tres, tú eres el quien ha dicho que todo esto se va a solucionar y que algo vamos a aprender de esta experiencia, el único que no ha hecho reclamo alguno.

– Lo sé, lo sé – dijo, volviendo a su rostro la sonrisa que tanto le caracterizaba – Ya, ya pasó. Ella no es la única chica que hay en este mundo.

ALICE POV

– Bien, Alice, ¿Preparada? – preguntó Seth

– La verdad es que no – admití

– ¡Vamos! ¡Tienes que hacerlo! – exclamó otro de mis amigos

– ¿Tengo que hacerlo? ¿Y por qué, según ustedes?

– Por que ayer, por andar de boba, nos quedamos sin cuatro latas de atún

– ¡Fue un accidente! – me defendí

– Nada de eso, no intentes justificarte, sabes perfectamente que así es la ley entre todos nosotros. Lo mismo le pasó a Quil cuando olvidó la bolsa de pan en el parque, ¿Lo recuerdas?

– Si – dije, a regañadientes. Tomé una fuerte bocanada de aire, preparándome psicológicamente para lo que se venía – Y bien… ¿Qué es, precisamente, lo que tengo que hacer?

Seth ensanchó su sonrisa

– Es algo fácil. ¿Recuerdas de la familia que te contamos, se acaba de mudar? – asentí – ¿Recuerdas al muchacho que vimos ayer, después de que se te cayeran las cosas?

– ¿El chico alto que iba con muchas bolsas de mandado? – reafirmé, pues había sido el mismo chico con el que había encontrado a mi hermana, Rose, tenía pocos días.

– Exacto – afirmó mi amigo, mientras me tomaba por los hombros y me hacía girar, para quedar de frente a la morada de la familia de ricachones que ahí vivía – Él vive en esa casa, por lo tanto, todas esas bolsas de mandado que llevaba, ayer en la tarde, deben estar dispersas en alguna alacena – informó – El castigo es que te metas a la casa y tomes la comida suficiente con la cual recompensar lo que perdiste.

– ¡¿Queeé?! ¡Seth! ¡¿Te has vuelto a loco?! ¡¿Cómo piensas que me meteré en esa casa?! ¡Si me descubren…!

– Vamos, no te van a descubrir – alentó – nosotros estaremos cuidándote la espalda. Además, hasta donde sabemos, el matrimonio trabaja durante toda la mañana y no llegan hasta noche y sus hijos, que estamos seguros son dos, han salido tiene pocos minutos, justo antes de que llegaras. No te preocupes, no hay nadie en la casa. Mira, está todo oscuro.

– ¿Me prometen que estarán cerca de aquí? – pregunté, al comprender que no había manera de liberarme de aquella situación

– ¡Claro! Si escuchas un silbido, es por que ya es momento de que salgas. La ventana está abierta, puedes entrar por ella, hay espacio suficiente para ello.

– Al final de cuentas, tiene algo de bueno el ser tan pequeña – se mofaron los demás, a los que les dediqué una mirada envenenada, antes de caminar hacia el dichoso lugar.

Me detuve frente a la ventana antes mencionada y comprobé que, definitivamente, no había luz en el interior y que estaba abierta. No fue difícil entrar. Caminé hacia donde, suponía yo, estaba la alacena. Me maravillé, por un momento, en lo lujoso que el lugar resultaba ser, a pesar de lo pequeño. Me dieron ganas de aventarme a los sillones que prometían ser realmente acojinados; pero me deshice de ese pensamiento rápidamente. Debía darme prisa, si no quería tener problemas. Ya de por si tenía que ingeniar alguna excusa para explicarle a Bella el por qué no había ido a la escuela (era claro que no le iba a decir que me había ido a jugar fútbol con mis amigos)… No quería ni imaginarme si ella se llegaba a enterar que me había metido, sin consentimiento alguno, a la casa de unos extraños.

Me puse de puntitas para alcanzar las puertas de madera que se alzaban a más de medio metro sobre mí, en momentos como ese era cuando odiaba el ser de tan pequeña estatura. Con las pantorrillas entumecidas ante tanto esfuerzo, logré, con la punta de mis dedos, coger algunos alimentos enlatados. Desgraciadamente, al querer extraer un bote de avena, éste perdió el equilibrio y trajo, consigo, una enorme lata de leche en polvo, la cual fue a dar directamente a mi cabeza, logrando que de mis labios se expulsara un poderoso alarido.

Una lágrima se derramó de mis ojos mientras apretaba mis labios, fuertemente, para no seguir con mi lamento.

– ¿Hay alguien ahí? – la sangre huyó de mi rostro al escuchar una voz masculina, detrás de mis espaldas.

¿Qué no se suponía que la casa debería de estar sola? Sentí unos pasos aproximarse, por mi espalda, al mismo tiempo que, desesperada, buscaba una forma de huir. La luz se encendió y bajé el rostro, tratando de ocultarlo con mi gorra. Una fuerza brusca me jaló hacia arriba, para que me pusiera de pie y ¡Oh, sorpresa! Mis ojos se dilataron al ver al mismo muchacho que, ayer por la tarde, había golpeado en la calle.

– ¿Otra vez tú? – inquirió, claramente asombrado

Mi cuerpo tembló. Ahora si me encontraba perdida. No podía volver a golpearlo… ¿O si?... No, no ganaba nada con ello. ¡Maldición! ¿Por qué mi suerte tenía que ser tan mala? ¿Era justamente necesario que ese chico resultara ser mi vecino?

– Jasper, Hemos llegado – mi cuerpo se quedó estático al escuchar más voces dentro… ¿Dónde estaba Seth?

Giré mi rostro hacia donde otros dos jóvenes aparecieron por la cocina. Uno de ellos era el mismo que mis amigos y yo habíamos visto, con la bolsa del mandado, y el otro, era un muchacho alto y de cabello color cobre. Ambos nos miraron por un momento y, después, intercambiaron inquisitivas y sinuosas miradas.

– Vaya, hermano, tu no pierdes tiempo – comentó, el más grande de ellos – Ahora entiendo por que no quisiste acompañarnos

Mis mejillas se enrojecieron, sin tener motivo alguno para ello.

– N-no… ¡No es lo que piensan! – soltó el chico que no dejaba de sujetarme por el brazo – Esta niña es una ladrona. La descubrí hurgando, a escondidas, en nuestra casa

El gesto divertido de los otros muchachos cambió, radicalmente, de diversión a incredibilidad, para después, tornarse serios. El joven de cabellos cobrizos se me acercó y, sus ojos verdes me miraron fijamente

– ¿Cuál es tu nombre? – exigió saber, con voz tranquila, pero firme

– A-Alice…

– ¿Vives por aquí cerca? – asentí, entonces, ocupando el lugar del rubio muchacho, se hizo poseedor de mis brazos, mientras me jalaba, fuera de aquella casa

– ¿A – a dónde me llevas?

– A tu casa. Creo que tus padres deben saber lo que estas haciendo

– ¡No, por favor! – supliqué

– Dime dónde vives – pidió, frenando sus pasos por un momento. Bajé la mirada, dispuesta a negarme rotundamente a contestar – Bien – agregó, ante mi silencio – si no me lo dices, iré preguntando, casa por casa, hasta encontrar a tu familia. Créeme que lo haré – amenazó, con cierto deje de diversión – Así que, ¿Por qué no haces esto más fácil?

– Vivo allá arriba – señalé, con el rostro sombrío

– Perfecto – susurró, mientras volvía a caminar, llevándome consigo

BELLA POV

Sonreí tontamente mientras recordaba el rostro y el cuerpo de aquel chico, con el cual trabajaría a partir de mañana. Sentí que mis mejillas se sonrojaban ante la imagen de aquel pecho bien formado que mi mente trajo. Solté una risita nerviosa, sintiéndome como vil imbecil, ¿Qué pasaba? Jamás antes me había sentido tan asombrada por una imagen varonil. Seguramente se debía al hecho de que, nunca, había tenido la oportunidad de presenciar semejante perfección a menos de un metro de mí.

En fin…

No era momento para pensar en esa clase de tonterías. Había cosas que necesitaban mucha más atención, como por ejemplo: el idear cómo me las iba a ingeniar para que no descubrieran en mi trabajo que era una chica… No podía estar diciéndole a Edward, todo el tiempo, que no llevaba calzoncillos, para que se saliera de la habitación y me otorgara la estricta privacidad que requería.

Un golpe de nudillos llamó a la puerta. Bajé la lumbre de la estufa y caminé hacia ella, para ver de quién se trataba y, al hacerlo, solo pude ser capaz de pensar dos cosas:

O me estaba volviendo loca y había quedado tan impactada con lo guapo que me había resultado ser el chico de la mañana o, peor aún, lo que mis ojos veían era verdad…

– Hola, disculpa, ¿Eres familiar de esta chiquilla?

Hola. Otro capitulo más, ¿Qué les ha parecido? Espero me dejen su opinión, ¿Si? Se los agradecería mucho. Se cuidan, tengo clases, así que debo irme. Hasta pronto

Atte

AnjuDark