Capítulo 5: Compañeros, compañeros, compañeros.
EDWARD POV
– ¡¿Qué?! – Grité, en un gesto completamente infantil y sin que yo pudiera contenerme – ¿Cómo qué no llevaré carro?
– Edward, hijo, te recuerdo que solamente tenemos dos – dijo mi madre, con voz tranquila y amorosa, mientras me acariciaba el cabello – Uno se lo ha llevado tu hermano a la universidad y el otro, lo usaremos tu padre y yo para ir al trabajo
Oh, mierda. Si, lo había olvidado. Dos carros… ¡¿Dónde estaba mi adorado mercedes?!
– ¿Por qué no me esperó Emmett? – reproché
– Él entra dos horas antes que tú" – volvió a recordar Esme – Le era imposible
– Entiendo – susurré, bajando la mirada y sintiéndome avergonzado por mi actitud tan estúpida – Entonces, creo que debo irme ya, no quiero llegar tarde mi primer día de escuela
– Espera a Jasper. Él también tendrá que irse a pie
– Si – acordé, suspirando pesadamente y dejándome caer en el sillón.
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– Es una suerte el que las escuelas nos queden tan cerca – comentó mi rubio hermano, mientras caminábamos – no tenemos que vernos en la necesidad de combatir con el tráfico
– En Forks el tráfico no existe – dije, con tono despectivo. De más está el decir que no me encontraba con ni una sola pizca de humor.
Al término de cinco cuadras, tomamos caminos diferentes. Él hacia la preparatoria y yo hacia universidad. Nos despedimos con un gesto en la mano y deseándonos suerte. Desde donde me encontraba, ya podía visualizar el viejo edificio que tenía, en lo alto, un letrero que le reconocía como "Universidad Pública de Forks"… Puse los ojos en blanco, con apatía, y seguí caminando. Cuando llegué a la enorme puerta, un hombre con uniforme me pidió la identificación que, el día de mi inscripción, me habían otorgado. Ya adentro, mi humor no mejoró, tal vez, si ello era posible, solamente empeoró al percatarme de las miradas femeninas se giraban para verme y seguirme con cada paso que daba.
Aquello era irritante y solamente solía pasar en aquellos pueblos tan pequeños. Bajé la mirada y puse mi mejor cara de arrogancia para evitar posibles acercamientos. Busqué el pasillo que me marcaba el horario, para ir al salón en donde se me impartiría la primera clase de la mañana, la cual, según yo, era Anatomía. Algo que tampoco ayudaba a mí estando anímico era el recordar que, a diferencia de Emmett, no me habían querido revalidar mis materias, pues apenas y había llevado, en Italia, el primer semestre de la carrera de Medicina.
Continué caminando, simulando estar atento al pequeño papel blanco que llevaba en manos. Aún podía sentir varias miradas sobre mi espalda. ¡¿Es qué acaso tan sorprendente era tener a un alumno nuevo?!...
– Hola – intenté hacerme el sordo al escuchar una voz tras de mí; pero, para mi desgracia, mucha gente suele no captar las pequeñas indirectas de la vida. La chica que me había hablado aceleró el paso y se situó frente a mí – hola – volvió a repetir
– Hola – dije de vuelta, esforzándome por lucir amable.
– Eres nuevo, ¿no es así?
– Si. Así es – asentí
– Mi nombre es Lauren – agregó, para después quedar en silencio (me imagino que esperaba a que le dijera mi nombre) pero, al ver mi mutismo, decidió preguntar – Y tú, ¿Cómo te llamas?
– Edward… Cullen
– ¡¿Cullen?! – soltó, con asombro – ¿Eres hijo del doctor Cullen?
– Si
– ¡Oh, Santo Cielo! ¡Yo conozco a tu papá! ¡Es un hombre guapísimo y muy amable…!
– Si, gracias por decirlo – interrumpí, rápidamente. No estaba interesado en escuchar aquellas pláticas efusivas – Tengo que ir a mi clase, si me disculpas…
– Te puedo acompañar a tu salón
– No – contesté, rápidamente. Casi con miedo impregnado en la voz. Ese tipo de chicas siempre me asustaban – Gracias; creo que puedo llegar solo
–De acuerdo – accedió y, al ver su rostro apesadumbrado, me sentí mal; traté de no darle más importancia y, tras dedicarle una amable sonrisa, di media vuelta y seguí con mi camino.
Seguí caminando, casi huyendo, por todo el pasillo hasta encontrar el dichoso salón. Me planté frente a la puerta, sintiéndome indeciso entre si entrar o no (aunque era lógico que tenía que hacerlo); con las manos empuñadas y la quijada tensa, inspiré profundamente para adquirir valor y, cuando al fin había logrado mover mi mano para penetrar la entrada, ésta se abrió, de manera brusca, propinándome un buen golpe en el rostro.
¡PUM! ¡Plot!... Auch…
– ¡Lo siento! ¡Lo siento! No fue mi intención… – en medio de mi aturdimiento escuché la femenina voz que, inesperadamente, había enmudecido.
Alcé mi mirada – sin quitar mi mano de mi nariz ensangrentada – y fue cuando la vi…
– ¡Tú! – exclamó, mientras fruncía el ceño, dejando las disculpas por un lado para dar paso al más vivo de los desprecios
¿Y ahora qué había hecho?
– Yo... – confirmé, con voz débil a causa del dolor
– ¿Qué haces aquí?
– ¡Oye! ¡En serio, me sorprende tu preocupación! – exclamé, con el mayor de los sarcasmos, mientras mi mano se bañaba con la sangre que de mi nariz salía – no es necesario que pidas disculpas…
– No lo estoy haciendo – replicó la muchacha
– ¡Me desangraste la nariz!
– ¡¿Quién te manda a pararte frente a una puerta?!
– ¡¿Y es necesario que seas tan brusca?! ¡Si hubieras tenido un poco de delicadeza no me hubieras hecho daño!
– Te quejas más que una nena – dijo, con voz fría y acusante – yo no me quejaría tanto
– Tu no fuiste la que recibiste el golpe, por eso lo dices
– Eres absurdo
– Y tú una salvaje
Ambos gruñimos por lo bajo y nos mutilamos con la mirada
BELLA POV
– Señorita Swan, buenos días – el profesor saludó, rompiendo nuestra tonta discusión…
– Buenos días, profesor Barne – dije de vuelta
– Usted debe ser el alumno nuevo, si no me equivocó – se refirió a Edward, mientras entrábamos al salón. Fue entonces cuando caí en la cuenta: Él estaría conmigo en todas las clases… ¡Él también se encontraba estudiando medicina!
Aceleré mis pasos y me encaminé hacia mi asiento. Odiaba tener la atención sobre mí y el ir a la par del "chico nuevo" dudaba que fuera algo que me ayudara a pasar desapercibida. Tomé mi lugar al lado de Ángela, quien, al igual que el resto de las chicas, se había quedado con la boca abierta al verlo.
Suspiré pesadamente. Ni si quiera podía recriminarles un poco. ¿Acaso no había pasado yo por lo mismo? Y es él que era tan… tan…
¡Tan insoportable!
¿Tenía que sentarse justamente en el asiento contiguo al de nosotras?
– Es muy guapo – murmuró discretamente mi amiga, mientras le miraba de reojo
– Pensé que te gustaba Ben – recordé
– Por supuesto, pero eso no quita que no pueda darme cuenta de lo atractivo que es.
– No es para tanto – mentí, pues ese color de ojos, y la forma de su angulado rostro, créanme, no es algo que se pueda ver todos los días.
El resto del día se podría decir que pasó de manera… ¿Normal? Claro, si descartamos el hecho de que mis ojos se empeñaban en mirar en aquella dirección que no deberían. A decir verdad, el día me resultó demasiado tedioso. El pensamiento y la inquietud de saber que Edward Cullen era no solo mi compañero de trabajo, si no también mi vecino y, por si fuera poco, también mi compañero de clases, me resultaba estresante. ¡Jamás creí posible tanta mala suerte en una sola vida! Por que eso era lo que él representaba: Mala suerte. ¿Sería capaz de pasar desapercibida ante sus ojos, disfrazada de hombre? ¿Sería él lo suficientemente inteligente como para notarlo? Temblé ante solo el hecho de que gracias a él, podría llegar a perder mi trabajo (Y es que razones para que me ayudara faltaban: Apenas tenía un día de conocerlo como Bella Swan y ya nos habíamos discutido en dos ocasiones)…
Mientras el profesor nos explicaba la composición de las células humanas, yo me estaba concentrando en cómo ganar esta batalla sin iniciar. Y llegué a una sola conclusión: Tenía que hacerme amigo de Cullen. Si. Amigo. Con "O". Leonardo y Edward, los mejores camaradas y compadres que pudieran llegar a existir. Con esa confianza, él nunca llegaría a dudar de mí… Me ayudaría, sin saberlo, a guardar mi identidad y dado que, al parecer, las cosas conmigo, con Bella, no habían comenzado nada bien, dudaba que él pudiera llegar a creer que fuéramos la misma persona.
Me acomodé en el asiento mientras me elogiaba interiormente. Era un genio…
– Bella – la voz de Ángela me sacó de mi ensoñación – Ya es hora de irnos. Las clases han terminado
Me levanté de la silla con un movimiento brusco y rápido, miré el reloj y solamente tenía veinte minutos para llegar a mi primer día de trabajo. Tomé mis cosas y me despedí de mi amiga con un "Adiós" fugaz. Me escondí en un pequeño callejón y cambié mis ropas por las de Charlie, adorné mis labios con ese horrendo bigote y me acomodé la peluca, ocultando mi larga cabellera. Llegué con dos minutos retrasada y, al abrir la puerta para entrar al pequeño cuarto en donde debíamos ponernos el uniforme, lo vi otra vez.
– Hey – saludó al verme. Traté de concentrarme en no quedarme embelezada viendo como sus dedos se movían a través de los botones de la blanca camisa y ocultaban su pecho.
– Hey – dije, engrosando mi voz lo mejor posible.
– ¿Hoy si traes calzoncillos?
– La verdad es que no – contesté – ¿Sería mucha molestia si te pido que salgas?
– No, tomate tu tiempo – salió del lugar y a velocidad record me acomodé el pantalón y la camisa, al igual de los enormes y toscos zapatos.
El jefe llegó a los pocos minutos después
– Bien, muchachos, ¿Están listos? – Edward y yo asentimos
De más está el decir que el trabajo me resultó extremadamente pesado (Entonces fue cuando comprendí por que quería exclusivamente hombres) Había tenido que ser mesero, limpiar el piso, lavar los manteles, volver a ser mesero y, por último, cuando ya me encontraba contando los minutos para que mi jornada laboral acabara, el jefe indicó:
– Leondardo, Edward, antes de que se retiren, vayan a la bodega y acomoden unas cajas que han llegado, por favor.
El chico de ojos verdes y yo asentimos. Claro, él se miraba mucho menos cansado que yo. Nos dirigimos a la enorme y oscura sala ubicada hasta el fondo del dichoso restaurante y, al prender las luces, ambos quedamos pasmados ante lo que se nos presentó. Eran muchas – demasiadas – cajas, todas con aspecto tosco y pesado.
– Bien, manos a la obra – dijo, con un positivismo envidiable, encaminándose hacia nuestra labor. Le seguí, pisándole los talones. Tomó entre sus manos una de las más grandes y la cargó, sin que la actividad se mostrara difícil. Aquello me alentó
¡Vamos! No es para tanto, si él pudo, yo también.
Con aire de superioridad, di un paso hacia el frente y le imité… GRAVE ERROR
– ¡Ahhh! – exclamé, cuando se me vinieron encima varias cajas
¡PUM! ¡PLOSH! ¡ZAZ!
– ¡Leonardo! – sus manos me liberaron de aquella ponderación de cartón, latas de embutidos y vegetales – ¿Te encuentras bien?
– S-si... – me apresuré a contestar, palpando mi rostro, verificando discretamente si mi "disfraz" estaba intacto.
– Vaya, hombre. Qué susto me has dado – dijo, ayudándome a ponerme de pie
– Lo siento. Suelo ser muy torpe
– Yo diría más bien que eres un debilucho – agregó, con una sonrisa – ¡Te hubieras escuchado! Gritaste como una niña.
Sentí como un viento helado recorría mi columna vertebral
– Me mareé. Eso fue todo – él soltó una carcajada
– Las chicas te están acabando, ehh…
– Claro. Las mujeres – traté de que mi voz saliera con cierto aire de lujuria... – ¡Me vuelven loco!
– Hablas como todo un Don Juan – señaló, volviendo a nuestras labores
– Lo soy – aseguré, cogiendo unas cajas con más precaución. Jamás creí que el hablar como un patán fuera tan complicado – Habiendo tantas mujeres en el mundo, ¿Por qué quedarse solo con una?
Él no contestó, aunque sabía que me escuchaba, pues su vista había viajado en mi dirección en más de una ocasión, en el mismo tiempo que cargaba caja tras caja y las acomodaba en una esquina
– Me dirás que tú no eres así – añadí, por propia curiosidad – ¿O es qué no te gustan las chicas?
– Me encantan las chicas – aclaró, sonriente – pero, en verdad, no me gusta mentir. Así que, aunque pocos me crean, nunca en mi vida he sido infiel.
– ¿Tienes novia? – ¡Mierda, Bella! ¿Qué te importa?
– Si – respondió, tomando asiento en uno de los paquetes y suspirando pesadamente – hemos terminado – anunció con una sonrisa y me tomó más de dos segundos el comprender que se refería a nuestro trabajo – ahora ya podemos irnos a descansar.
Salimos de aquel lugar al mismo tiempo, pero yo tomé la precaución de simular irme hacia otra dirección. Cuando llegué a la casa, Alice ya me esperaba, sentada en el sillón.
– Hola – saludé
– Te quería pedir un favor – anunció, cuando me senté a su lado – ¿Podrías acompañarme a la casa de los Cullen, a pedir disculpas? No quiero ir sola
– No supe qué contestar. No me gustaba negarle nada a mi pequeña hermana, pero también mis energías estaban completamente desgastadas. Además, el ir a casa de los Cullen, implicaba que, seguramente, vería a Edward, del cual ya había tenido suficiente por ese día, ¿o no?
– Si quieres, yo puedo ir contigo – la voz de Rose interrumpió mi respuesta
Alice y yo le miramos de forma inquisitiva. Nuestra hermana mayor no era muy dada a hacer ese tipo de proposiciones por que, según ella, le molestaba gastar el tiempo en nuestras estupideces.
– ¿Qué dices? ¿Quieres que vaya o no? – insistió
– ¿Por qué tanto interés repentino? – indagué
– Bella, ¿Quién te entiende? ¡Me reclamas por que, según tú, no soy una hermana responsable y, ahora que quiero apoyar a Alice, vienes y te molestas! ¡Todo te parece mal, todo lo que yo hago esta mal para ti! ¡Ya estoy cansada de ti!
– Rose, por favor, cálmate – dije, con voz tranquila – Deja de decir tantas tonterías y baja la voz. Alice está aquí…
– ¡Bella, no empieces de nuevo! – tajó y obedecí al instante.
– Disculpa – susurré, bajando la mirada – Alice, que te acompañe Rose. Yo estoy muy cansada y aún tengo que hacer la cena para cuando papá llegue
– No te preocupes por eso, ya la hice
– Gracias – le sonreí y me puse de pie. Rose me dedicó una mirada envenenada, antes de salir y decirle a la más pequeña que le esperaba afuera.
– Bella – me detuvo Alice, tomándome de la mano – No le hagas caso a Rose… Yo no estoy cansada de ti…
– Lo sé, tontita – aseguré, alborotando sus cabellos con mi mano. Ella sonrió, como siempre lo hacía y, al minuto siguiente, desapareció por la puerta.
ALICE POV
– Deja de jugar con tus manos – regañó Rose, mientras bajábamos de las escaleras – Te ves mal y absurda.
– Estoy nerviosa, ¿Qué quieres que haga? – contesté, de forma violenta. Aún seguía molesta por cómo le había gritado a Bella. Ella resopló y puso sus ojos en blanco. Continuó bajando las escaleras, al mismo tiempo en que se acomodaba su rubia cabellera sobre sus hombros.
Llegamos a la dichosa casa y los pies comenzaron a temblarme. ¿Qué se suponía que iba a hacer ahora? Viajé mi mirada hacia mi hermana, buscando un apoyo que no encontré ya que ella parecía demasiado entretenida en ver su reflejo que se dibujaba en uno de los ventanales. Suspiré pesadamente al saber que estaba sola en todo eso y me arrepentí por no haberle insistido a Bella para que me acompañara. Tomé aire tres veces seguidas y, cuando adquirí valor, toqué la puerta.
Mi corazón se detuvo al ver al rubio chico que la había abierto y me miraba de manera inquisitiva.
– Hola – murmuré, bajando la vista y jugando nerviosamente con mis dedos
– ¿Se te ofrece algo?
– Venía a… venía a hablar con tus padres
– ¿Con mis padres? – repitió – ¿Para qué?
– Quería pedirles una… disculpa
– No es necesario – contestó, con voz fría – ellos no saben nada de lo ocurrido.
– Aún así… yo… yo quiero hacerlo
Un silencio demasiado incomodo se levantó entre nosotros.
– Jasper, cariño, ¿Qué sucede? – inquirió una dulce voz femenina. Entonces, el chico que se encontraba frente a mí fue flanqueado por una guapa mujer de aspecto gentil – Hola – dijo al verme – ¿eres una nueva amiga de mi hijo? Jasper, ¿Por qué no la invitas a pasar…?
– Ella no es una amiga – interrumpió, con voz baja; pero con cierto aire de dureza en ella. La señora volvió su vista hacia mí y él dio media vuelta y se adentró en la casa.
– Buenas noches, señora – saludé, con voz cortada debido a los nervios – Mi nombre es Alice Swan. Yo… yo vengo a ofrecerle una disculpa… ayer… ayer yo... – ¡Dios! ¿Por qué me costaba tanto decirlo? – yo… me metí a su casa y… quise… intenté… robar unas cosas… Lo… lo siento mucho… Le juro que no volveré a hacerlo…
No me había dado cuenta de que estaba llorando hasta que una cariñosa mano me limpió las lágrimas que caían. El cálido contacto de esa piel me recordó mucho a mi mamá…
– Pequeña, ¿Pero por qué lloras? – susurró la señora, mientras se inclinaba para quedar a mi altura – No es para tanto. Se trató de una simple travesura, ¿no es así? – no me atreví a contestar. La vergüenza había incrementado ante la amabilidad de sus palabras – ¿Vienes sola?
– No – se apresuró a contestar Rose – Yo soy su hermana – La señora y ella se dieron la mano – Disculpe a Alice, por favor. Es muy pequeña y, a veces, no tenemos tiempo de cuidarla y es ahí donde aprovecha a meterse en problemas
– No tengas cuidado, yo comprendo perfectamente a lo que te refieres. Soy madre, tengo a tres hijos.
– Nosotras no tenemos mamá. Así que es más difícil todavía – informó. Estoy segura que de haber estado Bella presente, se hubiera molestado mucho. Ella siempre nos había dicho que no teníamos por qué justificar nuestras faltas con la ausencia de nuestra madre y yo compartía mucho esa opinión – Sólo somos tres hermanas. Nuestro padre trabaja todo el día y, por lo general, siempre estamos solas.
– Ya veo – susurró la señora, con mirada apenada – Cuánto lo siento; pero no te inquietes, pequeña – se dirigió a mí – Olvida lo que hiciste.
– ¿No está molesta? – inquirí, completamente asombrada
– Por supuesto que no – aclaró, regalándome una sonrisa – Es más, cuando gustes, puedes venir a visitarme por las noches. Mi nombre es Esme – añadió – Cualquier cosa en lo que las pueda ayudar, no duden en buscarme
– Muchas gracias – dijo Rose, con una sonrisa extraña en su rostro – En forma de agradecimiento por su bondad, me gustaría invitarle a cenar, a usted y a su familia, el fin de semana.
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– Me puedes decir de dónde vamos a sacar nosotras el dinero para comprar esa cena – exigió saber Bella, después de que llegáramos a la casa y le contáramos lo que a nuestra maravillosa hermana se le había ocurrido.
– El fin de semana es quincena – recordó, con voz airada – puedes invertir algo de tu sueldo en ello
– Ese sueldo, Rose, lo pienso utilizar para nosotras.
– ¡Bella! ¿No te parece justo? ¡La señora fue demasiado amable con Alice, cuando lo que ella se merecía era un buen par de nalgadas!
– No por eso nos quedaremos sin comer – siseó la castaña – Rose, el dinero apenas y nos es suficiente para nosotras tres y Charlie, ¿Cómo se te ocurre invitar a una familia de cinco integrantes a una cena?
Mi rubia hermana se paró del asiento
– Entonces encárgate tu de cancelarla – le dijo a Bella, con voz helada, antes de irse – yo no pienso hacerlo.
Bella se llevó las manos a la cabeza en cuanto quedamos solas. Yo no supe qué hacer. Me sentía tan culpable. Si no hubiera sido por mí, todo esto no estaría pasando. Caminé hacia ella y la envolví entre mis brazos. ¿Qué más podía hacer si no eso?
– Lo siento – susurré, con las lágrimas contenidas.
– No te preocupes – calmó Bella, alzando su rostro y regalándome una sonrisa que luchaba por ocultar su desesperación – Ya veremos cómo arreglamos esto. Tú no te inquietes…
Me mordí el labio fuertemente ante la impotencia y rabia que sentí contra mi persona. Ni si quiera podía ser capaz de criticar a Rose por ser mala hermana, pues realmente, yo no era mejor que ella. Ese día había faltado de nuevo a la escuela, le había fallado nuevamente a Bella… y aún así, ella me consolaba, ella hacía todo lo posible por no lastimarme… ella… ella no se merecía todo lo que nosotras le hacíamos…
Uf! Aquí les dejo otro capitulo. Disculpen la espera :-S he estado muy ocupada y con pocos ánimos de escribir. Espero les guste y me dejen su opinión. Hasta pronto
Atte
AnjuDark
