"Tipea todos los códigos desde el 1 hasta el 1769 si quieres que todos tus deseos se cumplan" decía el mensaje que había encontrado mientras buscaba en Internet los códigos en el teclado numérico para los caracteres japoneses. Ya ven, es bastante difícil hacerlo en mi teclado normal y los atajos de la tecla "Alt" eran mi única alternativa; ¡qué complicado era querer escribirle a alguien de mi país natal un simple saludo desde Inglaterra!
Había vuelto a Kong y los chicos habían decidido darme una computadora nueva como regalo de bienvenida. Luego sacamos nuestro segundo álbum y los fans empezaron a ser escupidos de la tierra directo a las disquerías, y no estoy exagerando, la atención que atrajo "Demon Days" fue abrumadora. Por eso me metí en el mundo de las redes sociales, para estar en contacto con nuestros fanáticos y de vez en cuando pasarles algún que otro dato sobre lo que haríamos después, pero había querido prestarle especial atención a la gente de Japón por el simple hecho de que me enorgullecía ser de allí y bueno, mero cariño patrio que nunca creí que sentiría.
En fin, cuando comprobé que los traductores de la web no eran muy de fiar decidí escribir yo misma mis mensajes, lo único que me limitaba era que no tenía las letras en el teclado, y así vuelvo al principio. Para mi mala suerte nadie había tampoco publicado alguna lista de códigos, de modo que tuve que ponerme a averiguarlos por mi cuenta probando desde el primero (estaba segura de que luego sería una gran anécdota).
Esa noche abrí un documento en blanco y me puse a probar combinaciones pacientemente, a veces me causaban gracia las pequeñas imágenes que aparecían, aunque luego del número doscientos dejaron de ser divertidas; mis dedos empezaron a moverse de forma mecánica después del cuatrocientos y ya no necesité llevar la cuenta.
Quinientos.
Seiscientos. Tengo que admitir que dudé un poco al tipear el seiscientos sesenta y seis, pero no fue más que una extraña figura parecida a una D.
Ochocientos.
Mil doscientos y eran las tres y veinte de la mañana. "¿De verdad voy a desperdiciar más tiempo en esto?" me pregunté.
Mil quinientos.
Mil seiscientos, en aquel punto estaba asombrada por la velocidad con la que escribía, sentía que no podía parar aunque me muriera de cansancio.
Llegué a los mil setecientos cincuenta y los caracteres seguían sin aparecer. Gruñí frustrada porque en los próximos días no tendría tiempo de continuar la búsqueda, muchos ensayos y grabaciones se nos venían encima. Me propuse entonces seguir hasta los mil ochocientos y, si ahí no aparecían, me iría a dormir tranquila sabiendo que me había esforzado.
Pero algo extraño pasó cuando me estaba acercando a los mil setecientos setenta: las últimas combinaciones que había hecho estaban formando una palabra en letras borrosas y muy difíciles de leer. "Grati" decía, pero como había muchas palabras que comenzaban de esa forma, la curiosidad me ganó y continué escribiendo.
—Gratitud…— murmuré extrañada al ver completo el mensaje. Muchas pruebas atrás habían aparecido ante mí abecedarios enteros, letras que nunca habría pensado ver, pero jamás una palabra, y mucho menos una tan poco relacionada como "gratitud".
Antes de que pudiera seguir mi tarea la pantalla se congeló sin razón, y no sólo eso, tampoco hubo forma de hacerla funcionar de nuevo. A pesar de haber movido el ratón cuanto pude y de haber apretado toda tecla posible, nada tuvo efecto. Sin embargo, casi entré en pánico cuando el monitor quedó completamente negro de un momento a otro; ¿qué demonios…?
La habitación estaba a oscuras y yo simplemente pude aferrarme al borde de la silla esperando a que la pantalla volviera a la normalidad. No lo hizo, claro. Una pequeña línea blanca parpadeante surgió de la nada en la esquina superior izquierda, era el cursor de escritura y era lo único visible allí, no creía que fuera a aparecer algo más. Quise escribir pero ni una letra se dejó ver, como si el teclado de repente hubiera dejado de funcionar.
Unos segundos después una palabra se deletreó en letras blancas y grandes: "Huff" rezaba, una especie de onomatopeya para un jadeo o un resoplido pensé, porque no existía tal cosa en el diccionario. Ese mismo mensaje fue repitiéndose llenando varios renglones, las letras se hicieron más y más pequeñas hasta que me fue imposible leerlas, estaba tan concentrada siguiendo aquella serie que comencé a escuchar una respiración muy pesada dentro de mi cabeza.
Pero me di cuenta de que a medida que las palabras se hacían ilegibles, el sonido empezaba a hacerse real.
Estaba detrás de mí.
Mi propia respiración se detuvo ante la duda de que fuera yo quien estaba jadeando sin saberlo, el clásico consuelo de "tal vez sea tu imaginación", mas no fue así. Los bufidos eran fuertes y casi podía sentir el aire caliente erizándome los pelos de la nuca.
Nunca antes había experimentado el miedo como en aquel momento y la sola idea de girarme para ver me daba escalofríos.
—Gratitud, mujer…— dijo una voz gastada y forzada, se oía como si la persona (si de verdad era una persona) no hubiera hablado en años y se atreviera a abrir la boca por primera vez—Mírame ahora…
La orden fue firme pero yo tardé en obedecerla, estaba paralizada. Bajé la cabeza y pasé saliva antes de girar lentamente mi silla, siempre con la cabeza gacha porque no tenía el valor de enfrentar aquella horrible presencia. Me sentí agobiada, el aire de pronto se había helado y los segundos se habían vuelto sinónimos de la eternidad.
Al final me armé de la escasa fuerza que me quedaba y de a poco alcé la mirada, hoy me arrepiento de haberlo hecho, porque lo que vi estuvo más allá de mis peores pesadillas: era una criatura que nacía de la oscuridad, fue lo primero que noté, su cuerpo era largo y se sostenía igual que un ciempiés sobre cuatro brazos quebrados, deformes; era extremadamente delgado y eso hacía que su gran cabeza resaltara, sobre todo su rostro, totalmente blanco, una mancha negra y goteante le servía de boca, y otras dos iguales eran sus ojos. La única diferencia era que había dos puntos blancos dentro de ellas, sus pupilas.
Para colmo no podía dejar de torcer rápidamente su cuello, como lo hacen las personas a las que les duele o peor, las que tienen un tic. Pero no escuchaba huesos tronando, sino un zumbido cada vez que lo hacía.
Se acercó a mí, tan veloz que apenas pude soltar un gemido de sorpresa (el cual no pude oír) y pegarme al respaldo del asiento, sin embargo fue inútil, pues dos de sus manos sujetaban mi cuello y mandíbula.
—Te daré lo que deseas…— susurró mientras la mano que apresaba mi quijada fue metiéndose en mi boca. Abrí los ojos alarmada pero no pude hacer nada para defenderme, su otro par de manos detenía las mías.
El zumbido se hizo más fuerte y vi que examinaba como fascinado la forma en que abría mi boca, alcé la vista al techo negro y una lágrima de impotencia se me escapó.
Lo siguiente que recuerdo es que bruscamente mi mandíbula se abrió mucho más allá de su límite y mi grito fue bloqueado por el oscuro ser, que entró sin permiso hasta lo más profundo de mi garganta. El dolor fue insoportable, inimaginable, y el cuerpo negro no tenía fin; caí en la inconsciencia luego de unos instantes, no había podido aguantar.
Desperté en el piso de mi cuarto, seguía oscuro y la impresión de lo que había vivido (el recuerdo de la criatura) no me dejó contener el vómito en mi estómago. Débil y asustada, noté que el sonido de la respiración había desaparecido, lo único que se escuchaba era el murmullo de la computadora.
Con esfuerzos me aferré a la espalda de la silla y asomé la cabeza para ver la pantalla, esperaba verla negra y escrita toda, pero allí estaba el documento de los códigos tal y como lo había dejado.
"Gratitud" se había borrado.
Los siguientes códigos que probé comenzaron con las letras japonesas.
