Antes de empezar quiero pedirles una disculpa por esta terrible demora. Olvidé avisar en el capítulo anterior que acabo de comenzar mis clases y ahora apenas y tengo tiempo para comer (literalmente). Solo para que se den una idea, me la paso viendo, escribiendo y calculando números desde las 11 de la mañana a las 9 de la noche. T_T En fin, solo les pido un poco de su paciencia y todo su apoyo ^^. Si tardo más es por que quiero dar lo mejor de mí, (podría escribir el capítulo en dos horas, con la mente cansada y hastiada de todo, pero, ¿De qué serviría si no lo estoy disfrutando y ustedes leerían algo completamente superficial?) En cada línea que escribo (o más bien, intento "escribir") va todo mi esfuerzo, así que por favor, no se enojen conmigo si tardo más de una semana en subir, de verdad es por que me resulta imposible. Sin más, gracias por leer y espero este capítulo les agrade.
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Capítulo 17: Dilemas Sexuales.
EDWARD POV
Dejar de besarlo supuso un esfuerzo enfermizamente grande, por no decir imposible. Y es que, ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo adquirir lucidez cuando el sabor de sus labios era sumamente exquisito y embriagante? Jamás había experimentado algo similar. Todas esas vibraciones que recorrieron mi piel al momento en que su aliento se había fusionado en mi garganta... ¡Qué maravilloso era el celestial cosquilleo que sentía contra mi boca! No quería que esto terminara nunca. Quería permanecer de esta manera todo el tiempo, toda mi vida...
–¡Edward! – la voz, escuchada desde muy lejos, del jefe me trajo a la realidad de modo agresivo.
Abrí mis ojos atropelladamente, sin despegar mi boca aún de la suya, y, ¡Ah! ¡Bravo!, ¡Comprendí que el "celestial" cosquilleo que acariciaba mis labios era provocado nada más, ni nada menos, que por su bigote!
Mis manos se alejaron inmediatamente de sus hombros y Leonardo cayó de espaldas. Expulsé un sonoro jadeo, como muestra de mi horror, mientras me ponía de pie y retrocedía todo lo que podía, lejos de él, de la implacable tentación que sus labios entreabiertos y húmedos suponían.
El corazón me latía ferozmente. Nuestras miradas estaban clavadas, una en la otra. Podía leer mi propio terror en sus pupilas. Temblé.
–Edward – la puerta se abrió. El jefe apareció, prestando atención al chico que aún yacía sentado en el suelo y en mí, que me encontraba sin otra prenda más que mis bóxers. El rostro se le enrojeció tanto que amenazaba con explotar– ¡¿Pero qué hacen?! – explotó
Pasaron siete eternos segundos antes de que Leonardo contestara
–Sufrí un accidente. Me estaba ahogando y... Edward me ayudó.
El anciano suspiró, como diciendo "Esto es de todos los días, ¿de qué me asombro?" Aunque después volvió a examinar mi cuerpo semi desnudo y alzó una ceja de manera incrédula
–¿Y para ayudarlo era necesario que el Señor Cullen se desvistiera?
–No – defendió atropelladamente – él se estaba cambiando...
Aproveché ese momento para coger mis ropas y ponérmelas. Las manos me temblaban notoriamente. El jefe pareció creernos (Bendito el Cielo)
–Bien – suspiró pesadamente – Allá afuera han llegado varios clientes, atiéndanlos por favor – Dicho esto, se fue.
Mi mirada se entrelazó con la de Leonardo. Podía ver mi reflejo en el chocolate de sus ojos. Era la viva expresión del pavor.
–G-gracias... – dijo, rompiendo el incomodo silencio –... por ayudarme
–Deberías de tener más cuidado al comer – balbuceé. Aunque indiscutiblemente me sentí aliviado al comprobar que él había tomado todo esto como una simple acción de "Primeros Auxilios"
Él inclinó su rostro hacia abajo. ¿Era mi imaginación o estaba ruborizado? Ese tinte rosado en sus mejillas... Me recordaba a alguien. La boca me quemaba. Descubrí que quería besarlo otra vez. ¡Dios! ¡¿Qué me pasaba?!
–¿Sabes? Tengo algo bien urgente qué hacer. Me voy –solté, atolondradamente, y no me di cuenta que había salido del trabajo y me encontraba corriendo por las calles hasta que estuve completamente empapado y las ropas me pesaron.
Frené a mitad de un pequeño parque. Descansé con las manos en mis rodillas. El agua chorreaba de mis cabellos, pero me importaba poco. La cabeza me dolía y me daba vueltas. Caminé, dando tropezones, hacia una banca oxidada y húmeda. Me senté en ella, ignorando el líquido que traspasaba mis pantalones. Estaba temblando y no era precisamente por el frío que había. Cerré los ojos y recordé.
Mis labios pegados a los suyos, bailando de una manera tan natural, que pareciera como si llevara toda mi vida besándolos. El cosquilleo que recorría mi cuerpo, el frenético latido de mi corazón, el deleite que el sabor de su saliva me había provocado... las ganas que tenía de volver a concebir esa exquisita experiencia.
–Dios – musité. Me estaba ahogando en desesperación. ¡¿Cómo era posible que todo este torrente de cálidos y nuevos sentimientos me hubiera arribado mientras besaba a un hombre?! ¡¿A Leonardo?!
¿Acaso era yo gay?
¡No! ¡De ninguna manera! Siempre había estado seguro de mis inclinaciones sexuales – cabe agregar que respeto totalmente a las personas que piensan diferente – y, aunque nunca había sido alguien mujeriego, ni tuviera un historial interminable de novias (vaya, la única era Tanya y otra chica que conocí en la primaria), siempre me habían gustado las MUJERES.
¡Ah! Y hablando de Tanya... NUNCA, JAMAS, en mis tres años de relación con ella la había engañado. Sus labios eran los únicos que había besado, su piel era la única que había rozado, su nombre era el único que había pronunciado. Y ahora, ahora la había traicionado... El simple hecho de pensarlo me hacía sentir como un gusano. ¡Pero mi tormento no quedaba solamente ahí! ¡Noo! La había engañado con mi COMPAÑERO (Si, con "O") de trabajo. En pocas palabras, pero con más dramatismo, ¡la había traicionado con un HOMBRE!
Suspiré. Decir que me sentía como una mierda embarrada en la suela de un zapato viejo era poco. ¿Cómo había sido posible que yo...? La palabra no cesaba de repetirse en mi mente.
Gay, gay, gay...
¿En realidad lo era? Tenía entendido que las preferencias sexuales suelen definirse en la pubertad. ¡Yo no era un púbero! ¡Estaba a punto de cumplir 19 años! ¿Qué momento era este para "revelarme"? Apreté los labios, cerré los ojos. Quería buscar resignación, pero no podía. Me resultaba tremendamente difícil – por no decir imposible – decir "Bien, ¿Qué puedo hacer al respecto? Esa es mi naturaleza, debo de aceptarla y dar gracias al Cielo por ser lo que soy. No hay nada de malo en ella, al fin y al cabo, es mi cuerpo y mi vida... ¡Soy gay! ¡Yahoo!"
Temblé. Debía ponerme a prueba, pensé. Levanté la vista de mis zapatos para recorrerla por el alrededor. Busqué. No encontré a nadie. Estaba completamente solo.
Idiota, está lloviendo.
¡Ja! Pero entonces, apareció: un grupo de jóvenes que habían entrado a un pequeño café. Con valentía, me puse de pie y caminé hacia allá. La chica que atendía me miró con ojos dilatados. Seguramente no todos los días llegaban clientes completamente empapados y con un rostro que, prácticamente, tiene pintado en la frente, con marcador negro y letras gigantes, "Mátenme"
–¿T-te puedo ofrecer algo?
–Un café cargado – contesté, sin mirarle, y me dirigí hacia la mesa que permanecía justo enfrente de aquellos jóvenes.
Miré fijamente a cada uno de ellos. Eran tres hombres altos. Cuadré la mandíbula, mientras intentaba encontrar algún tipo de atracción... Nada. Ni si quiera pude verlos por más de diez segundos. La piel se me erizó, pero no precisamente por ese tórrido sentimiento que Leonardo me había provocado, si no más bien de pavor. Luego, me figuré besándolos. La imagen me resultó grotesca. En cambio, sin pedirlo, recordé a Leonardo, la calidez y dulzura de sus labios, y la imagen se volvió anhelada...
Bella.
Qué incesante se repetía su nombre en mis pensamientos al recordar ese beso. La confusión llegó de nuevo. Gruñí por lo bajo. Esto no tenía caso alguno.
–Aquí tienes tu café
–Gracias – contesté, sacando mi cartera y pagando, sin tomar la bebida.
Regresé a casa. Durante todo el transcurso, repetí la prueba efectuada en la cafetería. Miraba a todo tipo que pasaba a mi lado, intentando hallar cierto "encanto"; pero invariablemente, obtenía el mismo maldito resultado: Nada. La lluvia había cesado, pero el embrollo en mi cabeza seguía igual o más alterado que antes. Dejé mis cosas en mi recamara y decidí sentarme en la escalón exterior de la casa. Suspiré y me restregué el rostro. ¿Qué era lo que me pasaba? ¿Qué me provocaba, y desde cuándo había nacido, esta atracción por Leonardo? ¿Qué le iba a decir mañana al verlo? Estaba seguro que ya no podría tratarlo de la misma manera, ya que, aunque para él todo había sido una simple "ayuda", para mí no. Para mí había sido algo más. Una acción impulsiva que ahora me estaba cobrado cara la factura.
¿Qué era lo que tenía que hacer desde hoy? Me sentía ajeno a todo, ajeno a mí. Era como si estuviera habitando en un mundo blanco, en donde no existía nadie más que yo, y yo mismo me desconocía. No sabía nada. Lo único que era capaz de apreciar claramente era la desesperación de no poder contestar a ni una sola de mis preguntas. ¿En realidad me gustaban los hombres? No, No y NO. Me había puesto a prueba y todo indicaba a que mis aficiones estaban naturalmente inclinadas, íntegramente, hacia el sexo femenino. Entonces, ¡¿Por qué, maldita sea, había besado a Leonardo?!
Todo esto me estaba carcomiendo. Quizás lo más apropiado era dejar de trabajar en ese lugar, de huir de la pequeña y única peste que representaba. Tal vez lo mejor era ver la forma de regresar a Italia; pero... ¿Quién era él para expulsarme de esta manera? Nadie. En realidad... no era nadie. Solo un chico, solo un hombre, por quien me sentía implacablemente atraído y me hacía dudar de mis preferencias sexuales...
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BELLA POV
¿Qué había sido eso?...
Desde el primer momento en que sus labios habían chocado con los míos para expulsar el líquido que me impedía respirar, una corriente eléctrica, cálida, vibratoria, se había apoderado de mi piel. Sabía que era solo para ayudarme, pero... aquel último roce, el que duró los cuatro segundos más intensos y dulces de mi vida, ¿Había sido parte del método para que no continuara ahogándome o...?
¡Ay, Bella, por Dios!
Solté una carcajada histérica. ¿A quién se le podría imaginar? ¡Seguramente había llegado un poco de agua a mi cerebro! ¡Figúrense! ¡Qué Edward me hubiera besado! Y no como Bella, si no como Leonardo. ¡Ja! ¡Qué reverenda tontería!...
¿Por qué había salido corriendo con tan angustiante apremio?, me pregunté mientras lavaba, distraídamente, las vajillas. No es que me interesara. Era solo... simple curiosidad. Nunca lo había visto así de agitado. Bueno, a decir verdad, últimamente había estado demasiado extraño. ¿Era el estrés de la escuela y el trabajo, o había algo más? ¿Tendría problemas en su casa? No lo creía. Su familia parecía demasiado unida. Sus padres eran personas grandiosas, al igual que sus hermanos. ¿Se habría peleado con su novia? Resoplé. ¡¿A mí que debía de importarme eso?!
–Leo, ¿Qué pasó con Edward?
Pegué un brinco y giré para encarar a mi jefe.
–S-se fue
–¡¿Se fue?! ¡¿Cómo que se fue?!
–Le hablaron de su casa – lo excuse, sin saber bien por qué me alarmaba tanto que el jefe lo regañara o despidiera – era demasiado urgente. No se preocupe, yo haré todas sus labores el día de hoy.
–Son demasiadas
–No importa – y en verdad era así. No importaba.
–Bien – asintió el anciano – date prisa, entonces. De otra manera, no terminarás hasta muy noche.
La tarde fue realmente pesada. De no haber estado tan entretenida en el recuerdo de lo que había pasado hacía horas, seguramente el ardor de mis pies me hubiera tirado al suelo. Y es que era imposible dejar de pensar en él, en la forma en que su boca había acariciado la mía, en el cómo su aliento, llegando a mi garganta, me salvaba. Y sus ojos... jamás los había visto brillar con esa intensidad que parecía derretir la esmeralda en fuego lento.
No fue nada, me repetí. No tenía por qué estar tan emocionada. Lo que había pasado entre él y yo no era de relevancia. ¡Al final de cuentas, solo había sido una simple acción de primeros auxilios! Algo que cualquiera hubiera hecho por mí o yo hubiera hecho por cualquiera.
Además, suponiendo que mi imaginación no me había jugado una mala pasada, y Edward en realidad me hubiera besado –repito: no es por que en realidad lo desee. Es simple razonamiento lógico y sistemático – eso no suponía otra cosa si no la gran certeza de que Edward era... gay.
Mis ojos se dilataron. No lo había pensado bien hasta ese momento... Solté una risotada. ¡De verdad me estaba volviendo loca! ¡Edward gay! ¡Pero si él tenía a su novia! ¡Pero tú no la conoces!, gritó mi conciencia, envarándome del todo, ¿Qué tal si Tanya no resulta ser la chica que siempre te has imaginado? ¿Qué tal si Tanya resulta ser, nada más, ni nada menos, que un chico?
No. Me negaba rotundamente a creer semejante tontería ideada por mi falaz imaginación. Es más, me negaba a suponer que Edward podría fijarse en mí, ni como Bella ni, mucho menos, como Leonardo. Podía apostar a todo a que, aún si fuera homosexual, tendría mejores gustos. Aunque claro, eso en mi vida no tenía ni la más mínima relevancia. ¿Quién quería ser objeto de la atención de ese arrogante? Yo no... ¿Verdad?
El cambio de emociones del que fui poseedora comenzaba a marearme. Primero, las interminables cosquillas que viajaban por cada poro de mi piel, luego, la ilusión que me hizo sentir como tonta chiquilla colegiala, después, la duda incierta, seguida por un poco de lucidez, contrariedad y, ahora, furia. Si, furia extrema por hallarme tan confundida por Edward Cullen. Y es que, ¿Con qué derecho venía él a atormentarme de esta manera?
Gruñí por lo bajo, empuñé mis manos y me mordí la lengua. Mis talones somataban el asfalto con fuerza, mientras caminaba para llegar a mi casa. ¿Qué le habría pasado en realidad? Tuve unos deseos enormes de ahorcarme con mi propio cinturón al no poder reprimir los deseos de mirar hacia la puerta de su casa. Y fue cuando lo vi, ahí, sentado frente a ella, con semblante angustiado.
Mis pies caminaron hacia él de manera automática. Simple impulso. Él alzó la mirada, el verdor de sus ojos tenía una lúgubre capa de tormento. ¿Tan grave era lo que le sucedía, por lo que había salido tan atropelladamente del trabajo? Tomé asiento a su lado. Él seguía mirándome. Instintivamente, llevé una de mis manos hacia los rebeldes mechones de cabello húmedo que caían sobre su frente, intentando, inútilmente, acomodarlos en otro lugar.
–Estás empapado – susurré, perdiéndome un instante en sus labios lívidos por el frío – ¿Qué sucede?
No contestó. Era sorprendente cuánto me afectaba verlo de esa manera. Volví a actuar por impulso. Estiré mis brazos hacia él y lo atraje hacia mi pecho. Edward no opuso resistencia. Por el contrario, su rostro se hundió en mi hombro.
–Deberías cambiarte de ropa – dije, al sentir la frialdad de su cuerpo traspasar mi sudadera, pero permaneció callado, ido...
–Vaya, vaya – respingué al escuchar esa voz tan familiar – pero qué linda escena.
–Jake – susurré. Edward se apartó, como si mi piel hubiera despedido una fuerte corriente eléctrica
–¡No, no, no! – discutió el moreno, con fluida ironía – no es necesario que dejen de abrazarse, ¡se veían demasiado a gusto! La verdad es que no quería estorbar. Solo que me pareció de mala educación no pasar a saludarlos. Es decir, no sé si me explico, a contagiarme de esa "armonía" que irradiaban desde lejos...
–Tu sarcasmo está de más, Black – interrumpió Edward, poniéndose de pie – estás mal interpretando las cosas. Bella y yo solo estábamos...
–¿Solo estaban qué? – Insistió el moreno ante el repentino silencio – ¿Me vas a decir que solo estaban platicando?
–Jake, ya basta – paré. Mi amigo me miró desde arriba, con sus negros ojos llenos de amarga indignación. –Vamos a mi casa – ofrecí. Sabía que ni Edward ni él cederían en esta absurda discusión. Lo mejor era separarlos
Jacob asintió a regañadientes. Aproveché cuando mi amigo dio media vuelta, mostrándonos la espalda, para ver por última vez a Edward. Nuestras miradas se encontraron brevemente; seguía leyendo en la suya una infinita zozobra, combinada ahora con una insólita nubosidad que no supe interpretar; pero que me dolía, formaba parte de mí...
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–En realidad siento mucho haber interrumpido tu momento romántico – señaló Jacob, quien se encontraba desparramado en el sofá.
Fruncí el ceño y le dediqué una mirada asesina, mientras dejaba las dos tazas de café caliente en la mesita del centro
–¿Quieres azúcar? – ofrecí. Él sonrió mordazmente
–No es necesario que quieras cambiar el tema. Soy tu amigo, ¿no? Puedes confiar en mí, decirme que tú y Edgar...
–EDWARD y yo no somos nada de lo que tú y tu estúpida mente puedan llegar a creer – atajé
–No parecía así hace cinco minutos – discutió, sin poder contener más su rabia – te veías demasiado cariñosa con él
–¿Has venido a verme para pelear? – lo evadí. Pareció funcionar. Sus facciones se suavizaron un poco. Se puso de pie, caminó hacia mí y me tomó de los hombros
–No – contestó, mirándome a los ojos – Te extrañaba, por eso he venido y lo sabes.
–Pues vaya manera de demostrar tus sentimientos...
–¿Qué quieres que piense? – Desafió – ¿Cómo interpreto el verte abrazada con ese tipo?
–No tienes que interpretar absolutamente nada –contesté –Jake, no me gusta que te comportes de esa manera tan... posesiva. Somos amig...
–No, Bella –interrumpió – bien sabes que, para mí, tú no eres solo una amiga.
–Pues para mí sí lo eres...
–¿Y él? – Exigió saber – ¿Él que es para ti?
Ni yo misma sé por qué tardé tanto en contestar.
–Nada. Un conocido... un compañero de escuela y trabajo
Quedamos en silencio por un momento, mientras sus pupilas escudriñaban a las mías. Una sonrisa cínica fue estirando sus labios, poco a poco.
–Siempre has sido una pésima mentirosa – acusó. No entendí muy bien, pero antes de que pudiera protestar, tomó mi rostro entre sus manos y me besó con violencia. Forcejeé hasta que me liberó.
–¡Argh! – Gruñí, limpiándome la boca – ¡¿Por qué haces eso?!
–No dejaré que ningún imbécil te aleje de mí – soltó, con voz baja, pero firme.
–¡El único imbécil que me está alejando de ti, eres tú mismo! – exclamé.
Mi respiración se había vuelto pesada, gracias a toda la furia que amenazaba con explotar mis venas. Los dientes me rechinaban al verlo ahí, parado frente a mí con aire prepotente y a la vez descuidado; altanero, pero con cierto deje infantil. Jacob era un reverendo idiota. Esa era la única certeza que podía cavilar en esos momentos y me llevó a actuar de manera violentamente impulsiva. Tomé la taza de café más próxima que había y se la vacíe por completo.
Aulló al sentir el agua tibia bañarle; pero no me detuve a reparar qué tanto daño le había causado. Al final de cuentas, estudiaba medicina y sabía que a la temperatura que se encontraba el líquido no le provocaría nada grave. Me limité a arrastrarle hacia la salida, ignorando sus quejas y protestas.
–¡Largo! Y solo recuerda una cosa, Jacob Black: No te quiero volver a ver si tienes, como única intención, venir a hacerme absurdas reclamaciones o a besarme – dicho esto le cerré la puerta en las narices y me dejé caer en el sillón, echando mi cabeza hacia atrás
–¿Bella? – Apareció Alice – ¿Te encuentras bien?
–Si – contesté, retomando una posición más relajada y olvidándome de mis "dramas adolescentes" para prestarle atención a mi hermanita – Disculpa el escándalo
–¿Te peleaste con Jacob?
Asentí, mientras la invitaba a sentarse a mi lado –¿Por qué?
–Porque es un tonto – dije desinteresadamente, mientras acariciaba sus largos y negros cabellos – ¿Cómo te fue hoy? ¿Qué hiciste en la tarde?
–Fui a jugar con Jasper
–Veo que ya te llevas mejor con el menor de los Cullen – insinué. Mi hermana hundió su rostro en mi hombro. Estaba segura que se había sonrojado – ¿Te gusta?
–¿Quién?
Solté una risita ante su exagerada inocencia.
–¿Pues quién más, tontita? Jasper
–No – respondió – Solo fue... un juego, una revancha. Un chico no te gusta solo por eso, ¿o si?
–No – acordé. A pesar de que Alice tuviera solo catorce años, no era como las chicas de su edad que se ilusionaban con facilidad – ¿Y quién ganó?
–Nadie. Quedamos en empate
–Quiero pensar que hiciste tu tarea antes de ir – recordé. Ella asintió – Rosalie no ha llegado, ¿verdad? – señalé, al escuchar su risa a lo lejos, en el patio.
Separé a Alice con delicadeza y caminé hacia la ventana. Mi mirada se dilató al ver a mi rubia hermana enrollada en los brazos de un hombre.
–Bella, ¿Qué pa?...
–Alice, ve a la recamara – ordené, sin darle oportunidad a que se acercara más.
Esperé a Rosalie lo más tranquilamente que pude – no por ella, si no por Alice – e intenté hacer acopió de toda mi fuerza de voluntad por no explotar al verla tambalearse de un lado a otro.
–Vienes ebria – apunté. Su mirada azul se dirigió a mí con burla. Soltó una carcajada
–¡Bella, Bella, Bella! – Balbuceó – ¡Pareces una anciana amargada, sentada en esa silla!
Me puse de pie y la tomé por el brazo
–¿Quién es el tipo con quien estabas?
–No te tengo por que dar explicaciones – dijo, con voz apenas y legible.
–¡Rosalie! ¡Hubieras visto cómo estabas agasajándote con ese tipo!
–¿Qué? ¿Ya vas a empezar con tus sermones de santa? Bien sabes que no me interesan – intentó caminar, pero se lo impedí, tomándole del brazo
–La noche pasada también venías con unas copas de más – recordé – si sigues así...
–Si sigo así, ¿Qué me vas a hacer? ¿Pegarme?– Desafió – Que no se te olviden tres cosas bien importantes aquí, "hermanita". Una, tú no eres mi madre. Dos, soy la mayor de las tres. Y tres, no necesito tus inútiles reprimendas.
La solté entonces. Discutir con ella no tenía sentido alguno.
–Ve y toma un baño. Papá no ha de tardar en venir del trabajo...
Rosalie esbozó una sonrisa llena de suficiencia y luego se marchó hacia la recamara. Me mordí fuertemente los labios para reprimir el llanto.
Definitivamente, ese no había sido mi día.
Bien. ¿Qué les pareció? Un capítulo que me costó demasiado. Siento no haber podido poner más sobre el resto de las parejitas, pero todo ese dilema de Edward y Belnardo me llevó, como podrán ver, demasiadas hojas. ¿Me dejan su opinión para darle ánimos a mi neuronita convulsionada? ^^ Gracias.
Atte
AnjuDark
