Capítulo 21: ¿Cómo decirle que "no" a tu hermana pequeña?

EMMETT POV

Vamos, Emmett, no mires hacia esa dirección. No lo hagas... me repetía incesantemente, mientras me obligaba a fijar toda mi atención en lo que Pamela me decía.

Imposible. Me estaba resultando prácticamente imposible no volver la vista hacia esa mesa que se mostraba tan lejana y cercana a la vez.

–Pamela –interrumpí, tratando de ser lo más cortés posible. Era un fortuna que ella aún no no si diera cuenta de que Rosalie estaba en a pocos metros de nosotros –Estoy algo incomodo aquí, el espacio me resulta pequeño y tengo encogida las piernas por la mesa, ¿podríamos cambiar de lugar?

–Claro – accedió, con su deslumbrante sonrisa.

Estar de espaldas hacia esa muchachita hacía todo esto más sencillo. Suspiré, sintiéndome aliviado.

–¿Estás bien? – preguntó mi compañera, con notoria preocupación.

–Si – aseguré, con una sonrisa. Era fácil sonreír a su lado, sobre todo si se sonrojaba de la manera en que lo estaba haciendo. Algo me incitó a tomarle de la mano, algo dulce y tierno habido en su oscura mirada – Gracias por aceptar mi invitación.

Su rubor aumentó.

–Gracias a ti por invitarme.

–Me gusta tu compañía – confesé. Una pequeña sonrisa curvó sus delicados labios y fue de pronto que un terrible escalofrío me recorrió el espinazo. Solté sus manos inmediatamente, mientras sentía un par de ojos recargarse sobre mis hombros.

Justo en ese instante el mesero llegó y comenzó a acomodar la cena sobre la mesa.

–Iré a lavarme las manos – anunció Pamela. Me puse de pie para retirarle la silla y luego volví a tomar asiento y una servilleta para deshacerla entre mis dedos.

El conocido sonido de unas pisadas aproximarse por mi espalda me hicieron estremecer. No la mires, me obligué a obedecer lo que esa voz interior me decía y me concentré en tomar los cubiertos y jugar, estúpidamente, con ellos.

Pasó de largo, directo hacia el baño, dejando su inconfundible olor en el aire. Transcurrió cerca de treinta segundos antes de que la escuchara regresar. Fui fuerte y permanecí con la mirada puesta sobre la mesa, sin imaginar que se acercaría.

–¿Aburrido? – preguntó, con voz burlona.

–No – contesté, sin alzar el rostro – me la estoy pasando muy bien, de hecho.

–Me alegro por ti – dijo, tajantemente – Es bueno saber que al fin le diste una oportunidad a esa... chiquilla. Parecía demasiado entusiasmada contigo.

–Pamela es una gran persona...

–Si, seguro. Las chicas tímidas siempre son las típicas moralistas... ¿Por qué no me miras a la cara? – exigió saber, súbitamente, como si no se hubiera podido contener de preguntármelo.

Me encogí de hombros, asombrado de mi propia actuación. Mostrarme tan indiferente hacia ella resultaba mucho más fácil de lo que pensaba.

–¿Acaso te pone nervioso mirarme a los ojos? – retó. Y cabe decir que los retos eran algo a lo que no podía resistirme, así que accedí.

Requerí de toda mi concentración para no sucumbir ante su deslumbrante belleza y mantener la expresión de mi rostro lo más impasible que se pudiera. Mis ojos se fijaron en los suyos y aguanté la respiración por un momento, en lo que obligaba a mi corazón mantener normal palpitar.

Permanecimos así por un segundo, que se volvió eterno.

–Se me hace de muy mal gusto que uses a esa niñita sólo para intentar olvidarme – acusó, rompiendo el silencio.

Fruncí el ceño y una extensa e irónica sonrisa comenzó a curvar mis labios.

–¿Qué te hace tanta gracia?

Tomé una bocanada de aire para recuperar la seriedad

–Siento informarte que no eres la persona más perspectiva que conozco, Rose. Además de que no eres imborrable en la vida de los demás. No todo el mundo te va a querer por siempre – le dije, aunque, personalmente, sabía bien cuánto le estaba mintiendo.

Escudriñé la expresión de su rostro, rígida y fría como la piedra. Ningún tipo de sentimiento afloraba en él. Sólo el lejano brillo opaco de sus pupilas (Que no sé bien si fue creado por mi imaginación o fue real) me permitió percibir cierta rabia combinada con dolor y vanidad.

–Perfecto – soltó, alzando ligeramente su barbilla – qué bien que ambos hallamos encontrado a la persona perfecta para cada uno.

Asentí, dándole una razón que no tenía, al menos no para mí. Sus ojos me miraron por otro instante, luego sonrió y se inclinó, para quedar con su rostro frente al mío, a una distancia peligrosa.

–¿Sabes? Eres el peor mentiroso que haya conocido – susurró – No me has olvidado, Emmett. No me vas a olvidar nunca.

Y, sin dar tiempo a agregar más, irguió la espalda y se retiró. La vi, a través de las ventanas de cristal, subir al lujoso carro deportivo de ese tal Royce. Vagamente, me pregunté qué mentira le habría inventando para justificar su retardo. Estaba claro que jamás le diría que se había entretenido "charlando" conmigo.

Permanecí sentado, como un vil imbécil, recordando sus palabras, hasta que me percaté de que la comida comenzaba a enfriarse y Pamela no regresaba. Esperé otro momento y, al no tener señales de ella, decidí llamarle al celular.

Ella contestó al primer timbrazo.

–¿Emmett? – Había en su voz una fusión entre el alivio y la pena

–Pamela, ¿estás bien?

–No – contestó – Estoy encerrada en el baño. Alguien truncó la puerta en donde estaba...

Rosalie. ¿Quién más si no ella? ¿Por qué hacía todo esto?

–... Intenté llamarte, pero no tengo crédito en el celular. Y gritar me pareció una mala idea

–En seguida le diré a alguien que vaya en tu ayuda – anuncié, intentando ocultar mi mal humor.

Rosalie iba a pagar por esto.

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BELLA POV

–¿Podrías hacerte a un lado, por favor? – pregunté, por enésima vez, al estúpido muchacho que se empeñaba en bloquearme el paso.

–No – contestó, con una extensa y despreocupada sonrisa adornando su pálido rostro. Sentí que mis mejillas se encendían ante la rabia. Las manos me ardían. Repentinamente, quería golpear a alguien.

–Edward, deja de estar jugando. ¡Tenemos mucho trabajo por hacer!

–¿Sabes? El bigote te queda bien – dijo, ignorándome por completo. Resoplé. Hablar con él era imposible – De verdad, si no fueras tan delgada, ser hombre te sentaría muy bien.

–¿Qué quieres decir? – Decidí seguirle el juego, de muy mala gana – ¿Qué te gusto como Leonardo?

Fue sorprendente cómo su expresión cambió al instante.

–No. Ni como Leonardo ni como Bella.

Una sonrisa socarrona curvó mis labios, disfrazando la repentina e injustificable opresión de mi pecho. No es que sus palabras me dolieran... Era solo... el coraje que me daba perder el tiempo con él.

–Hazte a un lado – pedí, empujándolo. Sus manos sostuvieron mis muñecas

–¿Por qué la agresión, "Leo"? – Inquirió, con ironía – ¿Acaso te peleaste con Bella?

Cuadré la mandíbula.

–Esto no es gracioso

–No, no lo es – acordó, con la mirada endurecida. Genial. ¿Cuándo acabaría todo esto?

Pensé que mi relación con Edward no podría agravarse, pero, después de haberse enterado de que Leonardo y yo éramos la misma persona, parecía que todo era mucho peor que antes. Era como si, por algún motivo, estuviera demasiado enfadado conmigo por haberle mentido y, molestarme todo el día, era su infantil forma de vengarse.

Todo era demasiado extraño. Había días en los que, de plano, me ignoraba por completo. Y había otros en que, como hoy, se la pasaba diciéndome indirectas sobre mi doble personalidad.

–Edward, necesito entrar a la bodega – intenté razonar, por última vez – El jefe puede venir y se va a dar cuenta de que no hemos hecho nada.

Desvió su mirada de mi rostro y la fijó en la nada. Suspiró, con cierto grado de frustración. Adivinar qué era lo que pasaba por su mente me era prácticamente imposible.

–No voy a dejar que cargues cajas, Bella – soltó. Parpadeé numerosamente, mientras intentaba asimilar sus palabras – Intercambiemos tareas. Has la limpieza de la cocina, mientras yo acomodo la mercancía que acaba de llegar.

No fue una propuesta. Fue, más bien, una orden.

–¿Por qué? – no pude evitar preguntar. Me confundía tanto sus cambios de actitud.

–Eres mujer, Bella

Fruncí el ceño, ofendida por la forma en que había hablado

–Si, soy mujer – acepté, alzando mi barbilla – ¿Y eso qué? ¿Acaso por eso no puedo cargar unas cajas? Tengo manos – recordé, furiosa. Sus ojos se pusieron en blanco y negó con la cabeza.

–Demasiado tonta – musitó, luego me miró fijamente, con la esmeralda de sus ojos penetrando mis sentidos – Sé que puedes hacer eso y más – dijo, tomándome por los hombros – Sé que eres mucho más fuerte que cualquier persona andando por allá afuera. Lo sé. Pero, ahora que sé quién eres en realidad, no puedo soportar pensar que puedes hacerte daño...

No fui consciente en qué momento su cuerpo se había inclinado tanto, que su rostro estaba a menos de medio metro del mío. Su aliento fresco rozaba mis parpados y enviaba pequeñas descargas eléctricas por toda mi piel. Suspiré. Él cerró sus ojos y, en seguida, me soltó y dio un paso hacia atrás.

–Claro, esto lo hago por que sé lo extremadamente propensa que eres a sufrir accidentes – aclaró, con una sonrisa burlona – solamente procura no tropezar con la escoba.

El deseo de golpear a alguien regresó, pero antes de que pudiera idear bien mi plan de ataque, él dio media vuelta y se internó en la bodega, dando por hecho de que, definitivamente, yo iba a terminar haciendo la limpieza de la cocina.

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Debía admitir que la semana no me había resultado tan cansada como en otras ocasiones. ¿Cómo? Si Edward había hecho todo el trabajo pesado. Una vocecita interior me reclamó por no haberle dado las gracias debidamente. Lo haría después. Ahora, lo único que podía pensar era que al fin era viernes.

Tenía pensado planear mi precioso fin de semana para relajarme y estudiar.

Sonreí ante la perfecta escena que se dibujó en mi mente. Siii... Podría dormir un poco más. Tal vez hasta comenzaría a leer un libro o vería alguna película.

Me acomodé mejor en el viejo sofá, sin borrar la extensa sonrisa que curvaba mis labios.

–Bella – la delicada vocecita de mi hermana me despertó de mi perfecta ensoñación.

–Alice – la invité a sentarse a mi lado – ¿Qué sucede?

–Pareces contenta – señaló, evadiendo mi pregunta. Escudriñé su vivaracha expresión de ángel travieso

–¿Qué te traes entre manos? – inquirí. Se mordió sus labios, con gesto nervioso, mientras bajaba el rostro y lo ocultaba con la sombra de sus largos cabellos negros – Alice – insistí – ¿Qué sucede? ¿No te habrás metido en problemas o si?

–No – contestó rápidamente – Bueno, creo que no.

Ese "creo" no me gustaba nada.

–¿Entonces?

–Yo... – tomó una profunda bocanada de aire, antes de comenzar a hablar de manera atropellada – verás, la escuela organizó un evento deportivo. La escuela de Seattle invitó a la nuestra a un partido de Fútbol amistoso. Tú sabes que me encanta el fútbol, así que me inscribí en el equipo para ir.

–¿Y cuál es el problema en todo esto? – me extrañé. No creía que Alice pensara que yo le llegaría a negar el permiso.

–El partido es mañana – agregó, sin mirarme a los ojos – pero... yo iré vestida de hombre.

–¿De hombre? – repetí. Aquí era donde comenzaban los problemas. Ella asintió – Explícame eso, Alice – pedí.

Al hablar, su voz tembló un poco.

–El partido era estrictamente de categoría varonil, por lo que yo no podía estar en él. Sin embargo, Seth y el resto de mis amigos, le dieron al entrenador el nombre ficticio de un chico, el cual se supone seré yo... obviamente, me tendré que disfrazar, así como tú lo haces en el trabajo. Jacob se encargó de los papeles falsos y hoy me inscribí. No hubo problema alguno – agregó, seguramente al notar mi expresión aterrada – Embry me prestó sus ropas y sólo tuve que recogerme bien el cabello con la gorra. Nadie notó que fuera mujer... El camión saldrá mañana en la madrugada... Discúlpame por no decirte antes.

Permanecí un momento en silencio, mientras razonaba sus palabras. ¿Qué era lo que podía decirle? ¿Que estaba mal? ¿Cómo, si yo hacía prácticamente lo mismo? Claro, eran situaciones totalmente diferentes. Lo mío era por necesidad, lo de ella era por diversión. Una diversión que ella disfrutaba desde que era una niña...

No, definitivamente, no tenía corazón para regañarla o reprocharle su acción. Al final de cuentas, era su manera de luchar por sus sueños ¿Quién era yo para frenarla?

–Bella – llamó, temerosa – ¿Estás enojada?

–No – contesté, acariciando una de sus mejillas – No estoy enojada. Una sonrisa se fue abriendo paso en su boca.

–Entonces...

–Dime la verdad – pedí, con expresión de complicidad – Si no te hubiera dado permiso, ¿realmente me hubieras hecho caso?

–¡Gracias, Bella! – se lanzó a mis brazos. Solté una risita. Era tan sencillo hacer feliz a mi hermana... – Pero hay algo más que tengo que pedirte...

Retiro lo dicho.

–¿Qué cosa?

–Tengo que llevar a un tutor

Noté perfectamente la distinción de géneros. Así como también fue fácil suponer qué era la otra cosa que mi hermanita quería.

–Alice...

–¡Por favor, por favor, por favor! – Suplicó, poniendo esa peligrosa expresión de inocencia sufrida a la que, sabía, no me podía negar – ¡Necesito a Leonardo!

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Y bien... Ahí estaba: bajando las escaleras, con mochila en mamo, despidiéndome de mi tan precioso y perfecto fin de semana.

Alice iba adelante, dando pequeños saltitos de emoción, como un pequeño y ágil conejo.

Suspiré, al mismo tiempo que esbozaba una sonrisa. Me gustaba mucho verla así de feliz... Ya era algo poco común que mis pies no se enredaran entre ellos mismos y tropezara justo antes de haber terminado de haber llegado a territorio plano y fijo.

Me encontré con mi rostro pegado al frío cemento del patio al segundo siguiente. Era una suerte que fuera de madrugada y nadie, más que Alice, hubiera presenciado mi ya tan común falta de equilibrio... O, al menos, eso pensaba yo hasta que un par de manos me ayudaron a ponerme de pie.

Alcé mi vista y me hallé con ese par de verdes ojos que tan bien conocía.

–¿Estás bien?

–Si – contesté tajantemente (Sabía que en su interior se estaba partiendo en burla), ignorando el fuerte mariposeo nacido en mi estomago y soltándome del agarre de sus manos

–Nunca voy a lograr explicarme cómo es que aún sigues con vida – agregó, reprimiendo una sonrisa.

Fantástico. ¿Ahora tenía que encontrarme con Edward Cullen hasta en horas exageradamente tempranas? ¿Qué era esto? ¿Una maldición?

–¿Qué haces despierto tan temprano? – exigí saber.

Edward sonrió, de manera burlona, y se limitó a mostrarme su gran mochila. Recordé entonces tres cosas bien importantes. La primera, yo iba vestida como Leonardo y él no había hecho mención alguna de ello; era como si no se le sorprendiera. Segunda, no estábamos solos: Alice y Jasper estaban a pocos metros, divirtiéndose con nuestro absurdo espectáculo. Y tercera, este fin de semana no tendría, absolutamente, nada de tranquilo.

Muajajaja. Espero les haya gustado ^^. Cuídense y gracias por sus comentarios, alertas y favoritos. Nos leemos pronto

Atte

AnjuDark