UN MARAVILLOSO FIN DE SEMANA, PARTE III.
MENTIRAS
EMMETT POV
Contuve la respiración mientras se acercaba, paso a paso, con su mirada encarcelando la mía. Incapaz de hacer o decir algo más, esperé, como un idiota, hasta que estuviéramos frente a frente. Un delicioso escalofrío recorrió mi espalda cuando sus manos se posaron sobre mi pecho.
–Emmett – dijo mi nombre con su voz suave, inocente – ¿Qué haces aquí?
Me tomó más de dos segundos para recordar la manera de mover la lengua.
–Irina me habló – carraspeé – me dijo que estabas enferma.
–¿Te preocupaste por mí?
La petulante forma de su sonrisa me terminó de confirmar que ella estaba detrás de todo esto. Di un paso hacia atrás. Ella me miró sorprendida
–¿A qué estás jugando? – exigí saber.
–¿Por qué huyes? – Evadió mi pregunta – No te voy a morder.
–¿A qué viene todo esto?
Su rostro también se tornó serio. Dudó un segundo antes de contestar.
–Sólo quiero hacerte ver que aún me quieres. Sé que te mentí, pero no ibas a venir a mi casa de otra manera.
–No, no hubiera venido – acordé, comenzando a dirigirme hacia la puerta. Era preciso huir de la tentación o quizás terminaría haciendo algo de lo que me iba a arrepentir
–Espera – tomó mi mano y me detuvo, moviendo ágilmente nuestros cuerpos para que éstos quedaran a una distancia mínima
–¿Qué quieres, Rosalie? – estaba luchando por comportarme lo más tajante posible
–Que admitas que no me has olvidado, que esa chiquilla con la que estás saliendo no significa nada para ti.
–Te equivocas – contradije – Pamela es...
Negó rápidamente con la cabeza y se acercó más, enrollando sus brazos alrededor de mi cuello
–Sabes que no es así, Emmett – puntualizó, con su boca a una distancia tentadoramente peligrosa de la mía – Si fuera así, no estuvieras deseando besarme ahora mismo.
Y la verdad era que sí. No se imaginaba, ni de lejos, cuánto deseaba unir mis labios con los suyos, saborearlos como lo había hecho en un pasado; pero una voluntad desconocida me hizo tomarla de los hombros y apartarla, justo cuando nuestras bocas comenzaban a rozarse.
Cerré mis ojos para que la hermosura de los suyos no me hiciera flaquear. Tomé una disimulada bocanada de aire y, cuando estuve casi seguro de que estaba controlado, me atreví a mirarla.
Fue sólo un segundo, un segundo tan rápido y lento a la vez, que no sabría decir si fue verdad o se trató de un simple juego de mi imaginación, pero me pareció ver dolor en sus delicadas facciones, antes de que éstas se endurecieran.
–Bien. Síguete engañando – soltó, con indiferencia; dándome media vuelta.
Me perdí un momento en la delicada línea de su espalda, blanca, lisa, sensualmente cubierta por su larga y dorada cabellera. Y deseé desesperadamente tomarla entre mis brazos y atraerla hacia mí para besarla como un loco y decirle que la amaba como a nadie; que sus palabras eran ciertas y que lo que sentía por Pamela era débil e inexistente en comparación a lo que sentía por ella.
Pero, de antemano, sabía que actuar de esa manera sería estúpido y cruel. Ignoraba lo que Rose me contestaría. Ignoraba si hacía todo esto por mera cuestión de vanidad y diversión o por que en realidad sentía aunque sea un mínimo interés por mí. Fuera cualquiera de los dos casos, Pamela, la chica a la que tenía menos de veinticuatro horas le había pedido ser mi novia y la que, además, se había convertido en mi mejor amiga, iba a salir lastimada.
No. Definitivamente, no podía. Ella había sido más que buena y generosa conmigo. Yo podía ser alguien muy idiota, podría ser la persona menos inmadura del mundo, podría estar enamorado como un imbécil de la princesa de hielo; pero Pamela no se merecía una traición.
Empuñé mis manos, reprimiendo todos los sentimientos profesados hacia Rose, y, musitando un forzado "Adiós", pasé a su lado y me dirigí hacia la salida de su casa; lejos de ella, lejos de mi tortuosa tentación...
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EDWARD POV
Todo esto era extraño... perturbadoramente extraño. Mientras mis labios se movían incesantemente contra los suyos, una parte muy, muy lejana (la que no se encontraba perdida entre la dulzura de su aliento) me reclamaba mi actitud y me ordenaba alejarme.
Y yo quería obedecerle. De verdad que lo quería... Lo que estaba haciendo no tenía perdón, lo sabía. Estaba engañando a Tanya... una vez más. Y esta ocasión de manera más consciente, de modo más intenso. ¿Qué era lo que estaba pasando? Yo no era un hombre infiel, jamás lo había sido hasta ahora.
Deseaba alejarme, deseaba despegar mi boca de la suya; pero simplemente no podía. Por todo lo contrario, mi mano se dirigió hacia su cintura y la apreté hacia mí, mientras mis labios parecían volverse más ansiosos conforme más bailaban al compás de los suyos.
Y ahí estaba otra vez esa maldita necesidad que experimenté al besarla la primera vez, esa misma urgencia de no separarme de su calor jamás; de morir de esta manera... Sencillamente, ahora no había duda alguna – si es que alguna vez la tuve – de que Leonardo y ella eran la misma persona, ¿Cómo no había podido darme cuenta antes? Si sólo esta muchachita era así de frágil. Si sólo esta muchachita era capaz de hacerme sentir tantas cosas a la vez...
Dejar de besarla fue una de las cosas más complicadas que pudieran existir en mi vida; pero el aliento se había extinguido para ambos. Abrí los ojos lentamente, intentando controlar mi respiración, así como ella.
Nuestras miradas se encontraron en medio de la oscuridad. El castaño de sus ojos era hechizante, como una cárcel de mares color chocolate que me mecía con su pasivo vaivén.
–Nada – susurró ella. Supe de qué hablaba, pero me permití rozar sus labios por segunda vez, siendo correspondido por un exiguo y tibio suspiro que amenazaba con volverme loco.
Mi cuerpo se apretó al suyo, tórrido, vibrante...
¡Apártate! Lo hice lentamente.
–Nada – susurré, mintiendo patéticamente; sin desasir su rostro, sin permitir que su boca estuviera a más de un centímetro lejos de la mía – Tenías razón...
–Entre nosotros no existe química, ni nada de esas cosas...
Silencio. Liberé su cintura, y me alejé otro poco, experimentando un lacerante ardor al instante. Ella suspiró.
–¿Tan malo fue? – pregunté, disfrazando mi absurda preocupación con una sonrisa.
–No lo vuelvas a hacer – contestó, con seriedad.
Algo dolió... y no era precisamente el orgullo o la vanidad.
–¿Y quién dice que pienso volver a hacerlo? – pregunté, del mismo modo.
Nos miramos largo tiempo a los ojos, intentando descubrir u ocultar algo. Al final, ella se encogió de hombros
–Sólo era por si acaso...
–No te preocupes. Jamás volverá a suceder – y, sin embargo, mi boca ya exigía más de la suya
–Bien – asintió, para después darme la espalda. Eso estaba bien. Quizás de esa manera la tentación se alejaba y el deseo disminuía – hasta mañana...
–Hasta mañana...
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ALICE POV
Me encontraba tibiecita y muy cómoda. Suspiré entre sueños. ¡Qué bien se dormía en estas camas! Sonreí. Mis brazos se apretaron alrededor de algo suave (¿Era un almohada?) y un dulce aroma me inundó.
Cielo santo, ¡qué agradable era! No quería despertar. Quería dormir para siempre, así de cómoda; pero ya no había cansancio. Me di la libertad de apretar, por ultima vez, mi nariz contra esa desconocida y cálida forma, intentando memorizar su fragancia fresca, única y desconocida. Inhalé profundamente; después, comencé a despertarme.
Mis ojos se abrieron lentamente, renuentes a dejar entrar la luz. Algo me acariciaba ligeramente el rostro, algo suave que me provocaba cosquillas en los hoyitos de mi nariz. Solté una estúpida risita. Finalmente, mis ojos estuvieron completamente abiertos, aunque algo nublados por el profundo sueño.
Fruncí el ceño.
¿Cómo conseguí una almohada de color azul?, me pregunté. La respuesta vino sola, al segundo siguiente, cuando reconocí que era un rebelde mechón de cabello lo que me provocaba ese hormigueo en la nariz. Un rebelde mechón de cabello rubio. El corazón se me detuvo y, como un robot, elevé mi rostro para terminar de confirmar mis terribles sospechas...
Y bien... Las palabras, el lugar, el tiempo, todo desapareció cuando mis ojos se hallaron con los suyos, tan dilatados y sorprendidos como los míos. Se elevó un profundo silencio cinco segundos antes de que yo pegara un grito y saltara hacia atrás.
Su mano me salvó de una aparatosa caída.
–¡Alice! ¿Te encuentras bien?
–¿Qué...? ¡¿Qué haces tú en mi cama?! – solté, empuñando mi mano derecha y calculando el ángulo perfecto para atizarle un buen golpe
–¡Espera, espera! – Tranquilizó, al leer mis intenciones – ¡Yo no tengo la culpa!
–¿Ah, no? – Ironicé – ¿Entonces quién? ¡¿Yo?!
–Supongo que... sí –La sinceridad y seguridad de sus ojos comenzó a convertir mi ira en profunda vergüenza.
–No me digas que... que yo...
Su silencio me dio la respuesta. Sentí cómo mis mejillas empezaban a arderme.
–Alice, ¿Te sientes bien? – Preguntó al ver que me encogía y tomaba esa patética postura en la que ocultaba mi cara entre mis rodillas. No recordaba otra ocasión en la que sintiera tanta pena – Alice...
–¿Te obligué a dormir conmigo? – otra vez no contestó. Tomé una bocana de aire para que la voz me saliera clara – Discúlpame...
Sentí su mano alborotarme mis cabellos. Le miré de nuevo. Él sonreía
–Te ves linda durmiendo...
Sus palabras me sorprendieron. Y, al parecer, le sorprendieron a él también, pues calló súbitamente y sus ojos se mostraron desconcertados, como si no hubiera pensado decir lo que había dicho.
Otro momento de silencio entre ambos. ¿Era mi imaginación o no era la única sonrojada ahí?
–Quiero decir – balbuceó, mirando hacia todos lados, menos hacia mí – Yo... Tú... No tienes por qué pedir disculpas.... Estuvo bien... Fue agradable...
Volvió a enmudecer. Nuestras miradas se volvieron a encontrar y a evitar al segundo siguiente. ¿En dónde estaba Bella o Edward?
–No, no me mal interpretes – apenas y entendía lo que decía – Quise decir... Somos amigos... Los amigos duermen juntos... supongo.
Solté una risita sin poderlo evitar. Él también hizo lo mismo. Aquello era absurdo. Sí. Al final de cuentas, éramos amigos. La comodidad, la confianza, la seguridad que experimenté al estar entre sus brazos no significaba nada más que la buena amistad que nos unía. No teníamos porqué alarmarnos. No tenía por qué alarmarme.
–Lo siento – dije de todas formas; más relajada.
Jasper volvió a alargar la mano y alborotarme mis cabellos.
–Me agradas, Alice – confesó – No suelo decir esto mucho, pero, de verdad, me agradas.
–¿Quién lo diría? Después de que no me podías ver ni en fotos – bromeé, esquivando el claro de su mirada.
–Eres diferente – dobló las piernas y se sentó frente a mí. Yo hice lo mismo. Era extraño. Después de tanto alboroto por estar en la misma cama, ahora nos encontrábamos ahí: sentados cómodamente sobre ella – No eres como las demás chicas que todo el tiempo se andan viendo en el espejo o pintándose las uñas.
Reí
–Mi hermana Rosalie dice que yo debí de haber sido niño. Se enferma de coraje cuando sabe que estuve jugando futbol. ¡El partido!– recordé entonces, parándome de un brinco – ¡¿Qué hora es?!
–Todavía es temprano – tranquilizó –tenemos tiempo suficiente para ir a desayunar y calentar un poco.
Miré hacia la otra cama
–¿Y nuestros hermanos? ¿Durmieron juntos?
–Supongo que sí – no se escuchaba muy convencido –¿Quieres que los vayamos a buscar?
Asentí, al mismo tiempo que me recogía el cabello y me ponía la gorra.
–Eres rápida – apuntó. Ensanché una orgullosa sonrisa, la cual se borró cuando él extendió su mano, capturando la mía. Sentí cosquillas en el estomago – ¿Vamos?
–Sí – susurré, sintiéndome extraña.
Él me jaló suavemente hacia afuera, apenas y sentía el suelo debajo de mis pies; pero la sensación de caminar sobre algodón terminó cuando llegamos al pasillo y nuestras manos se tuvieron que alejar. Iba a resultar extraño que dos hombres fueran caminando de esa manera...
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BELLA POV
Respingué al darme cuenta que tenía la punta de mis dedos acariciando a mis labios... otra vez.
Suspiré, mal humorada, y me dejé caer sobre el suave pasto verde del campo, cubriéndome los ojos con el brazo derecho. Arriba de mí, un frondoso árbol me cubría de los débiles rayos de sol que comenzaban a asomarse por el horizonte. Inspiré lenta y profundamente, concentrándome fervientemente en alejar ese cosquilleo que se había instalado en mí estomago, en el recuerdo que se negaba alejarse de mi memoria.
Pero es que había sido tan... dulce.
No era una experta en ese tipo de temas. Mi vida amorosa había sido escasa, patética. Mi primer beso lo había recibido de parte de un baboso niño, a la edad de ocho años, y no era algo digno de llamar "lindo" o "maravilloso". Inolvidable, sí, pero por lo grotesco. Después había salido con otro chico, Tayler, en la secundaria, pero nuestros besos habían sido comunes, simples. Nuestra relación no tuvo nada de especial, así que no podía esperar más de ella. Y luego estaba Jake, con sus últimos arrebatos de furia que, por un breve momento, me hicieron temblar las piernas cuando sus morenos labios capturaban los míos con su abrazadora fuerza.
Pero esto que había pasado en la madrugada, había sido... extraño, nuevo. Había habido una corriente eléctrica, saltado a nuestro alrededor, mucho antes de que nuestros labios entraran en contacto. Y, cuando su boca al fin rozó la mía, un líquido cálido se revolvió en mi estomago y salió disparado por cada una de mis venas, al mismo tiempo que una creciente necesidad se instalaba en mi pecho. Una necesidad de él, de su calor, de su pasión...
Resoplé y me obligué a suprimir mis pensamientos. ¡Qué absurda era! ¿Yo necesidad del engreído y apático Edward Cullen? ¡Por favor! Volví a resoplar, con mucha más fuerza.
Escuché una risita, molestamente conocida, y me descubrí los ojos para mirar hacia arriba. Y ahí estaba: el ser de mis peores pesadillas, acostado boca abajo en una gruesa rama del árbol, mirándome. La sangre se acumuló instantáneamente en mis mejillas.
–Tú – repliqué, con el ceño fruncido – ¿Qué haces aquí?
–Buenos días Bella – contestó, con sarcasmo.
Me puse de pie rápidamente y comencé a huir del verde de sus ojos.
–¡Espera! – saltó y alcanzó mi brazo con facilidad.
Le miré sorprendida, pasmada, ofendida por su gran destreza. Yo no hubiera podido hacer eso pero ni vendiendo mi alma al Diablo.
–¿Qué eres? – Exigí saber – ¿Un Súper Chango?
Él sonrió
–No es mi culpa que el equilibrio esté completamente ausente en tu vida.
Estúpido. –¿Qué quieres? ¿Por qué me sigues?
–Yo no estaba siguiendo – defendió – Tenía varios minutos sobre ese árbol, antes de que tu llegaras.
–¿Quieres decir que me estuviste observando todo este tiempo? – musité, llena de terror
–No – contestó rápidamente, soltándome con insultante indiferencia – ¿Observarte? ¿Por qué habría de hacer yo eso? No eres tan interesante.
No me refería a eso, pero... su respuesta dolió. Me encogí de hombros para disimular.
–No quiero seguir perdiendo mi tiempo contigo...
–Te veías preocupada – volvió a sostener mi brazo para que no me fuera – Lucías preocupada mientras acariciabas tu pulsera.
Bajé la mirada par observar el regalo de Jacob.
–¿Estás inquieta por lo que pasó anoche? – su pregunta produjo mariposas en mi estómago. Mis ojos se posaron en él. Sabía a qué se refería. De ser cierto que Jacob realmente era mi novio, debería de sufrir remordimientos por que, de alguna manera, le había sido infiel.
Sonreí sin humor. Si tan sólo él supiera la verdad...
–No –contesté – Estoy tranquila, por que no pasó nada.
–Tienes razón – acordó, con un brillo extraño en sus pupilas – No pasó nada. Lo mejor sería olvidarlo
–Yo ya lo olvidé – mentí fácilmente.
Fue de un segundo a otro que él se acercó y sus manos capturaron mi rostro, dejando a nuestras bocas a escasos centímetros de distancia. Dejé escapar un ligero jadeo, por la impresión. Comenzamos a retroceder, lentamente, hasta que mi espalda topó con el tronco del árbol. Su mirada era penetrante, profunda; su color verde adquiría pequeños matices dorados y perturbadores.
Me obligué a cerrar mis ojos, pues mis manos demandaban alzarse y enredarse en sus cabellos, como lo habían hecho anoche. Aún así, lo cercano de su aliento me estremecía. No entendía muy bien lo que estaba pasando. No podía formular preguntas ni respuestas. Lo único que sabía era que estábamos muy cerca.
–Yo también, ya olvidé – susurró. Después se levantó, entre nosotros, un silencio electrizante. Y, en lo que pudo haber durado un segundo, o una hora, permanecimos así: casi pegados, casi besándonos.
No estaba bien que mi corazón latiera de esa forma tan alocada... Busqué desesperadamente un pensamiento para liberarme. Algo, algo que evitara que mis pies se pusieran de puntitas y acabaran con el insignificante espacio que alejaba nuestros labios.
–Alice... – musité entonces, con dificultad – Alice, Jasper... El partido.
Un movimiento por parte de él, un movimiento apenas y apreciable que bien pudo tratarse de mi imaginación. Estuvo a punto de besarme; pero se detuvo cuando faltaba tan poco. ¿Por qué?
–El partido – suspiró. Qué fresco era su aliento.
–Debemos irnos...
–¿Si? – fue una pregunta.
–Supongo...
–Bella... – susurró, me atreví a mirarle.
Él se encontraba inclinado hacia mí, mucho más cerca de lo que yo creía. Volví a cerrar mis ojos y entreabrí mis labios; esperando a que él...
–Debemos irnos – se alejó de repente, rompiendo en menos de un segundo todo el encanto. Aunque las chispas electrizantes seguían alrededor.
Asentí y caminamos, en completo silencio, hacia el enorme campo de futbol. Nuestros hermanos nos saludaron al vernos. Edward me compró una soda y un sándwich, ignorando mi negativa. Nos sentamos uno al lado del otro, pero sin vernos a la cara. Me concentré en el partido. Alice se veía muy curiosa vestida de hombre. Por un segundo temí que la fueran a descubrir o a lastimar, se veía tan pequeña y frágil, pero cuando el juego comenzó todo miedo se extinguió al verla correr con la pelota entre los pies.
Era maravillosa. Una experta. Parecía bailar en medio del campo. Su menudo cuerpo se desplazaba con facilidad, evitando, engañando, atacando. Trabajaba en equipo, pero, sin duda, con el que mayor se sincronizaba era con Jasper. También me fue fácil deducir que éste le estuvo cuidando todo el tiempo.
El primer gol fue anotado por Seth. El segundo por Jasper. El tercero por ella. Al final, su equipo ganó tres a dos. Cuando el árbitro marcó el final, todos corrieron a abrazarse. Mi pequeña hermana lucía feliz entre ese grupo de chicos que la felicitaban. Seth chocó las palmas con ella. Después, su delgado cuerpecito se vio cubierto y alzado por los brazos del menor de los Cullen, quien la hizo girar en el viento dos veces. Su sonrisa, su rubor y el brillo de sus ojos me conmovieron.
Solté una estúpida risita, la cual fue coreada por otra que provenía de mi lado. Giré el rostro y mi mirada se encontró con la de Edward. Al parecer, no era la única que había notado que nuestros hermanos comenzaban a enamorarse, más ninguno dijo nada al respecto.
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Domingo, Diez de la noche. Acostada en mi cama, pensaba que mi fin de semana había terminado. Cerré los ojos e intenté descansar, pero la imagen de Edward Cullen apareció detrás de mis parpados. Suspiré. Estaba tan llena de preguntas sin respuestas. Estaba asustada. Esos sentimientos me eran totalmente desconocidos.
Tranquila, Bella – me dije – No fue nada.
"Lo mejor será olvidarlo" su voz era un eco en mis pensamientos.
–Sí – musité – lo mejor será olvidarlo. Será fácil.
Y, engañándome con esa idea, comencé a dormirme. Sin embargo, no tardé mucho en desmentirme, pues, entre mis sueños, él apareció.
Esa fue la primera vez que soñé con Edward Cullen.
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Sé que muchas querrán matarme por el retraso. Lo siento, esta vez sí que exageré con la demora. Tenía mis motivos para tardar tanto, no estaba de humor para escribir, pero supongo que ya estoy de regreso y, les aseguro que no dejaré inconclusa ninguna de mis historias, al menos de que me muera.
Pasando a otra cosa, ¿Qué les pareció este capítulo? Sé que muchas de ustedes quieren ver algo más entre Alice y Jazz, les pido paciencia entre cada pareja, las cosas irán a su paso y sucederán en el momento indicado, lo prometo.
Muchísimas gracias por su comprensión y apoyo. Nos leemos pronto
Atte
Anju
