Capítulo 33: Secuestrada.
..
Rosalie Swan.
Genial. De tener planeado ir a Nueva York, ahora me encontraba camino hacia un lugar desconocido, en el auto de un atolondrado hombre que se le había muerto la última neurona que tenía en la cabeza y me había secuestrado.
Cabía mencionar que, literalmente, no podía moverme. Ante cinco intentos fallidos de escape, el muy imbécil había decidido amarrarme las manos y los pies… Y, claro, llevaba un maldito pañuelo atravesado en la boca, por lo cual gritar era inútil.
Era una rehén con las cinco letras de la palabra.
Aún así, no paraba de gemir y removerme como una lombriz.
—¡Ejtaz doco! – intenté decir lo más legible que pude – ¡Edmet idjiota!
Él soltó una carcajada. No parecía en absoluto estar pensando en el problema en el que nos estaba metiendo a ambos con semejante barbaridad. El jeep volaba por la obscura carretera. Hacía poco habíamos dejado atrás a Forks. Calculaba que era alrededor de la media noche ¿A dónde me llevaba? ¿Qué me iba a hacer? Debería de haber estado desesperada, asustada por lo menos; pero…, para mi desgracia, debía admitir que una parte de mí se encontraba feliz, complacida.
Quizás él no era el único enfermo. Si seguía pataleando y chillando era porque tampoco quería ser tan obvia. Además, estaba intentando no olvidarme por completo de Royce. ¿Qué iba a decir mañana, si no me encontraba en la casa de los Cullens…? Recordé la ilusión pintada en su rostro… su sonrisa de real felicidad. No era justo que yo le hiciera esto.
Nos desviamos en una pequeña carretera que parecía internarse en el bosque. Volví a gemir y somaté mi cabeza contra el cristal. Lo rompería. No sabía precisamente que podría ganar con ello (aparte del enorme chichón que se me formaría) pero era lo único que podía hacer.
—Te amarraré la cabeza contra el asiento si sigues haciendo eso – me advirtió.
Sabía que no bromeaba. Así que mejor me tranquilicé. A lo lejos, tras haber pasado alrededor de una hora, logré divisar una casita, era una cabaña. Se estacionó frente a ella y me bajó cargando.
Supuse que era propiedad de su familia, pues tenía llaves para abrir la puerta y parecía conocer muy bien el lugar. Encendió las luces y me dejó caer sobre el pequeño sofá ubicado frente a una chimenea. Me contempló por un momento, frunciendo los labios para no reírse. Seguramente me miraba ridícula. Con todo el alboroto que había armado, podía sentir que mis cabellos estaban revueltos por todas partes y que mi rostro no mostraba su mejor expresión.
Recogió dulcemente un rebelde mechón que caía por mi sien y lo llevó detrás de mi oreja, mientras yo le dedicaba una mirada asesina.
—Lo siento – musitó – Puede que realmente ya haya perdido la cabeza, pero… tú tienes la culpa.
Giré mi rostro en dirección contraria al suyo, rechazándolo, pero sus dedos no tardaron en sostener mi barbilla, para que mis ojos se reencontraran con los suyos, mientras que, lentamente, su mano deshacía el nudo del pañuelo que cubría mi boca y me besaba suavemente, sin prisas, con deleite.
Perdí todo tipo de pensamiento coherente en ese instante. Cerré mis ojos y entreabrí mis labios para recibir su sabor por completo. Nos besamos como hacía mucho no lo hacíamos, lenta, dulcemente, disfrutando cada húmedo roce…
—Te amo – susurró, muy bajito, uniendo su frente a la mía – Ya no puedo estar sin ti. Lo siento…
—Emmett...
Me deshizo de los nudos que ataban mis manos y pies. Y yo no desaproveché esta oportunidad para propinarle una bofetada.
—¡Eres un idiota! –siseé, tragándome las enormes y patéticas ganas de llorar.
Estaba furiosa conmigo misma por no poder controlar todas emociones acicaladas violentamente en mi pecho. Alegría, tristeza, coraje, odio, rencor, orgullo, remordimiento… amor. Sí, amor creciente que brotaba de mi alma como un torrente, ahogándome.
Emmett sostuvo mis hombros y volvió a besarme, como si fuera ese el último momento. Quizás lo era. No importaba. Estaba con él, a su lado, el resto del mundo, el futuro, daba igual.
—Quédate conmigo – pidió – Hagamos de cuenta como si nada más pasara allá afuera.
Asentí débilmente, temblando. Éramos un par de egoístas. Estaba bien… Mandé mis sentimientos de culpa hacia otro lado mientras mis dedos se hilaban en sus cabellos y arqueaba mi espalda para que sus brazos me apretaran más hacia él. Necesitaba sentirlo cerca, fusionarlo con mi alma si era necesario.
La humedad de sus labios bajó hacia mi cuello y se paseó por mis hombros que, poco a poco, comenzaban a ser descubiertos. Introduje mis manos por debajo de su playera y acaricié su espalda. La ropa comenzaba a estorbar, así que no tardó mucho en terminar sobre el suelo. El contacto puro de nuestras pieles se sentía más que bien. Nuestras lenguas bailaban apasionadas, mientras sus manos me descubrían centímetro a centímetro y yo me acomodaba a ahorcadillas sobre su cuerpo.
Fuego, delicioso y cadente. Mis caderas moviéndose lentamente al ritmo de las suyas, mientras dejaba que me tomara por completo. Era suya, no solo por esa noche, si no por siempre.
—Te amo –musité, enredada a él.
Sus ojos se clavaron en los míos, la punta de sus dedos se deslizó por mi sonrojada mejilla y descendió hasta la curva de mi cintura. Me estremecí. Él soltó un excitante gemido y volvió a besarme con ardor.
..
..
Abrí mis ojos con sumo cuidado, temerosa a creer que todo había sido un sueño. La calidez de su mano, resbalándose por mi espalda desnuda, me comprobó que no era así. Sonreí y apreté mi rostro contra su pecho, suspirando profundamente contra éste.
—Al fin despertaste – susurró
—¿Qué hora es?
—Las diez de la mañana
Alejé el nombre de Royce lo más rápidamente que pude. Sin embargo, no pude evitar preguntarme qué es lo que estaría haciendo o pensando en estos momentos. Cruel. Siempre lo había sido, pero nunca me había importado el daño que mi egoísmo pudiera provocarle a las personas, hasta ese día.
—Rose – Emmett tomó mi mentón y me miró a los ojos – ¿Me amas?
—Sí –contesté. ¿Acaso lo dudaba?
Se acercó y besó mis labios dulcemente.
—Yo también te amo. Mucho más de lo que puedes imaginarte.
Hundí mi rostro entre el hueco de su hombro, cerré mis ojos y mandé lejos esos sentimientos de remordimiento. No sabía qué pasaría al salir de aquella cabaña. No quería ni si quiera pensar en ello. Sólo… quería disfrutar de ese momento tan único y especial al lado del hombre que había llegado para cambiar mi vida por completo.
Un sordo gruñido se levantó entonces entre nosotros. Fruncí el ceño, ofendida y avergonzada, y miré hacia mi impertinente estómago.
Emmett soltó una risita
—¿Quieres comer algo? – preguntó con voz divertida.
—Idiota…
—¿Qué cosa? – se asombró por mi agresión.
—Deja de alburearme
Él soltó una risotada
—¡Pero qué mente tan más sucia tienes! – volvió a reír – Yo te hablaba en el mejor y más puro de los sentidos.
—¿Me dirás que hay comida aquí?
—Por supuesto – contestó con obviedad –Esta cabaña es de mis padres, ellos suelen venir aquí con frecuencia.
Mierda. Bufé e intenté esconder el rubor de mis mejillas, mientras le daba la espalda.
—Aunque… si quieres… - susurró contra mi oído. Alargué mi mano para darle un manotazo. No le iba a dar el gusto de ganarme una vez más. Podría quererlo mucho, pero eso no significaba que haría todo lo que me pidiera.
—Vamos a desayunar – siseé.
Su risa me hizo recordar aquellos primeros días en los que nos conocimos. Era él, el mismo Emmett que hacía tanto no veía, al que extrañaba, al sonriente y amable… del que me enamoré.
Se puso de pie y se calzó sus bóxers. Yo quise hacer lo mismo, pero no encontré mi ropa interior por ninguna parte.
—¿Y mis calzones? – pregunté en voz alta.
Escupió una risita incontenible, lo cual me advirtió que algo tenía que ver en esto. Fruncí el ceño, jalé su playera, la cual cayó casi hasta mis rodillas, y caminé hacia él.
—¿Dónde dejaste mis calzones, Emmett? – le exigí saber.
—No sé – contestó con exagerada y teatral inocencia.
—¡Emmett! – Empuñé mis manos y golpeé el suelo con mi pie derecho. ¡Qué frustrante era no poder enojarme con él!
Di media vuelta y me fui a sentar de nuevo al sofá, en donde continué con mi infantil berrinche, refunfuñando miles de incoherencias que ni yo misma entendía.
—¿No tenías hambre? – preguntó, aún divertido.
—Tienes quince minutos para preparar el maldito desayuno – advertí – ¡Quince minutos, Emmett!
—¡A la orden, jefa!
El delicioso olor a huevos fritos y pan tostado llegó a mi nariz al poco tiempo, llamándome. Puse mi mejor cara de arrogancia, mientras me acercaba a la pequeña cocina. Alcé una ceja al ver lo que había preparado. No lucía mal, pero tampoco iba demostrar que se me hacía agua la boca por probarlo.
—Prueba – tomó un cubierto y me dio de comer en la boca.
¡Vaya! ¡Qué bien sabía!
—No está mal – le quité importancia y me encogí de hombros, con apatía.
—Ummm… - enrolló sus brazos alrededor de mi cintura – Eres demasiado orgullosa, ¿sabías?
—Y tú eres un vanidoso – apunté.
Besó mi frente y paseó sus dedos por mis alborotados cabellos.
—Estoy hecha un asco
—Para nada – sonrió – Luces hermosa.
—Vamos a desayunar – dije, huyendo de su mirada.
—De acuerdo – accedió, dando media vuelta para servir un poco de café en unas tasas.
Mis ojos se dirigieron, inconscientemente, hacia abajo de su espalda. Me mordí el labio inferior, mientras me acercaba lentamente y estiraba mi mano para bajarle los bóxers a la mitad de su trasero.
—¡Ey! – se giró, acomodándose la ropa y mirándome sorprendido.
Le dediqué una sonrisa sugerente y traviesa. ¡Qué divertido era verlo sonrojado!
—Andas muy antojadiza, ¿no? – se acercó de manera sinuosa. Acomodé mis manos sobre su pecho, para que no avanzara más.
—Desayuno – recordé
—¿Acaso te estás dando a desear? – entrecerró sus ojos
—Esta vez no será tan fácil convencerme…
—Umm… ¿Cómo se supone que debo de tomar esto? – Apretó mi cuerpo con sus manos y me inclinó hacia atrás, para que su boca recorriera mi cuello – ¿Acaso es un reto? No me gusta perder, ¿sabías?
—A mí tampoco – dije lo más claramente posible – Y no creas que aún estoy contenta contigo. ¿Dónde escondiste mis calzones?
Me levantó entre sus brazos y yo rodeé su cintura con mis piernas.
—No los vas a necesitar por hoy, te lo aseguro – murmuró con voz ronca, antes de comenzar a besarme apasionadamente y llevarme hacia la cama.
Supuse que el desayuno podía esperar un momento más…
..
..
Jasper Cullen.
—Alice – susurré – Ne-necesito hablar contigo.
Las piernas me temblaban. Tenía las manos sudadas y frías. Bajé la mirada y tomé un profundo suspiró antes de hablar.
—Quiero decirte que tú… que tú… Alice, yo…
Maldición. No podía. Alcé la mirada, mientras me rascaba la cabeza con declarada frustración y le fruncía el ceño al grueso tronco de madera que se encontraba plantado frente a mí ¿Cómo se suponía que le iba a decir a Alice lo que sentía por ella si no podía hablar ni si quiera con el árbol?
Llevaba horas intentándolo. Pero nada más de imaginar su rostro… las palabras se me ahogaban en la garganta.
—¡Jasper! – pegué un brinco al escuchar la voz de Peter
—Ey – saludé
—¿Qué haces?
No contesté. No se me ocurría una buena excusa y me resultaba vergonzoso admitir "Estaba practicando para declarármele a mi mejor amiga".
—¿Hablabas a solas… con el árbol?
Mierda.
—No – conteste. Mi amigo se me quedó viendo con un gesto que me recordaba lo pésimo que era para decir mentiras. Si tan sólo Edward me hubiera heredado esa cualidad.
—De acuerdo – decidió no insistirme – ¿Y qué tal? ¿Cómo te va? – decidió preguntar
—Terminé con María – conté.
—¡¿Lo dices en serio?! Pensé que te gustaba.
—Yo también creía lo mismo – musité – Pero… me he dado cuenta de que quiero a alguien más.
—¡Wow! Eso no me lo esperaba. Pensé que te habías aburrido.
—¿Aburrido?
—María es guapa –se encogió de hombros – Pero para mí es… no sé… aburrida. Jamás cambiaría a mi dulce Charlotte por alguien como ella.
Asentí, entendiéndolo. No es que María fuera una bruja o algo por el estilo, me imaginaba que por ahí alguien debería de estar totalmente encandilado por su forma de ser tan… presuntuosa. Sin embargo, yo creía lo mismo que Peter. Jamás cambiaría a mi pequeña Alice por ella, ni por nadie más.
—¿Y bien? ¿Quién es esa chica? ¿Ella sabe que te gusta?
Erguí la espalda al instante.
—No…
—¡Ja! – Me apuntó con un dedo – ¡Entonces si estabas hablando a solas con el árbol! ¡Vamos! – me soltó una enérgico manotazo a mi espalda – ¡admítelo! Que no te de pena, todos lo hemos hecho alguna vez en nuestra vida.
—¿En serio?
—¡Sí! – me aseguró – Yo lo hice cuando no sabía cómo acercarme a Charlotte.
—¿Y funcionó?
—No.
Ah Caería en severa depresión.
—¿Quién es? – me preguntó Peter.
Tardé un momento en contestar. ¿Qué me sucedía? Ahora hasta decir su nombre me ponía nervioso.
—A-Alice…
—¡¿Alice?!
—¡Shhh! ¡No lo grites! – enrojecí
—Nadie nos escucha – calmó
Cierto. Andaba un poco paranoico, pero…quería suponer que era normal.
—Cielos, eso sí que es un problema – murmuró mi amigo
—¿Porqué? – pregunté
—¿Acaso no recuerdas por todo lo que han pasado? – Entrecerró los ojos mientras me miraba con reproche – Jasper, su relación ha tenido cambios realmente drásticos. Primero, tú no la podías ver ni en pintura; te deleitabas con su derrota; la retaste a un partido de fútbol con toda la intención de humillarla. Después, nadie sabe cómo, ni cuándo, ni porqué, se convirtieron en los mejores amigos. Tiene poco, comenzaron a vivir en la misma casa y tú te hiciste novio de María, y fue curiosamente Alice, la primera que se enteró de ello. Y ahora, tú vienes y quieres decirle que estás enamorado de ella… ¿Te parece poco todo eso?
—No… – admití. La verdad es que no lo había pensado de esa manera.
—Debes de ser muy cuidadoso con lo que haces. Podrías asustarla o confundirla.
—Pero… no sé cómo hacerlo. Me tiemblas las piernas y comienzo a decir incoherencias cada vez que me imaginó el tenerla frente a mí.
—¿Acaso no la has visto?
—N-no…
—¿Desde cuándo?
—Desde el día de su cumpleaños
—¿Viven en la misma casa y no la has visto desde hace tres días? – se asombró Peter.
—No he tenido valor para encontrármela – musité – Además, creo que también ella me está evitando
—¿Acaso se pelearon?
—No…
—¿Entonces?
—Bueno… - balbuceé – Es que el día de su cumpleaños… ella y yo…
—¡¿Se besaron?!
Me limité a asentir.
—Hombre, ¡Hubieras empezado desde ahí! – exclamó mi amigo
—¿Eh?
—Si ella aceptó ese beso, significa que tú también le interesas.
—Eso creo…
—¿Qué esperas para hablarle, entonces?
—¡No puedo! – exclamé – Ya te dije… Los nervios me lo impiden.
—Mmm… Creo que podemos solucionar eso
—¿De verdad?
—¡Por algo soy tu amigo! ¡Claro!
No sabía por qué, pero tanta seguridad en Peter llegó a asustarme. Tenía la ligera sospecha de que su ayuda no sería precisamente buena para mí ya muy agitado estado emocional.
..
..
—¡Ahí está! – exclamó Peter – Ha llegado el momento
—¡No, espera, espera! –frené violentamente
—¿Qué sucede?
—Yo… Yo aún no sé si podré – balbuceé. Me sentía como un idiota, temblando de pies a cabeza, mientras me escondía detrás de unos arbustos.
—Vamos, amigo ¡Valor! – me animaron – Es ahora. Quizás ella te esté esperando
La miré, se encontraba en medio de la cancha, jugando con el balón y aventándolo continuamente a la portería, mientras que Charlotte la observaba sentada en una banca. La escena no pintaba, para nada, estar lista para una confesión. Suponía que lo más romántico dentro de todo esto era un perrito durmiendo bajo la sombra de un árbol.
—Peter…
Mi amigo no me dio tiempo de pedir una prorroga, con un violento empujón dado sobre mi espalda, me obligó a salir de mi escondite, provocando un tremendo alboroto que, obviamente, llamó su atención.
Se me heló todo el cuerpo cuando sus ojos me miraron.
—Jasper – musitó, parecía sorprendida.
Bajé la mirada y me rasqué la parte trasera de mi cuello, tomando valor.
Bien, era el momento. No podía haber vuelta atrás…
..
..
Bella Swan.
Miré una vez más hacia la lujosa entrada y verifiqué en el periódico si la dirección era la correcta. No estaba de más, en los últimos días mi cabeza parecía encontrarse desconectada de mi cuerpo. Tomé una bocanada de aire antes de estirarme y tocar el timbre. Respingué ante la ligera, pero molesta, punzada que recibí en mí pecho. No debía de asustarme ni sorprenderme, desde que él se había ido, esto ya era muy común.
Ya casi comenzaba a acostumbrarme al dolor. Casi.
Una señora de edad avanzada apareció entonces.
—Buenos días – saludé.
—Buenos días, jovencita – contestó con amabilidad
—Vengo a la entrevista de trabajo – me expliqué, mostrando el periódico.
—Adelante, por favor
Caminé detrás de ella, adentrándome poco a poco a la ostentosa mansión que no se encontraba más allá de cinco calles de la casa de los Cullens. Tomé asiento cuando así me lo indicaron.
—¿Cuál es tu nombre? – preguntó, sorprendiéndome pues nunca imaginé que fuera ella la que realizaría la entrevista.
—Isabella Swan – contesté – Mucho gusto.
—Igualmente. Mi nombre es Edith Jenks. ¿Edad?
—A punto de cumplir diecinueve.
Asintió, aprobatoriamente. —¿Eres de Forks?
—Sí.
—Eres muy joven – apuntó – ¿Acaso no estudias?
—Sí, acabo de terminar el primer año de medicina – contesté
—¿Medicina? – se asombró – Es una carrera muy complicada. ¿Y así quieres trabajar en lugar de descansar?
—He trabajado desde pequeña. Además, leí en el periódico que el trabajo solamente es para laborar tres semanas.
—Le di a mi muchacha unas vacaciones – Me sonrió – La pobre se lo merecía. Así que nada más me interesa alguien quien la cubra por ese momento.
Jugueteé con mis dedos, nerviosa e impaciente, mientras aguardaba por el resto de la explicación.
—No eres la primera que viene a pedir el trabajo, pero muchas no han aceptado por esta condición, buscan un trabajo más duradero. Y otras cuantas más han sido rechazadas, al no causarme confianza. Sin embargo, tú pareces de fiar ¿Qué dices al respecto, pequeña? ¿Aceptarías trabajar para mí por esta temporada?
—¿Lo dice en serio? – jadeé. La anciana asintió levemente – ¡Por supuesto que acepto! – solté, sin dudarlo.
Hubiera sido feliz, de no haber estado él rondando incesantemente en mis pensamientos. Quizás estaba enferma. Se suponía que no debería de ser así. Se suponía… que ya lo debía de haber olvidado.
Caminé hasta llegar a un parque, al mismo en el que había decidido disfrazarme de hombre para poder trabajar en el restaurant. Al mismo que había visitado poco antes de conocerlo. Alcé mis piernas y hundí el rostro entre mis rodillas. ¡Qué patética me sentía! Sentir tanta tristeza sólo porque él no estaba… ¡Ridículo! Me mordí el labio con frustración. Tampoco las ganas de llorar ante su recuerdo se habían vuelto más débiles. Seguían ahí, calando mis ojos. Aún no sabía cómo es que las había logrado retener tanto tiempo. Pero estaba bien… algún día tenían que desaparecer.
Cerré los ojos y, sin evitarlo, recordé… Nuestro primer encuentro en el trabajo, en la vecindad, en la escuela. Era como si el destino se hubiera empeñado en que lo conociera de todas las maneras posibles, dejándome sin escapatoria. Era… como si el mismo destino hubiera querido que me enamorara de él. ¿Por qué? ¿Por qué tenía que ser justamente Edward Cullen?
Miré hacia el reloj de la pequeña catedral. Aún faltaban dos horas para ir a trabajar al restaurant. Me quedaría ahí. No quería ir a la casa de los Cullens. A partir de mañana trabajaría en las mañanas en la mansión de la señora Jenks y por las tardes en el restaurant. Estaría ocupada, demasiado. Sólo… esperaba que eso ayudara en algo para ya no extrañarlo… tanto.
..
..
Edward Cullen.
Tanya paseaba lentamente la punta de sus dedos por mi pecho. Recostada y desnuda sobre mi cuerpo, permanecíamos en silencio sobre la cama. Yo con mi brazo envolviendo su espalda, mirando hacia la nada… Recordando.
—¿Esta es la herida que te hicieron aquellos hombres que incendiaron la casa de tu amiga? – preguntó mi novia, dibujando el relieve de la cicatriz que se encontraba en un extremo de mi abdomen.
—Sí – contesté.
—Esa ocasión me preocupaste mucho.
—No pasó nada – tranquilicé – Fue una herida muy superficial.
—¿Y ella cómo está? Me contaste que tiene otras dos hermanas, ¿Siguen viviendo en tu casa?
Bajé mi mirada hacia sus ojos, había sincera preocupación en ellos.
—Supongo que sí – murmuré. ¿Por qué teníamos que hablar justamente de ella?
—Pobres muchacha – continuó mi novia – Quedarse sin padres y sin casa siendo tan jóvenes… Fueron muy amables al haberles ofrecido su casa.
—Mi madre les tiene mucho afecto. Además, su papá murió mientras capturaba a los que nos estafaron – expliqué – estamos en deuda con ellas.
—Qué fuerza – murmuró – Yo no sabría cómo actuar ante una situación así
—Bella es muy valiente – dije, sin darme cuenta de lo que hablaba – Es… única. No he conocido a una persona con tanta determinación como ella.
—Bella – repitió su nombre, haciéndome reaccionar. Volví a encontrarme con sus ojos. No había en ellos más que confianza y sana curiosidad. Si supiera… si supiera que ese nombre me erizaba la piel con su sola mención – ¿Ella es la muchacha que se viste de hombre para trabajar?
—Sí…
Soltó una risita —Entonces, sí te creo. Debe de ser alguien que vale mucho para sacrificarse tanto por su familia.
—Es… todo lo contrario a mí – reconocí.
Su mano viajó hasta mi mejilla
—Eso no es cierto – discutió – Tú amas a tu familia.
—Siempre he sido muy egoísta con ellos… Siempre he sido muy egoísta con todos. Hasta conmigo mismo…
—Has madurado tanto – tomó mi rostro entre sus manos y besó ligeramente mis labios – Me da gusto.
Me obligué a sonreír. ¿Madurar? Jamás antes me sentí tan estúpido e infantil como ahora. Jamás antes me sentí tan… indeciso.
Mi novia se puso de pie y, cubriéndose con las sábanas, salió de la habitación sin decir palabra alguna. Aproveché ese momento a solas para suspirar profundamente y cerrar mis ojos. Algo pasaba. Algo… faltaba. Llevé una mano hacia mi pecho. Mi corazón parecía no palpitar. Solté una risita, ¿qué estupideces andaba pensando?
No me di cuenta de que Tanya había regresado a mi lado, hasta que su mano hizo que la mía descubriera mi rostro. La miré, mientras sus dedos acariciaban mis ojeras.
—Cada día luces más cansado – apuntó con tristeza y preocupación – Pareciera como si estuvieras enfermo. ¿Qué te duele, Edward?
El corazón…
Volvió a recostar su cabeza sobre mi pecho. —Has… cambiado. Últimamente, cuando me tocas, cuando me besas, lo haces de una manera… distinta.
—¿Te he lastimado? – me preocupé
—No, claro que no –se apresuró a contestar – No me mal interpretes. Sólo he dicho que has sido…más… apasionado. Pareciera como si se te fuera la vida mientras me tomas. Nunca antes me habías besado con tanto ardor… Me gusta, pero al mismo tiempo me aterra. Siento que sufres, y no quiero eso.
Nuestras miradas se encontraron.
—Habla a tu casa –pidió – Desde que estás aquí no lo has hecho y tengo el ligero presentimiento de que esta actitud tuya tiene algo que ver con Forks. No acostumbro a pedirte muchas cosas, pero esta vez, compláceme.
Y yo sabía que no debía de hacerlo. ¡Lo sabía!, pero ese maldito lado egoísta me incitó a tomar el teléfono. Tanya se alejó para darme privacidad. Yo era una mierda andante. ¿Qué más pedía, estando ella a mi lado?
Contestaron.
—¿Diga?
Y sentí que mi corazón, tras semanas de estar muerto, había renacido.
Era ella.
..
Muajajajaj *risa malvada* ¿Saben que adoro dejarlas en suspenso? vamos, no se enojen conmigo, dalaaay, las cosas pronto se solucionarán entre Edward y Bella. ¡Al fin de vacaciones! n.n Estoy de buen humor por eso y porque no salí tan mal en mis calificaciones. Gracias por su paciencia cuando tuve que tardar tanto en actualizar T_T Ahora tengo diez días de vacaciones, así que trataré de inspirarme para actualizar pronto. Un saludo a todas y nos leemos en el siguiente capítulo.
Atte
Anju
