Capítulo 34. Nuevas Oportunidades.

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Jasper Cullen.

Bajé y subí el rostro repetidas veces, incapaz de mirarle fijamente por más de dos segundos. Tragué saliva. Por muy ridículo que sonara, esto era difícil. Sin embargo, era necesario. Alice me gustaba, más que eso, yo la quería. No tenía ningún tipo de verdadera experiencia en todo esto de amores y noviazgos, pero algo me decía que ella era única, verdaderamente especial.

Bien —suspiré y abrí los labios, dispuesto a soltar la primera palabra

—Al…

—Toma – lanzó ella el balón en ese momento y cayó justo frente a mis pies – el momento de nuestra revancha ha llegado.

No sabía muy bien para qué sacaba tal tema justamente esa tarde, pero, ¿He dicho que por Alice haría todo? Si ella quería pelear por la revancha en ese momento, adelante. Además, había que admitirlo, la idea me seguía emocionando como desde el primer día en que ambos la aceptamos. Siempre sería Alice mi mejor y más distinguido rival en el campo.

Asentí y jugué con el balón un momento, antes de empezar a correr, dirigiéndome especialmente a la portería. Ella me siguió sin dificultad, barriendo sus pies muy cerca de los míos.

Diablos, de verdad que era buena. Me encantaba. Frené inesperadamente, giré la pelota de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, confundiéndola, y después pasé de largo. Escuché que musitaba una inocente maldición antes de lanzarse tras de mí.

Nuestro improvisado partido duró varios minutos, dentro de los cuales tanto ella como yo estuvimos a punto de anotar el tal dichoso gol que marcaría la victoria final. Sólo a punto. La verdad es que lo más probable es que muriéramos deshidratados antes de alguno permitiera semejante hazaña.

Alice cogió el balón en un momento de descuido mío y corrió fuertemente hacia la portería. Le seguí y alcancé. Luchamos un par segundos en el medio del campo, hasta que logró librarse de mí; se acercó un poco más a la portería, tomó impulso y disparó.

La pelota pasó de largo, rozando la malla y no entrando a su objetivo por cuestión de milímetros. Quedé atónito por un instante, no por lo poco que estuve de perder, si no por la forma tan impulsiva con la que Alice había actuado.

Miré en su dirección, se encontraba dándome la espalda y con las rodillas enterradas en el pasto. Me acerqué e hinqué para quedar a su altura, estaba preocupado. ¿Qué le sucedía? ¿Se había lastimado?

—Yo… - musitó – Sólo quería terminar esto antes de que tú…

¿De qué hablaba?

Inclinó la cabeza y la punta de su gorra me impidió el acceso a sus ojos.

—¿Qué sucede? – me alarmé – Alice…

—No quería verte – confesó – Sabía que cuando eso pasara, tú… Yo sólo quería terminar este juego antes… Lo siento. Sé que estás con María… Y entiendo bien que ya no quieras seguir siendo mi amigo…

Alcancé su barbilla y le hice que me mirara a los ojos; ¿Pero qué tonterías estaba diciendo?

—Tienes razón, ya no quiero ser solamente tu amigo – El brillo de sus ojos me advirtió de que estaba mal interpretando mis palabras. De repente, todo el miedo, todos los nervios, se habían esfumado. Lo único que quería en ese momento es que ella alejara esos absurdos pensamientos – Quiero ser algo más que eso, Alice – aclaré. Ella dejó de respirar – ¿Qué pasa? – Entristecí ante su inmovilidad – ¿Acaso… yo no te gusto?

—No es eso… - contestó

—¿Entonces? – insistí.

—Tú estás con María – volvió a recordar, como si estuviera hablando consigo misma – Ella es muy guapa… En cambio, yo… No tiene sentido que tú…

¿Pero qué?...

—Alice – interrumpí – Te quiero.

Nuestras miradas se encontraron, sus ojos tan dilatados como los míos. Lo había dicho. Tantas horas balbuceando frente a un árbol, para que al final, estando frente a ella, fuera tan fácil, como respirar, como una necesidad, como algo que simplemente se tiene que decir.

Le quité la gorra y paseé la yema de mis dedos por sus cenizas y sonrojadas mejillas. Quizás Alice no era la niña más femenina, pero ¿Quién necesitaba una princesa de la moda cuando tenía a mi pequeño duendecillo futbolero?

—Tú… - Maldición. Los nervios comenzaban a hacer acto de presencia otra vez. Tomé aire e intenté controlarme, aunque una cosa era decir lo que tú ya sabes, y otra, muy diferente, es esperar por una respuesta que es incierta – ¿Qué… sientes por mí?

Uno, dos, tres segundos en silencio. Quizás y era yo quien todo este tiempo se había hecho falsas ilusiones…

—Cierra los ojos – susurró cuando la esperanza casi me abandonaba.

Lo hice de inmediato y permanecí quieto, mientras sentía que su aliento se aproximaba poco a poco. ¿Había dicho anteriormente que tenía ciertos rasgos impacientes heredados por parte de Emmett? Me incliné hacia delante para que ese segundo de respiración que nos separaba se hiciera mucho más corto. Y la besé.

No necesitaba hacer más preguntas. Todas las respuestas que necesitaba saber me las decía el tímido roce de sus labios contra los míos. Delicioso. Sentía escalofríos por todo el cuerpo.

Nos separamos al poco tiempo, lentamente, cuando la respiración comenzó a extinguirse. Para ser nuestro primer beso "largo" no había estado nada mal. Me agradaba la idea de saber que podía ir aprendiendo poco a poco y mejorando a su lado. Pegué mi frente a la suya y tomé sus manos entre las mías. Siendo sincero, no sabía qué hacer después de eso. Para mí, ella ya era mi novia; pero, suponía, debía de hacerlo de la manera correcta. Tradicional.

—Alice… -llamé. Descubrí que otra vez estaba temblando.

Se alejó un poco, mirándome con curiosidad mientras inclinaba su cabeza hacia la derecha.

—¿Dime? – incitó. ¿Era mi imaginación o algo le resultaba muy divertido?

—Eh… bueno, yo, verás… - Maravilloso. Otra vez andaba balbuceando – no sé si sea necesario, supongo que sí lo es… No es que no lo considere así, pero, yo… Alice, tú… me preguntaba…

—¿Quieres ser mi novio, Jasper?

¡¿Eh?!

—¿Disculpa? – ¿Había sido mi imaginación?

—Te pregunto si quieres ser mi novio – repitió, mirándome aún con esa expresión vivaracha

—…

—Creo que ahora es el momento para que me des una respuesta – Cogió el balón y me lo aventó directo al rostro. El golpe no dolió, no fue fuerte, pero sí lo suficientemente enérgico para extraerme de mi entumecimiento emocional – ¿Qué dices?

—¿No se supone que yo debería de decir eso? – fruncí el ceño, confundido.

Ella soltó una risita

—Da igual. El fin es el mismo, ¿no?

—Supongo que sí – contesté, mientras me ponía de pie y le ayudaba a hacer lo mismo

—¿Me darás tu respuesta, entonces? – insistió

—Lo tengo que pensar – bromeé

Ella alzó una ceja y me dio otro balonazo

—¡Ey! – reí y alargué mis brazos para rodear su cintura y atraerla hacia mí. Algo que resultó muy natural, como si no fuera la primera vez. Hundí mi nariz en sus cabellos y suspiré. Nunca imaginé que estar con alguien pudiera darte tanta felicidad – ¿Quieres ser mi novia, Alice?

—Yo fui quien preguntó primero

—El fin es el mismo, ¿no? – cité sus palabras

—Ya sabes mi respuesta – murmuró tímidamente.

Le hice dar media vuelta para que pudiera mirar sus ojos

—Tú también ya sabes la mía

Sonrió. Me incliné hacia delante, un tanto titubeante. No sabía si Alice se sentiría cómoda con tanta cercanía; pero quería besarla otra vez, aunque fuera un poquito.

Ella cerró sus ojos y entonces, nuestros labios se unieron. ¿Me permiten decir que era sumamente feliz? Tenía a mi duendecillo futbolero entre mis brazos, y a pesar de no ser un experto en temas amorosos, de una cosa estaba completamente seguro: jamás la dejaría ir.

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Emmett Cullen.

Di otro vistazo hacia el plato que tenía en frente y alcé una ceja. ¿Qué se suponía que era eso?

—Rose… - fruncí el ceño –¿Segura que esto se puede comer?

—¿Porqué lo dices? – siseó la rubia.

Diablos, ¿Cómo es que podía verse tan hermosa aún con ese tipo de gestos?

—Por nada – mentí. Sabía que si decía lo contrario la sartén terminaría sobre mi cabeza – Se ve…tan… ¿delicioso?

—Eres pésimo mintiendo – resopló y blanqueó los ojos

Me levanté del asiento y la tomé entre mis brazos.

—Suéltame – ordenó, juntando sus cejas.

—¿Estás enojada?

—Desprecias mi comida, claro que lo estoy

—Rose – reí – a eso que has hecho no se le puede llamar comida. Ni si quiera sé qué es

—¡Uhm! – ladeó el rostro, indignada

Intenté besar su cuello, pero una de sus manos me lo impidió

—Son huevos con tocino – informó, con solemnidad – Espero que el "gran señor" me disculpe por no ser perfecta.

Apreté los labios para no volver a reír, cosa que era prácticamente imposible cuando ella optaba esa actitud tan curiosamente orgullosa.

—Tonta – musité contra la piel de su hombro – ¿Acaso no te has dado cuenta que entre más defectos tienes, más me enamoro de ti?

—Qué mentiroso eres – entrecerró los ojos y acusó

La acomodé sobre el sillón y me senté frente a ella, mirándole fijamente.

—No miento – aseguré

Me dedicó un gesto divertido, incrédulo.

—Entonces, me convertiré en la Reina Fodonga* para que te vuelvas loco de amor por mí – desafió

Estiré mi mano para despeinar sus cabellos lo mejor que pude, después volví a cargarla y la llevé hacia el pequeño jardín trasero, en donde había una pequeña montaña de arena, y la derribé, ensuciándola toda.

—¡Ey! – Gritó – ¡¿Qué te pasa?! ¡Me acabo de bañar!

Me acomodé a su lado y la besé con esa inmortal pasión que le profesaba, sujetando fuertemente sus manos, por si pensaba pegarme por lo que acababa de hacer (que era lo más seguro).

—Aunque no sepas cocinar – apunté, con la poca respiración que me restaba– aunque seas la mujer más orgullosa y caprichosa que hay en la tierra, te quiero, Rose. Y te voy a querer mucho más cuando seas una huraña ancianita que vaya por las calles amenazando a medio mundo con su bastón.

Crispó el rostro y chasqueó la lengua

—No es lindo imaginarse eso

Besé su boca por un largo momento, enredando mis dedos en sus cabellos y sintiendo sus brazos alrededor de mi cuello. El movimiento de nuestras lenguas tenía un sabor distinto, un tanto amargo. Habían transcurrido casi dos noches desde que habíamos llegado a la cabaña. Dos noches en las que habíamos sido sumamente felices. Nunca dudé de mi amor por Rose, pero ahora me quedaba más que claro que ella era la mujer de mi vida. Podría pasar toda una eternidad a su lado, contemplando su huraña expresión y sus cambios de humor tan impredecibles. Podía pasar cien mil noches atado a su cuerpo, no me cansaría jamás de su pasión desbordante. Nos amábamos; pero había llegado el momento de volver la mirada hacia atrás y recordar que nuestra vida no se encontraba solamente entre las paredes de aquella cabaña.

—Rose – llamé antes de que abriera la puerta del Jeep y le ayudara a subir.

Esperó en silencio, a que siguiera hablando.

—Quiero estar contigo después de esto – confesé, mirándole a los ojos – le diré a Pamela que tú eres mi vida. Haz lo mismo con Royce – pedí – Hagámoslo y… ya no nos dañemos más.

Rose asintió lentamente, como si no creyera aún posible mis palabras. Tomé sus hombros y la acerqué a mi pecho, abrazándola fuertemente. Después, subimos al Jeep y lo pensé dos veces antes de apretar mi pie contra el acelerador y manejar de regreso a casa…

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Isabella Swan

—¿Diga? – volví a preguntar tras esperar por una respuesta no obtenida.

Al otro lado de la línea, seguía alguien. Miré hacia el identificador de llamadas. Al parecer, era un número extranjero…

—Hola.

Los latidos de mi corazón se detuvieron. Era él…

—¿Se encuentra Esme?

Claro, hablaba para saber de su familia. Qué estúpida…

—Salió – me obligué a contestar.

—¿Y Carlisle?

—Igual

—…

Silencio. Mi corazón aún parecía no recuperarse de la impresión. En estas últimas dos semanas parecía haber estado muerto o ausente, y ahora… Maldición, esto que sentía por él era enfermizo. Quizás debía de sospesar la posibilidad de ir a un psicólogo.

El silencio seguía. Suspiré, ¿para qué continuar con este masoquismo?

—Yo… les diré que hablaste…

—Espera… – musitó – No cuelgues.

Y le obedecí como vil idiota.

—¿Cómo estás?

Qué pregunta tan más tonta, pensé. Si supieras que por tu culpa…

—No puedo quejarme – murmuré lo más claramente que pude.

—Oh… Bien...Umm… Hablaré después

—De acuerdo…

—Bella… - Terciopelo. La piel se me erizó; en cualquier momento mi corazón saldría de mi pecho, estaba segura.

—¿Qué sucede?

—Saluda a todos de mi parte, por favor.

¿Sólo eso? Sí, ¿Qué más?

—Claro…

—Adiós, Bella…

—Adiós…

Y esperé hasta que la línea se cortó.

Edward…

Cerré los ojos y llevé el teléfono hacia mi pecho. Dios… qué fuertemente latía. ¿Sería acaso un sueño? No, no lo era. Él había llamado. Había escuchado su voz. Cielos, estaba mucho peor que una niñita de quince años. Ilusionada sólo por saber de él… Como si eso fuera a cambiar las cosas.

—Bella

Volví el rostro

—Jake – reconocí. Mi amigo se encontraba parado frente a mí

—Salté la barda – se explicó – estuve tocando, pero nadie me contestaba. Estaba preocupado por ti, así que decidí arriesgarme.

Solté una risita —Siempre armas mucho alboroto por nada.

—Bella –se acercó hasta tomar mis manos – Me enteré de lo que pasó

—¿De qué hablas? – pregunté, aunque ya lo sabía

La punta de sus dedos capturó mi mentón

—Sabes de lo que hablo – me obligó a mirarle a los ojos –ese tipo es un idiota – musitó – Mira cómo estás.

—Jake…

Sus brazos me envolvieron y me apretaron hacia él con fuerza

—Mierda – musitó – No es necesario que digas nada, Bella. No vine a eso. Yo sólo… quería que supieras que estoy contigo.

Aquellas palabras me devastaron, rompieron mi poca firmeza. Hundí el rostro en el cuello de mi amigo. No lloré. Había prometido no hacerlo, así que ese no sería el momento para flaquear a tal grado; pero sí dejé consolarme.

Se sentía bien, mucho menos doloroso. Jacob siempre había sido esa clase de anestesia, esa clase de cura infalible que era capaz de hacerme olvidar todo tipo de angustia aunque fuera un momento.

—Gracias… - susurré.

Una alarma de celular vibró.

—Ya son las siete -musitó Jacob

—¿Tienes una cita?

—Algo así – sonrió nerviosamente – Hice una apuesta con Leah hace poco, perdí y ahora tengo que invitarle a cenar.

—Me sorprende que aún te hable – declaré – No has sido precisamente amable con ella

—Se está vengando – se quejó

—Te lo mereces

—Supongo que sí – se encogió de hombros

—Leah es una muchacha muy…

—No, no digas la palabra "buena" – pidió – Porque no lo es. Es un monstruo

Solté una risita. Mi amigo era un ciego, aunque confiaba plenamente en que pronto abriría los ojos y se daría cuenta de que su felicidad estaba en donde menos lo pensaba.

—Puedo quedarme…

—No – negué con la cabeza – Ve con ella, o terminarás muerto de verdad.

—¿Qué harás en estas semanas que restan de vacaciones?

—Trabajar

—Aparte de eso – obvió

—Creo que nada

—¿Aceptarías ir a dar una vuelta conmigo, como en los viejos tiempos? Mi motocicleta te extraña.

—¿Habrá velocidad?

—Demasiada – aseguró.

Sonreí. Era fácil sonreír con Jacob a mi lado

—Creo que será bueno para oxigenar mi cerebro – asentí.

—Vendré por ti en cuanto pueda – prometió, antes de salir —Eres muy fuerte, eh. No me decepciones. No te dejes vencer por un imbécil como él. Promételo

Como si fuera tan fácil… —No lo haré – dije, aún así.

..

No lo haré.

Tomé una profunda bocanada de aire y empuñé mis manos.

Hay cosas mucho más importantes que estar como alma en pena por un hombre, pensé y toqué el timbre de la mansión.

La señora Jenks fue la que me recibió y comenzó a explicarme a detalle lo que se tenía que hacer. El trabajo no era tan complicado, cocinar, lavar la ropa, plancharla, limpiar y mantener limpio el jardín. La mansión, generalmente, se encontraba deshabitada. Al poco tiempo descubrí que era viuda. No pregunté nada al respecto para no resultar imprudente, sin embargo, era muy fácil deducir que era una persona muy solitaria.

Estuve ocupada, sí. Los primeros días resultaron un tanto arduos y solía llegar a la mansión de los Cullens completamente agotada. Sin embargo, su recuerdo no se volvió más llevadero. De alguna u otra manera se las ingeniaba para atormentarme. De alguna u otra manera, él siempre estuvo presente…

..

12 de Septiembre.

De regreso a clases. Hace dos meses que él se fue… No regresó.

—Muchas gracias por tu trabajo – dijo la señora Jenks mientras firmaba el cheque. No podía quejarme, me había ido bien. El trabajo hacía moderadamente sencillo y el pago demasiado considerado – Si llego a necesitarte, te llamaré.

Miré la cantidad obtenida, con ella y mis ahorros, aún no lograba completar el presupuesto mínimo para salir de la mansión de los Cullens y llevar a mis hermanas a otro lugar. Estábamos muy agradecidas con Carlisle y Esme por todo su apoyo, pero no podíamos seguir estando ahí. Dos meses había dicho que aceptaría su ayuda, el tiempo se me había acabado. Sabía que sería difícil, pero nunca imaginé que fuera para tanto.

Suspiré, aunque no me gustara, tenía que esperar…

Caminé lentamente hacia la universidad. Segundo año de medicina. Entre las tareas, exámenes, proyectos y el trabajo del restaurant, terminaba todas mis noches prácticamente muerta. Cerraba mis ojos, trataba de relajar mi cuerpo y dormir, pero soñaba… siempre soñaba.

Edward…

—¡Feliz cumpleaños, Bella!

Trece de septiembre. Abrí los ojos. Alice y Rose se encontraban a mi lado. ¿Cumpleaños? Lo había olvidado; aunque, realmente, nunca ha sido de mi importancia.

—Saben que no me gustan los regalos –apunté al ver cuatro cajas con envoltura

—Este es mío y de Rose – me tendió Alice el más pequeño, ignorándome –¡Ábrelo!

Lo hice, no tenía caso discutir con la enana. Era un libro. Sonreí, suponía que eso era bueno.

—¡Y este es de parte de Jasper y Emmett! – advertí que ante la mención del segundo nombre, Rosalie se mostró un tanto incómoda.

Me pregunté mentalmente cómo es que seguirían sus problemas con el mayor de los Cullens. Y me sentí culpable por no prestar más atención a mi familia. Alice lucía contenta, pero ella generalmente siempre estaba muy animada. Así que…

—Ábrelo

Una mochila. Algo más que útil. La mía ya casi pasaba al otro mundo.

—Y este te lo dan Carlisle y Esme, no vinieron porque no querían hacerte sentir incómoda.

Era un reloj.

—No puedo aceptar esto…

—Sabía que dirías eso – resopló Rose

—Ellos ya nos han dado mucho…

—Pero será más grosero de tu parte que lo rechaces.

—Toma – me tendió Alice el último regalo. Una caja forrada de color morado – No sabemos de quién es. Apareció tiene dos días en el correo y solamente decía que era para tu cumpleaños.

La cogí entre mis manos. Efectivamente, la tarjeta solamente decía "Para Isabella Swan, 13 de Septiembre". La abrí lentamente. Adentro, había una blusa de color azul.

—Es bonita – apuntó Alice

—Muy a tu estilo – asintió Rose

Una punzada recorrió mi pecho. Era absurdo, ridículo y tonto, pero el rostro de Edward acudió fuertemente a mis pensamientos. Absurdo, ridículo y tonto, pues él seguramente ni si quiera se acordaba de mí…

..

Marzo. De nuevo vacaciones. Ya estaba acostumbrada a su ausencia; aunque el vacío… era perenne.

Acomodé las flores sobre la tumba de mi padre. Ya casi se cumplía un año tras su muerte. Un año en la casa de los Cullens y yo… aún no podía…

La escuela me había traído muchos gastos inesperados. Rose había conseguido un trabajo de medio tiempo en una refaccionaria de autos deportivos y me brindaba la mitad de su sueldo para que lo adicionara a nuestros ahorros. Era de mucha ayuda, pero nuestros estudios nos exigían cada vez más materiales. No podíamos irnos a vivir a otro lado si nada. Necesitabas dinero dispuesto para pagar los primeros meses de renta, al igual que el agua, la luz y el gas. Tampoco teníamos muebles; aunque podíamos dormir en el suelo, no teníamos dónde cocinar. Esos pequeños detalles comenzaban a hacerme creer que independizarnos sería algo imposible.

Qué difícil era…

Acaricié la lápida de mi padre. Le extrañaba. Quizás Charlie no permanecía mucho tiempo en casa, pero siempre se preocupaba por nosotras. Las pocas veces que habíamos logrado tener una charla decente (él era tan poco para hablar, al igual que yo) me decía siempre lo mismo (refiriéndose a los asaltantes que habían matado a mi madre en las afueras de un banco) "Hay que aprender a olvidar aquello que te hace daño".

Si tan sólo yo pudiera hacerlo…

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Edward Cullen.

Tomé la guitarra, me acomodé sobre el sofá, le dediqué una última mirada hacia el teléfono, intentando desterrar la maldita voz que martillaba mi mente incesantemente, diciendo "llama".

Tentador. Sabía que en Forks eran alrededor de las once de la noche, la única persona que se levantaría para atender el teléfono sería Isabella. Volvería escuchar su voz, tan suave… tan pacifica.

Desde esa ocasión no había vuelto a saber de ella. Pocas veces me comunicaba con mis padres. Solamente me aseguraba de que no tuvieran problemas y me despedía. Entre más hablara con ellos, más me dominaban las ganas de preguntarles "¿Y Bella, cómo está?". Lo mismo hacía con mis hermanos. Apenas y cruzaba un par de palabras, y adiós.

Cerré los ojos. ¿Es que acaso no podía dejar de pensar en ella ni un solo momento? ¿En qué instante, maldita sea, había caído yo en esto? No recordaba el preciso momento en el que pudiera decir "Fue ahí, cuando hizo o dijo aquello". Simplemente había nacido, simplemente se había formado. Simplemente, esa chiquilla se había instalado en mi alma sin permiso alguno. Simplemente, yo…

Fruncí el ceño. ¿Qué mierda me pasaba? Este nudo en la garganta…

—Edward, ya regresé –Tanya. Dejé la guitarra a un lado y me puse de pie para recibirla.

Acomodó unas bolsas de compras sobre la mesa y caminó hacia mí.

—¿Cómo te fue? – pregunté

—Muy bien – contestó, depositando un beso sobre mi mejilla – Compré algo que creo te va a interesar

—¿Ah, sí?

Asintió, mientras se mordía el labio inferior un tanto nerviosa

—Ven – me jaló de la mano y me llevó de regreso al sofá. Se sentó a mi lado – Cierra los ojos.

—¿Qué tramas?

—Sólo hazlo – indicó.

A pesar de mi confusión, accedí. Al segundo siguiente, algo me rozaba juguetonamente la punta de la nariz.

—Ábrelos

Lo hice y palidecí al instante.

—¿Qué es eso? – pregunté, aunque yo bien sabía la respuesta

—Vacaciones – comenzó a decir mi novia – Me parece buena idea aprovecharlas para pasear.

—¿A Forks? – alcé una ceja, mientras intentaba controlar todos esos sentimientos que habían nacido y se arremolinaban en mi pecho.

—¿Por qué no? –Persuadió – Tú visitarás a tu familia, yo tendré el gusto de conocer a tus padres personalmente y, además, iré a uno de los lugares más lluviosos de Estados Unidos.

—No tiene nada de interesante – discutí – Es un pueblo demasiado aburrido… Si quieres pasear, vamos a Roma o…

—Edward – interrumpió, mientras enganchaba su mirada a la mía – Quiero ir a Forks. Quiero ayudarte. En ese lugar hay… algo, de lo que tú estás huyendo.

—Te equivocas…

—Ocho meses mirándote actuar como un zombi no me mienten – discutió, con dulzura – Edward, por favor. Vamos a Forks.

Cogí los boletos entre mis manos y los miré detenidamente por varios minutos. No sabía qué pensar al respecto. ¿Por qué Tanya hacía todo esto? ¿Debía de aceptar? Quizás la mejor respuesta era "no"; pero una parte de mí, la egoísta, la despiadada, la codiciosa, me decía todo lo contrario.

Jamás imaginé que esto pasaría algún día, pero quería regresar a Forks… Lo anhelaba. Y ahora, tenía la oportunidad de hacerlo. Serían sólo unos cuantos días, un par de semanas. Comprobaría que todos se encontraban bien, comprobaría que ella

—¿Qué dices? – preguntó Tanya, con suavidad – ¿Aceptas?

—Sí…

..

*Fodonga: Es una palabra que usamos aquí en México para referirnos a las personas que no se arreglan. (Me declaro una de ellas, jeje)

¡Chan, chan, chan! Seguimos con el "continuará" Por el momento, creo que no se pueden quejar de mí, me he portado bien, ¿o qué no? *Anju pelando los ojos* Espero les haya gustado, les conté que estaba en vacaciones (calurosas y breves vacaciones T_T) y trataría de actualizar pronto, así que espero la demora no haya sido tan prolongada n.n. Un capítulo muy largo y costoso, pues no sabía cómo acomodar todo el tiempo transcurrido para Bella y Edward. Espero haya quedado bien y no haya sido muy confuso. ¿Tienen dudas sobre Emmett, Rose, Alice y Jasper? No se preocupen, en el siguiente capítulo se aclararán. Un enorme saludo a todas y todos (si es que los hay). Nos leemos en el siguiente capítulo. Hasta pronto.

Atte

Anju