Capítulo 38. Decisiones Finales.

Edward Cullen.

—Tú… - musitó

—Déjame entrar – pedí, avanzando un paso y no dejándole ninguna otra opción.

Retrocedió varios metros, alejándose de mí como si fuera algo peor que un asesino en serie o una bestia —¿Qué quieres?

Recargué mi espalda sobre la puerta y le miré detenidamente varios segundos. Maldita sea, a pesar del gran embrollo de confusión del que era preso, aún tenía mente para apreciar lo inconscientemente tentadora que se me presentaba al estar vistiendo un simple pants y una desgastada playera que se pegaba disimuladamente a su figura.

—¿Porqué te fuiste de la casa? – pregunté lo más calmadamente posible, desviando mi atención a su desgreñado cabello color marrón

—No tengo porqué…

—Bella –me acerqué y la tomé de los brazos. Sus ojos dilatados se encontraron con los míos, mientras un leve jadeo se escapaba de su garganta.

—¡Vete! – ordenó.

—No hasta que me expliques porqué me mentiste todo este tiempo diciéndome que Jacob era tu novio.

Frunció su ceño. El chocolate de sus ojos optó un matiz diferente… Entre el hielo y el dolor. Intentó liberarse, así que decidí empujarla hacia la pared y acorralarla entre ella.

—Contesta – exigí

—Tú no tienes ningún derecho de venir y hacerme reclamos cuando te largaste a Italia sin darte la oportunidad de escucharme – siseó

—¡Me mentiste, Bella!

—¿Mentirte? – repitió – ¡Tú fuiste quien hizo sus propias suposiciones!

—¿Qué esperabas? ¡Nunca me dijiste lo contrario!

—¿Me diste tiempo de explicarme? – reprochó– ¡Siempre diste todo por sentado!

—¡No soy lector de mentes ni adivino! ¿Cómo querías que supiera la verdad si siempre que yo decía algo al respecto nunca lo negaste? ¡Un año, Bella! –recordé – ¡Estuvimos juntos por casi un año y siempre me hiciste creer algo que no era!

—¡¿Y qué más da eso ahora? – discutió – Si fue verdad o mentira, ¡¿A ti qué te importa?

—¡Me importa porque te amo, maldita sea! –solté sin planearlo, cayendo en ese mismo momento en mi propia realidad. Esa realidad que yo tanto tiempo me había negado a ver y ahora se presentaba a mí con una claridad casi legible.

Entre nuestro silencio, la convicción se hizo más aguda. Sí, la amaba y había sido el más estúpido de los hombres al querer negar y reprimir algo tan grande e irrevocable. La amaba. La amaba y aceptarlo era como salir de un profundo mar para respirar nuevamente. Miré sus ojos, tratando de hallar en ellos alguna emoción, pero éstos eran insondables. Me fui acercando para alcanzar sus labios, hasta que su rostro giró hacia la derecha y sus manos se acomodaron sobre mi pecho para frenarme y crear una enorme barrera entre nuestros cuerpos

—Fue fácil para ti irte y regresar con alguien más – murmuró

—Bella…

—Vete – volvió a pedir – Por favor.

Mis manos la soltaron lentamente. Aguardé en silencio a que dijera algo más, pero ella permaneció quieta, mirando al vacío, rechazándome. Lo merecía, sabía que merecía su desprecio, pero eso no contrarrestaba la punzante amargura que calaba mi garganta.

—Como quieras –accedí.

La verdad es que no sabía qué decir a mi favor. Y sí, quizás lo mejor era irme. No quería ser yo el causante de ese dolor plasmado en su rostro. Sabía nada acerca del amor, pues hasta hacía apenas unos cuantos días creía que éste no existía. Sin embargo, ahí estaba: tan enloquecidamente enamorado de ella, que apenas y podía ser consciente del resto del mundo. Sabía nada del amor y jamás imaginé que a mí me sucedería algo así; pero estaba seguro de que si amas, lo menos que pretendes es herir. Recordé las palabras de Jacob. "Tu presencia la enferma". No podía quejarme si Bella me odiaba. Cada quien cosecha lo que siembra… Y mi estupidez parecía haber dado sus amargos frutos.

—Regresa a la casa – pedí – No es seguro que estés aquí sola. Te prometo que no te molestaré.

Di media vuelta y salí. Ella no me detuvo…

Al llegar a la casa, encontré a Tanya esperándome en la orilla de la cama. Le miré a los ojos un instante y después los desvié hacia otro lado. Debía de decir algo para explicar mi repentina ausencia… Debía de decirle la verdad, era lo menos que ella se merecía, pero no encontraba las palabras adecuadas para hacerlo…

—¿Cómo te fue? – me preguntó y yo respingué – La has ido a buscar, ¿no? – se explicó –a Bella.

—Sí … -contesté, atónito.

—¿Y qué ha pasado? - inquirió, como si esto fuera una charla normal.

—La amo – confesé sin más rodeos. Tanya era inteligente, los tapujos eran innecesarios.

—Lo sé – sus labios esbozaron una sonrisa pequeña, casi forzada – Vaya… Jamás creí que escucharía esas palabras en labios de Edward Cullen.

—Lo siento…

—No digas eso – interrumpió con voz suave – No has cometido un delito como para que te disculpes. ¿Se lo has dicho a Bella? ¿Te ha dado una respuesta?

Solté una risa ácida, la cual supo interpretar bien.

—Qué tonta – gruñó

—Está en todo su derecho de…

—Vámonos a Italia –soltó de repente.

—¿Qué?

—Si ella no te quiere a su lado, yo sí – se acercó y acomodó sus manos sobre mi pecho – Hemos estado juntos mucho tiempo y, aún sin amarnos, nos acoplamos muy bien. ¿Para qué quedarte aquí y sufrir? Ven conmigo a Italia. El tiempo hará que la olvides.

..

Emmett Cullen.

—Dijiste que querías hablar – recordó Pamela, en cuanto estacioné el Jeep a orilla de la carretera.

—Bajemos – ofrecí, abriéndole la puerta para ayudarla.

Tomó aire al quedar frente a mí y plantó sus ojos en mi rostro. Había en sus pupilas miedo. El mismo que, por varios meses, me había impedido no decirle la verdad.

Ya es suficiente, me repetí. Quizás no era el momento ni la ocasión adecuada, pero las cosas no podían seguir de esta manera. Mi cobardía solamente estaba provocando errores que iban en aumento y que podían volverse irremediables. No quería herir a Pamela, pero tampoco podía soportar más este juego en el que yo pretendía amarla cuando no era así.

—Y bien, ¿Qué me ibas a decir? – preguntó

—Quiero ser sincero contigo – declaré.

Palideció y la expresión de su rostro se deformó en una máscara de aflicción. Aun así, me obligué a proseguir. No podía dejarme dominar otra vez por el sentimiento de culpa. La mejor manera de agradecerle todo su apoyo y cariño era dejar de engañarla de una vez por todas.

—Sigo enamorado de Rose.

—Entiendo – bajó rápidamente la mirada

—Pamela…Discúlpame…

—No – negó con la cabeza –no tengo nada que disculpar. Lo intentaste, ¿no? Intentaste amarme, pero no pudiste.

—Te quiero mucho

—Pero como una hermana – puntualizó, mientras las lágrimas comenzaba a descender por sus mejillas – lo sé.

Decir que me sentía como una mierda es poco. Pero también fui más consciente de que estaba haciendo lo correcto. Lo que sentía por Pamela no cambiaría nunca, jamás iría más allá de un gran y cálido aprecio. Muy tarde lo había llegado a comprender. Y finalmente, la había herido mucho más de haber hablado desde esa noche en la que me propuse hacerlo.

—No llores por mí – rogué, enjuagando su llanto – No lo merezco.

Apretó mi mano contra sus mejillas —Lo siento – sollozó – Pero es que duele dejarte ir…

La abracé fuerte contra mi pecho y besé sus negros cabellos varias veces, mientras le pedía que me disculpara. De verdad hubiera deseado amarla. Pero dicen que en el corazón no se manda y mi vida le pertenecía a Rosalie. No podía hacer nada por cambiar una verdad tan fuerte y penetrante.

—Ya fue suficiente – se alejó y secó sus lágrimas mientras tomaba un hondo suspiró y refrescaba su expresión – ¿Qué esperamos para regresar a Forks?

—Pam…

—¡Ella te está esperando, seguramente! – abrió la puerta y se subió – Vamos, vamos, que a simple vista se nota que Rosalie no es una muchacha paciente.

—Muchas gracias

—Sólo prométeme que serás feliz

—Lo prometo –asentí.

El camino de regreso ninguno de los habló, pero el silencio que se había formado no era incómodo, si no reflexivo. Pamela lucía tranquila, mientras yo apretaba el pie contra el acelerador. La idea original era ir a dejarla directamente a su casa, pero entonces recordamos que habíamos olvidado una pequeña maleta en la que ella había guardado algunas pertenecías que había decidido dejar al considerarlas necesarias.

—Espera un momento – pedí al llegar – En seguida regreso.

Bajé del auto y corrí a la entrada, topándome contra su cuerpo en cuanto me asomé a la puerta

—Rose…

Ella retrocedió violentamente, como si el contacto entre nuestras pieles le hubiera quemado. El objeto negro que traía colgando de las manos llamó mi atención

—¿Y esa maleta? – pregunté

—Me voy

—¿A dónde?

—No te importa – contestó, pasando a mi lado y empujando a Pamela, de quien no me había percatado hasta ese entonces.

¿Pero qué mierda pasaba?

—Se va a Rochester - la voz de Alice me hizo reaccionar

—¿Qué has dicho?

—Le ofrecieron un trabajo allá… Dice que es una oportunidad muy grande y…

No terminé de escuchar lo que me decían. Di media vuelta y mis pies comenzaron a moverse solos —¡Rose! – grité, experimentando una especie de infinito prolongamiento entre la distancia que nos separaba.

El miedo y la impotencia palpitaron entre mis oídos, mientras el taxi arrancaba antes de que yo pudiera alcanzarle. Permanecí de pie, parado como un imbécil bajo la lluvia y con la mirada perdida por el camino en el que ella se alejaba. Lo que tanto había temido se había cumplido. Lo merecía, ¿No? Merecía perderla de esta manera, cuando finalmente había tenido el valor suficiente para dar todo por su amor…

De ningún modo. Esto no podía quedarse así. Corrí hacia el Jeep y manejé en dirección al aeropuerto, haciendo rechinar las llantas a causa de la velocidad.

—¡Rose! – la alcancé formada en la fila para abordar, acompañada de un hombre de traje al que distinguí como su jefe.

Ella volvió el rostro y dilató la mirada al verme plantado frente a ella.

—Emmett…

—Sé que esta es una oportunidad muy grande – le dije, tomando aire para poder hablar lo más claramente posible – Y no pretendo detenerte. Tienes todo el derecho de irte. Pero quiero que sepas que te amo y que le he dicho a Pamela toda la verdad. Ve a Rochester – alenté, al ver la duda en el azul de sus ojos – Me imagino que has de estar muy confundida por mi culpa. Tarda lo que quieras, yo aquí te estaré esperando.

"Pasajeros con el vuelo 723, favor de pasar a abordar por el pasillo 4"

—Emmett…

—Suerte – le sonreí

—Gracias –asintió y dio media vuelta.

La vi desaparecer entre las escaleras del avión, un segundo después de que se volviera y me dijera adiós con una de sus manos. Sonreí sin humor, mientras daba media vuelta y salía del aeropuerto.

No importan las circunstancias, cada quien obtiene lo que se merece…En medio del suave sonido de las llantas rodando por el húmedo asfalto, aquella verdad se hizo más grande….

..

Isabella Swan.

¡Me importa porque te amo, maldita sea!

Hundí mi rostro entre las rodillas, mientras intentaba despejar de mi cabeza el sonido de su voz y la imagen de sus ojos. Te amo. Me resultaba difícil creerlo, sobre todo cuando en más de una ocasión lo había escuchado mofarse de tal sentimiento.

Discretamente me pellizqué el brazo, comprobando que no se trataba de un sueño. Cielo santo, estaba tan confundida. No sabía ni siquiera qué pensar. Se supone debería de estar, por lo menos, algo emocionada; Sin embargo, lo único que sentía era miedo.

Siempre creí que mi amor por él sería algo callado y no correspondido. Siempre. Ni por un instante había cruzado por mi cabeza la más mínima posibilidad de que algún día terminaríamos una pelea con una declaración de su parte. Jamás.

—Mierda – musité.

Sí, puede que mi drama interior cayera en lo exagerado, pero el miedo palpitaba en mis oídos y zumbaba en mi cabeza. No sabía qué hacer. ¿Ir a buscarlo? ¿Para qué? ¿Para hablar? ¿Hablar sobre qué? Edward y yo nos habíamos hecho mucho daño, quizás de manera muy inconsciente, pero lo habíamos hecho. Además, él no venía solo. Si yo le aclaraba mis sentimientos, ¿Qué iba a pasar después? Suponiendo el mejor de los casos (y hablando desde mi parte más egoísta) si Tanya se regresaba a Italia y él se quedaba en Forks, conmigo, ¿Quién me aseguraba de que las cosas marcharían bien?

Por lo vivido hasta el momento, Edward y yo éramos como el agua y el aceite. Simplemente no encajábamos bien uno en el otro. Lo más probable es que, al final, después de un fracasado intento de relación, todo terminaría peor que ahora.

Miedo, miedo abundante y creciente. Las piernas me temblaron al entrar de nuevo en la mansión.

—Bella.

Respingué violentamente al apreciar una mano posada sobre mi hombro

—Alice – jadeé.

—¿Qué sucede? – se preocupó – Luces demasiado inquieta.

—Yo…

—Hola, quisiera reservar dos boletos para Italia – la voz de Tanya se escuchó un segundo antes de que la viera bajar por las escaleras – Sí, dos – confirmó, clavando por un momento sus ojos en mí – a nombre de Tanya Denaly y Edward Cullen… Para mañana, por favor... A las dos de la tarde está bien… De acuerdo… Muchas gracias.

Cerró la plateada tapa de su celular y me dedicó una sonrisa desafiante.

—Vamos a la recamara – le indiqué a Alice, tomándola de la mano y dirigiéndole escaleras arriba.

—Bella – llamó entonces la pelirroja, deteniendo mis pasos – Recuerdas lo que te dije, ¿no es así?

No contesté. Me limité a desviar mi atención del brillo baladrón de sus pupilas y seguir caminando, frenando nuevamente al encontrar a Edward de frente, a tan sólo dos escalones de distancia. El vuelco que sufrió mi corazón fue indescriptible, los latidos en mi pecho retumbaron hasta mis oídos y por un momento tuve la sensación de que el piso se comenzaba a mover de un lado a otro.

—Buenos días – saludó, susurrando

—Buenos días – contesté de igual manera, evitando su mirada y pasando a su lado.

Cerré la puerta de la habitación con llave y me senté pesadamente sobre la cama, aún sintiendo el enérgico tamborileo danzar dentro. Pum, pum, pum...

—Bella, ¿Te sientes bien?

—Sí…

—Estás fría – apuntó Alice, al tomar mis manos

—No es nada – aseguré – Lo siento, ¿Te sentiste muy sola anoche?

—No -negó con la cabeza – Jasper y Esme estuvieron conmigo. Bella… si no te sientes a gusto estando aquí, no te preocupes por mí…

—No voy a dejarte sola, Alice – declaré – me iré solamente si vienes conmigo.

La vi palidecer — Bella, quiero decirte algo.

—¿Qué cosa?

—Jasper… Jasper y yo… somos… novios – balbuceó, con las mejillas encendidas.

—¡¿Jasper? Eso está muy mal –solté

—¿Mal? –respingó

—¿Desde cuándo sucedió eso? – exigí saber

—Tiene más de seis meses…

—Seis meses… - repetí

—Bella…

—¿Rosalie lo sabe?

—S-si…

—¿Y por qué no me habías dicho nada?

—No quería que te enojaras conmigo… - declaró con sus ojitos dilatados

—Alice, yo no estoy enojada – aclaré

—¿No?

—No por lo que tú piensas – ella dejó escapar un suspiro, mientras yo acariciaba la punta de sus cabellos – Siento que te he descuidado mucho y es mi irresponsabilidad hacia ustedes lo que me molesta.

—No digas eso –pidió –De las tres, tú has sido la que ha llevado los compromisos más grandes. Bella, ¿puedo preguntarte algo?

—Dime

—¿Qué pasa con Edward?

Enmudecí al no saber qué contestar una pregunta que se repetía continuamente en mi mente. Ignoro qué fue lo que mi pequeña hermana atisbo en mi expresión que la incitó a acercarse y abrazarme fuertemente. De todas formas, se sentía bien tener algo de consuelo; así que permanecí arropada entre el calor de sus bracitos, hasta que el desvelo cobró su factura y caí profundamente dormida.

..

El sonido de un toque de nudillos contra la puerta me despertó. Miré hacia la ventana, no pudiendo predecir qué hora era aproximadamente, pues el cielo se encontraba demasiado gris por la lluvia que caía reciamente.

Aún así, lo que las manecillas del reloj marcaran, importaba poco. Si era demasiado temprano, o demasiado tarde, no cambiaba en nada el hecho de que éstas seguirían avanzando y Edward se iría… de nuevo. No podía culparlo. No esta vez, al menos, pues ni yo misma sabía si lo mejor era que se quedara o no.

"Una niñita como tú sería incapaz de hacerlo feliz". Quizás Tanya tenía mucha más razón de la que creía. Toc, toc, toc.

—Ya abro – Arrojé las sábanas a un lado y caminé hacia la puerta, arrepintiéndome al instante por no haber preguntando antes de quién se trataba

—¿Podrías hacerme un favor? – se adelantó a preguntar la muchacha, con voz amigable – Me resbalé mientras me bañaba y al intentar no caer me torcí la muñeca. Aún no he arreglado el equipaje, ¿Serías tan amable de ayudarme?

Me llevé la punta de los dedos al puente de mi nariz y busqué desesperadamente una manera de negarme, pero al final terminé parada frente a un montón de ropa ubicada al lado de una maleta.

—Esto no es tuyo –apunté al coger una camisa gris y un pantalón de mezclilla que me resultaban "curiosamente" muy conocidos.

—No, es la ropa de Edward – sonrió.

—¿Qué tramas? –suspiré

—Sólo quiero que me ayudes. ¿O qué? –desafió – ¿Te es demasiado difícil ser tú misma la que prepare el equipaje del hombre al que amas y dejarás ir sólo por un infantil orgullo? Déjame darte las gracias – agregó, acercándose – Ahora que sé que no es imposible, no desaprovecharé mi oportunidad para conquistar a Edward. Te aseguro que, para cuando volvamos a vernos, él no tendrá ojos más que para mí.

—Intenta todo lo que quieras –dejé la ropa en la cama y me dirigí a la salida, indispuesta a seguir con aquella absurda charla – pero él no va a olvidarme.

—¿Quieres apostar? – le vi sonreír y alzar una ceja, antes de cerrar la puerta y huir lejos de ella.

Miré hacia el reloj. Las once… las doce… Al marcar la una de la tarde apenas y lograba percibir los latidos de mi corazón.

Es una lástima que se vayan tan pronto – le escuché decir a Esme.

Mis padres cumplirán 20 años de casados y tengo que estar presente para la fiesta que harán en honor a ello – se excusó Tanya - Ha sido un gusto conocerte, Esme, al igual que tu esposo. Por favor, despídeme de él.

Claro. Felicita a tus padres de nuestra parte, por favor. Edward…

Edward.

Adiós, mamá…

Cuídate mucho, hijo…

Silencio. El agujero de mi pecho desgarrándome cruelmente por dentro. El nudo ahogando mi garganta. La respiración renuente de llegar a mis pulmones. Me obligué a mantenerme de pie y vestirme para ir a trabajar. Las heridas del accidente ya no importaban. El dolor se hallaba en otro lugar mucho más profundo e invisible.

"No pasarán ocho meses, si no años, para que lo vuelvas a ver"

¿En verdad podría soportarlo? ¿Sería capaz de resistir el vacío que su ausencia me dejaba por más tiempo? Podía intentarlo una vez más. Empezar desde cero, pues todo el trabajo empleado en aquellos ocho meses se había venido abajo desde que desperté y le vi en el hospital.

—Leonardo, ¿Qué tal muchacho?... ¿Cómo sigues del accidente?... ¿Te sientes bien? Luces algo cansado, debiste de haber tomado otro día de descanso… Ve a casa, mejor, pareces distraído. De todas formas, no tarda en venir el joven que te está cubriendo… Ya casi son las dos de la tarde…

Dos de la tarde.

"¿Te es demasiado difícil ser tú misma la que prepare el equipaje del hombre al que amas y dejarás ir sólo por un infantil orgullo?"

—Edward…

—¿Qué has dicho?

Miré el reloj colgado en la pared. La una de la tarde con veinte minutos. Ya para ese entonces mi mente sólo pensaba y comprendía una cosa: no podía permitir que se fuera. No podía vivir sin él.

Salí del restaurant corriendo hacia la avenida y tomé un taxi, indicándole hacia dónde me tenía que llevar. Tráfico. Un maldito tráiler se había quedado botado a mitad de carretera provocando un embrollo poco típico en Forks.

Mierda. Le pagué al chofer y bajé. Aún sabiendo que mis pies no eran nada confiables, esta vez no podía permitir que me fallaran. Algo tan simple como mi torpeza no iba a permitir que no lograra llegar a tiempo para detenerle. Mientras corría y la lluvia me empapaba, trataba de no pensar en otra cosa que no fuera la simple idea de que lo amaba. Eso era suficiente. Quizás no fuéramos el perfecto par de almas gemelas, pero estábamos destinados a estar juntos.

—¿Bella? – frené violentamente al escuchar aquella voz

—¡Jake! –corrí hacia mi amigo, que se había estacionado en la orilla

—¿Qué haces? -preguntó, viendo con consternación mi andrajoso aspecto

—Necesito ir al aeropuerto

—¿Al aeropuerto?

—Él se va… -expliqué

—¿Y no es mejor así? – replicó, con sus facciones endurecidas

—No – negué desesperadamente con la cabeza – Jake, por favor…

—¿Te he dicho que eres demasiado tonta? – suspiró – Anda, ponte el casco.

—¡Gracias! –me subí de inmediato y él arrancó al segundo siguiente.

A pesar de que las llantas de la moto casi volaban por el asfalto, la velocidad no me parecía suficiente guerrera contra lo rápido que el reloj se había vuelto. Rectifiqué la hora marcada en un anuncio gigante de letras rojas: una de la tarde con cuarenta minutos. Quizás él ya se encontraba dentro del avión, aguardando a que éste despegara.

—Vamos, Bella, respira – dijo mi amigo, al notar lo nerviosa y desesperada que estaba – Vienes conmigo, llegarás a tiempo.

—Gracias – contesté, sintiendo el motor rugir por el esfuerzo – Por cierto, aún no creas que me olvidado del dinero que te tengo que pagar.

—¡Ba! No fue nada – resopló – Unos cuantos arañazos que le quitaré con una simple pulida. Además, ¿Ya viste la hermosura en la que vienes subida?

—La verdad es que no –confesé.

—¡Ey! Puedo tolerarte todo, menos que ignores a una Harley-Davidson color negra.

—No sé de qué hablas, pero te escuchas orgulloso… Así que felicidades

—Umm... ¿Se puede saber qué hizo para que lo quisieras tanto?

—No lo sé – contesté con sinceridad

—Yo hubiera sido lo mejor para ti, Bella – declaró – Conmigo no hubieras conocido este sufrimiento ni esta desesperación.

—Lo sé –admití – pero lo que siento por Edward no entiende lo qué es o no conveniente.

—Ya me di cuenta –rió – Se trata más de una necesidad, ¿no?

—Disculpa…

—Hemos llegado – anunció, para después hacer rechinar las llantas al frenar – ¡Anda! Demuéstrale a ese imbécil que tú sí tienes el valor suficiente para hacer las cosas de manera correcta

—Muchas gracias, Jacob - le di un abrazo antes de comenzar a correr por los pasillos.

La una con cincuenta y tres minutos. Probablemente ya era muy tarde, pero aún así aumenté la velocidad a todo lo que la pesada humedad de mi ropa me permitía, aventando a las personas que se me atravesaban en el camino y buscándolo desesperadamente en cada una de las salas.

"Atención. Esta es la última llamada para los pasajeros con destino a Italia, con el horario de las catorce horas, cero minutos"

Finalmente lo hallé, a punto de atravesar el pasillo que le conduciría al avión

—¡Edward!

"Atención. Esta es la última llamada para los pasajeros con destino a Italia, con el horario de las catorce horas, cero minutos"

Mi voz se perdió entre el computarizado eco femenina.

—¡Edward! – lo intenté otra vez, con mayor fuerza.

Él dio media vuelta, mientras yo empujaba al par de edecanes que se encontraban obstruyendo mi camino y me aferraba fuertemente a su cuerpo, permitiéndome respirar otra vez contra el calor de su pecho.

—No te vayas – supliqué, hundiendo mi rostro en su camisa – Quédate conmigo.

—Bella…

—¡Vaya! – nos separamos al escuchar la voz de Tanya – Ya era hora. Se estaban tardando, eh.

Ambos parpadeamos, sin entender muy bien qué es lo que decía.

—Toma – le tendió a Edward se equipaje

—Tanya… - musitó él

—¿Si existe, no? – sonrió ella – Aquella persona sin la cual no puedes vivir. Ahora es mi turno de encontrarla.

—Gracias…

—¿De qué? – se encogió de hombros – Bella – me miró – Disculpa por todo lo que te dije. Sabía que no había otra manera de hacerlos recapacitar más que ponerlos en esta situación.

—Yo… - no sabía qué decir – Discúlpame también. Y gracias.

—Ya basta de decir esa palabra – resopló – no es como si me hubiera mutilado un brazo o algo por el estilo.

—Jóvenes – llamó una edecán – El vuelo está a punto de despegar

—Tendré asiento doble – rió Tanya, mientras daba media vuelta y se perdía por el pasillo.

Mi mirada se encontró con la de Edward al quedarnos solos en la sala. Suponía que debía de decir algo, pero la poca concentración acumulada hasta entonces se vio anulada cuando sus manos encarcelaron mi rostro y sus labios se abrieron paso entre los míos con deliciosa vehemencia, pareciéndole importar poco lo que la humedad de mi ropa haría con la suya.

—Perdóname –musitó contra mi boca – Fui un tonto, perdóname…

—Ven aquí – enrosqué mis dedos entre sus cabellos y le silencié con mis labios.

Lo que menos quería en ese momento eran disculpas. Sentí sus brazos enrollarse en mi cintura y arqueé mi espalda ante su pasional fuerza. Todo iba bien: el sabor de su saliva, el choque de su respiración contra la mía, el calor de su cuerpo… Hasta que una repentina mano apareció de la nada y nos separó.

—Este… muchachos – era un policía, quien nos miraba con ojos asustados – Aquí respetamos mucho la preferencia sexual de cada persona, pero por favor, les suplicamos que ciertos "actos" lo hagan en un lugar más privado.

Entendimos perfectamente a qué se refería al decir "ciertos actos", pero… ¿Lo de la preferencia sexual? Edward y yo fruncimos el ceño y nos miramos con detenimiento, sonriendo él extensamente al segundo siguiente.

—¿Qué sucede? – quise saber

—Leonardo – susurró contra mi oído, y entonces recordé qué ropas andaba.

—Oh…

—Disculpa, oficial – dijo él –Ya nos vamos – me tomó dulcemente de la mano y nuestros dedos se enlazaron entre ellos fuertemente, representando así la definitiva unión de nuestras almas, de nuestros corazones y de nuestras vidas…

..

..

Se acomodó en su lugar y suspiró mientras miraba a través de la ventanilla. Desde un principio sabía a lo que se arriesgaba al venir a Forks, así que no podía lamentarse por los resultados de esa decisión. Isabella Swan. ¿Quién lo diría? Sonrió irónicamente mientras recordaba la vestimenta que portaba la muchacha hacía unos minutos. Tan simple, que nadie nunca imaginaría que había sido ella la que le había enseñado, por primera vez, el verdadero significado de los celos.

Así es la vida, frunció los labios mientras una pequeña lágrima se resbalaba por su mejilla. No es que amara a Edward, pero sí lo quería mucho y dolía un poco el dejar ir a alguien como él. Agitó la cabeza y se limpió el delicado llanto. No debía de ser para tanto. En Italia tenía muy buenos amigos y, tal como había dicho, ahora era su turno para "encontrar el amor". Aquel pensamiento ya no se mostraba tan absurdo cuando el rey del escepticismo había caído preso finalmente en sus redes.

¿Se siente mal, señorita? –alzó la mirada y se encontró con un joven de amables ojos azules.

No – contestó

¿Segura?

Sí – suspiró

El rubio muchacho se sentó en el asiento de la hilera derecha. Tanya no pudo evitar contemplar un momento el lugar vacío de al lado.

¿Viaja sola? –le preguntaron, distrayéndola

Sí…

Yo también – informó el joven, mientras extraía de su cartera una fotografía

¿Es su novia? – se animó a preguntar

No - rió sin humor, mientras doblaba el grueso papel en varias partes y lo depositaba en la bolsa del asiento frontal – Es… ¿Cómo podría llamarle? Un "viejo amor"

Entonces ya somos dos quienes nos marchamos de Forks de la misma manera – confesó – Mi nombre es Tanya.

Royce King – le respondieron – Un placer.

Sí, así era la vida… Todo sucedía por algo.

..

Hola. Ahora sí que no tarde, ¿verdad? Bueno, quiero agradecerles por todo su apoyo hacia Riona. Todos sus comentarios se los he hecho llegar y gracias por su preocupación.

Pasando a otro punto, la historia CASI llega a su fin. Aún nos faltan algunas cosillas por aclarar, así que respiren, un poco más y descansa de mis torturas.

Gracias por su paciencia y un saludo. Las dejo porque mañana tengo examen y tengo que estudiar. Hasta pronto.

Atte

Anju