Cap 40.
La Pareja Ideal
..
Alice Swan.
—¡Goool!
El pitido del silbato que anunció el final del partido, retumbó por todo el campo justo dos segundos después de que Jasper anotara lo que marcaría la victoria de nuestro equipo.
Corrí hacia él y me lancé sobre su espalda
—¡Felicidades!
—¡Qué va! –rió mientras me acomodaba para poder cargarme sin dificultad –Todo fue gracias al buen pase que me envió Seth
—¡Ey! ¿Y nosotros qué? – llegó Embry y el resto de los chicos a nuestro alrededor, por lo que decidí bajarme de un salto – ¡Mínimo un abrazo, caray! Todo el empalago lo dejan para ustedes dos.
—Mejor di que quieres que Jasper te bese – bromeó Paul, despachando y recibiendo amistosos puñetazos por parte de todos, excepto de Seth, quien, aprovechando la distracción del resto, se me acercó.
—Buena elección, enana – me dijo con una enorme sonrisa –Aunque no fue la mejor. Si me hubieras escogido a mí, te hubieras llevado el premio gordo.
—Lo tuyo es la modestia, ¿Verdad? – Reí y le solté un manotazo en el hombro, mientras el alborotaba mis cabellos. Sabía que sus palabras eran simple juego, pues desde hacía poco más de un mes nos habíamos enterado que se le había confesado y empezado a salir con la sobrina de Leah, una agradable jovencita de piel morena y larguísimos y lustrosos cabellos negros – Gracias por todo.
—Nunca cambies, enana.
—No lo haré – aseguré – Pero tú tienes que prometerme que nos vendrás a ver cada que puedas.
—De eso no tengas dudas – contestó – No creo que en la Push encuentre a tan buenos compañeros para jugar un emocionante partido.
Sí. Tras el paso de los cuatro meses, nuestro último año en la secundaria había concluido y Seth se marchaba con su hermano a la pequeña comunidad ubicada en el Condado de Callam. Bien, suponía que era algo normal que, tras el paso del tiempo, cada uno tomara su propio camino; pero no podía evitar sentir cierta nostalgia ante tal verdad. Sabía que era parte de la vida ver ir y venir a las personas que quieres, más el miedo de crecer comenzaba a instalarse en mi pecho como una semilla que aflige y atormenta.
—Alice…
La mano de Jasper sujetando la mía me extrajo de mis pensamientos con un pequeño sobresalto
—¿Qué sucede?
Enganché mi mirada a la suya y luego lo abracé, hundiendo mi rostro entre su pecho. Sí, tenía miedo. Demasiado. Ya había perdido a mis padres, y sabía que era ridículo e infantil desear que las personas que me rodearan siempre estuvieran a mi lado, pero no quería más despedidas. Los labios de Jasper se acomodaron sobre mis cabellos y sus dedos acariciaron suavemente mis cabellos
—Siempre estaré a tu lado, Alice – prometió – siempre te protegeré y cuidaré de que nada te haga daño. Así que no debes de temer. ¿Entiendes?
—Sí –asentí
—Pero a cambio, quiero que tú hagas algo
—¿Qué cosa? – pregunté
—Que sonrías – contestó – Que siempre sonrías.
Lo hice, no porque él me lo pidiera, si no porque de verdad era feliz a su lado.
—Así me gusta – Él también sonrió y se inclinó para rozar repetidamente mi nariz con la suya. Luego sus labios presionaron brevemente los míos, tan frágilmente como si un colibrí hubiera batido sus alas cerca de mi boca.
—Te quiero mucho – susurró bajito y unió su frente a la mía
—Igual yo…
..
"Noticia de última hora. Nos han informado que los integrantes que restaban de la peligrosa banda de estafadores, Los Vulturis, han sido totalmente capturados hoy en la tarde"
..
Emmett Cullen.
Cuatro meses. Puede que para muchas personas, este tiempo pueda pasar como algo trivial, insulso y pasajero; Pero para mí ha sido un transcurso lento, casi inmortal sin ella.
Cometí errores. Errores graves, lo reconozco. La lastimé. Le fallé. Había sido yo quien la había alejado de mi lado, pero el estar consciente de mis errores no hacía de este vacío un sentimiento más llevadero.
Alejé las manos del teclado y releí, sin mucha atención, el último párrafo de mi tesis. ¿Cómo estaría ella?, pensé, ¿Qué estaría haciendo en esos instantes? No había existido día o noche alguna en la que no me preguntara lo mismo. No había segundo alguno en el que las ansias de coger el teléfono y llamarle estuvieran a punto de dominarme, pero entonces recordaba la confusión y el dolor de su mirada y me decía "no, dale tiempo, no lo arruines"
Siendo sincero, no sabía si Rose regresaría. Durante el tiempo transcurrido, lo único que sabía de ella era que le estaba yendo muy bien en Rochester y que, por el momento, no había mencionado nada sobre un posible regreso a Forks. Pero dicen por ahí que la esperanza es lo que muere al último, y yo había prometido esperarla no importando cuánto se tardara.
Promesas. Los recuerdos bailaron en mi cabeza mientras el sabor amargo del café atravesaba mi garganta y se instalaba cálidamente en mi estómago.
"Escúchame bien. Eres un idiota, un cobarde, pero aún así te amo. Y no me importa cuánto daño me ocasione esto, quiero amarte siempre. Así que no permitas que jamás me vaya de tu lado…"
Promesas rotas por la estupidez y el orgullo. Me levanté de mi asiento y caminé de ida y regreso por todo mi cuarto, pensando… analizando… Decidiendo.
—Emmett – se sorprendió Esme al entrar y hallarme arreglando, lo más apresuradamente posible, una pequeña maleta – ¿Y esto?
—Voy a Rochester – anuncié.
—Rochester –sonrió ampliamente y atisbé un brillo inteligente en su amable mirada
—He comprendido lo que Rose está esperando. Ojala no sea tarde
—Claro que no –alentó, sujetando mis hombros –¡Suerte!
Le marqué a Irina mientras el taxi me llevaba al aeropuerto y ella no tardó en darme la dirección donde Rose se alojaba. El suelo se hallaba tapizado por una densa capa de nieve para cuando el avión aterrizó. El departamento 345 se encontraba en la tercera planta de un edificio de fachada moderna. Era de noche y a través de los empañados vidrios del ascensor, aprecié las luces de la ciudad titilando entre varios colores, preguntándome al mismo tiempo si tantos errores aún tenían reparación…
Las puertas del elevador se abrieron, di un paso hacia el frente y entonces la encontré en el pasillo, con la espalda recargada sobre la pared y los hombros un poco caídos.
—Rose…
—Irina me llamó – explicó con voz simple, la rubia cortina de su cabello me impedía leer su expresión
—Yo…
—Te has tardado mucho – volvió a interrumpir, haciendo luego una pausa en la que yo tampoco fui capaz de decir algo –… Y lo sigues haciendo –me miró finalmente, con esa forma tan suya en donde el fuego y el hielo creaban una mezcla casi perfecta – ¿A qué has venido?
—A buscarte – contesté
—A buscarme – repitió, asintiendo con la cabeza y caminando para situarse frente a mí con los brazos cruzados sobre su pecho – ¿Y qué esperas, entonces? ¡Búscame! – exclamó – ¡No te he estado esperando por cuatro malditos meses para que te quedes parado como un imbécil! ¡Búscame!... – repitió, de manera mucho más suave – Demuéstrame que no estoy soñando, Emmett…
—Rose – exterminé la distancia que nos separaba de un solo paso y la estreché entre mis brazos mientras mi boca asaltaba la suya en un beso apasionado, casi desesperado, que fue correspondido por su respiración cálida y entrecortada – Perdóname…
—No hay nada que perdonar. Yo también fallé – susurró, bajando la mirada y enredando sus dedos entre los míos – Siempre he caprichosa, vanidosa y ambiciosa... Cuando llegaste al aeropuerto, te juro que tuve tantos deseos de quedarme, pero te vi y recordé todo lo que un día tuviste que soportar por mi culpa y pensé, "no es justo". No quería presionarte. No quería que vieras esto como un chantaje de mi parte. Quería que en realidad pensaras bien antes de elegir. Quería que tuvieras la oportunidad y el tiempo para arrepentirte… Emmett – me abrazó fuertemente y hundió su rostro en mi pecho – Soy muy egoísta, sé que estarías mejor al lado de una muchacha buena y sencilla como Pamela, pero no sabes cuánto me alegra de que estés aquí.
—¿Pero qué dices? – besé su frente – ¿Mejor al lado de otra que no seas tú? Imposible, Rose. Ya te he dicho que te quiero así, tal y como eres. No sé si eso sea bueno o malo, pero no me importa.
—Tienes problemas, ¿sabías? – rió mientras acariciaba mi mejilla y un pequeño par de lágrimas se escapaban de sus ojos
—No soy yo el que ríe y llora al mismo tiempo – señalé, capturando su rostro e inclinándome para saborear sus labios nuevamente – Somos un par de enfermos, ¿Y qué?, otro motivo por el cual quiero pasar toda mi vida a tu lado…
..
Isabella Swan.
—Edward, ¡No!
—Por favor. Sólo un poquito -suplicó
—No… No es lo correcto.
—Tantito… Nadie lo notará. Será algo rápido.
—Ya te dije que no… -repetí por enésima vez, aunque mi convicción decaía entre más lo escuchaba respirar contra mi oído.
—Será sólo la puntita…
—Umm…
—Vamos, di que sí.
—Edward… - aquello no era justo. Alguien debía de inventar una ley que prohibiera y castigara el excesivo don de la persuasión entre las personas como él.
Se apretó a mi espalda y yo jadeé.
—¡Edward!...
—¡Ahh!
—¡Detente, Edward…!
—¡Mmm!
—¡Para! ¡Dijiste que sería sólo la puntita y tú ya quieres meter más que eso!
—Es que no puedo contenerme…
—Edward… por favor…
—¡Leonardo, Edward! ¿Qué es lo que hacen?
Y dale otra vez con lo mismo. Empujé a mi novio lo más lejos que pude, mientras que el jefe amenazaba con sufrir el tercer ataque al corazón en la semana. Sinceramente, ya no podía decir quién era el que estaba mal. Si él, por mal pensado, o nosotros, por discutir inconscientemente de manera tan ambigua.
¿Qué más daba? Edward era un terco que no entendía de razones. Le dediqué una fugaz y envenenada mirada. Gracias a su manía de andar pellizcando y metiendo mano a toda la comida y postres que yo hacía, no había día alguno en el que el jefe creyera que casi montábamos una escena porno en la cocina.
Le pegué un sartenazo cuando el anciano se logró controlar y regresó a su oficina.
—¡Ey! – Se quejó – ¿Y ahora porqué me golpeas?
—Eres un tonto – le dije – ¿Porqué nunca entiendes cuando digo que "no"?
—No lo sé – juntó sus cejas e hizo un exagerado mohín. Estaba más que claro que se estaba burlando de mí.
Bufé con indignación y le di la espalda. Sus brazos no tardaron en enrollarse por mi cintura y sentí su respiración otra vez chocando contra mi cuello.
—El jefe puede entrar en cualquier momento – recordé secamente.
—Me gusta verte enojada – susurró, ignorando mi advertencia – Me encanta la manera en que frunces el ceño y te pones rojita como un tomate.
—Genial – ironicé – Ahora ya no soy un gatito cabezón, si no un vegetal.
Él rió.
—Tonta –y me hizo girar para encararlo. Traté de que sus ojos verdes no lograran romper mi seria expresión, pero aunque iba por el buen camino, todos mis esfuerzos se fueron a la deriva cuando su boca chocó contra la mía.
—Comienzo a creer que te gusta este bigote –musité, cuando sus labios apenas y se habían apartado
—Me hace cosquillas – arrugó la nariz – Pero sí, debo admitir que me gusta.
Sonreí mientras acomodaba mis manos sobre su pecho y lo empujaba hacia atrás.
—A trabajar o se nos hará muy noche.
—Como tú digas, mi estimado Leonardo – aceptó, con gesto divertido.
..
Cuatro meses. Me parecía casi irreal que desde entonces Edward y yo estuviéramos juntos. La verdad, esa tarde en la que abandonamos el aeropuerto tomados de las manos, aún no estaba muy segura de cómo nuestra relación iba a avanzar y cambiar con el paso del tiempo. Lo amaba, y sabía que él me amaba, pero temía que eso no fuera suficiente. Temía que, al final de cuentas, termináramos siendo como un crepúsculo, sucumbiendo al intentar unir dos polos tan opuestos como lo son el día y la noche.
Sin embargo, hasta ahora, habíamos sobrevivido. Las primeras semanas no habían sido sencillas. Acostumbrarnos y hacernos a la idea de que, tras todo lo ocurrido, habíamos terminado siendo novios, no era algo precisamente digerible. Lo que pasó tras salir del aeropuerto no fue como si se hubieran borrado todos los malos recuerdos en un solo instante, ni tampoco es como si hubiéramos sufrido una mágica transformación de personalidades para convertirnos en la pareja ideal.
La verdad es que, de "pareja ideal", Edward y yo no teníamos nada. Nuestros diferentes gustos nos llevaban a diarias y absurdas discusiones que empezaban desde mi rotunda negativa por ir a la universidad en su volvo y terminaban por las noches en el trabajo, cuando yo insistía que lo mejor era que él lavara las vajillas mientras yo hacía lo mismo con el piso. Sabía que él odiaba aquella mezcla entre el jabón, el agua y los cubiertos sucios, pero era lo menos que se merecía por cargarme y meterme en su coche como si fuera un costal.
¿Infantil? Sí, demasiado. Pero, ¿Qué se podía esperar de un par de obstinados que no están dispuestos nunca a dar su brazo a torcer? Me preguntaba qué sería de esa tenacidad después. Yo estaba segura que lo amaría siempre, ¿Pero él? Nada me aseguraba que no se cansaría de una muchachita terca, simple y temperamental como yo. ¿Cambiar para evitar que eso sucediera? ¿Convertirme en una mujer comprensiva y tierna? Sería no ser yo. Sería engañarlo y engañarme. Ley de vida: todo llega a su fin. Así que, aunque no fuera agradable de imaginar, lo único que me restaba era esperar cómo nuestra historia terminaba…
—¿En qué tanto piensas? – preguntó, trayéndome de nuevo al presente, en donde ambos caminábamos bajo la llovizna de Forks – No me digas, yo adivinaré. ¡Has decidido ya no irte de la casa!
—No –contesté – Eso ya está decidido.
—Eres terca
—Lo sé…
Estiró el brazo para golpearme juguetonamente la cabeza y luego lo acomodó alrededor de mis hombros. Caminamos silenciosamente por el mismo callejón que muchas veces nos vio discutir; con la simple certeza de que íbamos uno al lado del otro, juntos, sin necesitar más. Llegamos a la vecindad dentro de poco. Introduje mi mano en la bolsa de mi sudadera y extraje una pequeña llave de color plateado, la cual usé para ver el interior de mi nuevo hogar. Sonreí al vislumbrar el pequeño departamento y sus aún más pequeñas divisiones. Estaba segura que en la sala apenas y cabría un par de sillones, pero estaba bien, pues dudaba que pudiéramos llegar a comprarnos un juego más grande.
Di un paso al frente. Sí, era un cuarto muy chico y sencillo, pero nuestro. De Alice, Rose y mío. El tiempo de espera y esfuerzo había valido la pena. Había tanto por agradecerle a los Cullens. Tanto que ni todo el dinero del mundo podría cubrir su bondad y amabilidad para con nosotras. Hubiera sido lindo seguir viviendo con ellos. Lindo, pero no correcto. Nosotras debíamos aprender la manera de seguir adelante, sin depender de nadie.
—Hay que limpiarlo – señalé, al percatarme del polvo asentado en las sábanas que cubrían los pocos y viejos muebles que venían incluidos
—Allí hay una escoba y un par de cubetas –dijo Edward –Si quieres, podemos empezar ahora mismo.
—¿Podemos empezar? – enfaticé el nosotros con una socarrona sonrisa – ¿Desde cuándo el señor Cullen es tan acomedido?
—Calla, cabezona – tomó la punta de mi gorra y la estiró hacia delante – Yo sólo intentaba ser amable, pero si tú no quieres…
—Un poco de ayuda no estaría mal – accedí, muy a mi pesar.
—Te faltó decir por favor – sonrió victoriosamente y me guiñó un ojo, antes de dar media vuelta, coger el par de cubetas y salir para llenarlas con agua.
Permanecí de pie un momento, ofendida por su actitud tan vanidosa y cavilando la posibilidad de poder estampar la escoba que yacía entre mis manos sobre esa alborotada cabellera color cobre.
Me deshice de la idea tan pronto como pude apreciar que de verdad estaba dispuesto a ayudarme. Como el lugar no era muy grande, sólo bastó un par de horas para librarnos del polvo, la basura y las telas desgastadas que cubrían el pequeño librero de madera, una mesa redonda para cuatro personas, y el par de camas individuales (de las cuales sólo una tenía un viejo colchón).
—¡Puf! – suspiró Edward – ¡Al fin!
—Te quejas como nena – sonreí mientras me acercaba y lo tomaba por el cuello de su camisa
—Te recuerdo que hoy le dijiste al jefe que era buena idea lavar la bodega – acusó
—¿Y qué? – me encogí de hombros – Tú me llamaste Gatito Cabezón frente a toda la clase
—Eso fue porque hoy en la mañana te negaste en subirte al Volvo y en el acto, me pegaste un manotazo en la cara
—El comportamiento agresivo lo empezaste tú – recordé – ayer por la noche que me batiste de mermelada
—¡Ah! ¡Pero eso fue porque te burlaste de los Hot Cakes que yo había hecho con tanto esmero! – justificó
—A eso que hiciste no se le puede llamar Hot Cakes
—¿Cómo de que no? – se ofendió
—¡Claro que no! Sólo Esme se los comió. Y eso fue porque el amor de madre lo puede todo.
—¿Te crees muy graciosa, no? –entrecerró los ojos, justo al mismo tiempo que el estridente sonido de un relámpago retumbó por todo el cielo.
Nos asomamos por la ventana y comprobamos que, en medio de nuestra "amorosa" plática, se había desarrollado una lluvia que casi hacía creer que Dios Padre había decidido mandar otro diluvió.
—¡La cena! – gemí
—¿Ves porque siempre es bueno andar en un carro particular? –preguntó con diversión –De haber traído el Volvo, sólo bastaría con salir y correr un poco para irnos.
—Silencio – estaba dispuesta a dedicarle la mirada más envenenada que me fuera posible, para cuando se escuchó a lo lejos un chasquido y, medio segundo después, la habitación se cubrió de una penumbra absoluta.
Maravilloso. La luz se había ido.
—Atrévete a decir lo contrario ahora – retó, acorralándome contra la pared y sonriendo en medio de la obscuridad.
—Me atrevo – contesté, alzando ligeramente mi barbilla
—Descarada –culpó
—Jamás diré que tienes la raz…
Callé cuando su boca abordó repentinamente la mía, con un movimiento agresivo, pero cuidadoso y dulce, que me estremeció de pies a cabeza y creó en mi estómago una llama ardiente que rogaba por ser liberada.
—Vamos, vamos –musitó contra mis labios, sin dejar de besarme realmente – Esta vez no tienes ningún argumento a tu favor, pequeña testaruda.
Y si lo tenía o no, ¿Qué importaba? El embriagante sabor de su aliento acicalándose entre el mío no me dejaba coherencia para nada más que la simple y enardecida necesidad que desfilaba por cada uno de mis poros y me exigían todo de él.
Hilé mis dedos entre sus cabellos, en una clara e inconsciente invitación que Edward atendió estrechándome entre sus brazos con ardor y descendiendo su boca lentamente hacia mi cuello, al mismo tiempo en que sus manos comenzaban a bajar el cierre de mi sudadera, abriéndose paso entonces por mis hombros.
Yo, por mi parte, había logrado desabrochar los botones de su camisa y me atreví a pasear la punta de mis dedos por las líneas de su pecho, sintiéndolo estremecerse ligeramente, antes de soltar un ligero gruñido y apretarme contra la pared y su cuerpo, ayudándome para que mis piernas pudieran rodear su cintura.
—Bella… - pronunció mi nombre con voz ronca, deslizando sus manos por debajo de mi blusa y recorriendo mi espalda suavemente
—No me vengas ahora con preguntas sobre si estoy o no segura – le advertí susurrando – Que no estoy permitiendo que me manosees para que al final no suceda nada.
—No, no iba a decir eso – discutió, sin parar de humedecer mi cuello con sus besos
—¿Entonces?
—No puedo quitarte la blusa en esta posición – explicó, antes de sus labios se instalaran entre los míos.
—La cama… – apenas y logré decir – Vamos a la cama…
—Vale…
Y caí de espaldas sobre el desgastado colchón, con Edward invadiéndome con caricias y besos que se volvían más osados conforme el ritmo de nuestras respiraciones se volvía más decadente. Torpemente, logré despojarlo totalmente de su camisa y del cinturón. Mis manos temblaban tanto que necesité de su ayuda para desabrocharle el pantalón. Él fue más hábil, pues yo no me percaté de que me hallaba sólo con la ropa interior hasta que su mirada enganchó a la mía con un brillo que ardía entre la obscuridad.
Entonces comprendí, cuando sentí sus dedos recorrer la parte media de mi espalda, lo que estaba a punto de hacer. Suspiré y traté de controlar mi nerviosismo y hacer a un lado mi pudor para no cometer la estupidez de detenerlo. Cerré mis ojos y fruncí los labios, ahogando un gemido al sentir su lengua humedecer la punta de mis senos y sus manos se deslizaban de mi cintura hasta mis piernas, y de mis piernas a mis hombros y de mis hombros a mis pechos.
—Edward…
—¿Dime? - subió hasta mi boca
Hablar me era ya prácticamente imposible. Así que enredé mis dedos entre sus cabellos y lo besé con fuerza, siendo esa la mejor manera para hacerle saber lo que deseaba. Edward se acomodó entre mis piernas y me miró a los ojos, mientras ejercía un ligero impulso sobre sus caderas.
Jadeé al sentir el primer contacto entre nuestras intimidades.
—Lo siento, lo siento – susurró, acariciando mi mejilla
—Estoy bien… -tranquilicé – Sigue…
—Creo que esto te va a dolor un poco…
—Confío en ti… - alenté
El sonido de nuestros jadeos fue sofocado por los besos que se volvieron más exigentes conforme el dolor de su invasión se fue disipando y el movimiento de nuestras caderas comenzó a hacerse más aleatorio y rítmico. Enterré mis uñas en su espalda cuando el éxtasis logró liberar el fuego acumulado en mi vientre y sentí su cuerpo tensarse al mismo tiempo que el mío.
Permanecimos así, fuertemente abrazados durante varios segundos, aguardando a que el calor excitante de nuestras pieles se apaciguara. Edward paseó la punta de sus dedos por mi espalda desnuda y luego me acomodó sobre su pecho, en donde esperamos en silencio a que el ritmo de nuestros latidos regresara a la normalidad.
—¿Cómo te sientes?
—Un poco confundida –confesé –La verdad es que nunca creí que iba a pasar esto así, tan… espontáneamente.
—Lo siento – besó mis cabellos –Creo que no fue lo suficientemente cuidadoso…
—No – discutí – Estuvo bien. Un poco doloroso, pero supongo que es normal.
—Lo siento…
—¿Porqué te disculpas tanto? – fruncí el ceño y le miré – ¿Acaso tú…?
—No digas tonterías – me silenció con un beso – No sabes cuánto deseaba que este día llegara, Bella. No tienes idea de cuánto te deseaba y las ganas locas que tenía de hacerte mía; pero, como tú lo has dicho, esto fue muy espontáneo y no me gustaría que pensarás que yo…
—¿Tú qué? –pregunté ante su repentino silencio
—Te amo, Bella –confesó, mirándome a los ojos y con voz suave – Sé que no soy el mejor demostrándolo, pero de verdad que lo hago. Nunca lo dudes. Aunque sea un estúpido, aunque a veces sea un idiota que siempre le gusta llevarte la contraria, ten siempre presente que lo único que quiero es protegerte y hacerte feliz.
—Gracias –sonreí y acaricié el ángulo de su mejilla – Y discúlpame… Discúlpame por todo lo que te he dicho y por las veces que me he comportado como una niña infantil estando contigo.
—¿Niña infantil? – soltó una risita – Bella, eres la persona más fuerte que he podido conocer en mi vida. Te lo digo así, como claro ejemplo, no muchas personas logran todo lo que tú y tus hermanas han hecho – besó mi frente – Estoy muy orgulloso… Muy orgulloso de mi gatito cabezón.
..
..
Bien. Ahora, ¿quién tiene el corazón para decirme que soy un ser desalmado? En una ocasión les dije que todo los dolores de cabeza iban a ser compensados, espero mi promesa haya podido ser cubierta con este capítulo.
Quiero pedir una disculpa por el mal entendido que se creó en el capítulo anterior. Lo siento, al escribir la nota de autor no fui lo suficientemente específica y muchas creyeron que el capítulo 40 era el último. Como podrán ver, no era así. Ey!, aún me falta poner "Fin". Una historia no es una historia terminada si no tiene "Fin" XD.
Bueno, me tengo que ir por que mañana tengo que levantarme temprano para ir a la universidad u.u. Un saludo y nos leemos en el epilogo. Gracias por su apoyo y paciencia.
Atte.
Anju
..
