Ya os hablé de ello tiempo atrás y tras terminar la trampa del pasado, tocaba este de cortitos capis =)
¡Que los disfrutéis!
Advertencias: OOC.
Parejas: (porque ff sólo me deja poner 2) (Por orden de publicación): Shikatema, Gaamat, Naruhina, Saino, ChouKaru, SasuSaku, KibaTama.
Inicio:
Leche y lechero
Shikamaru
Todo comenzó el día que dejaron la leche enfrente de su casa... ¿desde cuándo el lechero traía la leche a su casa? No recordaba que tuvieran servicio de entrega contratado. Hasta donde él recordaba, Temari disfrutaba de ir de compras, porque, según ella, así se mantenía en forma. Así que verle traer la leche especialmente despertó cierta sensación de alerta en él.
Shikadai apareció junto a él rascándose la barriga. Miró la escena mientras bostezaba y, después, le miró.
—La culpa es tuya. O de ustedes, mejor dicho —se corrigió—. Los adultos priorizáis cosas y olvidáis las importantes.
Shikamaru se quedó con la boca abierta. No pudo refutar sus palabras y tampoco fingir que no comprendía por dónde iban los tiros.
Ver a su esposa sonreírle al lechero mientras aceptaba la botella fue como una bofetada directa a cierta parte de su cuerpo.
¿Cuánto había descuidado a Temari? No estaba seguro.
Caminó hacia la entrada y esperó a que Temari entrara. Apoyado sobre el quicio de la puerta, elevó una ceja mientras ella canturreaba.
—¿Desde cuando traen la leche a casa? —preguntó.
Ella soltó un gritito de sorpresa.
—¡Me has asustado!
—¿Es una broma? —cuestionó incrédulo—. Eres una ninja de élite. ¿Cómo podría asustarte?
—Tenía la cabeza en otro lado —respondió indiferente—. Pensé que te habías ido a trabajar.
—Ahora iré —dijo frunciendo el ceño. La siguió hasta la cocina—. ¿Qué harás hoy?
Ella dejó la leche en la nevera, mirándole después.
—¿Necesitas algún recado? ¿Tabaco de nuevo? Fumas mucho más últimamente —regañó cruzándose de brazos.
—No —negó dando unos pasos hacia ella—. Sólo pensaba que podríamos ir a comer juntos o algo…
—¿Te has levantado con fiebre? —cuestionó ella tocándole la frente—. No puedes quitarle la vista de encima a Naruto ni a la hora de la comida. Deja de bromear. Anda, que llegarás tarde.
Pasó por su lado, canturreando de nuevo. Cuando se volvió, Shikadai volvía a estar presente. Sacudió la cabeza negativamente y arrastró los pies hasta la cocina para tomar un zumo.
—Adultos.
Luego salió.
Shikamaru se tanteó el bolsillo en busca de tabaco. Maldijo al recordar que lo había dejado en la mesita de noche.
—Sí, ser un adulto es una mierda.
Naruto
—Oye, Hinata —llamó desde la puerta del baño. Su mujer no respondió. Frunció el ceño—. ¿Hinata? ¡Hinata!
Boruto apareció en su lugar. Irritado como de costumbre, le dedicó una mirada que implicaba poseer conocimiento que él no.
—¿Es que no puedes vivir sin mamá? No es tan difícil, papá. Hasta Himawari que es más pequeña que tú sabe de sobras dónde están las toallas.
Se volvió, encogiéndose de hombros.
—Cualquier día de estos, por despiste, encuentras algo que no esperabas nunca ver.
Naruto abrió la puerta del armario y cogió una de las toallas. Justo llamaba a Hinata porque no quedaban toallas grandes, no para que se la diera en las manos. Se cubrió cuanto pudo con ella sus partes y siguió a su hijo.
—Espera, Boruto —ordenó, aunque él no le hizo caso—. ¿De qué diablos estás hablando?
Su hijo suspiró y se agachó para ponerse los pantalones.
—Mamá no está tanto por casa como antes y cuando lo está, siempre trabaja, limpiándote las cosas, preparando tus ropas, aseando tu estudio, cuidando todo. Y tú no la valoras. Pasas más tiempo en el despacho. ¿Sabías que el lechero ha traído la leche a casa y ha estado ligándose a tu esposa? Ah, no, claro, porque nunca estás.
Naruto sonrió tenso.
—No digas tonterías, Boruto —descartó algo nervioso—, tu madre está bien. Siempre quiso esto.
—Mamá quiso casarse contigo por amor, no para lavarte los calzoncillos —puntualizó directo.
Naruto no entendió que le molestaba más. Si que Boruto le hablase de esa forma o que tuviera razón.
—En fin, es claro que los adultos sois idiotas. Ninguno de vosotros os dais cuenta de cosas que los niños no deberíamos de captar.
—¿A qué te…?
Pero Boruto ya había salido y cerrado la puerta de la casa y la conversación. Cuando la abrió, dio de lleno con Shikamaru.
—Llegamos tarde —le dijo arrastrando las palabras. Bajó la mirada hacia los tarros de leche vacíos junto al lugar donde apilaban la basura antes de tirarla—. ¿También tienes problemas con el lechero?
—¿Qué? —indagó.
Shikamaru lo descartó con un gesto.
—Olvídalo. Vámonos.
Sasuke
—Papá, llegas tarde.
Sasuke dejó la bolsa junto a la entrada y revisó el casillero de los zapatos. Los de Sakura ya no estaban. Cuando se marchó para comprar los tomates que quería para desayunar, pese a que ella se lo negó, todavía estaba ahí.
—Y se ha ido enfadada —recalcó la pequeña.
Sasuke solo emitió un gruñido. Ya sabía cómo tratar con los enfados de su esposa. No era la primera vez que Sakura rompía una pared por enfadarse o que le hacía dormir en el sofá. Aunque esas veces luego solía disculparse ella por su pronto violento y le despertaba para que regresara a la cama.
—Esta vez es en serio —aseguró Sarada—. ¿De verdad no eres capaz de ver las cosas? ¿Qué os pasa a los adultos? —cuestionó suspirando—. Mamá pasa mucho tiempo sola y se había despertado temprano para hacerte el desayuno. Y tú te levantas remugando con que tienes antojo de tomates y no los de la nevera que ella compró ayer, por cierto, y caros porque los compró recién cogidos.
Sarada miró el pastel de leche y chocolate.
—Menos mal que la leche nos sale gratis últimamente.
Sasuke detuvo el tomate que había limpiado mientras su hija hablaba y se esforzaba por ignorarla, antes de llevárselo a la boca. La miró fijamente.
—¿Por qué?
—No lo sé —respondió Sarada encogiéndose de hombros—. Él viene a traerla, habla un rato con mamá y luego se marcha.
Sarada movió uno de los botes de cristal frente a él, quien lo tomó y tras dejar el tomate en el fregadero, salió. Sarada despotricó sobre su guarrería, pero él la ignoró.
—¿Quizás debiera de tener una charla con el lechero?
Luego se detuvo, gruñendo. ¿Cómo podía ser tan estúpido de hacer algo así? La leche gratis no era mala.
—Maldita sea —protestaron dos voces masculinas tras él. Al volverse, se percató de que Shikamaru y Naruto estaban juntos, con la mirada fija en el bote que sostenía, al que parecían querer asesinar.
Quizás, y sólo quizás, no era el único que tenía problemas con los botes de leche.
Choûji
—¡Papá, te has comido mis últimas patatillas! Ahora tendré que ir a comprar.
Choûji aplastó la bolsa algo avergonzado.
—Perdona, es que pensé que eran de las mías. Mamá no ha colocado la comida como siempre y estoy confuso.
Chocho bufó mientras cogía su bolsa y se aseguraba de llevar dinero.
—A buenas horas te das cuenta de que hay algo diferente en mamá.
—¿Qué quieres decir? —cuestionó preocupado. Se sentó más alerta y clavó la mirada en su hija.
Chocho se inclinó de hombros.
—Está más distraída, más apagada que como siempre. Hasta se ha hecho amiga del lechero, y ya sabes lo poco que le gusta a ella relacionarse con la gente de Konoha que no seamos nosotros o los que ya conoce.
La boca se le abrió tan grande que bien podría vérsele la campanilla. Se puso en pie con una agilidad que no se esperaba en él si no le conocías.
—¿Dónde está ese lechero?
—No lo sé —respondió Cho completamente tranquila—. Igual ha ido a devolverle las botellas. Aunque él suele traerlas y recoger las otras cada mañana. Muchas veces, tú estás durmiendo y roncando como cerdo o fuera con tus amigos.
Choûji apretó los labios, casi ofendido.
—Iré a buscarla.
Salió a la calle frustrado, sintiéndose cada vez más furioso. Con lo que le había costado encontrar a una mujer que le quisiera e iban a quitársela. Ni hablar. Por encima de su cadáver.
Pero a medida que caminaba la furia fue menguando. Al menos, con el lechero. Porque de suceder, la culpa sería suya.
—Ey, Choûji —saludó Shikamaru. No estaba solo. Naruto y Sasuke estaban con él. El segundo llevaba dos pares de botellas de leche.
Maldijo entre dientes. Lo que menos quería ahora era ver esos botes.
—¿El lechero? —preguntó mirándolos—. ¿También os reparte leche en casa?
Los tres hombres intercambiaron una mirada cómplice que él comprendió.
Gaara
Había sido muy, pero que muy mala idea, pasar unas vacaciones en Konoha. ¿Cómo pudo pensar que eso calmaría el enfado de Matsuri? ¡Lo había incrementado! Y encima, ella ahora lo ignoraba y se ponía a coquetear con… ¿El lechero? ¿Por qué había un lechero repartiendo leche a las puertas del hotel?
Tardó poco en comprenderlo: en un panfleto justo a su derecha, anunciaba la promoción de leche fresca. Matsuri, siempre tan golosa, seguramente cayó en la trampa y ahora no sólo estaba siendo seducida por la leche, también por otras cosas.
Aunque sabía que ir y montarle una escena no era nada bueno. ¡Por favor! Era el Kazekage, no podía ponerse a dar gritos o pedir exigencias celosas como un adolescente en pleno apogeo de turismo en Konoha. ¡La noticia correría como la pólvora!
Así que hizo lo mejor que podía. Tomó sus cosas e incumplió la promesa que se había hecho de no salir de esa posada mientras durasen las vacaciones.
Nada más abrir la puerta, se encontró con cuatro caras conocidas. Una de ellas, más conocida incluso por ser su cuñado.
—¿Gaara?
—Sin preguntas —ordenó cruzándose de brazos. Observó a los otros hasta que vio las botellas de leche—. Leche —nombró entre dientes.
Los demás le imitaron.
Kiba
—Es pelo de gato.
—¡De perro, Kiba!
—De gato. Es negro. Akamaru es blanco.
Tama puso las manos en las caderas, frustrada.
—¡Las huellas son grandes! ¡Se ha bebida toda la leche de los gatos!
Kiba miró los platos vacíos. Debía de reconocer que era un trabajo muy limpio.
—¿Y qué más da? —protestó orgulloso—. Leche justamente es lo que sobra.
Señaló los botes sobre la encimera. Había más de siete.
—Sí y son gratis —puntualizó Tama elevando el mentón—. Al menos el lechero me la da gratis.
Kiba abrió la boca. La cerró. Tama continuó mirándole desafiante.
—Pues que la disfrutes —espetó caminando hacia la salida.
La verdad es que estaba hasta las narices del lechero y sus visitas. Siempre que volvía de su ronda matinal se lo encontraba saliendo de la casa con total confianza. Y Tama no entraba ni le hacía caso hasta que él se perdía de vista.
Y todo eso se estaba acumulando en su pecho. Le daba miedo estallar, porque se conocía. Así que decidido retroceder y tomar algo de aire. Le había costado mucho encontrar a alguien como Tama y no le gustaría desperdiciar esa oportunidad.
—¡Kiba! —saludó Naruto—. ¿Qué haces? Pareciera que quieras darle una paliza a alguien.
—Sí, eso me gustaría —murmuró rechinando los dientes y se percató de los demás. No tenían mejor gesto—. ¿Reunión de idiotas?
—Ey, dos de esos idiotas somos kages —regañó Naruto frunciendo el ceño.
—Y dos muy cabreados —puntualizó—. Si hay que dar pelea, me apunto. Mientras no haya leche de por medio.
Los otros gruñeron al instante, casi a la par.
Suspiró. Parecía una epidemia.
Sai
Existían pocas cosas que molestaban a Sai o que despertaban su frialdad o su mal humor. Podría ser un toca pelotas, lo reconocía, pero nunca había sentido esos deseos asesinos como en ese momento.
Estaba acostumbrado a que ciertos clientes endulzaran a Ino con halagos y que ella se sintiera feliz por ello, no obstante, ninguno despertaba en el interés en ella por mucho tiempo. No como el condenado lechero que llevaba ya media hora hablando con ella de leche, flores y pasto.
Y la gota que rebasó el vaso fue cuando le tocó el hombro. ¿Cómo podía hacer eso tan tranquilamente? ¿Lo peor? Ino no le hizo a un lado. Incluso le sonreía como si le debiera algo.
Al final, el tipo puso dos tarros de leche en las manos de su esposa y se marchó, como si él no existiera, canturreando. Ino corrió hacia la cocina para dejarlas, cantando aquella canción. ¡Aquella! La que solía cantar después de que ellos hubieran tenido sexo y estuviera satisfecha. Aunque hacía tiempo que no cantaba…
Dejó los guantes sobre el mostrador y empezó a quitarse el delantal.
No había salido por la puerta cuando se encontró con el grupo variopinto de siempre. Elevó una ceja al ver que Sasuke sostenía botellas de leche.
Gruñó.
—¿El lechero?
—El lechero —afirmaron a la par.
Inojin apareció tras él, intentando pasar. Iba cargado con varias cajas que olían a pintura. Les miró con el ceño fruncido.
—¿Y si en vez de iros de copas no os ocupáis de lo que tenéis que hacer? —cuestionó—. Espero que cuando me vuelva adulto no sea tan idiota como ustedes.
—¡Oye! —aseveró.
Pero su hijo se encogió de hombros.
Naruto cruzó los brazos.
—Ni que tuviéramos la culpa. Es el dichoso lechero que…
—No —negó Inojin concienzudo—. La culpa es de ustedes.
Y después se marchó.
Sai miró a los demás como disculpa, pero se percató de la misma mirada pensativa estaba en sus rostros.
Sí, quizás su hijo tuviera algo de razón… La pregunta en cuestión era: ¿hasta qué punto ellos se darían cuenta y, de hacerlo, hasta dónde llegaría el límite que les permitiera cruzar su orgullo?
Continuará…
Siguiente: Shikatema.
