Sí, lo sé, ha pasado mucho tiempo. Y pido perdón por ello. En un principio quise actualizar las historias en orden, según el tiempo que llevaba desde la última actualización... Pero como veis, me ha resultado imposible. Infieles me quemaba, necesitaba contaros ya qué había ocurrido con Hermione. Y aquí está.
Tengo que comunicar que estoy perdiendo el ritmo de los fics, antes actualizaba cada semana como muy tarde, y ahora subo capítulos sólo cuando puedo. Las razones son varias: 1. Mi carrera necesita de tiempo y dedicación, esa que normalmente me ocupan los fics. 2. Tengo seis historias, por lo menos, sin terminar y necesito tiempo para todas ellas, porque todas significan mucho para mí, incluidas las originales (porque sí, también tengo mis novelas originales, deseando que algún editor se interese por ellas) 3. Falta de inspiración. Y es que últimamente a parte de no tener tiempo, también me falla la inspiración. Un mes duro, muchos sucesos, muchas cosas a las que hacer frente...
Y nada más, os dejo, que sé que estaréis ansisos por saber qué ha pasado con Herms!
Disfrutad!
Había sido un día hermoso. ¡Vaya si lo había sido!
Bill y ella habían visto por primera vez a su bebé, esas miles de formas sin sentido que formaban el cuerpo del que sería su hijo, o hija. Sonrió satisfecha pensando que había valido la pena tanto esfuerzo, tanto dolor, tantos obstáculos para haber llegado a donde hoy se encontraban. Era cierto que no todo estaba resuelto, Hermione tenía que dejar a Ron, y, tras ello, sendas familias se enterarían inevitablemente que había una tercera persona. Sino, ¿cómo explicaría Hermione que no quería que Ron se hiciera cargo del bebé porque no era él el padre?
El plan de Bill le gustaba, eso de fugarse juntos, a un lugar donde nadie los molestara, donde pudieran ir cogidos de la mano sin que mínimo cuatro pares de ojos los miraran con reproche, donde poder besarle sin temor al qué dirán… Pero Hermione no quería huir, quería enfrentarse al mundo, porque aunque fuera difícil, sabía que con Bill lo lograría, con Bill todo iría sobre ruedas, simplemente porque todo era perfecto a su lado.
Acababa de despedirse de él cuando recordó haber visto una tienda para bebés cerca de allí. Sin poderlo evitar y mordiéndose el labio inferior recordando que pronto anochecería y que a Bill no le gustaba que anduviera sola, se dirigió a la tienda.
Voy a ser madre, pensaba emocionada mientras observaba los diminutos vestidos de niña y unos patucos minúsculos. Se sentía tan bien, saber que dentro de aquella barriga cada vez más grande se hallaba el producto de su amor con Bill, un amor prohibido y peligroso, pero amor al fin y al cabo.
Una mujer entró en la tienda, cuyo vientre estaba tan hinchado que su marido tuvo que ayudarla a subir los tres peldaños que separaban la tienda del frío suelo de la calle. Con amor, ella se apoyó en su marido y subió los escalones despacio, cual discapacitada. Y entonces, su mirada y la de Hermione se encontraron. Y ambas sonrieron.
Era una comprensión fuera de toda regla, compenetración entre madres, entre mujeres que cargaban con un bombo allí a donde fueran. Era mágico. Algo que sólo ellas entendían, engendrar vida a partir de un cuerpo, un milagro, un hermoso y magnífico regalo de Dios.
Para cuando Hermione salió de la tienda (tuvieron que advertirle de que la tienda cerraría, porque de ser por ella, se hubiera quedado media vida allí), el cielo se había oscurecido hasta tal punto de que las farolas ya ejercían su labor de iluminación. Comenzó a andar con la mente en otro mundo. ¿Sería una niña? ¿Tendría su incontrolable y alborotado pelo y tendría que pasarse horas peinándola? ¿Podría heredar sus barbies y, más adelante, sus novelas románticas? ¿O sería un niño? ¿Tendría el mismo aire rebelde que Bill? ¿Le gustarían las películas de miedo y las escobas, como a él? ¿Se divertiría enfadando a sus primos…?
Sus primos. Hermione mantuvo el semblante serio, aunque en su interior algo se estaba rompiendo. Su bebé probablemente no tendría el amor de una familia, ni el apoyo de sus tíos y abuelos, ni primos con los que jugar. Probablemente tanto los Granger como los Weasley (los Granger no tanto, esperaba) adjudicarían el nacimiento de su bebé como el producto de una traición a un ser querido, la infidelidad, la ambición, el capricho. Probablemente ni Ginny ni Harry querrían que sus hijos jugaran con su bebé, por todo el daño que le habían causado a Ron…
Un hechizo pasó a su lado, rozando prácticamente su oreja, lo que provocó que diera un respingo. Se volvió y abrió los ojos como platos cuando se encontró con tres negras capuchas caminando hacia ella en la oscuridad del parque donde anteriormente se había despedido de Bill. Su primer impulso fue defenderse, sacar la varita y plantar cara, no en vano era una Gryffindor de pura cepa. Pero instantes después miró inconscientemente a su vientre y recordó que el temple y la valentía propias de una Gryffindor debían esperar por el bien de su bebé.
De modo que, en contra de sus principios, de su propio carácter, echó a correr tan rápido como le permitían sus piernas. Miró a ambos lados mientras el viento ondeaba su alborotado cabello, no podía ser tan tarde, debía de haber algún muggle por la zona, alguien debería ver lo que estaba ocurriendo. Pero no encontró nada.
No había esperanza, no había escapatoria. El sudor cubría su frente por el esfuerzo, sus piernas pedían a gritos detenerse, necesitaba respirar, necesitaba recobrar el aliento, pero si se detenía se enfrentaba cara a cara con la muerte.
Iba a morir, después de tanto esfuerzo por ser feliz, tanta traición, tanta infidelidad… Después de haber encontrado al hombre de su vida, de quedar sólo cuatro meses para que un hermoso bebé llegara a la vida… Estaba condenada a morir allí, a manos de unos asquerosos Mortífagos.
No, se dijo, no he llegado hasta aquí para morir. Y continuó corriendo, en contra de los espasmos de su cuerpo, esquivando como podía las maldiciones imperdonables que salían despedidas de las varitas de los Mortífagos.
Y cuando la esperanza estaba a punto de amainar, cuando Hermione supo que ya no podría correr más. Apareció en su campo de visión la salvación. Unos muggles caminando dirección al interminable parque. Frente a ellos, los Mortífagos debían permanecer en las sombras, no debían actuar frente a muggles. Con aquella idea en la cabeza, Hermione hizo un último esfuerzo y corrió tan rápido que creyó que desfallecería de un momento a otro.
- ¡Va a huir! – gritó un Mortífago, deteniéndose en seco al visualizar a los muggles.
- De eso nada. ¡Expelliarmus!
Hermione escuchó el hechizo y saltó justo antes de que colisionara en sus pies, con tan mala suerte que perdió el equilibrio al caer, golpeándose fuertemente la cabeza.
________
- Han atacado a Hermione.
Esas cuatro palabras resonaban en la mente de Bill cada dos segundos, de forma insistente.
Un, dos, "Han atacado a Hermione". Un, dos, "Han atacado a Hermione". Un, dos, "Han atacado a Hermione".
A penas fue consciente de que estaba atándose los cordones a toda velocidad mientras Ron preparaba los polvos flú. Su mente era un remolino de emociones contradictorias, se sentía frustrado mientras trataba de mostrarse todo lo tranquilo que debía, ya que para Ron, Bill sólo era un amigo de Hermione. Hubiera sido excesivo que se hubiera puesto a gritar que mataría al bastardo que le hubiera puesto las manos encima a su amada o hubiera puesto en peligro la vida de su bebé. Aunque ganas precisamente no le faltaban.
Ron no había sabido decir nada más, a pesar de que las hubieran formulado cada tres segundos.
Un, dos, "Han atacado a Hermione", tres,
- ¿Qué ha ocurrido?
Un, dos, "Han atacado a Hermione", tres,
- ¿La han raptado?
Un, dos, "Han atacado a Hermione", tres,
- ¿Está bien?
Un, dos, "Han atacado a Hermione", tres,
- ¿Han sido los Mortífagos?
Pero el silencio de Ron constituía toda respuesta. Sólo había logrado enterarse de que los señores Granger habían llamado a Ron preocupados porque su hija había sido atacada. No más detalles, no más información.
Bill a penas era consciente de la angustia que lo embriagaba. Su odio y rabia eran tal que cegaba cualquier otro sentimiento que pudiera sentir. La preocupación por cómo estarían Hermione y su bebé quedaba eclipsada por la sed de venganza contra aquellos que se hubieran atrevido a raptar, agredir o herirla.
Antes de que pudiera darse cuenta, estaban apareciendo en la casa de los Granger. Bill a penas conocía aquella casa, y si lo hacía había sido en momentos muy puntuales, a penas una ojeada. Le sorprendió ver la hipócrita calma que reinaba en el lugar. Los señores Granger se levantaron del sofá, sus miradas estaban perdidas, distraídas, no como si su hija hubiera sido atacada, no como si le hubiera ocurrido algo realmente grave.
Bill suspiró aliviado.
- ¿Qué ha pasado? – inquirió Ron, quitándole las palabras de la boca.
Los señores Granger se miraron un eterno segundo. La señora Granger fue la primera en volver la mirada al frente, entre preocupada y abatida.
- No sabemos mucho… Creemos que han atacado a Hermione.
Otra vez esas cuatro putas palabras, ¿no había ninguna otra frase para describir lo sucedido?
- ¿Cómo está ella? – preguntó impaciente.
- Ella…
Pero las palabras del señor Granger quedaron suspendidas en el aire cuando Hermione bajó las escaleras, prácticamente dando saltos de alegría. Tanto Ginny, como Ron se alegraron de ver sana y salva a su amiga y novia, respectivamente. Pero Bill percibió algo extraño en ella, en su mirada perdida, en su excesiva alegría, mortalmente inusitada.
- ¡Ron, cariño! – saltó Hermione las últimas tres escaleras, agarrándose luego el vientre con cuidado, como si acabara de recordar que portaba un bebé en su interior.
Bill frunció el ceño.
- ¡Vamos a ser padres, Ron! – exclamó abrazándolo - ¿Cómo lo hemos hecho? No recuerdo el momento exacto que… - susurró ruborizándose, aunque no lo suficientemente bajo como para que Bill escuchara la conversación, apretando los puños.
Ginny observó disimuladamente a su hermano mayor, mientras este se mostraba más sorprendido que nunca. Y es que William Weasley, posiblemente y seguramente el miembro más inteligente de la familia, jamás se había mostrado tan impresionado, tan desconocedor de lo que estaba ocurriendo, tan fuera de lugar, tan… sorprendido. Sí, no había otra forma de describirlo. Era sorpresa lo que sentía cuando veía a Hermione abrazando a Ron con amor, cuando observaba su alegría infinita por la noticia de que estaba embarazada…
- ¡Ginny! – exclamó clavando la vista en su cuñada, abrazándola también - ¡Cuánto tiempo!
La benjamina de los Weasley respondió con torpeza al abrazo de Hermione, recordando que no hacía tanto que se habían visto, y que tanta euforia resultaba algo sobreactuado.
Hermione se separó de ella con una sonrisa en el rostro, tan pronto como lo hizo, advirtió que había una tercera persona con su novio y cuñada… Bill observaba atónito a Hermione acercándose hacia él, con el ceño levemente fruncido. Sus miradas se encontraron y al primogénito de los Weasley le recorrió un escalofrío por la espalda al ver el vacío que habitaba en sus ojos.
- ¿Y tú eres…?
Los tres Weasley abrieron la boca levemente, Bill a la cabeza. ¿Qué clase de broma era aquella? No tenía ninguna gracia, ¿a qué estaba jugando Hermione?
- Herms, él es Bill, es mi hermano… - respondió Ron boquiabierto, adelantándose a todos, arrancando las palabras que Bill no lograba pronunciar por el asombro.
- Ah, claro. ¡Cómo he podido olvidarme! – exclamó Hermione con una sonrisa de disculpa, Bill se relajó al instante – Ron me ha hablado mucho de ti, es un placer conocerte.
Normalmente, Bill era el primero en corresponder un abrazo, sobretodo si quien le abrazaba era Hermione, su amante, la madre de su hijo. Pero aquel abrazo se sentía vacío, inexpresivo, nuevo. Los señores Granger bajaron la cabeza mientras eran interrogados en silencio por las miradas de los tres Weasley que se encontraban frente a Hermione.
- Te acompañaré al dormitorio – murmuró el señor Granger -. Necesitas descansar, pequeña…
- Estoy bien, papá – respondió alegre -. El médico ha dicho que el bebé está en perfectas condiciones…
- Sí, pero te vendrá bien dormir algo más, Herms.
- Está bien… ¿Te veré pronto, Ron?
- Cl-claro – repuso este, aún bajo los efectos del shock.
- Pues entonces, os veo pronto. Un placer, Bill.
Y tras aquella frase poco alentadora, Hermione abandonó la estancia junto a su padre, no sin antes darle un beso de película a Ron, acción que provocó retortijones en el estómago de Bill.
- ¿Qué le ha pasado? – inquirió Ginny en cuanto Hermione desapareció de su campo de visión.
- El médico nos ha dicho que se ha dado un golpe fuerte en la cabeza – dijo en un susurro -. Al parecer se ha fracturado una parte del cerebro…
- ¿Ha perdido la memoria? – preguntó Ginny sin rodeos.
- Sí. Aunque no del todo… Yo no entiendo mucho de estas cosas, pero según nos ha dicho el médico, no recuerda nada de lo que ha pasado con un año de antigüedad. Supongo que por eso no recuerda su embarazo… ni a Bill – añadió en un murmuro, ajena a que entre el hombre al que se dirigía y su hija había mucho más que una amistad.
- ¿Y el bebé? – inquirió Ron ansioso.
- El bebé está bien, fuera de peligro.
Una intensa calma reinó en el ambiente, todos se relajaron ante aquella información, aunque Bill continuaba sin poder hablar, sin poder mediar palabra. La sorpresa, preocupación, angustia y rabia estaban aún a flor de piel.
- Bueno pues… Nosotros nos vamos… – terció Ron, angustiado.
- Una última cosa – interrumpió la señora Granger -. El médico nos ha dado instrucciones de no alterar la memoria de Hermione… De modo que ella deba recordar por sí sola, sino no avanzamos.
- Resumiendo, que no le contéis nada de lo que ha ocurrido en el último año – atajó el señor Granger, bajando por las escaleras.
- Está bien, nos vemos – se despidió Ron junto antes de adentrarse con sus hermanos en la chimenea, rumbo a la Madriguera.
- ¿Qué ha ocurrido? – inquirió preocupada Molly en cuanto sus hijos aparecieron en la chimenea cubiertos de polvos flú.
- Está todo bien, mamá – repuso Ginny -. Luego te cuento, ¿vale?
- Está bien. ¿Te encuentras bien, Bill? Tienes mala cara…
Molly creyó desfallecer cuando su hijo clavó sus marrones ojos en ella, aquellos ojos, siempre llenos de sabiduría, de conocimiento, de comprensión. En aquel momento se encontraban inexpresivos, vacíos, tal y como los de Hermione.
Sin mediar palabra, Bill se apresuró a las escaleras, impaciente por abandonar la cocina y tumbarse a pensar con claridad, dejando que las lágrimas de impotencia, rabia, frustración e impresión recorrieran su pecoso rostro.
¿Qué os ha parecido el ataque de Hermione? ¿Y que haya perdido la memoria? A mí, me parece totalmente interesante. Porque Bill tampoco puede decirle que el hijo que espera es suyo, ni que llevan meses viéndose a escondidas...
Un beso enorme!
