Quinn Fabray no acostumbraba a levantarse de buen humor. Daba igual las horas de sueño de las que había disfrutado, daba igual la razón, el día, la hora o los malditos minutos; ninguna sonrisa se hacía presa de sus labios en su despertar. Lo que si era característico en ella a la hora de dar la bienvenida a un nuevo día era su ceño fruncido y unas ganas inimaginables de aniquilar ese insoportable despertador que, aun después de tantos golpes "inevitables", seguía funcionando. Pero hoy era diferente. Hoy era uno de esos días considerados estrellas fugaces en la vida de la rubia, uno de esos días en los que se despertaba con una sonrisa.

Y así fue, la rubia abrió los ojos y una sonrisa se instauró en sus labios y, aun manteniendo esa sonrisa, apagó con un delicado gesto su odioso despertador. Empezó a arquearse despacio, alzando los brazos, estirando su cuerpo que había sido sometido a largas horas de reposo. Después de lavarse la cara y los dientes, eliminando así los rasgos somnolientos que presentaba su rostro, se dirigió a la concina, donde preparó su desayuno.

Desayunaba tranquila, al fin y al cabo era pronto y aun quedaban varias horas para… ¿para su cita? No sabía cómo denominar lo que determinaba ese día, lo único que sabía era que estaba hecha un manojo de nervios.

- ¿Ya estas despierta? ¡Buenos días, hija! – Quinn dejó de lado su desayuno desde el momento en el que escuchó el sonido de la puerta al abrirse, la presencia de su madre le había hecho perder el apetito, provocando también la desaparición gradual de su felicidad - ¿Qué tal el fin de semana? ¿Todo bien?

"Irónico", pensó la rubia. Era la primera vez que veía a su madre desde hacía unos días, desde mediados de semana para ser exactos. Cierto era que Judy intentaba recuperar esa relación madre-hija que tenían en un pasado, lo intentaba pero no lo suficiente. No cuando rara vez coincidían en una misma habitación, no cuando no habían hablado sobre cómo se sentían y, sobre todas las cosas, no cuando no sabían el motivo crucial que ponía ese muro de separación entre ambas.

- Bien – articuló sin el más mínimo rastro de emoción en sus palabras, tan solo las escupió automáticamente, acostumbrada a las respuestas robóticas que siempre le regalaba – Voy a ducharme, hoy voy a salir

- ¿Dónde? – una pregunta simple, concreta, pero llena de esperanza, la esperanza de que su hija se abriera, la esperanza de volver a ser la familia que eran antes.

Su respuesta consistió en un sencillo movimiento de hombros, en un ligero y rápido movimiento ascendente y descendente de los susodichos, un movimiento que volvió a reafirmar las sospechas de Judy: recuperar a su hija era una misión difícil.

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Todavía quedaban unos veinte minutos y Rachel ya estaba totalmente preparada. ¿A dónde irían? ¿Qué harían? A Rachel Berry no le gustaban las sorpresas. Se sentía como un pez fuera del agua, una controladora sin el control. Odiaba la incertidumbre que creaba el no tener planeado lo que iba a pasar, de desconocer al completo los próximos sucesos.

Y ahí estaba ella, sentada en su sofá, sintiendo la ausencia de ese control en sus manos y con unos nervios que iban en aumento a medida que pasaba el tiempo, a medida que se acercaba la hora. Con el sonido del timbre de la puerta su nerviosismo llegó a su punto crítico y sus piernas, víctimas de un agudo temblor, a duras penas consiguieron conducirla hasta la puerta. Cerró los ojos, inhaló aire y soltó un gran suspiro. Al contacto de su mano con el picaporte, abrió los ojos y, sin reparar en nada más, proporcionó a su mano un ligero movimiento. La puerta comenzó a abrirse lentamente y en ese momento su corazón se paró y, después de escasos segundos, comenzó a latir de nuevo con la misma rapidez con la que cabalga un caballo desbocado.

Delante de ella se balanceaba nerviosa sobre sus propios pies una diosa de la belleza, una alabanza a la perfección en carne y hueso. Sus ojos viajaron por el cuerpo de Quinn, reparando en el sencillo, aunque precioso, vestido verde que reposaba sobre su cuerpo con la misma perfección con la que encaja una pieza de un puzle en su lugar asignado. En ese momento Rachel hubiese jurado que serios problemas de respiración comenzaban a manifestarse en su interior.

La rubia rebeló de detrás de su espalda una rosa de color rosado y se la entregó con un nervioso "Hey! Esto es para ti" que hizo que la morena sintiera un leve escalofrió recorrer todo su cuerpo.

- ¡Hola Quinn! ¡Mu-Muchas gracias!

- No hay por qué darlas. ¿Sa-Sabes que significan las rosas de este color Rachel? – ante este comentario la pequeña diva tan solo pudo negar con la cabeza, había perdido su capacidad para hablar al completo al agradecerle tan bonito gesto – Bueno… - continuó Quinn – Primeramente se dice que parte de su significado se basa en el agradecimiento y yo quería agradecerte esto Rachel, la oportunidad que me has brindado

- Quinn no tenias que… -

- Si Rachel, quería hacerlo y lo hice – Rachel sonrió, no podía comprender como la rubia podía abrazar de tal manera su corazón – Dicen que las rosas rojas son las rosas capaces de tocar muy hondo en los corazones y dicen también que son las que transmiten el significado del amor. Yo no… yo no sé si estoy preparada para regalar una rosa tan significativa a alguien, al menos por ahora – rió nerviosa – Pero en tu posesión queda una rosa rosada, una rosa que también simboliza el aprecio y el cariño que se siente por las personas que acaban recibiéndolas

"Guau" pensó la morena. Quinn era capaz de envolverte con sus palabras ¡y de qué forma! No se lo pensó dos veces y, con paso decidido, se acercó a la rubia y la aferró fuertemente entre sus brazos.

- Gracias – susurró en su oreja.

Quinn siempre había pensado que los abrazos no eran una simple toma de contacto, ella los veía como una muestra de cariño que te permitía descubrir el aroma de esa persona enredada entre tus brazos y te regalaba una sensación de seguridad única. Rara era la vez que regalaba tal muestra de cariño, pero cuando lo hacia lo veía como un gesto especial y con Rachel era muy diferente. Los brazos de Rachel envolviendo todo su cuerpo la hacían sentir como en casa, una sensación que hacía mucho que no se presentaba en su vida.

- Mmmm – gruñó la rubia cuando Rachel intentaba zafarse de su abrazo. Quinn la apretujó mas contra su cuerpo y la pequeña diva tan solo sonrió y la abrazó con la misma fuerza – Tus abrazos son mis preferidos

- ¿Ah, sí?

- – respondió con una sonrisa mientras que poco a poco y con una fuerza de voluntad envidiable separaba su cuerpo del de la morena - ¿Nos vamos?

- Por supuesto - Rachel aceptó la mano que le era tendida, reparando en la facilidad con la que sus dedos se entrelazaban en completa perfección y en la sensación de suavidad y delicadeza que emanaba el contacto de las palmas de sus manos – Quinn est-estás preciosa – al articular esas palabras un ligero rubor se apoderó de sus mejillas.

- Tú no te quedas atrás Berry - ¿Cómo no decirlo? La morena vestía también un simple y cómodo vestido, aunque en su caso era de color rojo, un color que hacia resaltar esa tez morena característica de su piel. Era una vestimenta alejada de sus habituales faldas y jerséis de animales, una vestimenta mucho más madura y que conseguía destacar los atributos presentes en su cuerpo.

Aun con sus manos entrelazadas, se dirigieron al coche de la rubia, sin perder sus sonrisas. Quinn abrió la puerta para dejar entrar a Rachel, sorprendiéndola de nuevo con esos tan inusuales y atentos gestos que tenía con ella. Rachel estaba completamente embelesada con la forma de comportarse que estaba adoptando Quinn. Desde que había llegado al umbral de su puerta, de la boca de la rubia no salían más que envolventes frases y cumplidos, sin dejar de lado los pequeños detalles y la comodidad que aportaba su compañía. Todo era muy extraño, pero a ambas les encantaba ese pequeño hormigueo que sentían estando al lado la una de la otra.

El coche ya estaba en marcha y en su interior solo se escuchaba el pequeño sonido que hacia la radio con cada cambio de canal producido. Quinn mordía su labio inferior, evitando una carcajada inminente al ver la frustración que trasmitía la morena al no encontrar una cadena lo suficientemente interesante. Rachel mordía débilmente su lengua y su ceño se fruncía cada vez mas sin control alguno – Aquí – articuló la rubia entre risas mientras abría la guantera situada al frente de su copiloto – Puedes encontrar infinidad de CD's, la decisión es toda tuya

Rachel removía entre los CD's, intentando disipar ese pensamiento, esas ganas de averiguar ese destino elegido por la rubia que ella desconocía al completo. Sus ojos divisaron una portada muy conocida por ella. Examinó minuciosamente ese fondo blanco que mostraba un pequeño cuadro de color rojo, donde se podían diferenciar dos figuras compartiendo un pequeño y sentido beso – Funny Girl – susurró con una clara sensación de sorpresa invadiendo todo su cuerpo.

La rubia sonrió, por fin lo había encontrado – La portada no engaña, ¿sabes? Sí, es la banda sonora de Funny Girl. ¿A qué esperas?

Un bonito gesto tras otro, un cumulo de sorpresas que no parecían llegar a su final. Rachel le regaló un dulce sonrisa y introdujo el CD en el reproductor.

Las ultimas notas de "My man" sonaban en el coche cuando llegaron a su destino, lugar completamente desconocido para Rachel, pero familiar y especial para Quinn. Ambas no habían llegado a reparar en casi la hora y cuarto de camino en coche. La morena disfrutaba con cada segundo musical proporcionado por su banda sonora preferida y la rubia reparaba en como su piel se erizaba con tan solo escuchar las voz de Rachel tarareando sus canciones preferidas.

- Llegamos – anunció Quinn.

Ambas abandonaron el interior del coche y posaron sus pies en tierra firme de nuevo. Rachel quedó fascinada antes las vistas que se presentaban frente a ella. Observó como un precioso lago de aguas casi cristalinas se expandía frente a ella, llegando a una distancia que su simple vista no llegaba a apreciar. Un pequeño caminito de madera condujo toda su atención a una pequeña pero acogedora cabaña. Ese pequeño habitáculo al lado de ese lago era simplemente precioso, estaba hecho de madera, aunque a simple vista cualquiera se atrevería a decir que el vidrio era su componente más significativo, ya que gran parte de ese pequeño hogar presentaba grandes vidrios, brindando una luz natural a la cabaña y haciendo las delicias de los mas observados, ya que también permitían disfrutar de las maravillosas vistas que salvaguardaban sus alrededores.

Su desesperada búsqueda para averiguar cuál era el destino de la rubia fue en vano. La morena había pensado sin descanso alguno, había pensado en parques, algún cine, alguna playa incluso en un maldito callejón, pero nunca imaginó que tan precioso lugar se impondría en sus planes. Las sorpresas seguían sin agradarle, pero las de cierta rubia comenzaban a entusiasmarle, dejando de lado sus pequeñas preocupaciones y deducciones, teniendo bien claro que Quinn podía ser un mar de sorpresas y hasta ahora parecían ser todas buenas.

Quinn observaba a la morena aun boquiabierta. Estaba sorprendida, eso seguro, pero no tenía claro de si para bien o para mal. ¿Realmente le había gustado su pequeña sorpresa? Los pensamientos de la rubia se basaban en una simple frase: "¡Por el amor de Dios, di algo!". La boca de la morena fue cerrándose poco a poco, disminuyendo la distancia entre su labio inferior y superior. Y así, como si sus pensamientos embocaran sus palabras, la voz de Rachel adoptando un tono sorprendido llegó a sus oídos

- ¡Guau! -