Las imágenes se sucedían rápidamente, tan vívidas que parecía como si volviese a presenciar en carne y hueso lo ocurrido años atrás. Sentía los pies hundirse como plomo en la arena, el cansancio y el apretado traje de cuero le impedían mover las piernas con facilidad. Estaba agotado, tenía los músculos entumecidos y el aire sofocante que se arrastraba por la playa le nublaba el sentido. Todo estaba borroso, todo fue repentino.
Erik estaba de pie, rígido, como un colosal cesar de mármol sobre la costa. Levantaba la mano izquierda, manipulando con ella los cientos de objetos metálicos que, un par de metros mar adentro, habían quedado suspendidos como mortíferas estalactitas. Su cara era el reflejo del esfuerzo mental que estaba haciendo para mantener el campo magnético estable, sosteniendo los misiles que los marines rusos y americanos habían lanzado. Un movimiento de muñeca y los artefactos giraron, cambiando su objetivo. Ahora los cazadores parecían ser las presas. Los gritos de histeria que aquellos que estaban en las naves, contemplando su inminente muerte, habían ahogado golpearon la mente de Charles. El miedo, el terror, la desesperanza de más de un centenar de hombres le oprimía el cerebro, lo asfixiaba.
-Erik, tú mismo dijiste que éramos mejores que ellos, este es el momento de demostrarlo.
Rezaba en lo más profundo de su alma por que su amigo entrara en razón. Lo conocía como a muy pocas personas y sabía que en su interior albergaba compasión. Él mismo la había visto brillar en aquellos ojos grises, a unos escasos centímetros de los suyos. Lo había sentido en el calor de su piel, en el grave susurrar de su risa, en las miradas furtivas con las que tantas veces habían jugado a ser cómplices de secretos, sus secretos. Pero ahora no parecía Erik, solo era el ser metálico en el que a veces se transformaba.
-¡Hay cientos de hombres inocentes en esas naves… solo están siguiendo órdenes!
-He vivido siguiendo órdenes, a merced de otros hombres… -Erik giró la cara, enfrentándose a Charles. No había vida en su rostro, no había señal de sentimiento alguno. Impasible, duro y frío. Ese era el otro, Magneto. –No volverá a ocurrir.
Un sonido hueco vibró en el ambiente y la onda magnética estalló alrededor. Los misiles se dirigieron implacables hacia los buques de guerra de donde habían salido, eran marionetas explosivas a merced de la ira del mutante.
-¡Erik, detente!
Entonces Charles Xavier entendió que Erik ya no existía, había sido consumido por el dolor y la muerte. Ahora era su alter ego el que actuaba. Si no hacía algo todas esas vidas serían extinguidas y pesarían en su conciencia, más latentes que todos los lamentos que su mente pudiera soportar.
-¡NO!
Un segundo le bastó para reaccionar e hizo lo único que creyó útil en ese momento; se abalanzó con un grito contra su compañero y lo abatió con un placaje, rompiendo su concentración. Magneto perdió el contacto visual y mental con los misiles, que cayeron estrepitosamente al agua. Casi todos fueron neutralizados, algunos explotando incluso antes de tocar la superficie del océano. El peligro había desaparecido, pero la amenaza aún se cernía sobre el profesor.
El otro mutante se levantó, arrastrando una nube de arena, tan ágil como un lobo. Charles intentó reaccionar a tiempo pero antes de lo previsto lo tenía encima, sentado sobre su pecho, sujetándole las muñecas. Tenía la cara transformada por una cólera asesina.
-No quiero hacerte daño, así que no me obligues.
Un flash, mezcla de recuerdos, fantasías y sentimientos, pasó ante los ojos del profesor. No era la primera vez que veía aquel rostro desde esa altura y esa posición, pero esta vez no reclamaba nada bueno, y lo sabía. El corazón le iba tan deprisa que podía sentir las venas latir con fuerza en el cuello, en la frente. Por el torrente sanguíneo viajaban innumerables sentimientos contrarios. Tenía miedo, había visto de lo que era capaz su amigo, pero también sentía tristeza pues parecía como si todo lo que habían vivido antes fuese parte de otra vida, la de dos extraños que nada tenían que ver con ellos. Sentía también algo de rabia, era incapaz de entender como el hombre que lo tenía inmovilizado no reaccionaba, no recordaba en qué punto exacto había perdido la cordura. Sin embargo, lo que lo inundaba con una fuerza que nunca antes había experimentado era ese extraño sentimiento de que lo habían defraudado. Le dolía en cada célula de su cuerpo, en cada terminación nerviosa, en su orgullo. Charles Xavier podría haberse deshecho de Magneto tan fácilmente, solo tenía que pensarlo y habría logrado separar cada átomo de su cuerpo, lo habría esfumado en el aire sin que el otro apenas hubiese tenido tiempo para darse cuenta. O simplemente podría haberlo congelado, quizá cuando todo acabase se lo habría llevado a la mansión X y con el tiempo podría haberlo hecho cambiar de opinión. Pero no lo hizo, por qué no lo hizo.
La protección de adamantium que llevaba Erik era la clave. Si le había servido a Sebastian Shaw para evitar toda intromisión psíquica claramente tendría el mismo efecto sobre cualquiera que lo utilizara. Solo debía alcanzarla, arrancársela, debía luchar por llegar hasta él.
Erik, aun sobre su compañero, levantó la mano y los explosivos que no habían quedado inutilizados volvieron a elevarse en el aire. Esa oportunidad también supuso una oportunidad para el que estaba debajo, así que Charles logró llegar a la punta inferior del casco. Los guantes resbalaban sobre la lisa superficie metálica, más tarde se encargaría de darle una buena reprimenda a Hank por haber confeccionado unos trajes tan poco prácticos.
-¡Erik, ya basta!
El rechinar del cuero contra el cuero sonó cuando se intentó librar de las garras de su opresor. Miraba desesperadamente para todos lados, como un conejo en las fauces de una bestia, intentando buscar una salida. No entendía por qué los demás no lo ayudaban, estaban allí, estupefactos, con las caras desencajadas de terror. Tampoco se atrevía a mirar hacia arriba, temía ceder ante la plata de los ojos que lo escrutaban, sentía la mirada atravesarle el corazón.
El segundo grillete que lo mantenía aferrado se soltó. Charles no tardó más que unas milésimas en descubrir por qué. Se cerró en un puño y le golpeó la cara. El chasquido del dolor duró poco, luego vino el calor de la sangre al concentrarse bajo la piel de su pómulo. Ni ese ni los consiguientes puñetazos lo hicieron sufrir tanto como los latidos que se quebraban en su pecho a cada bombeo. "Erik, dónde estás, por qué me haces esto. Soy yo, Charles. ¿No me reconoces?" Los pensamientos que intentaba transmitirle se perdían en el aire, aquel casco infernal que su amigo tenía puesto no le dejaba comunicarse mentalmente.
El suelo giraba como un terrible tiovivo, aunque mantuviese los ojos cerrados no conseguía concentrarse, todo dolía, sin parar. Los gritos no cesaban y no había nada ya que hacer para calmarlos. Cuando pareció imposible que la situación empeorase, Moira, la joven médico y agente secreta de la CIA, saltó a escena. Desenfundó su pequeña pistola y cargó contra Magneto. El primer disparo fue directamente a la cabeza, el resto a las otras zonas vitales, tal como le habían enseñado en la academia. Pero ni una sola de las balas consiguió impactar al objetivo. Erik, sorprendido, reaccionó como mejor sabía, con ira. Sus ojos se encendieron con fuego gélido y todas las disputas que tantas veces antes habían tenido por Charles se pusieron en juego. Lamentablemente, Erik tenía todas las buenas cartas. Una, dos, tres, toda la munición fue desviada por los poderes del hombre. La última del cargador fue la del jaque mate.
