"A todos los estudiante: reúnanse en la sala común, por favor. Gracias"

Bobby no había salido aún de la ducha, como era de esperar en él. Siempre le pasaba lo mismo, era el último en todo, desde llegar a la cocina a la hora del desayuno, hasta para entregar los trabajos de clase. Tampoco ayudaba el hecho de que todos fuesen sobreprotectores con él. Scott, o "Slim", como solían decirle, siempre estaba dándole consejos o corrigiéndolo, como a un hijo, Hank se metía con él llamándolo "bebé-x" y Warren lo trataba como a un hermano pequeño. Quizá fuese lo normal, a decir verdad era el menor de todos y definitivamente no tenía imagen de ser un hombre sino de ser un niño. Era torpe, olvidadizo y si alguien lo sorprendía o lo sacaba de su ensimismamiento ponía cara de crío despistado que acaba de perder a su madre en una calle concurrida.

La cuestión era que aquello le molestaba mucho, pero jamás lo suficiente como para enfadarse con los demás estudiantes de la Academia X. Siempre había alguna que otra pelea, algún berrinche, pero se apreciaban demasiado como para llegar a algo más. De hecho, bromeaban con el profesor, llamándolo papá-x, porque la unión que tenían y el buen ambiente que había en la mansión los hacía sentirse en familia.

Bobby había hecho lo posible para demostrarles a todos que era digno de respeto: pasaba largas horas en la sala de entrenamiento desarrollando sus habilidades mutantes y, cuando no, estaba frente al espejo, buscando nuevos músculos que debía reforzar para parecer más masculino. Porque, al final, todo se basaba en su apariencia. A sus diecisiete años era aún un joven bajito para su edad, su piel era suave y completamente blanca, como la de un querubín, y las pecas le cubrían la nariz y los sutiles pómulos. El pelo platino se cerraba en delicados bucles sobre su frente, los ojos eran del celeste más parecido al cielo que se pudiesen ver y sus manos delgadas iban a juego con sus escuálidos brazos y piernas. En la calle lo habían confundido miles de veces con una muchacha, lo que, sin excepción, le hacía brotar un rubor carmín de las pecas. Por eso no podía seguir dejando que aquello ocurriera, si quería que lo tomaran en serio.

Acabó de secarse a trompicones, la camiseta se la puso al revés, los tenis sin medias y los vaqueros los fue abotonando mientras corría por el pasillo. "¡Maldita sea, siempre igual, Bobby!" se reprimió a sí mismo mentalmente. Bajó los escalones de dos en dos y, cuando creyó que ya llegaba a la planta baja, pisó mal el último peldaño, cayendo de bruces. Una mano lo sujetó con firmeza del brazo justo antes de tocar el suelo y lo levantó como a una pluma. "Ándate con cuidado, pequeñín, o un día de estos nos dejarás helados de un susto" dijo una sonrisa tan blanca que cegaba. Era Warren Worthington, un chico alto, de melena rubia y facciones canónicas. Si alguien le servía de ejemplo a seguir, además del profesor Xavier, era él, posiblemente la persona más responsable y honrada de la academia, o del mundo entero. Inteligente, amable y apuesto, por algo era la mano derecha de Charles. "Gracias, Warren" dijo tartamudeando el más joven. Las pecas se le encendieron de sobremanera de un rojo brasa y, consciente de ello, bajó la mirada. Nunca había podido sostenerle la mirada y no sabía por qué. ¿Serían las alas suaves y blancas que le nacían de la espalda lo que le imponía respeto? Era poco probable. En tal caso eran dignas de admiración pues esas extremidades que solo podía tener alguien portador del gen X eran la marca que lo hacían parte de la "familia". No, definitivamente no era eso. Pero algo tenía que cada vez que lo veía se le aceleraba el corazón y se volvía más desastre, si cabía. Tras una risa y una mirada de apoyo Warren le sacudión el pelo aún mojado y lo abrazó de lado, llevándoselo a la sala común. "¡Venga, Bobby, no hagamos despertar la furia del profesor!"

Las puertas dobles de la entrada principal de la sala común eran corredizas. Dentro había varias butacas de cuero marrón y un sofá de tres plazas, todos de estilo Chesterfield. Las paredes estaban cubiertas casi en su totalidad por estantes con libros que solo Charles había acabado e incluso, en algunos casos, releído. Allí donde las estanterías dejaban vacíos se podía ver el empapelado de la pared, de líneas verticales color pastel. La moqueta bordeaux con volutas doradas armonizaba el conjunto clásico de la habitación.

Desde el otro lado del pasillo se acercaban Scott y Hank cuando Warren y Bobby llegaron a la entrada. Se miraron con cara de intriga –"¿Sabéis alguno por qué querrá vernos el profesor?"-, pregunto el Ángel. "Espero que no sea una de las tuyas… otra vez, Hank", dijo Scott en tono de reproche. Bobby, quien mantenía la boca cerrada, siempre había pensado que Scott era demasiado amargado para la edad que tenía. Una vez llegó a preguntarse incluso si debajo de esas gafas que no podía quitarse se escondían en realidad unos ojos con cataratas y llenos de arrugas. Quizá una de sus habilidades era esconder de esa manera su verdadera edad, pero esos serían pensamientos que jamás diría a nadie y mucho menos a Warren, quien se reiría una semana seguida. "Oye, chaval, que cuando tú estabas en pañales a mí ya me crecían pelos en…" La discusión siguió unos segundos, Scott le contestó que los pelos le sobraban y a continuación salieron a relucir insinuaciones de perros peludos y cíclopes monstruosos. Justo cuando parecía que llegaban a las manos se abrió de par en par la puerta.

Del lado interior del umbral no se encontraba nadie, lo que sorprendió a los cuatro muchachos. Con las caras marcadas por la incredulidad se asomaron y vieron que en el centro de la sala estaba el profesor sentado en su silla de ruedas, con una taza de té en la mano. Opuesto a él y de espaldas a la entrada había otra persona, una chica, presumiblemente. Sin abrir la boca y con los ojos cerrados, disfrutando de su bebida, Charles Xavier se dirigió a sus alumnos. "Estáis dejando la escuela en una posición terrible, la visita creerá que educo a unos monos de circo en lugar de a cuatro talentosos hombres". Se acercaron lentamente, con desconfianza y un tanto avergonzados, cuando por fin la desconocida giró la cabeza. Una adorable pelirroja se levantó, dejó la taza en la mesita ratonera, se quitó el sombrero y sonriente dijo "hola a todos, me llamo Jean Grey y soy vuestra nueva compañera".