Capítulo Cuatro: Sin Ley
Decir que Kurogane estaba poco menos que ilusionado con el hecho de estar emparejado con Fay sería decir poco. Además, eso empeoraba el insulto de su "verdadero nombre", HOMELESS. Gruñó y retiró la mano de la de Fay, levantándose de repente.
- Qué nombre tan estúpido –rezongó. Cerró las manos en puños y abandonó la habitación; salió del edificio y se apoyó contra la pared a un lado de la calle con los brazos cruzados. Alzó la vista hacia el cielo, sin molestarse en protegerse los ojos del sol. Era un cielo distinto al que lo había visto nacer, aunque este mundo se pareciese bastante al suyo en varios aspectos. A excepción de los extraños nombres, el sistema de escritura era similar al suyo y el jinja que habían visitado el día anterior se parecía también a los templos que había en Japón.
Kurogane había hecho la promesa de volver a Japón, una promesa que pensaba mantener, y no conseguiría cumplirla si seguía allí meditando. La única manera de pasar de ese mundo al siguiente era encontrando la pluma de Sakura. Kurogane mantenía la esperanza de que el siguiente mundo fuese Japón, o el de después. Sólo había una forma de descubrirlo.
Un par de adolescentes, un chico y una chica, estaban sentados a medio tramo de las escaleras. La chica llevaba una falda larga plisada de color negro y en vez de camiseta parecía llevar sólo vendas alrededor del torso, bajo su larga chaqueta roja. El chico vestía una chaqueta de cuero negro y llevaba el pelo cortado al estilo de las bandas de la República de Hanshin. Estaba agitando un cigarrillo bajo la cara de otra chica joven.
- No te preocupes, princesa –rió él-. No te dolerá… mucho.
La chica se alejó de ellos, y mientras se giraba para comprobar la distancia hasta el tramo de escaleras detrás de ella, Kurogane pudo ver su cara. Había estado observando con cuidado, esperando el momento oportuno para intervenir. Cualquier plan que pudiese haber ideado se vino abajo cuando la reconoció.
- ¡Princesa Tomoyo! –gritó, sorprendiéndolos a los tres. Los jóvenes miraron abajo, sobresaltados por el súbito ruido; Kurogane se había estado moviendo tan silenciosamente como sólo un ninja experimentado podía hacer. Desafortunadamente, su movimiento tomó a la chica por sorpresa y ésta resbaló, cayendo por las escaleras. Kurogane la cogió y la dejó en el escalón de abajo.
- Si no te importa –dijo la otra chica-, estábamos jugando con ella –el joven rió. Kurogane no dijo nada-. No íbamos a hacerle daño, sólo darle una lección. Necesita aprender que hay gente con la que su mamá no debería meterse.
Kurogane siguió callado.
- Si no nos la vas a devolver, te la tendremos que quitar –dijo el chico, poniéndose de pie-. Te desafío a un combate de hechizos.
Kurogane se animó. Hacía tiempo que deseaba una lucha, ya que la mayoría de mundos que visitaban eran pacíficos. Sabía que, además de sentirse aliviado, necesitaba estirar las piernas y practicar para no oxidarse.
- Acepto –había estado bastante atento durante la explicación de Sorata y se había hecho una idea aproximada de cómo funcionaba.
- ¡Sistemas de lucha, en marcha! –la chica se levantó también, con un tubo metálico en mano. Sorata no había mencionado nada sobre armas, pero de todas formas así era más el estilo de Kurogane. Ella avanzó y tomó la mano del chico-. ¡Lawless –dijeron al unísono-, no seguimos ninguna regla!
El chico se rió y se hizo petar los nudillos, y la chica balanceó el tubo sobre su hombro, sonriendo.
- Ya sabes lo que tienes que hacer, Kenta. Destrúyelos.
Kenta era más rápido de lo que Kurogane esperaba.
- ¡Encarcelación! –la palabra lo golpeó con más fuerza de la que la chica nunca podría llegar a balancear el tubo, y la manera en que éste giraba le hizo pensar que podría golpearlo bastante fuerte. Instintivamente, alzó un brazo para protegerse la cara y con la otra mano se agarró a la barandilla para no caerse. Su bloqueo paró el impacto, pero la fuerza de éste se le enroscó firmemente alrededor de la muñeca.
Cuando el viento causado por el ataque paró, Kurogane descubrió en su muñeca lo que parecía un brazalete de cuero con una cadena. Dolía. No tuvo tiempo de reponerse antes de que Kenta emprendiese una sarta de hechizos.
- Obligación. Contención –el brazalete de su muñeca se tensó-. Detención –una segunda banda apareció en su otra muñeca-. Subyugación –ambas muñecas se unieron-. Esclavización.
El chico se regocijó cuando un collar similar a los brazaletes apareció alrededor del cuello de Kurogane, prácticamente ahogándolo. Hizo una mueca y se afirmó bien en los escalones. No se echó atrás, aunque con las ataduras no tenía ninguna oportunidad.
- ¿Dónde está tu unidad de lucha, Señor Cortesía? –dijo la chica, aún balanceando el tubo de forma inquietante-. Esperaba que esto fuese un poco más interesante, Kenta.
- Yo también lo esperaba, Iseul. Vaya flojo –le dio una patada a Kurogane, quien la esquivó con facilidad a pesar de su confinamiento y se la devolvió. Kurogane tenía mejor puntería, y le dio de pleno en la barbilla. Iseul bajó las escaleras a grandes zancadas, sujetando el tubo tan fuerte que se le pusieron los nudillos blancos.
En el apartamento, todos oyeron el molesto sonido del inicio de una lucha. A Sakura se le resbaló uno de los platos que estaba guardando. Éste se hizo añicos.
- Princesa –gritó Syaoran, saltando con destreza sobre los trozos de plato hacia Sakura. Igual que había hecho el día anterior, colocó sus propias manos sobre las de ella para ayudarla a taparse las orejas y no oír el ruido. Mokona saltó del mostrador al hombro del chico para después ponerse entre ambos, tapándose las orejas. Nadie vio cómo se abrieron sus ojos, y su exclamación se perdió en medio del ruido.
Fay se encogió. El sonido era insoportable. Notó una nueva sensación además del penetrante silbido; una sensación como de ser estirado, como si estuviese atado a una cuerda. Podía verla, rodeándolo suavemente. Ésta cruzaba el pequeño apartamento y salía por la puerta, siempre a la altura de la cintura. Vio que Syaoran y Sakura también estaban unidos por una.
Hizo un gesto para atraer la atención de los otros y señaló hacia la puerta.
- Voy para allá –consiguió decir por encima del ruido. Éste aún seguía, como una nota metálica que se alargaba eternamente-. Esperad aquí.
El tirón de la cinta que lo rodeaba era irresistible; se dejó arrastrar, siguiéndola para ver adónde llevaba. Por la puerta, por el pasillo, hacia las escaleras. Abajo varios tramos de escaleras, hacia…
- ¡Kurogane!
- Me preguntaba cuándo vendrías –dijo una chica con el cabello blanco desteñido y sin cejas-. Tu sacrificio te ha estado esperando.
- Sí, Homeless, pensábamos que nunca vendrías. Vaya mierda de nombre, debe joder.
A Fay le costó un minuto relacionar las ataduras de Kurogane con lo que les había explicado Sorata sobre las batallas de hechizos. La marca de su mano empezó a quemar, y le pareció que brillaba como la cinta que lo ataba al ninja.
- Qué idiota –dijo el chico, cruzándose de brazos-, dejar que su sacrificio luchase solo. Imbécil.
- Pareces un endeble. Esperaba que un tío grande como él tendría un gran luchador, alguien fuerte. Es tan aburrido –añadió la joven. Hizo girar el tubo-. Vamos, Kenta. Dales una paliza.
- ¡Dominación!
Las ataduras se extendieron por sus piernas, haciendo que casi cayese por las escaleras. Aún así, Fay se debatía entre ayudarlo y su promesa de no usar magia.
- Explosión.
Esta vez las ligaduras lo hicieron caer. Sus rodillas chocaron contra los escalones de cemento con un crujido escalofriante. Fay compuso una mueca de dolor.
- Control…
Fay lo cortó, enderezándose y mirando a Kenta directamente a los ojos.
- Lo siento –dijo cordialmente, interponiéndose entre los jóvenes vestidos de negro y Kurogane-. Esto no es muy bonito, ¿no?
- ¡Posesión! –la voz de Kenta flaqueó. Se estaba frustrando.
- Hmm, no creo que a Kuro-chi le gustase mucho eso –Fay sintió cómo la magia crecía en su interior, una magia extraña que no se parecía en nada a la suya; se descubrió trazando palabras en el aire a medida que las decía. Un brillo débil rodeaba las letras que escribía, aunque éstas parecían un galimatías para cualquiera excepto él. Sorata había mencionado la diferencia de poder entre los hechizos complicados y las palabras solas, y Fay había prestado atención a eso. Fay D Flourite era el mago de Celes, sólo se hacía el tonto-. Ignorar las reglas es trampa, ¿no creéis? –su voz resonó entre los muros-. Así que supongo que si habéis perdido, "vosotros" deberíais iros.
Fay levantó una mano y deletreó la palabra "partida", o su equivalente celesiano. Unos zarcillos de color azul pálido se enroscaron alrededor de Lawless, y la pareja desapareció juntamente con las ataduras de Kurogane. La otra chica se acercó a ellos antes de que Fay se diese cuenta de que la lucha había acabado. La joven cogió a Kurogane por las muñecas y lo miró con preocupación. El guerrero miró a Fay, que estaba apoyado contra la pared. Parecía receloso.
- Afortunado, supongo –dijo el mago, hundiendo las manos en los bolsillos y encogiéndose de hombros. Kurogane entrecerró los ojos, y Fay supo que no iba a olvidar el hecho de que lo había salvado. Apartó la mirada.
NdA: He intentado no incluir esto, pero quiero darle las gracias a mi fabulosa beta, Corva, que es maravillosa e increíble – Todas las ideas buenas de este capítulo son suyas (y todas las malas son mías).
NdT: Si encontráis algo mal escrito, decídmelo, por favor. Intentaré mejorar.
