Del Amor al Recuerdo
IV
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He despertado. He dejado atrás una vez más ese instante en que la mente vence al sopor de a poco… ese instante que abandonas los sueños y regresas a la realidad… ese momento en que el dolor y la soledad vuelven a sentirse…
Ese momento que una vez quise apreciar como el inicio de mi felicidad…
Estiro las manos. El satén de las sábanas me devuelve la caricia… como aquella vez en que era otra caricia la que buscaba… era otra calidez diferente a la del mullido lecho… No encontré nada… estaba vació, estaba frío… estaba solo…
Me levanté… la busqué… solo pude distinguir una mancha de sangre cerca del borde de la cama… pensé que yo la había causado. Me sonreí como idiota. Era mía… solo para mi, desde antes… y ahora… Cuando la encontrará me regocijaría en eso… Un leve temor me invadió… ¿Y si ella no quería?... ¡No! Si ella no quisiera no se hubiera compartido y entregado como lo había hecho… Wendolyn… mi Wendolyn… me amaba… Y eso me llenaba el pecho de una felicidad pocas veces experimentada…
Tonto imbécil… si, era feliz… muy feliz… pero al mismo tiempo algo dentro de mí, insistía en que ella no era para mí…
La llame, la busque, en el baño, en el hall… en el resto del departamento… pensé encontrarla en cualquier rincón apareciendo con una sonrisa enorme dispuesta a besarme… me volvía a encender con la idea… pensé verla aparecer en cualquier instante con algo para mi… yo le diría que su sola presencia me bastaba para ser feliz… la espere… comencé a asustarme y esa sensación volvió a aparecer en mi…
Ese temor de perder algo que amas… ese fino velo de la confianza que se rompe fácilmente desestabilizando toda una estructura…
Sentí en la boca un sabor amargo… en el ánimo un vacio amenazante… en mi alma una sensación de zozobra… En mi pecho una tristeza pocas veces experimentada…
Cada que despierto se repite ese ciclo. Despierto solo, despierto frío… despierto abandonado… Estiro los brazos y no es su cuerpo quien los llena… aspiro la almohada, su aroma no está ahí… Busco en mis recuerdos… ahí sigue…
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Me acicale… tenía que buscarla. No iba a huir esta vez. No de ella. Caminé de nuevo por las calles para llegar a su quinta. Un puesto de flores se me atravesó y no me resistí. Las rosas blancas estaban preciosas, como jamás había visto otras. Le compré seis docenas, un ramo lo bastante grande para ser tomado con comodidad… seguí mi rumbo…
El coche avanzaba por las calles estrechas de la ciudad, una ciudad que podía decir recorría por primera vez sin ella, sin su voz narrándome cada detalle recóndito, cada curiosidad… cada deseo de perdurar como esas estructuras…
El miedo en mi crecía… empecé a sospechar… fui cayendo en cuenta de frases, de actitudes… el fin, el cambio de rumbos siempre estaba presente en nuestras conversaciones… Wendolyn decía que nada es eterno, ni el dolor, ni la felicidad… que el presente es perfecto por se lo único certero en nuestro haber…
Venecia sin su presencia y su voz me pareció una vieja ciudad, demasiado melancólica, demasiado antigua… demasiado hastiante para un hombre como yo… el temor volvió a crecer… ¿sólo Venecia me parecería así?... Sin ella a mi lado… ¡No! Comencé a rebelarme… yo la… quería, la apreciaba… la deseaba, eso era cierto… pero mi vida no se reducía a ella… mi vida era yo y nada más… ¿Por qué la buscaba entonces?... porque me debía una explicación por huir así de mi… por dejarme atrás tan fácilmente… ¿Por qué las flores entonces?... ¡Maldita sea!... tenía que verla y escuchar de su viva voz lo que me dijera…
A mi llegada a su villa estaba sombría… toque varias veces hasta que apareció una mucama. Le pregunte desesperado por Wendolyn con el desdén característico de mi familia…
La chica titubeó en sus respuestas… pero aseguró que ella se encontraba indispuesta… Pedí… ¡No! ¡Exigí verla!... un jardinero llegó hasta nosotros y me saco casi a empujones… ¡maldito insolente!... se acordaría de mi. Me vi en la calle solo, tiritando de rabia, respirando aceleradamente y en mi pecho alojándose, luego de la rabia, ese maldito dolor del que venía huyendo de América… esa sensación de ser echado, de ser puesto al margen, de ser tan poco indispensable que en cualquier momento se puede dejar atrás…
Caminé al auto… ¿Rosas blancas?... ¿Qué diablos estaba pensando cuando las compré?... Wen no podía estar cerca de las flores… y las rosas… las rosas blancas… Sentí como si el recuerdo ligado a las rosas blancas de nueva cuenta apareciera para burlarse de mí, para despreciarme otra vez y echarme fuera de su vida… Tome el ramo y lo eché lejos… como quería echar su recuerdo… como deseaba echar la rabia y el descontento… como deseaba entender lo que estaba sucediendo… Ahora era Wen quien parecía echarme de su vida…
Vi las rosas mancilladas a varios metros de distancia y la visión de los pétalos heridos me lleno de nostalgia y una inexplicable tristeza… me quede viéndolos como hipnotizado, como en trance… Volví la vista a la casa de Wen, la misma sensación que a mí, parecía embargarla… todo alrededor era una ola indescriptible de melancolía…
Retomé mi camino… pasé de largo por el coche… necesitaba despejarme… necesitaba caminar… Vagué por varias horas sin rumbo y di varias vueltas en círculos alrededor de la zona… No quería regresar a toparme con las memorias de la pasada noche… no quería regresar a comprobar que estaba solo con un montón de recuerdos que me sabían a burla…
Llegué a los canales y por inercia subí a la góndola; cada paraje tenía un recuerdo de alguna sonrisa, de un guiño, de una emoción particular… hacía cuanto que ambos habíamos pasado por ahí… hacía cuanto que apenas nos conocíamos… hacía cuanto que yo necesitaba de alguien para disfrutar un lugar…
Pasé por el puente de los suspiros, la última visión de los condenados a muerte… Un escalofrío me recorrió… una visión se formo en mi mente. Aquella vez Wen estaba llorando… aquella vez, apenas hacía un día, sin palabras me declare… pasé por el puente dejando atrás mis miedos, o intentándolo, para ser sinceros ya estaban más que calados dentro de mí.
La mañana pasó y se hizo tarde… y cayó la noche cuando decidí regresar a mi departamento; en el fondo entendí que ir a la casa de Wen sería inútil, de nuevo no la podría ver… En casa todo estaba limpio… ordenado… sin huellas del paso de nadie… una nota en la mesa central era la única variante… una nota delicadamente atada con un listón negro y una rosa roja sobre ella… apenas verla sentí escalofríos
Supe que era de ella… y me negué a leerla… la deje botada… mientras me hundía en la cama. Había tomado una decisión: al día siguiente me iría de ahí, alentado entre el desencanto, el dolor y la rabia de ser de nuevo puesto al margen. Me sentía rechazado ahora pero de una manera diferente… No era mi vanidad la que estaba herida… no era mi ego el que agonizaba entre las decisiones de una mujer. Por una vez supe lo que era ser echado en un momento de necesidad trascendente de espacio personal… de imperiosa necesidad de un espacio y momento de dignidad y aún cuando en mi interior me negué a reconocerlo… con el paso del tiempo comprobé que me hubiera gustado estar a su lado y repetirle una y otra vez que su breve paso en mi vida me hincho de alegría, felicidad y vitalidad que no llegue a imaginar…
A la mañana siguiente me iría, me retiraba… pero no huía… eso estaba claro para mí… Simplemente regresaba a mi mundo… con nuevas experiencias y sentimientos en mi haber…
¿La amé?, todavía no lo sé… sé que llenó mi alma de felicidad, de una dulzura imposible, de una pasión desbordante no por el cuerpo o la fiebre de un momento… una pasión que venía por el gusto de simplemente estar y sentir… de disfrutar lo que te rodea y de apreciar a quien está a tu lado de manera desinteresada… sin esperar algo a cambio que no sea la sonrisa más sincera y el sentimiento más genuino… Una nueva clase de ambición se abría ante mí…
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A la luz del sol tomé mi maleta… y guarde en mi solapa la carta que había enviado… la rosa languidecía por el extenuante calor veraniego dejando impregnado su aroma en el papel.
A medio camino decidí intentar la última vez. La buscaría… no estaba seguro de hacerlo, pero algo en mi me dirigía hacía su casa… llegué rápido a pesar de mi paso lento… el aura de tristeza seguía impregnando el recinto desde fuera… y aunque yo presentía lo que pasaría, necesitaba comprobarlo. En uno de los muros altos una enredadera se extendía, curiosamente ese día una de las sencillas florecillas abrió e impregnó de aroma alrededor… La corté… en un impulso, sin pensar que era la primera de su estirpe, la única alegría de ese lienzo verde.
Toque… la misma sirvienta de ayer me abrió… apenas verla lo confirme. Sus ojos hinchados y tristes… No pregunte nada, solo la vi como nunca antes había visto a otros sirviente…
No pude preguntar… sería demasiado… las lágrimas brotantes de la chica me respondieron todo…
¿Está aquí?... – pude por fin preguntar…
No… se la ha llevado ya… dijo mientras el llanto terminaba por envolverla…
No supe que hacer; consolarla hubiera sido una opción, pero yo mismo no me sentía ya en este mundo. Sé que tome la florecilla y se la puse en las manos, mientras ella se calmaba… y di media vuelta.
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Sigo preguntándome porque no quiso despedirse de mi… porque no me dijo nada de su sufrir…
Supongo, que quiso ser feliz, sin nada que afectara mi trato hacía ella, supongo que quería ser un igual en todo momento… que la viera siempre como a alguien igual a mí, que no necesitaba ni más cariño, ni más cuidado que cualquier otra persona… Hoy sé que de haberlo sabido, se lo hubiera dado, no por lástima, no por compasión… sino porque en ello iría gran dosis de alivio y amor hacia mi…
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Su carta la abrí mucho tiempo después… ya cuando su recuerdo se diluía al ritmo del transatlántico en las aguas del océano… ya cuando nació en mí la pregunta de si en verdad fue amor...
Hoy sé que la recuerdo a cada día, a cada instante… tan seguido y de manera tan intensa, que creo que si fue amor… un amor que a cada segundo se va enredando entre los hilos del recuerdo que guarda mi corazón…
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¿Por qué así?... porque no concibo despedirme teniéndote junto a mi… una despedida es un proceso que requiere de tiempo, mucho coraje y convicción… la comencé hace unos meses cuando llegué a este lugar con la esperanza de un médico moderno… Cuando supe que por más que hiciera o me opusiera, mi cuerpo se apagaría al ritmo que mi sangre se diluyera contra mí… al ritmo de la fiebre consumiéndome… al paso de la leucemia en mi ser…
Llegaste en medio de ese proceso… y aunque de principio te vi como quien va por la vida sin echar raíz, luego supe que la estabas echando en mí… una tierra incierta como la de estas islas que hemos recorrido juntos… una tierra condenada a morir sin poder nutrir lo que en ella se sembrara…
Ha sido triste irme así, sin decirte nada… pero lo hice por ti… por no enfrentarte a este paso de sufrir por lo que ha de ser invariable al fin… por lo que no tiene vuelta… Ha sido triste pero ha sido lo mejor… por que en cada minuto tuve a mi lado a un hombre feliz, que se me entrego, o lo intentó, sin cuidados, ni reservas o ventajas hacía mi… Te tuve tal cual… y puedo decir, que así te he conocido y aceptado y amado, como jamás creí…
Sé que no tienes claro lo que sentiste por mi… yo quise pensar que era amor, porque en verdad lo parecía… aunque a veces se parecía al recuerdo de otro sentimiento antiguo en ti… No me importo… para mí fue amor, amor para mí que hizo muy feliz…
Quiero que sonrías, que seas ese que yo he conocido, que sin miedos, ni nombres, ni remilgos regreses a tu mundo… y seas tan dichoso, como lo he sido yo a tu lado…
Que mi recuerdo, te lleve cada que lo necesites, la certeza eterna de mi amor por ti…
Wendolyn Thalía…
FIN
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Laurie Miau
