Ha sido un largo camino traduciendo este fanfic... ¡por fin lo he terminado! (leontinees llora de alegría). Gracias a todos los que me habéis acompañado, ¡si he podido continuar hasta ahora ha sido por vuestro apoyo ^o^!
Epílogo:
Gaara iba caminando a casa tras un largo día en la oficina, disfrutando de la paz que llenaba su aldea. Algunos niños vinieron corriendo a él, pidiendo verle manipular la arena; él sonrió y felizmente accedió. Era asombroso qué diferencia habían hecho tres años... qué diferencia Ino había hecho, no sólo en él, sino en toda la Villa Oculta de la Arena. Retomando su camino hacia la puerta de su casa, entró y fue recibido por el delicioso aroma del guiso, que Ino había dejado cociéndose a fuego lento en el fogón antes de irse a la academia.
- Hola, cielo - le saludó Ino animadamente, girándose desde el fogón y balanceándose hacia él.
Gaara aún no podía contener una sonrisa al pensar que esta fabulosa mujer era suya. Ino se alzó de puntillas para darle un besito rápido, pero Gaara inmediatamente la atrapó en sus brazos y la atrajo hacia sí para un beso mucho más satisfactorio. Esto duró hasta que Ino apartó bruscamente a Gaara, y rápidamente se volteó hacia el horno antes de sacar una bandeja de pan de maíz y enviarle una mirada regañona.
- ¿Cuántas veces tengo que decirte que no me hagas eso mientras estoy cocinando? - farfulló ella, incapaz de retener el feliz destello de sus ojos, o de evitar que las comisuras de su boca se fruncieran hacia arriba.
Gaara sonrió sin arrepentimiento y se sentó a la mesa, que había sido puesta con la atención habitual de Ino a los detalles.
- Bueno, pues... - dijo Ino mientras llevaba la comida a la mesa y se sentaba frente a Gaara - Tengo noticias.
El Kazekage la miró con curiosidad mientras inhalaba un poco del fragante estofado de su plato. Su ceja se arqueó mientras esperaba pacientemente a que ella continuase, preguntándose qué clase de noticias eran exactamente. Todavía no era un experto en interpretar emociones, e Ino tenía tantas que a veces era difícil entenderlas.
- Oh, no me mires así. ¡Es una buena noticia! Al menos, yo creo que lo es - dijo un tanto más vacilante.
Gaara solamente asintió con la cabeza para que continuara, impaciente por conocer lo que sea que ella quería decirle.
- Sé que no hemos realmente hablado de esto todavía, pero ha sucedido... y bueno, en realidad lo estaba esperando-
- ¿Qué es? - preguntó Gaara, cansado de los intentos de ella por eludir la cuestión.
- Estoy embarazada.
Gaara se congeló, una repentina sensación de terror recorriéndole.
- ¿Qué? - inquirió incrédulo.
- Oh, vamos Gaara, no te hagas el sorprendido. Esto iba a pasar tarde o temprano, con la frecuencia que... - Ino se detuvo para aclararse la garganta - Entonces, ¿qué piensas? - le preguntó de nuevo, algo más tiernamente.
Gaara, incapaz de afrontar este giro repentino e inesperado en su vida, abruptamente se puso de pie y caminó hacia la puerta.
Ino tan sólo suspiró y se inclinó con tristeza sobre su cena. Después de todo, tenía que cuidar de sí misma ahora. Este era su hijo y el de Gaara, y no podría estar más feliz... de acuerdo, eso era mentira. Sería más feliz si su marido no se hubiera simplemente ido tras oír la noticia, pero sabía que Gaara necesitaría tiempo para aceptar este cambio, y podía esperar. Por un poco rato. Luego únicamente tendría que meter algo de sentido en él.
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Gaara vagaba sin rumbo por la aldea. Sus pies, sin embargo, seguían tratando de llevarle de vuelta con Ino, así que Gaara finalmente cedió y se sentó en el techo de su casa, mirando las estrellas. ¿Un niño? Destruiría la paz de su hogar. Gaara ni siquiera pensaba que sería un especial buen padre; simplemente no parecía algo que él pudiera hacer. Además, el bebé acapararía toda la atención de Ino.
Ino esperó pacientemente durante unas horas antes de dirigirse al lugar en el que sabía que acabaría Gaara. Saltando al tejado, caminó en silencio hacia su marido. La arena de Gaara se arremolinó en torno a ella y la llevó junto a él, adonde estaba sentado, silencioso e inmóvil.
- ¿Qué estás pensando? - preguntó ella suavemente.
Cuando Gaara finalmente se volteó a mirarla, ella se sorprendió un poco por la vulnerabilidad que mostraba en sus ojos.
- ¿Qué pasa si no le gusto? - preguntó.
Ino envolvió un brazo alrededor de él y apoyó la cabeza sobre su hombro.
- ¿Cómo podrías no gustarle? - dijo - Eres maravilloso, y eres su padre. El bebé te adorará.
- Pero... no creo que pueda ser padre - dijo desesperadamente.
Ino solamente ondeó su mano en un gesto desdeñoso.
- Todo el mundo piensa eso, estarás genial. Nunca sabes a menos que lo intentes, ¿no?
- Y ... ¿qué hay de ti? - dijo Gaara tan bajito que Ino tuvo que aguzar el oído para escucharlo.
- Estoy segura de que podré adaptarme a la maternidad de alguna manera. Se supone que es un instinto natural...
- No - dijo él un poco más alto - No te va a hacer daño, ¿verdad?
Ino se congeló, incapaz de responder realmente a eso. Nunca dejaba de sorprenderle lo mucho que Gaara se preocupaba por ella.
- Gaara, estaré bien. Es lo que quiero.
- ¿Y qué hay de nosotros?
- Tendremos un bebé. ¡Seremos una familia!
Y Gaara decidió que podía vivir con eso.
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Su aceptación de la decisión fue replanteada cuando Ino comenzó a vomitar cada mañana. Le dolía verla miserable y encorvada sobre la taza del inodoro. El embarazo fue más difícil para Ino de lo que ella había esperado. No por el bebé, por extraño que parezca, sino por Gaara. Él se preocupaba mucho por ella, y aunque eso fuera dulce, únicamente la hacía alterarse más. Necesitaba un amigo con ella para afrontar todo esto, así que ambas Temari y Sakura hicieron planes de venir a Suna para el último trimestre. Hasta entonces, sin embargo, Ino estaba sola.
Lo más duro para Gaara, y probablemente lo más entretenido para todos los demás (siempre y cuando estuviesen bien lejos), fueron los cambios de humor. Ino siempre había estado sujeta a cambios bruscos de humor, pero el embarazo aumentaba diez veces su imprevisible tendencia. Gaara aprendió rápidamente que podía manejar a la Ino enfadada, simplemente se refugiaba en su armadura de arena y la dejaba que le lanzase lo que quisiera (y esto incluía todo, desde ropa y zapatos hasta la licuadora o la televisión); también podía tratar con la Ino exuberante, que de hecho le gustaba bastante...
Con lo que no podía lidiar era la Ino triste. Las acusaciones de que él la odiaba le herían un poco demasiado profundo, y todo lo que podía hacer era sostenerla en sus brazos y mecer gentilmente a su sollozante esposa adelante y atrás, diciéndole que la amaba hasta que finalmente ella le permitía besarla y todo volvía a la normalidad... al menos por un rato. Ella tendía a ir en ciclos (de enojada a triste y luego a exuberante y viceversa) un par de veces al día, y estuvo más que comprobado que el Kazekage tuvo que dejar muchas de sus obligaciones oficiales en manos de su hermano mayor. En una ocasión había dejado a Ino con Kankuro, pero el marionetista se había negado a hacerlo nunca jamás otra vez.
El tiempo pasó, y Gaara aprendió a tener la casa bien provista de pepinillos y mantequilla de cacahuete. Porqué, no estaba del todo seguro, pero Ino se enfadaba mucho cuando quería una u otra cosa y no había. Incluso había aprendido a ignorar las raras ocasiones en las que ella en verdad se comía los dos juntos, untando los pepinillos con la mantequilla de cacahuete. Ino, por otra parte, había estado adaptándose sorprendentemente bien, dejando aparte el hecho de que era un desastre emocional. Fue cuando su quinto mes la golpeó que Ino se derrumbó completamente. Acababa de salir de la ducha y estaba tironeando de su ropa cuando le vino una súbita y desgarradora comprensión.
- ¡Estoy gorda! - se lamentó, y se arrojó sobre la cama en desesperación.
Gaara la encontró allí unas horas más tarde, y pasó el resto del día convenciéndola de que no, no estaba gorda; y sí, él todavía la amaba. Y por supuesto que no podía ponerse a dieta, ella necesitaba comer para el bebé, el bebé de los dos.
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Cuando Ino rompió aguas Gaara, Sakura, Kankuro, Temari, Shikamaru y Chouji la llevaron corriendo al hospital. Iba una semana temprano, y desafortunadamente los padres de Ino no llegarían hasta el día siguiente. Sakura estaba con Ino para traer al bebé, pues la rubia no confiaría en nadie más; Temari en cambio se quedó en la sala de espera, ella y Kankuro estaban tratando de mantener a Gaara calmado. Cuando un grito de Ino rompió el ambiente (llenándolo con maldiciones) Chouji y Shikamaru se le unieron, reteniendo al frustrado Kazekage en su lugar con sus jutsus.
Pero de alguna forma, horas más tarde todo era perfecto, mejor de lo que él pudiera nunca haber imaginado. Estaba sentado en una silla, puesta al lado de la cama en la que su exhausta esposa yacía, simplemente mirándola y comprobando por sí mismo que ella estaba estupendamente bien. Sakura entró con un pequeño bulto de mantas y se lo ofreció a Ino, que perezosamente se colocó en una posición sentada antes de aceptarlo. Ella retiró dulcemente las mantas de la pequeña carita, antes de mirar a Sakura interrogante.
- Es una niña - dijo Sakura con una sonrisa, antes de salir de la habitación para contárselo a los demás.
Gaara se inclinó para mirar con timidez, y se sorprendió cuando Ino prestamente besó la frente de la bebé y luego se la ofreció. Una mirada de pánico llenó sus ojos, pero el agotamiento en el suplicante rostro de Ino le hizo extender la mano cuidadosamente, y aceptar el bulto que contenía a su hija. Miró abajo hacia la bebé, y no pudo evitar que una sonrisa invadiera su cara: ella tenía cabello rojo, como él. Sus ojos eran grandes y suplicantes como los de Ino, pero verdes como los suyos. Su nariz, su barbilla, y los labios de Ino. Era la cosa más bonita que alguna vez había visto.
Unos minutos más tarde, el resto del grupo acudió en tropel para ver a la recién llegada. Gaara se negó a ceder su contacto con ella, así que todos se le reunieron alrededor y parlotearon con la bebé por un rato. Alguien ajeno habría notado con fascinación cómo todos los rudos semblantes se suavizaron de inmediato a la vista de la bebita.
- ¿Cuál es su nombre? - preguntó Shikamaru.
Gaara únicamente se encogió de hombros, él e Ino nunca habían llegado a decidir los nombres del bebé. Pensaba que se ocuparían de eso cuando ella se sintiera mejor.
No mucho después, todos se fueron de nuevo. Sakura le recordó descansar un poco mientras cerraba la puerta del hospital (nadie se atrevería a enviar al Kazekage a casa y lejos de su esposa). Reconociendo su necesidad de dormir, Gaara suavemente se puso de pie y le dio a una dormida Ino un rápido beso, antes de caminar hacia la cama junto a la suya y tumbarse con la bebé en sus brazos. Se quedó dormido con su nueva hija firmemente sujeta a su pecho.
Ino se despertó unas horas más tarde, y cuando vio a su marido durmiendo pacíficamente con su hija en sus brazos, le dedicó una satisfecha sonrisa antes de hundirse nuevamente en el sueño.
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- ¡Venid niños, hora de desayunar! - gritó Ino escaleras arriba, antes de volver a la cocina y dar los toques finales a la comida.
Una Akina de once años bajó corriendo las escaleras la primera, e Ino sonrió al ver el rebelde cabello rojo de su hija mayor. Keitaro, su segundo hijo y único chico, la siguió. El rubio de diez años la recordaba a Naruto, aunque Gaara siempre dijera que Keitaro tomó su personalidad de ella. Amaya y Hana, de ocho y seis años, bajaron a desayunar las siguientes, las dos rubias parloteando amigablemente sobre cualquier cosa bajo el sol. Finalmente vino su marido, llevando de la mano a una Ayame de dos años (que lucía exactamente igual que una versión en miniatura de Ino).
- Daos prisa, que no queremos llegar tarde - les apresuró Ino, emocionada por regresar a su carrera de enseñanza tras una pausa de once años.
El timbre de la puerta sonó, e Ino vociferó "Adelante, está abierto". Un largo minuto pasó antes de que Kankuro (todavía muy soltero) se incorporase a la escena familiar.
- ¡Tío Kankuro! - chillaron los niños, al tiempo que se le tiraban encima en un abrazo.
- Gracias por cuidar de Ayame y Hana - dijo Ino, picándole en la mejilla como saludo.
- No hay problema - Kankuro se encogió de hombros - Puedo hacer todo el trabajo que necesito mientras estoy aquí.
- ¡De acuerdo todo el mundo, hora de irse! - dijo Ino, agrupando a sus hijos en la puerta y asegurándose de que todos tenían sus comidas y abrigos - Keitaro, deja a tu hermana sola. Akina querida, ¿tu cabello no se vería mucho mejor si tan sólo me dejaras trenzarlo? No, está bien, eres muy linda de todos modos, así que supongo que no importa. Amaya, deja de esconderte y vamos, deberías estar emocionada por tu primer día. Ah, y Keitaro, solamente porque soy tu profesora no es excusa para pasarte de listo. Intenta cualquier gracia hoy, y te haré comer los calcetines, ¿entendido?
Alternando entre halagos y amenazas, Ino tuvo a todos sus hijos saliendo seguros por la puerta, antes de regresar corriendo y darle a su marido un rápido beso.
- Te amo - dijo apresuradamente, antes de correr tras su conjunto de niños.
- Yo también te amo - la llamó Gaara a su espalda, recibiendo un gesto de reconocimiento.
- ¿Por qué no puedo ir yo a la academia, papi? - preguntó Hana.
- No eres lo suficiente mayor - la recordó - Ahora tengo que irme también, así que te portarás bien con el tío Kankuro, ¿verdad?
- Supongo - resopló ella.
- Hasta luego, Hana - dijo Gaara, inclinándose y dándole a su hija un beso en la frente - Hasta luego, Ayame - repitió el movimiento.
- Ayó papi - dijo la pequeña Ayame, levantando un regordete puñito como despedida antes de detenerse - ¿Alena? - preguntó esperanzada.
- Hoy no, se me está haciendo tarde. Jugaré contigo por la noche, ¿vale? - prometió Gaara.
Pensando por un minuto, la de dos años asintió, y luego se ocupó de encontrar al "tío Kanky".
- Gracias de nuevo, Kankuro - agregó Gaara en cuanto su hermano le materializó en la puerta de la cocina.
- Ve y sé importante - dijo Kankuro - ¡Yo voy a quedarme aquí y jugar!
- Nunca crecerás, ¿verdad? - suspiró Gaara.
- ¡No! Pero tú creciste bien - dijo Kankuro.
Gaara lo pensó un momento.
- Sabes, nunca hubiera imaginado que pudiese tener todo esto...
- No te ofendas hermanito, pero yo tampoco. Aunque de alguna manera, te sienta bien.
Gaara asintió antes de despedirse y salió de su hogar. Kankuro tenía razón, decidió, le sentaba bien. Por primera vez, Gaara se dio cuenta de que no cambiaría nada en su vida, ya que todo lo que había sucedido acabó en él teniendo todo lo que nunca se atrevió a soñar. Era una vida tan perfecta como uno podría pedir en el loco mundo en el que vivían.
THE END
